Cuando el mundo de los adultos alcanza a los
niños

Infancia, pertenencia y educación frente al
reclutamiento
En una reflexión anterior, a propósito de Los colores de la montaña,
me detuve en una idea que continúa rondándome: el mundo de los niños es, en
buena medida, una réplica del mundo de los adultos. Ellos
juegan en las canchas que nosotros construimos, aprenden las palabras que
escuchan, reproducen las formas de relación que observan y, muchas veces,
padecen las consecuencias de decisiones que no tomaron.
Los niños no inventan las guerras que padecen, pero aprenden a vivir con
ellas. No colocan las minas en las canchas, pero son ellos quienes dejan de
jugar. No escriben las amenazas en las paredes de la escuela, pero tienen que
aprender a leerlas. No deciden que una familia tenga que desplazarse, pero
experimentan la ausencia de quienes se van. Quizá por eso, cuando hablamos de
infancia, siempre terminamos hablando también de nosotros.
Recientemente tuve la oportunidad de participar en un encuentro en línea
cuyo propósito fue reflexionar en torno a la pregunta: ¿cómo se acercan los
grupos criminales a los niños, especialmente a estudiantes menores de edad?
En la reunión participamos profesoras y profesores que desarrollamos
nuestra praxis educativa en distintos niveles escolares. Lo que comparto aquí
no pretende ser un diagnóstico general del fenómeno, sino una invitación para
reflexionar a partir de algunas de las experiencias, preguntas y consideraciones
que surgieron durante aquella conversación.
Cabe decir que, la conversación me dejó
pensando que quizá la pregunta necesita ampliarse. Ciertamente cuando hablamos
de reclutamiento de niñas, niños y adolescentes, es necesario preguntar cómo
llegan los grupos criminales hasta ellos; no obstante, tendríamos que
preguntarnos también qué condiciones hacen posible que esos grupos se conviertan
en una alternativa de pertenencia, reconocimiento, poder o supervivencia.
La escuela no puede hacerlo todo
Una de las primeras coincidencias entre quienes participamos fue clara:
el reclutamiento de niñas, niños y adolescentes no puede ser considerado un
problema que corresponda resolver exclusivamente a la escuela.
Profesoras de educación preescolar comentaron que ellas “no lo viven con
los niños, sino con los padres de esos niños”. Narraron, por ejemplo,
situaciones en las que algunos padres llegan intoxicados a recoger a sus hijos
al término de la jornada escolar. Otros profesores señalaron que, en
determinados contextos, los grupos criminales ni siquiera necesitan acercarse
directamente a los niños: sus padres ya pertenecen a esos grupos.
Entonces, ¿qué puede hacer el docente? Puede observar, escuchar, contener,
acompañar y activar las rutas institucionales disponibles. Sin embargo, no
puede sustituir a la familia ni a los servicios de salud, tampoco a las
instituciones de protección, ni a las políticas públicas. Esta constatación
resulta importante porque, en ocasiones, depositamos en la escuela expectativas
que desbordan completamente sus posibilidades. Queremos que eduque, prevenga,
detecte, atienda, contenga, canalice, proteja y, en ocasiones, hasta sustituya
aquello que otras instituciones no están haciendo. Pero la escuela no existe
aislada del mundo. La escuela está dentro de la sociedad y, por tanto, también
recibe sus fracturas. La educación no ocurre solamente en la escuela.
Apareció una frase particularmente fuerte durante la conversación:
quienes más necesitan apoyo son, muchas veces, los primeros en dar la espalda. Quizá
esto ocurre porque aceptar ayuda implica reconocer una vulnerabilidad; porque
existen desconfianza, miedo, estigmatización o experiencias previas de abandono
institucional. Sea cual sea la razón, esto nos coloca ante una paradoja:
precisamente quienes más necesitan redes de apoyo pueden ser quienes menos
posibilidades tienen de acercarse a ellas.
El barrio también educa
Una de las profesoras participantes compartió una experiencia que
desplazó la pregunta hacia otro territorio: el barrio. En su contexto, quienes
reclutan a los estudiantes son personas que viven cerca de ellos; son vecinos,
algunos de los cuales pertenecen a las llamadas BACRIM (término utilizado en
Colombia para referirse a bandas criminales, estructuras dedicadas a
actividades ilícitas que, en distintos momentos, han estado vinculadas con
fenómenos como narcotráfico, extorsión y control territorial.).
