domingo, 9 de noviembre de 2025

Arte para (in)sensibilizar

 

Arte para (in)sensibilizar



A lo largo del tiempo, el arte ha sido considerado una vía privilegiada para la formación de la sensibilidad humana. Desde las concepciones clásicas hasta las perspectivas contemporáneas de la estética, se le ha atribuido la capacidad de despertar la imaginación, fomentar la creatividad y ampliar el horizonte emocional y moral del individuo. En este sentido, el arte actúa como mediador entre el ser humano y el mundo, entre la experiencia sensible y la reflexión.

Una pintura, una pieza musical o una película pueden conmovernos hasta las lágrimas, hacernos pensar en lo que no habíamos visto o sentir lo que no habíamos vivido. De ahí que se le asigne una función civilizatoria: el arte contribuye a refinar los afectos, generar empatía y cultivar la capacidad de comprensión hacia los otros. Su ejercicio nos enseña a sentir, a imaginar y a crear desde la conciencia de nuestra propia vulnerabilidad. Así entendido, el arte tiene un potencial humanizador, puesto que nos recuerda la fragilidad y la belleza de la existencia compartida.

Sin embargo, esta relación entre arte y sensibilidad se ha vuelto ambigua en el contexto contemporáneo. Determinadas expresiones del arte popular —como aquellas asociadas con la llamada narcocultura— parecen operar en sentido contrario: no despiertan la empatía, sino que la adormecen. En ellas, la violencia física, psicológica y simbólica se convierte en materia estética, en producto de consumo. Las canciones, videoclips o series televisivas que glorifican el narcotráfico reproducen un imaginario en el que la crueldad, el poder y la dominación se presentan como deseables.

La reiteración de estos relatos produce una forma de habituación afectiva: la exposición constante a la violencia termina por normalizarla. Lo que antes nos hería o escandalizaba se transforma en parte del paisaje cotidiano. El dolor y el sufrimiento ajenos dejan de conmovernos. Así, el arte, que podría ser un medio para imaginar otros mundos posibles, se convierte en un instrumento de repetición que refuerza la insensibilidad colectiva.

Esta paradoja nos invita a reflexionar filosóficamente sobre el papel del arte en la sociedad contemporánea. Si el arte siempre enseña algo —siempre forma una cierta sensibilidad—, la pregunta fundamental no es sólo qué representa, sino qué nos enseña a sentir. ¿Cultiva la empatía o fomenta la indiferencia? ¿Humaniza o anestesia? En una cultura saturada de imágenes y sonidos que banalizan el dolor, la función ética del arte se vuelve un tema urgente.

Quizá la tarea de nuestro tiempo consista en recuperar un arte que resista la indiferencia, que vuelva a ser experiencia de lo humano. Un arte que nos devuelva la capacidad de estremecernos, de imaginar lo que aún no existe y de sentir —de verdad— con otros. En última instancia, el arte puede seguir siendo un espacio de resistencia: un lugar donde la sensibilidad se convierte en acto de conciencia frente a la normalización del sufrimiento.



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