jueves, 14 de mayo de 2026

Clase #12 - Curso "Literatura y Cine" - Segunda parte de dos


Más que una clase, el arte de descubrir y aprender juntos 

Las cuatro estaciones (Arcimboldo, 1527, 1573, 1593)

Hay cursos que se parecen a una conferencia: una persona habla y las demás escuchan. Nuestro curso, en cambio, no funciona así. No es tradicional, en el sentido de que no lo dirige un profesor que se asume como poseedor absoluto del conocimiento, sino que nos orienta y acompaña un artista formador. La diferencia no es menor. Acompañar implica abrir posibilidades, propiciar preguntas y crear un espacio donde las experiencias de cada participante también forman parte esencial del aprendizaje.

Tampoco es un curso tradicional porque quienes asistimos no llegamos “en blanco”. Se trata de personas con trayectorias de vida personales y profesionales muy diversas, historias acumuladas, oficios, lecturas, memorias y sensibilidades distintas que inevitablemente enriquecen cada sesión. En ese sentido, quizá la expresión más justa sea decir que este es “nuestro curso”, porque lo hacemos juntos. Cada comentario, cada asociación inesperada y cada experiencia compartida transforma la clase en un espacio colectivo de pensamiento.

Siguiendo con los refranes, “para muestra un botón”… o quizá dos. El término “écfrasis”, por ejemplo, surgió gracias a la aportación de una de las participantes en una sesión anterior. La palabra abrió nuevas posibilidades para pensar la relación entre imagen y lenguaje, y terminó convirtiéndose en uno de los ejes de nuestras conversaciones recientes. Del mismo modo, en esta ocasión otro participante enriqueció la clase mostrándonos algunas pinturas de Giuseppe Arcimboldo.

Giuseppe Arcimboldo (Italia, 1526-1593)

Arcimboldo fue un pintor del siglo XVI célebre por realizar retratos compuestos a partir de frutas, verduras, flores, animales, libros y distintos objetos cotidianos. A primera vista vemos un rostro humano; sin embargo, al observar con detenimiento descubrimos que ese rostro está formado por múltiples elementos ensamblados de manera ingeniosa. Sus pinturas producen extrañeza y fascinación al mismo tiempo: parecen juegos visuales, pero también reflexiones sobre la naturaleza, las estaciones del año, los oficios y la percepción humana.

En estos retratos aparece un fenómeno conocido como pareidolia. La pareidolia es la tendencia de nuestra mente a reconocer formas familiares —especialmente rostros— en objetos, manchas o configuraciones aleatorias. Es aquello que ocurre cuando vemos figuras en las nubes, caras en la corteza de un árbol o expresiones humanas en la fachada de una casa. Nuestro cerebro busca sentido y patrones incluso donde no necesariamente existen. Las obras de Arcimboldo juegan precisamente con esa capacidad perceptiva: nos obligan a oscilar entre el detalle y el conjunto, entre el objeto aislado y la figura total.

Tal vez por eso estas clases resultan tan significativas. Nos reunimos para tener clase, sí, pero no en el sentido tradicional de la palabra. Son reuniones donde intercambiamos conocimientos, recuerdos, lecturas y perspectivas, guiados y acompañados por un artista formador que propicia el diálogo más que imponer respuestas. Y nos reconocemos como estudiantes no porque ignoremos todo, sino justamente porque comprendemos que, a pesar de todo lo que ya sabemos y hemos vivido, siempre existe algo más por descubrir, otra mirada posible y otra conversación por abrir.

El bibliotecario (Arcimboldo, 1566)


Clase #12 - Curso "Litertura y Cine" - Primera parte de dos


Mirar con palabras: La écfrasis como diálogo con la imagen 



En esta clase el tema principal fue la écfrasis. La palabra proviene del griego ekphrasis y se refiere al ejercicio de describir una imagen, una obra de arte o incluso una escena de manera tan detallada y sensible que las palabras logren volver visible aquello que observamos. Más que una simple descripción, la écfrasis implica una interpretación: mirar con atención, detenerse en los gestos, los colores, las atmósferas y los símbolos, para después traducir todo ello al lenguaje. En cierto sentido, es un puente entre la mirada y la imaginación.