La anterior observación es sencilla, aunque introduce una cuestión
fundamental: los niños no viven dentro de la escuela; esta es uno de los
espacios que habitan, pero no el único. También vive en la casa, está en la
calle, en el barrio, en los lugares donde se reúne; lo cual implica que convive
no sólo con los profesores, igualmente se relaciona con su familia, con los
amigos y los vecinos. Los infantes y adolescentes se desarrollan al interior de
distintas comunidades. Además, tienen acceso a redes sociales; habita espacios
físicos y digitales. De modo que, todas esas personas en todos esos espacios
participan, de una manera u otra, en su formación, aun cuando no tengan la
intención explicita de hacerlo.
La educación es mucho más amplia que la escolarización. El menor de edad
puede recibir durante algunas horas una educación orientada al cuidado, al
diálogo y al pensamiento crítico, y después regresar a un contexto en el que
aprende que el poder se obtiene mediante la violencia, que el dinero justifica
cualquier medio o que pertenecer a determinado grupo garantiza protección y
reconocimiento.
En este punto es posible recuperar una intuición de la filosofía de la
educación: educar no es simplemente transmitir información; es introducir a
alguien en un mundo. La cuestión es que no existe un solo mundo: la escuela
presenta uno; la familia puede presentar otro; el barrio, otro; los grupos de
pares, otro; las redes sociales, uno más. Y nuestros estudiantes tienen que
aprender a orientarse entre todos ellos.
La pregunta entonces no es solamente quién educa, sino: ¿qué está
enseñando cada uno de esos espacios acerca de lo que significa vivir, tener
éxito, pertenecer, ser respetado y ejercer poder?
Pertenecer: una necesidad que no desaparece
Cuando el moderador intentó llevar la conversación hacia los factores
psicológicos relacionados con el reclutamiento, uno de los profesores hizo una
observación que me pareció especialmente significativa: quizá tendríamos que
hablar menos de factores psicológicos aislados y más de factores sociológicos:
¿Por qué algunos niños y adolescentes se sienten atraídos por esos grupos? Entre
los motivos señalados aparecieron el dinero y el poder. A lo cual yo agregaría
una palabra que atraviesa silenciosamente muchas de las experiencias
compartidas: pertenencia.
El ser humano necesita pertenecer; no solamente necesita alimento, techo
y seguridad física. Igualmente necesita vínculos, reconocimiento, identidad y
un lugar desde el cual pueda decir: “aquí soy alguien”. Esto nos remite,
inevitablemente, a una de las preguntas fundamentales de la filosofía: ¿qué
significa ser alguien?
No somos individuos aislados que toman decisiones en el vacío. Nos
constituimos en relación con otros. Aprendemos quiénes somos a partir de las
miradas que recibimos, de los lugares que ocupamos, de las expectativas que
recaen sobre nosotros y de las comunidades de las que formamos parte.
Lo anterior resulta especialmente significativo si pensamos en la
adolescencia como una etapa en la que las preguntas por la identidad adquieren
una fuerza particular. Preguntas del tipo: ¿Quién soy? ¿Dónde pertenezco? ¿Quiénes
son los míos? ¿Qué lugar ocupo? ¿Qué puedo hacer? ¿Qué posibilidades tengo? ¿Qué
significa ser alguien?
Si una sociedad responde a esas preguntas ofreciendo oportunidades de
participación, reconocimiento, educación, trabajo y comunidad, existen ciertos
caminos posibles. Pero si las respuestas disponibles son escasas, otros grupos
pueden ofrecerlas. Por eso resulta inquietante pensar que un grupo criminal
pueda ofrecer algo que una institución educativa, una familia o una comunidad
no han logrado ofrecer: un lugar, una identidad, un reconocimiento, una
sensación de poder o de importancia.
