El
cine y las matrioshkas del tiempo: una invención colectiva
Cuando se habla del origen del cine, suele
afirmarse con seguridad que sus inventores fueron los hermanos Auguste Lumière
y Louis Lumière, quienes en 1895 presentaron públicamente el cinematógrafo. La
fecha se ha vuelto emblemática: el nacimiento oficial del cine. Sin embargo,
esa afirmación, aunque histórica, es filosóficamente insuficiente.
El cine no nace de un solo gesto creador. Es una convergencia. Una síntesis. Un punto de llegada de múltiples inventos, búsquedas, errores y obsesiones previas.
El cinematógrafo no surge en el vacío: condensa una serie de descubrimientos técnicos y conceptuales que se fueron anidando unos dentro de otros, como capas sucesivas de sentido.
Las capas que hicieron posible el cine
Antes del cinematógrafo, estuvo la cámara oscura, conocida desde el siglo XVII, que permitió comprender el principio óptico de proyección de imágenes. No capturaba movimiento, pero enseñó a pensar la luz como algo moldeable.
En 1826,
Joseph Nicéphore Niépce logró fijar la
primera fotografía permanente. Por primera vez, el tiempo quedaba detenido en
una superficie.
En 1839, Louis Daguerre perfeccionó el daguerrotipo,
reduciendo tiempos de exposición y haciendo viable la reproducción de imágenes
con mayor nitidez. La fotografía dejaba de ser experimento para convertirse en
técnica.
En 1834,
William George Horner inventó el zoótropo,
un dispositivo que, mediante imágenes secuenciales en movimiento circular,
producía la ilusión óptica de movimiento. Aquí aparece un elemento decisivo: el
descubrimiento de que el movimiento puede simularse a partir de fragmentos
estáticos.
Más
adelante, Thomas Alva Edison desarrolló el
kinetoscopio (1891), una máquina de visión individual que permitía observar
imágenes en movimiento. No era todavía el cine proyectado colectivamente, pero
estaba ya el principio mecánico del desplazamiento continuo de imágenes.
Cuando
los Lumière presentan el cinematógrafo en 1895, lo que hacen no es inventar
desde cero, sino articular óptica, fotografía, química, mecánica e ilusión
perceptiva en un solo dispositivo capaz de capturar y proyectar imágenes en movimiento
ante un público.
El
cinematógrafo es la síntesis final de muchas capas anteriores.
Las matrioshkas del cine
Para explicar esta complejidad, nuestro profesor recurrió a una analogía hermosa: las matrioshkas (o matruskas), las muñecas tradicionales rusas que se contienen unas dentro de otras.
El cine es una matrioshka tecnológica y
cultural.
Dentro del cinematógrafo está la fotografía.
Dentro de la fotografía está la química.
Dentro de la química está la experimentación
científica.
Dentro del movimiento está la fragmentación
del tiempo.
Y cada capa contiene las anteriores.
El cine no es plano. Es estratificado. Es
memoria acumulada.
Sin embargo, solemos pensar en términos de “la primera persona que…”, “el inventor”, “la primera película”. Buscamos un origen puntual, un héroe fundador. Pero la historia de la técnica —y de la cultura— rara vez responde a esa lógica individualista.
Más allá de los Lumière o de Edison, hay
decenas de nombres menos recordados, técnicos, artesanos, operadores,
experimentadores anónimos que hicieron posible aquello que luego fue llamado
“invención”.
El hombre que fragmentó el tiempo
Muybridge mostró que la fotografía no
solamente captura lo visible: revela lo invisible. Fragmentó el movimiento. Descompuso el tiempo.
En la
novela gráfica Una fracción de segundo
se reconstruye su vida excéntrica y obsesiva, subrayando su carácter casi
filosófico: un hombre empeñado en atrapar el instante.
Desde una perspectiva filosófica,
Muybridge transformó la percepción humana. Nos enseñó que el tiempo puede
dividirse, analizarse, reproducirse. Que la memoria puede tecnificarse.
Que el instante puede convertirse en
archivo.
Con él, el cine dejó de ser solamente posibilidad técnica para convertirse en una nueva experiencia del tiempo.
Nada es individual
En esa clase confirmé algo que sospechaba: nada ha sido hecho por una sola persona. Todo es resultado de una red. Así, el cine —sea arte o industria (no entraremos aquí en ese debate)— es el producto de la convergencia de inventos, descubrimientos científicos, saberes ópticos, intuiciones artísticas, intereses económicos, errores, fracasos, correcciones y colaboraciones.
Si ampliamos la mirada, no fueron sólo los “inventores”. Fueron también los mecánicos, los químicos, los artesanos, los operadores de cámara, los técnicos que ajustaron engranajes, los trabajadores que fabricaron lentes, quienes sostuvieron materialmente esa invención.
El cine es comunidad en movimiento
Y quizá esta sea la lección más filosófica: nuestra tendencia a personalizar el origen es una ilusión narrativa. La historia real es siempre más compleja, más relacional, más colectiva. Sí, aunque parezca increíble: nada es puramente individual. Todo es comunidad. Como el cine.
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