Durante la sesión realizamos dos ejercicios. El primero fue a partir de la pintura Habitación de hotel, de Edward Hopper. Observamos el silencio de la escena, la mujer sentada junto a la cama, la sensación de espera y de distancia que caracteriza muchas de las obras de Hopper. Cada persona escribió desde aquello que la pintura le despertaba. El segundo ejercicio fue todavía más íntimo: cada quien eligió una fotografía de la galería de su celular y realizó una écfrasis a partir de ella. Fue interesante descubrir cómo las imágenes cotidianas —un paisaje, una mascota, un rostro querido— pueden convertirse en detonadores de memoria y reflexión cuando se observan con detenimiento.

En medio de los ejercicios surgió una pregunta muy interesante dentro del grupo: ¿la descripción puede incluir apreciación o debe limitarse únicamente a decir “lo que hay” en la imagen? Una de las estudiantes compartió entonces la diferencia entre dos tipos de descripción: la denotativa y la connotativa. La descripción denotativa busca presentar los elementos de manera objetiva, atendiendo a lo visible y verificable: colores, formas, posiciones, objetos o acciones concretas. La descripción connotativa, en cambio, incorpora significados subjetivos, emociones, símbolos y asociaciones personales; es decir, incluye la interpretación y la sensibilidad de quien observa.

Esta distinción detonó el diálogo. Pensamos en cómo, incluso cuando creemos describir objetivamente, siempre existe una mirada situada que selecciona ciertos detalles y deja otros fuera. A grandes rasgos, concluimos que la écfrasis sí puede incluir apreciación, precisamente porque se trata de una técnica literaria. En ella no sólo importa reproducir una imagen, sino también transmitir aquello que provoca. La apreciación aparece entonces como la presencia de la imaginación, la memoria y la interpretación de quien contempla. La écfrasis no copia la imagen: dialoga con ella.

A partir de estos ejercicios pensé en una pintura fascinante: Los proverbios flamencos, de Pieter Brueghel el Viejo. El cuadro, realizado en 1559, es una especie de laberinto visual poblado por escenas absurdas, humorísticas y críticas, donde decenas de personajes representan literalmente refranes y dichos populares de la época. La pintura funciona como un espejo de la condición humana: muestra nuestras contradicciones, vanidades y torpezas cotidianas. Mirarla es casi como escuchar hablar a un pueblo entero.

En la escena todo parece moverse al mismo tiempo. Hay hombres cargando objetos inútiles, personas actuando contra toda lógica, rostros distraídos y acciones desmedidas. Cada rincón contiene un proverbio encarnado. En un extremo, por ejemplo, aparece la expresión “golpearse la cabeza contra la pared”, imagen de quien insiste obstinadamente en aquello que no tiene solución. La figura parece empeñada en vencer un muro imposible; la terquedad se vuelve aquí una escena casi cómica, pero también profundamente humana. ¿Cuántas veces persistimos en discusiones, relaciones o expectativas que nos desgastan precisamente porque no queremos reconocer el límite?

En otra parte del cuadro puede verse el proverbio “sentarse entre dos sillas”, representación de la indecisión. El personaje intenta ocupar dos lugares al mismo tiempo y termina en una postura inestable, incómoda, incapaz de sostenerse realmente en alguno. La escena recuerda la dificultad de elegir: querer permanecer en todos los caminos posibles puede conducir finalmente a no habitar ninguno.

La grandeza de esta obra consiste en que convierte los refranes en imágenes vivas. Aquello que solemos repetir automáticamente en el lenguaje cotidiano adquiere cuerpo, gesto y movimiento. Quizá por eso la écfrasis resulta tan valiosa: porque nos obliga a mirar más despacio. En una época saturada de imágenes fugaces, describir una pintura o una fotografía es también una forma de resistencia. Significa conceder tiempo a la contemplación y descubrir que, detrás de cada imagen, existe una historia, una emoción y una filosofía de vida esperando ser nombradas.


martes, 12 de mayo de 2026

Pensando en el Cerro de las Manas...


