La estación de Cajicá: cien años de trenes, despedidas y amor
Este año, la estación del tren de Cajicá cumple cien años. Un siglo entero viendo pasar el tiempo. Un siglo escuchando pasos, despedidas, encuentros, silencios y promesas.
La estación fue construida en 1926 como parte del histórico Ferrocarril del Norte, una línea férrea que conectaba a Bogotá con Zipaquirá y otros municipios de la sabana cundiboyacense. Mucho antes de las autopistas y los trancones eternos, el tren era la gran arteria que unía pueblos, mercados, familias y sueños. Por sus vagones viajaban campesinos con cosechas, comerciantes, estudiantes y enamorados. El tren no solo transportaba personas: movía la vida misma de la región.
Que existiera una estación de tren en un pueblo significaba pertenecer al mundo. Significaba progreso, comunicación y esperanza. Alrededor de las estaciones nacían conversaciones, negocios, esperas interminables y despedidas que dolían como si el humo de la locomotora también se llevara un pedazo del corazón.
La estación de Cajicá, con su arquitectura republicana y su aire detenido en otra época, sobrevivió al paso de las décadas hasta convertirse en un símbolo de memoria colectiva. Hoy es patrimonio cultural y uno de los lugares más emblemáticos del municipio.
Tal vez por eso no sorprende que allí también se hayan contado historias de ficción. En la estación se filmaron escenas de La viuda de blanco, aquella telenovela marcada por el misterio, el amor imposible y las heridas del pasado. Como toda buena historia latinoamericana, estaba atravesada por secretos familiares, pasiones intensas y destinos que parecían escritos desde antes de nacer. Y qué mejor escenario para una historia así que una estación de tren: un lugar donde siempre alguien llega y alguien se va.
Pero para nuestra familia, la estación guarda una historia todavía más importante.
Hace muchos años, durante una fiesta realizada allí, mi suegro reunió el valor para declarársele a mi suegra. Esa noche comenzaron su noviazgo y, sin saberlo, también empezó la historia de una familia entera. Todo nació allí: entre música, luces, conversaciones y la vieja estación observándolo todo en silencio.
Pienso entonces que los lugares también tienen memoria. Que las paredes recuerdan. Que ciertos espacios acumulan emociones como si fueran capas invisibles del tiempo.
La estación de Cajicá cumple cien años, pero quizá lo verdaderamente extraordinario no sea su antigüedad, sino la cantidad de vidas que ha abrazado. Cuántas despedidas vio partir. Cuántos reencuentros recibió. Cuántos amores comenzaron bajo su techo.
Y mientras sigue ahí, quieta en medio del tiempo, uno no puede evitar preguntarse:
¿cuántas historias guarda todavía esa estación?
¿Y cuántas más estarán comenzando ahora mismo, sin que nadie lo note?