Investigar como oficio: entre la vía artesanal y el arte de esculpir una tesis
Hace unos días hojeé un libro que llamó profundamente mi atención: Enseñar a investigar. Una didáctica nueva de la investigación en ciencias sociales y humanas, del investigador mexicano Ricardo Sánchez Puentes. El texto reflexiona sobre un tema que pocas veces se piensa con suficiente profundidad: no solamente cómo se investiga, sino cómo se enseña a investigar.
Desde las primeras páginas aparece una idea que me pareció especialmente significativa: enseñar investigación es un proceso complejo que involucra, al menos, dos tipos de operaciones distintas. Por un lado, aquello que se enseña al enseñar a investigar; por otro, la manera en que se enseña a investigar.
La diferencia parece sencilla, pero en realidad es profunda. En el primer caso se trata de producir conocimiento nuevo, lo cual constituye el oficio del investigador. En el segundo caso, la atención se dirige hacia enseñar a producir conocimiento nuevo, lo cual constituye el oficio del pedagogo. No son exactamente lo mismo. Saber investigar no implica automáticamente saber acompañar a otro en el aprendizaje de la investigación.
El libro insiste además en algo fundamental: no existe una única manera universal de enseñar a investigar, porque toda didáctica está ligada a la forma en que se concibe la producción de conocimiento en las ciencias sociales y las humanidades. Esta afirmación me pareció particularmente importante en tiempos donde con frecuencia se pretende reducir la investigación a formatos rígidos, recetas metodológicas o secuencias mecánicas.
Entre las ideas que más resonaron en mí está la comprensión del método no como una lista de pasos invariables, sino como “la organización estratégica de todas las operaciones que intervienen en la producción científica”. La palabra “estrategia” aquí resulta reveladora: investigar no consiste solamente en aplicar técnicas, sino en articular decisiones, lecturas, preguntas, intuiciones, experiencias y modos de aproximarse a la realidad.
Más aún, el autor propone pensar la enseñanza de la investigación desde un modelo práctico de aprendizaje. La frase es contundente:
“Investigar es un saber práctico; es un saber hacer algo: producir conocimiento. Los saberes prácticos se transmiten prácticamente”.
Esta perspectiva cuestiona frontalmente la idea de que se aprende a investigar únicamente leyendo manuales metodológicos o memorizando conceptos abstractos. La investigación, entendida así, se parece más a un oficio que a una acumulación de definiciones.
A esta propuesta didáctica, Sánchez Puentes la denomina “vía artesanal”. La expresión me pareció profundamente hermosa. La vía artesanal es entendida como la comunicación directa y constante entre maestro y aprendiz con ocasión de la transmisión de un oficio. Se aprende investigando al lado de alguien más experimentado; se enseña mostrando cómo, corrigiendo, acompañando, sugiriendo, conversando.
En esa relación intersubjetiva entre tutor y estudiante no solo se transmiten saberes teóricos —el know that— ni únicamente saberes prácticos —el know how—, sino también aquello que da sentido último al trabajo científico: el know why, el por qué y para qué de la investigación, su dimensión ética y política, los valores que sostienen la producción de conocimiento.
Esta idea me parece particularmente necesaria en la investigación social y humanística. Investigar no es producir textos vacíos ni acumular datos de manera neutra. Toda investigación implica decisiones éticas, posicionamientos frente al mundo y preguntas sobre aquello que consideramos valioso defender, comprender o transformar. De ahí que el ejercicio investigativo esté inevitablemente relacionado con el espíritu crítico y con la responsabilidad de pensar nuestra realidad.
Debo decir que, en mi experiencia como asesora de tesis, me siento profundamente identificada con esta vía artesanal. De hecho, muchas veces he pensado mi labor como la de alguien que acompaña la creación de una escultura.
Pienso y siento la tesis como una pieza escultórica.
Toda escultura comienza con una idea, pero para materializarse necesita atravesar distintas etapas. Lo mismo ocurre con una investigación. En esculturas elaboradas con arcilla u otros materiales modelables, primero se construye un armazón: una estructura firme y sólida capaz de sostener todo lo que vendrá después. Sin esa base, la obra corre el riesgo de colapsar.
En la investigación sucede algo semejante. El planteamiento del problema, la claridad epistemológica, la coherencia metodológica y la delimitación conceptual funcionan como ese armazón inicial. Después viene una etapa de desbaste o plasticidad inicial, donde las ideas comienzan a tomar forma, aunque todavía de manera imperfecta y provisional. Finalmente llega el momento del modelado de detalles: el afinamiento conceptual, la escritura más fluida, la interpretación más madura. Cuando las etapas anteriores han sido bien trabajadas, este momento puede incluso vivirse de manera gozosa.
Por eso, visto así, no encuentro una diferencia radical entre construir una escultura y crear un texto investigativo; entre un artista y un investigador. Ambos trabajan con materiales sensibles y conceptuales. Ambos requieren técnica, imaginación, paciencia y capacidad de transformación. Ambos producen formas nuevas a partir de algo todavía informe.
Quizá por eso mismo me resulta cada vez más artificial la separación tajante entre áreas del conocimiento. Las fronteras rígidas entre arte, filosofía, pedagogía, ciencia o investigación muchas veces responden más a formas institucionales de clasificación que a la experiencia viva del pensamiento humano. En la práctica, crear conocimiento también es una forma de creación estética; y crear una obra artística implica, muchas veces, una profunda investigación sobre el mundo y sobre uno mismo.
Tal vez investigar sea, después de todo, una manera de modelar sentido.
* Basado en las ideas de Enseñar a investigar. Una didáctica nueva de la investigación en ciencias sociales y humanas, de Ricardo Sánchez Puentes.