Nuestra relación con la Tierra

Hay lugares que conservan una memoria más antigua que las palabras. Sitios donde el paisaje parece guardar todavía una forma distinta de relación entre los seres humanos y la tierra. En Cajicá, uno de esos lugares es el Cerro de Las Manas. Cada vez que lo observo, pienso que difícilmente pudo haber sido un espacio cualquiera para los antiguos habitantes de este territorio. Hay cerros que poseen una presencia particular: elevaciones que convocan silencio, contemplación y respeto. El Cerro de Las Manas tiene algo de eso, como si bajo su tierra persistiera todavía una historia sagrada apenas visible entre las capas del tiempo.

Cajicá forma parte del antiguo territorio muisca, del valle conocido como “Caj”, expresión que suele traducirse como “cercado y fortaleza de piedra”. También se le ha llamado el “Valle del Lucero Azul”, un nombre profundamente poético que remite a la relación espiritual que los pueblos originarios mantenían con el cielo, el agua y los ciclos de la naturaleza. Para los muiscas, el territorio no era solamente un espacio físico: era un entramado vivo de significados donde cerros, lagunas, fuentes y caminos formaban parte de un orden sagrado.

Quizá por eso el nombre “Las Manas” conserva todavía un eco ancestral. El Diccionario de la Real Academia Española reconoce diversas acepciones para la palabra “mana”. Algunas se relacionan con fuerzas espirituales o poderes invisibles presentes en ciertas culturas; sin embargo, hay una definición particularmente significativa para comprender este lugar: “sitio donde brota el agua”. Cajicá fue precisamente eso: una tierra de aguas.

Mucho antes del crecimiento urbano y de la fragmentación moderna del paisaje, el territorio estaba atravesado por manas, manantiales y nacimientos naturales que alimentaban la vida de la sabana. El agua emergía de la tierra como una presencia abundante y cercana. Algunas de esas fuentes todavía sobreviven en la memoria oral de los habitantes y en nombres tradicionales como la Mana del Padre, uno de los nacimientos de agua más recordados de la región. Las aguas no eran únicamente un recurso útil: eran parte del vínculo espiritual entre la comunidad y el territorio.

Con el paso del tiempo, Cajicá también se convirtió en tierra de haciendas. Durante la colonia y buena parte de la vida republicana, extensas propiedades agrícolas y ganaderas reorganizaron el paisaje sobre antiguas rutas indígenas. La tierra comenzó a medirse, dividirse y explotarse bajo otra lógica: la de la propiedad y la producción. Sin embargo, incluso entre haciendas y cercamientos, algo de la memoria antigua parecía permanecer todavía en los nombres, en las quebradas y en los cerros.

Hoy, el Cerro de Las Manas vive otra transformación. Parte de su territorio ha sido intervenido por la actividad minera dedicada a la extracción de arena, piedra y recebo para construcción. Documentos oficiales del municipio reconocen la existencia de compañías mineras en el sector, mientras estudios ambientales han advertido sobre los impactos ecológicos y paisajísticos que estas explotaciones generan en la montaña. Allí donde alguna vez brotó el agua, hoy la tierra es removida para alimentar el crecimiento urbano de la sabana.

Y acaso ahí aparece una de las preguntas filosóficas más profundas que este cerro nos plantea: ¿qué ocurre cuando un territorio que alguna vez fue sagrado se transforma en objeto de extracción? ¿Qué revela sobre nuestra época el hecho de convertir una montaña de manantiales en cantera?

La historia del Cerro de Las Manas parece condensar el tránsito de dos formas radicalmente distintas de habitar el mundo. Una veía en la naturaleza una presencia viva cargada de sentido; la otra observa principalmente un recurso disponible para ser explotado. Tal vez la diferencia no sea únicamente económica o tecnológica, sino espiritual. Hemos dejado de mirar la tierra como una comunidad de vida para verla como materia utilizable.

Sin embargo, el cerro sigue ahí. A pesar de las máquinas, de las canteras y del ruido contemporáneo, algo de su antigua presencia permanece. Quizá porque ciertos lugares guardan una memoria más resistente que el olvido humano. Y tal vez escuchar esa memoria sea también una forma de filosofía: volver a preguntarnos cómo habitamos el mundo y qué relación queremos construir con la tierra que sostiene nuestra existencia.


lunes, 11 de mayo de 2026

Fil(m)osofía: "La luna en botella"


Dir. Eduardo Grojo, 2007

En nuestra reciente sesión de filmosofía vimos la película La luna en botella, una obra que mezcla humor, ternura y reflexión filosófica para hablarnos de aquello que da sentido a la existencia humana: los sueños, el arte, el amor, la memoria y las utopías.

