¿Nos muestran el mundo o nos sustraen de él?
Literatura, cine y fotografía como dispositivos narrativos
La literatura y el cine nos colocan frente a
una pregunta filosófica fundamental: ¿nos muestran el mundo o nos sustraen de
él? Ambas prácticas parecen oscilar entre dos movimientos: revelar la realidad
o construir una alternativa que nos permita mirarla desde otro ángulo. Lo que
comparten, sin embargo, es su herramienta primordial: la narrativa.
Narrar —más allá de sus múltiples acepciones— implica, en términos generales, un enunciado cuya función es relatar, contar una historia. Para que ello ocurra, se establece una estructura comunicativa básica: un transmisor, un receptor y un mensaje que circula a través de un canal. En el ámbito narrativo, los canales indispensables han sido históricamente la palabra y la imagen. La literatura privilegia la palabra; el cine, la imagen en movimiento. Sin embargo, entre ambos hay una historia intermedia que a menudo olvidamos: la fotografía.
De la literatura a la fotografía: el inicio de un diálogo
En rigor, la primera gran relación no fue entre literatura y cine, sino entre literatura y fotografía. Tras la invención del daguerrotipo en 1839, la fotografía comenzó a utilizarse como ilustración de textos literarios y periodísticos. Los escritores incorporaron imágenes para acompañar descripciones de paisajes, escenas urbanas o tipos sociales.
En la década de 1880, periodistas y autores recurrían a la fotografía para completar sus relatos, reforzando la pretensión de veracidad. La imagen parecía ofrecer aquello que la palabra sola no podía garantizar: una huella directa de lo real.
Sin embargo, el paso decisivo ocurrió cuando la fotografía dejó de ser meramente ilustrativa. Al disponerse en secuencias, las imágenes comenzaron a construir relatos propios. Nació así el relato fotográfico: historias articuladas no ya por párrafos, sino por encuadres. La fotografía se convirtió en dispositivo narrativo y renunció a su función exclusivamente ilustrativa o decorativa. En ese tránsito, se vinculó directamente con la cinematografía: el cine no es sino la imagen fotográfica puesta en movimiento.
Paradójicamente, fue la literatura la que ayudó a que la fotografía adquiriera una dimensión artística. La imagen dejó de ser sólo producto técnico de la sociedad industrializada para integrarse en un universo simbólico. En esa unión se hace evidente la confluencia entre arte e industria: la literatura como fenómeno artístico e intelectual; la fotografía como uno de los primeros productos tecnológicos de la modernidad industrial. Ambas convergen en un mismo universo comunicativo.
Dos tipologías, dos movimientos: reproducir o crear realidad
De esta integración surgen dos tipologías textuales: la verbal y la icónica. Interrelacionadas, son capaces tanto de reproducir la realidad como de producir una nueva. En el primer caso, hablamos de literatura y fotografía realistas. Aquí domina la búsqueda de objetividad, el lenguaje sencillo, preciso y sucinto. Se aspira a que el lector o espectador perciba “una imagen de la realidad”, no una realidad espiritualizada. Se niega el exceso expresivo para preservar la transparencia del mundo representado.
En el segundo caso, nos situamos en la literatura y la fotografía de ficción. Ambas se desenvuelven en una dimensión ilusionaria o mágica que, sin sustituir la realidad, dialoga con ella. La ficción no es evasión pura: es un rodeo que nos devuelve transformados al mundo que habitamos.
Ficción y no ficción: clasificaciones y tensiones
Tradicionalmente, la narrativa se clasifica en dos grandes grupos:
Narrativa de no ficción
- Crónica
- Reportaje
- Ensayo narrativo
- Biografía y autobiografía
- Memoria y testimonio
- Diario
- Historia
Narrativa de ficción
- Novela (realista, histórica, psicológica, fantástica, policiaca, de
ciencia ficción, etc.)
- Novela corta
- Cuento
- Fábula
- Mito y leyenda
- Teatro
- Guion cinematográfico
Esta clasificación, útil desde el punto de vista pedagógico y editorial, se vuelve problemática cuando adoptamos una mirada filosófica. Las fronteras no son rígidas. Existen formas híbridas que tensionan la distinción entre lo real y lo imaginario.
Un ejemplo elocuente son las ucronías: relatos que reescriben la historia a partir de un “¿qué habría pasado si…?” La novela El hombre en el castillo, de Philip K. Dick, imagina un mundo en el que las potencias del Eje ganaron la Segunda Guerra Mundial. Patria, de Robert Harris, desarrolla una premisa similar desde el thriller político.
En el ámbito latinoamericano, Seva, de Luis López Nieves, ofrece un caso paradigmático: presentado como una investigación histórica, el relato construye la ficción de una masacre silenciada en Puerto Rico tras la invasión estadounidense de 1898. Muchos lectores lo tomaron por verdadero. La ucronía, aquí, no solamente ficcionaliza la historia: cuestiona los mecanismos mediante los cuales otorgamos estatuto de verdad a un discurso.
Los ejemplos anteriores, abren interrogantes: ¿Qué ocurre cuando un texto parece histórico, pero es ficticio? ¿O cuando un documental introduce recursos narrativos propios de la novela? La clasificación se vuelve insuficiente. La narrativa —sea literaria, fotográfica o cinematográfica— siempre es una construcción. Incluso el relato más realista selecciona, organiza y encuadra.
Más allá de la clasificación: una reflexión filosófica
Desde esta perspectiva, la discusión por clasificar un texto en ficción o no ficción puede resultar ociosa. No porque las categorías carezcan de sentido práctico, sino porque, filosóficamente, toda narración es una mediación humana.
La palabra y la imagen no reproducen simplemente el mundo: lo interpretan. En ocasiones lo muestran con crudeza; en otras, lo transforman en símbolo. A veces nos enfrentan con la realidad; otras, nos permiten tomar distancia para comprenderla mejor.
Si la literatura, la fotografía y el cine son expresiones humanas, cualquier clasificación rígida corre el riesgo de ser una imposición ingenua frente a la complejidad, riqueza y belleza de la creación artística.
Tal vez la pregunta inicial —¿nos muestran el mundo o nos sustraen de él?— esté mal formulada. Quizá la narrativa haga ambas cosas simultáneamente: nos arranca del presente inmediato para devolvernos a él con una mirada distinta. Y en ese movimiento, que es a la vez estético y filosófico, se juega una de las experiencias más profundas de nuestra condición humana.