Nuestra relación con la Tierra
Hay lugares que conservan una memoria más antigua que las palabras. Sitios donde el paisaje parece guardar todavía una forma distinta de relación entre los seres humanos y la tierra. En Cajicá, uno de esos lugares es el Cerro de Las Manas. Cada vez que lo observo, pienso que difícilmente pudo haber sido un espacio cualquiera para los antiguos habitantes de este territorio. Hay cerros que poseen una presencia particular: elevaciones que convocan silencio, contemplación y respeto. El Cerro de Las Manas tiene algo de eso, como si bajo su tierra persistiera todavía una historia sagrada apenas visible entre las capas del tiempo.
Cajicá forma parte del antiguo territorio muisca, del valle conocido como “Caj”, expresión que suele traducirse como “cercado y fortaleza de piedra”. También se le ha llamado el “Valle del Lucero Azul”, un nombre profundamente poético que remite a la relación espiritual que los pueblos originarios mantenían con el cielo, el agua y los ciclos de la naturaleza. Para los muiscas, el territorio no era solamente un espacio físico: era un entramado vivo de significados donde cerros, lagunas, fuentes y caminos formaban parte de un orden sagrado.
Quizá por eso el nombre “Las Manas” conserva todavía un eco ancestral. El Diccionario de la Real Academia Española reconoce diversas acepciones para la palabra “mana”. Algunas se relacionan con fuerzas espirituales o poderes invisibles presentes en ciertas culturas; sin embargo, hay una definición particularmente significativa para comprender este lugar: “sitio donde brota el agua”. Cajicá fue precisamente eso: una tierra de aguas.
Mucho antes del crecimiento urbano y de la fragmentación moderna del paisaje, el territorio estaba atravesado por manas, manantiales y nacimientos naturales que alimentaban la vida de la sabana. El agua emergía de la tierra como una presencia abundante y cercana. Algunas de esas fuentes todavía sobreviven en la memoria oral de los habitantes y en nombres tradicionales como la Mana del Padre, uno de los nacimientos de agua más recordados de la región. Las aguas no eran únicamente un recurso útil: eran parte del vínculo espiritual entre la comunidad y el territorio.
Con el paso del tiempo, Cajicá también se convirtió en tierra de haciendas. Durante la colonia y buena parte de la vida republicana, extensas propiedades agrícolas y ganaderas reorganizaron el paisaje sobre antiguas rutas indígenas. La tierra comenzó a medirse, dividirse y explotarse bajo otra lógica: la de la propiedad y la producción. Sin embargo, incluso entre haciendas y cercamientos, algo de la memoria antigua parecía permanecer todavía en los nombres, en las quebradas y en los cerros.
Hoy, el Cerro de Las Manas vive otra transformación. Parte de su territorio ha sido intervenido por la actividad minera dedicada a la extracción de arena, piedra y recebo para construcción. Documentos oficiales del municipio reconocen la existencia de compañías mineras en el sector, mientras estudios ambientales han advertido sobre los impactos ecológicos y paisajísticos que estas explotaciones generan en la montaña. Allí donde alguna vez brotó el agua, hoy la tierra es removida para alimentar el crecimiento urbano de la sabana.
Y acaso ahí aparece una de las preguntas filosóficas más profundas que este cerro nos plantea: ¿qué ocurre cuando un territorio que alguna vez fue sagrado se transforma en objeto de extracción? ¿Qué revela sobre nuestra época el hecho de convertir una montaña de manantiales en cantera?
La historia del Cerro de Las Manas parece condensar el tránsito de dos formas radicalmente distintas de habitar el mundo. Una veía en la naturaleza una presencia viva cargada de sentido; la otra observa principalmente un recurso disponible para ser explotado. Tal vez la diferencia no sea únicamente económica o tecnológica, sino espiritual. Hemos dejado de mirar la tierra como una comunidad de vida para verla como materia utilizable.
Sin embargo, el cerro sigue ahí. A pesar de las máquinas, de las canteras y del ruido contemporáneo, algo de su antigua presencia permanece. Quizá porque ciertos lugares guardan una memoria más resistente que el olvido humano. Y tal vez escuchar esa memoria sea también una forma de filosofía: volver a preguntarnos cómo habitamos el mundo y qué relación queremos construir con la tierra que sostiene nuestra existencia.

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