La mayor parte de la historia transcurre en el interior de la cafetería “Rossignol”, un espacio habitado por artistas, músicos, soñadores y personajes excéntricos que, entre conversaciones y silencios, comparten algo más profundo que el simple hábito de reunirse: comparten esperanzas. La cafetería se convierte así en un refugio frente a un mundo exterior que parece avanzar hacia la destrucción de la memoria y la sensibilidad. Afuera está por suceder un hecho polémico: la demolición del antiguo “Teatro de la Luz”, sustituido por una enorme escultura en forma de huevo, símbolo que desconcierta y provoca.

Desde el inicio, la película nos lanza una pregunta aparentemente sencilla pero profundamente filosófica: “¿Cuántas veces decimos ‘no’ en una hora, en un día?”. A partir de ahí conocemos a personajes atravesados por inquietudes existenciales: Don José, obsesionado con la muerte; Tomás, antiguo trabajador del teatro que todavía recita fragmentos de La vida es sueño, de Pedro Calderón de la Barca; Pascal Rossignol, dueño de la cafetería y antiguo artista de circo; Michelle, vidente y futura madre; Irene y Kurt, cantante y pianista que regresan para protestar por la destrucción del teatro; el profesor Kalina, científico empeñado en descubrir de qué color es el universo; Zeta, escritor fantasma que escribe para otros porque teme escribir desde sí mismo; y Alicia, la mesera que todavía no sabe qué hacer con su vida y de quien Zeta termina enamorándose.

Todos ellos están acompañados por músicos, malabaristas, clientes habituales e incluso un burro que parece formar parte natural de ese pequeño universo absurdo y poético. Cada personaje podría convertirse en el centro del relato que Zeta desea escribir, ya no por encargo de una editorial que lo explota, sino por impulso creativo propio. Porque quizá, como sugiere la película, toda vida guarda una historia que merece ser contada.

A lo largo del filme aparecen preguntas profundamente humanas: ¿para qué está hecha la vida?, ¿cuál es su sentido?, ¿qué hacemos cuando nos quedamos “en blanco”? En nuestra conversación posterior a la película resonaron también algunas frases memorables: “Escribir es gratis, pero no todo el mundo tiene algo que decir”, o bien, “todos tenemos una historia para contar”. Sin embargo, la idea que más llamó la atención del grupo fue la de la “utopía cósmica”.

En La luna en botella, la “utopía cósmica” es una metáfora central que define la filosofía de vida de sus personajes bohemios y soñadores. Se describe como el acto de querer meter la luna en una botella: un deseo aparentemente imposible, absurdo incluso, por el que quienes lo persiguen suelen ser considerados “locos”. No obstante, la película sugiere que esos “locos” son, en realidad, personas valientes, capaces de sostener sus sueños frente al desencanto del mundo. La luna representa aquí mucho más que un objeto inalcanzable; simboliza los deseos, las esperanzas, los recuerdos y todo aquello que todavía da sentido a la existencia humana.

Por su parte, el artista creador de “el huevo” explica que la escultura representa al mundo, siempre a punto de romperse. El verdadero arte, afirma, es efímero. Mientras unos nacen, otros mueren; mientras algunos construyen, otros destruyen. Y en ese breve espacio entre el nacimiento y la muerte, cada persona intenta responder, consciente o inconscientemente, a una pregunta fundamental: ¿cuál es su propia utopía cósmica?

Quizá ahí reside la fuerza filosófica de La luna en botella: recordarnos que vivir no consiste solamente en sobrevivir o adaptarse a la rutina, sino en atrevernos a conservar aquello que parece imposible. Porque tal vez toda existencia humana necesita, aunque sea una vez, intentar guardar la luna en una botella.



domingo, 10 de mayo de 2026

En el Día de las Madres


México, mi Madre Patria


La Patria (Jorge González Camarena, 1962)


Hoy, que se festeja el Día de la Madre, pienso inevitablemente en mi Madre Patria, esa tierra que continúa acobijándome aún a la distancia y que late en mí con intensa fuerza que se palpa, se escucha en mi voz, mi acento que es candor. Quizá a eso se refieren quienes dicen que “la sangre llama”.

Pienso también en el simbolismo del nombre de mi pueblo natal. Le llamo pueblo, aunque oficialmente sea una de las ciudades más grandes del mundo, una megalópolis. Para mí, la palabra pueblo habla de cercanía, de comunidad, de rostros familiares, de historias compartidas... Mi pueblo natal es el D.F., el Distrito Federal; hoy CDMX, Ciudad de México; y, mucho antes la inmensa y sagrada Gran Tenochtitlán.

Mi madre patria por siempre es México, del náhuatl Mēxihco, en el ombligo de la Luna.  Palabra que deriva de mētztli (luna), xictli (ombligo o centro) y -co (lugar), haciendo referencia a la ubicación de Tenochtitlan en el lago de Texcoco, considerado el centro del universo por los mexicas.

Hay algo profundamente filosófico en esa imagen. El ombligo no es el cordón umbilical. El cordón ata, ancla, amarra, impide partir; el ombligo, en cambio, libera; a la vez permanece como huella y memoria del origen, recuerdo imperenne. El ombligo es señal de pertenencia, recuerdo indeleble de que venimos de algún sitio y de que hay una tierra que nos habita incluso cuando creemos haberla dejado atrás. El ombligo no esclaviza: conecta simbólicamente con aquello que nos constituye, es recuredo de la propia esencia.

Quizá por eso, por el significado profundamente simbólico de su nombre, México tiene esa capacidad magnética sobre quienes nacimos allí. Es imán, nostalgia y orgullo. Es amor puro con todas sus contradicciones. Porque amar a México también implica reconocer sus heridas, sus violencias, sus desigualdades y sus absurdos. Sin embargo, incluso en medio de ello, existe una fuerza vital difícil de encontrar en otro lugar: esa mezcla de tragedia y fiesta, de dolor y humor, de muerte y celebración que vuelve al país profundamente surrealista y entrañablemente humano.

México no es solamente un territorio; es una manera de mirar el mundo. Está en la música que acompaña las penas, en el lenguaje que convierte el sufrimiento en picardía, en las plazas llenas de voces, en los mercados desbordados de colores y en esa admirable costumbre de hacer comunidad incluso en medio del caos, nombrada solidaridad. 

Madre patria, matria o como se le quiera nombrar. Tal vez las palabras importan menos que el vínculo afectivo que permanece vivo. Porque hay tierras que se convierten en parte esencial de nuestra identidad y que continúan llamándonos aun cuando la vida nos lleve lejos. 

La diáspora mexicana somos las hijas e hijos de México que, dondequiera que nos encontremos y más allá de las razones que nos hayan llevado a partir, seguimos reconociendo el llamado silencioso de nuestra Madre Patria. Una tierra que no nos ata ni nos retiene, aunque permanece viva en nuestra memoria, en nuestra manera de sentir y de mirar el mundo. Aquí o allá, cerca o lejos, seguimos formando parte de su comunidad, de su historia y de ese lazo profundo que convierte la distancia en otra forma de pertenencia. 

Es entonces que para mí cobran sentido aquellas palabras que tantas veces se han cantado casi como una plegaria colectiva: México lindo y querido, si muero lejos de ti, que digan que estoy dormida y que me traigan a ti... No como deseo de inmovilidad, sino como reconocimiento de quién es mi Madre Patria, la raíz más profunda y viva de mi alma, mi espíritu. 


miércoles, 6 de mayo de 2026

León de Greiff - En la FilBo 2026

 

León de Greiff: volver a la música de la palabra (a 50 años de su muerte)


En el marco de la Feria Internacional del Libro de Bogotá 2026, la conmemoración del aniversario luctuoso de León de Greiff no se limita a un gesto de memoria cultural: es una invitación a releerlo. A cincuenta años de su muerte (1976–2026), su poesía sigue operando como un desafío —y también como una posibilidad— para quienes pensamos la relación entre lenguaje, mundo y experiencia.

Leer a De Greiff hoy implica entrar en una zona donde la palabra deja de ser instrumento transparente y se vuelve materia sonora, espesor, juego. No es casual que su obra esté atravesada por una sensibilidad musical: en sus versos, el sentido no se impone de inmediato, sino que se insinúa, se desplaza, resuena. En este punto, su escritura no sólo pertenece a la tradición literaria, sino que dialoga con una preocupación profundamente filosófica: ¿qué puede el lenguaje?

Una obra que desborda la forma

Entre sus libros más representativos se encuentran Tergiversaciones (1925), Libro de signos (1930) y Variaciones alrededor de nada (1936). Desde estos títulos ya se advierte una poética que se sitúa en el límite: tergiversar, variar, jugar con los signos.

No se trata de una poesía “clara” en el sentido convencional. Al contrario, De Greiff cultiva la dificultad, la rareza, la proliferación de sentidos. Su uso de arcaísmos, neologismos y referencias culturales múltiples construye un universo que exige un lector activo, dispuesto a perderse.

Un breve fragmento atribuido al autor, permite intuir este tono:

“Juego mi vida, cambio mi vida,
de todos modos la llevo perdida…”

Este verso —tan citado como enigmático— condensa una actitud existencial: ironía, fatalismo, a la vez que una cierta ligereza frente al destino. En De Greiff, la vida aparece como algo que se juega, se arriesga, se desplaza, más que como algo que se fija.

Heterónimos y desdoblamiento del yo

Uno de los rasgos más fascinantes de su obra es la creación de múltiples voces poéticas: Sergio Stepansky, Gaspar von der Nacht, Leo Le Gris, entre otros. Esta proliferación de heterónimos lo acerca, inevitablemente, a Fernando Pessoa.

Sin embargo, más allá de la comparación, lo interesante es la implicación filosófica:
el “yo” deja de ser una unidad estable y se convierte en una constelación de voces.

Así, su poesía cuestiona la idea de identidad fija y propone una subjetividad móvil, fragmentaria, casi teatral. En tiempos donde la identidad se debate entre lo esencial y lo construido, esta dimensión de su obra adquiere una vigencia inesperada.

La musicalidad como pensamiento

Leer a De Greiff no es solamente comprender: es escuchar. Su poesía exige una lectura en voz alta, atenta al ritmo, a la cadencia, a la repetición. En ese sentido, su obra se sitúa en un cruce fértil entre literatura y música.

Pero esta musicalidad no es ornamental. Es, en sí misma, una forma de pensamiento.
Allí donde el concepto filosófico busca precisión, la poesía de De Greiff abre resonancias.

Podría decirse que en su escritura hay una intuición clave: el lenguaje no sólo dice el mundo, también lo crea y lo transforma.

¿Por qué volver a De Greiff hoy?

En un contexto marcado por la aceleración, la simplificación del discurso y la sobreproducción de sentido inmediato, la obra de León de Greiff ofrece una experiencia distinta:

  • invita a la lentitud

  • exige atención

  • resiste la interpretación rápida

Volver a él es, de algún modo, resistir una forma empobrecida del lenguaje.

La Feria Internacional del Libro de Bogotá 2026, al conmemorar su aniversario luctuoso, no sólo recuerda a un autor fundamental de la literatura colombiana. Nos confronta con una pregunta que sigue abierta:

¿estamos dispuestos a leer aquello que no se deja consumir fácilmente?

León de Greiff no es un poeta cómodo. Y quizás por eso mismo sigue siendo necesario.

Su obra no ofrece respuestas claras,  sino algo más valioso: una experiencia del lenguaje como exploración, como riesgo, como música.

Leerlo hoy no es un acto de nostalgia, sino una forma de reactivar la potencia del lenguaje en un mundo que, con frecuencia, lo reduce a mera utilidad.

Para saber más: 

https://www.radionacional.co/cultura/literatura/quien-era-leon-de-greiff-el-hombre-de-la-poesia

https://cambiocolombia.com/cultura/articulo/2026/5/leon-anda-en-feria/




Caricatura de León de Greiff, por Ricardo Rendón 



martes, 5 de mayo de 2026

Décima clase - Curso "Literatura y Cine"

 

Crónica filosófica de una visita a la Feria del Libro 2026



Hay experiencias que no se agotan en el acontecimiento mismo, sino que continúan desplegándose como pensamiento. Mi visita a la Feria del Libro de este año —con India como país invitado— fue una de ellas. No tanto por lo que vi, sino por lo que me obligó a pensar. Y quiero aclararlo desde el inicio: lo que sigue es mi perspectiva, mi forma de interpretar lo vivido. Como ocurre con una película, cada quien ve, siente y comprende desde sí mismo; esta lectura no pretende ser la única ni necesariamente coincidir con la de los demás.

I. Viajar sin moverse: el cuerpo en otros mundos

Confirmé, una vez más, que los libros hacen viajar. Pero no sólo los libros: también los sonidos, los colores, los gestos. Al caminar por el pabellón dedicado a India, tuve una experiencia profundamente sensorial. Mi oído se detenía, casi sin querer, en el ritmo del hindi; una lengua que no comprendo, aunque que me resultaba extrañamente hospitalaria. Había en esa escucha un goce que no dependía del significado, sino de la musicalidad misma.

Mi mirada también encontraba descanso en lo distinto: las vestimentas, los textiles, las ilustraciones. Otra manera de habitar el color, otra relación con la forma. Como si cada trazo, cada pigmento, respondiera a una sensibilidad que no me es propia, aunue me interpela. Viajar, entonces, no es sólo desplazarse: es dejarse afectar por otras formas de mundo.

II. El peso de los imaginarios

No todo lo que encontré fue apertura. También constaté la fuerza de los imaginarios colectivos. India aparecía, de manera reiterada, como una nación “espiritual”. Y, en consecuencia, sus habitantes eran representados como más pacíficos, más armónicos, más cercanos a una suerte de sabiduría ancestral.

Este tipo de asociaciones, aunque seductoras, me parecen simplificadoras. Me recuerdan que toda cultura, cuando es exhibida, corre el riesgo de ser reducida a un conjunto de rasgos fácilmente consumibles. La espiritualidad se vuelve etiqueta; la complejidad histórica, política y social se diluye en una imagen amable, casi turística.

La pregunta que me queda es incómoda: ¿qué tanto de lo que veo corresponde a una realidad viva, y qué tanto a una narrativa construida para ser mostrada y consumida?

III. La cultura como mercancía

Y es aquí donde emerge una tercera comprobación, quizá la más inquietante para mí: el capitalismo parece, hasta ahora, invencible. No porque elimine lo que se le opone, sino porque lo absorbe. La cultura, que podría pensarse como un espacio de resistencia o de crítica, aparece muchas veces integrada al mismo circuito que reproduce las lógicas del mercado.

En la Feria, la diversidad cultural no escapa a esta dinámica: se ofrece, se empaqueta, se vende. Lo “otro” se convierte en mercancía. Y en ese proceso, pierde parte de su potencia transformadora. La promoción cultural, en lugar de cuestionar el poder, puede terminar reforzándolo.

A esta constatación se suma otra escena que me resultó difícil de ignorar: el consumismo a gran escala. Filas, compras, bolsas llenas. Y, entre todo ello, grupos numerosos de estudiantes que asisten —o son llevados— al evento. Niños y jóvenes que recorren los pasillos sin comprender del todo dónde están ni qué sucede a su alrededor. No lo digo como juicio, sino como inquietud: ¿qué significa participar en algo que no se entiende?

Pienso que, si no fuera por estos grupos —estos asistentes convocados más por obligación que por deseo— el recinto estaría, probablemente, casi vacío. Y entonces aparece en mí una sospecha más profunda: aprendemos desde edades tempranas a hacer sin comprender. A ocupar el tiempo más que a habitarlo. A cumplir con la experiencia, más que a vivirla.

IV. Más allá de las comprobaciones

Sin embargo, no quiero quedarme sólo en la crítica. Porque también reconozco algo valioso en estas experiencias. Estas salidas, aunque imperfectas, funcionan como pretexto: me permiten encontrarme con otros fuera del aula, compartir un espacio distinto, reconocernos en otros contextos.

Desde donde yo lo veo, ahí reside su potencia más genuina: no en lo que enseñan directamente, sino en lo que posibilitan. En el encuentro, en la conversación, en la posibilidad —todavía frágil, pero real— de construir comunidad.

Tal vez, paso a paso, entre libros que me hacen viajar y preguntas que me incomodan, podamos ir tejiendo una comunidad unida por la literatura, por la reflexión crítica y el deseo de comprender mejor el mundo que habitamos.