Esto no significa justificar el reclutamiento ni responsabilizar a
quienes son reclutados. Significa intentar comprender una dimensión del
fenómeno. Porque si un adolescente siente que en determinado espacio no tiene
lugar y otro grupo le dice “aquí sí perteneces”, esa segunda propuesta puede
adquirir una fuerza enorme.
Aquí aparece una cuestión filosófica que va más allá del fenómeno
criminal: el ser humano no solamente busca sobrevivir; también busca pertenecer
y encontrar significado. El problema es qué espacios están disponibles para
satisfacer esas necesidades.
¿Y si el problema también fuera no encontrar
un lugar?
Uno de los profesores introdujo una dimensión particularmente
significativa. Al retomar la pregunta por los factores psicológicos, señaló que
muchas veces se trata de jóvenes que han sido excluidos por el propio sistema. Jóvenes
que no encajan: que tienen dificultades para adaptarse a las dinámicas
escolares, que requieren apoyos educativos especializados, no siempre disponibles.
Jóvenes que acumulan experiencias de fracaso, rechazo o incomprensión y que encuentran
en otros espacios —lamentablemente, con frecuencia espacios ilegales— aquello
que la escuela no consiguió proporcionarles: un lugar donde sienten que encajan,
una posibilidad de pertenecer.
Esta idea merece ser pensada con cuidado. No significa responsabilizar a
la escuela por el reclutamiento, tampoco significa afirmar que todo joven
excluido terminará vinculado con un grupo criminal. Significa reconocer algo
más profundo: la necesidad de pertenecer no desaparece cuando una institución
no logra satisfacerla.
Si un espacio dice “aquí no cabes”, otro puede responder “aquí sí”. Y
esa respuesta puede tener un costo enorme. Por ello la inclusión educativa no
debería reducirse a que un estudiante esté físicamente dentro de un salón de
clases. A su vez, implica preguntarnos si encuentra allí reconocimiento,
participación, posibilidades de aprendizaje y una experiencia de pertenencia.
Esta reflexión me lleva a pensar en una cuestión fundamental de la
educación: ¿qué hacemos con quien no encaja? Con frecuencia, la respuesta
institucional consiste en intentar que el estudiante se adapte al sistema; quizá
deberíamos formular también la pregunta inversa: ¿qué necesita transformar el
sistema para que puedan caber más personas dentro de él?
Al respecto, es necesario comenzar por reconocer que no todos aprendemos
de la misma manera, no todos tenemos las mismas capacidades, tampoco procedemos
de los mismos contextos ni compartimos la misma historia. Si la escuela que
pretende educar para la vida tendría que ser capaz de reconocer esa diversidad
sin convertirla inmediatamente en déficit. La inclusión no consiste solamente
en abrir la puerta, consiste en conseguir que quien entra pueda decir: “este
también puede ser mi lugar”.
Pensamiento crítico: aprender a no dejarse
arrebatar el juicio, porque no basta con saber que algo está mal
Una profesora señaló que la edad de sus estudiantes es particularmente
compleja: son adolescentes que, en ocasiones, no alcanzan a evaluar las
consecuencias de sus actos. Desde su perspectiva, habría que fortalecer el
pensamiento crítico.
Esta afirmación abre otra cuestión filosófica: ¿Para qué educamos el
pensamiento? ¿Para acumular conocimientos? ¿Para resolver problemas? ¿Para
aprobar exámenes? ¿O también para aprender a juzgar?
Estoy de acuerdo en que la educación del pensamiento crítico resulta
fundamental, aunque quizá tendríamos que preguntarnos qué entendemos por él. Pensar
críticamente no consiste solamente en saber distinguir entre lo bueno y lo malo;
y, reconocer las consecuencias de nuestras decisiones. Ejercitar el pensamiento
crítico implica poder cuestionar aquello que se presenta como evidente, no
aceptar inmediatamente aquello que se presenta como deseable; identificar
relaciones de poder; preguntar qué me ofrecen y qué me piden a cambio, quién se
beneficia y quién resulta perjudicado; distinguir entre una promesa y una
posibilidad real; reconocer cuándo una aparente oportunidad es, en realidad,
una forma de explotación; y, sobre todo, poder imaginar alternativas, preguntar
qué otras posibilidades existen, qué estoy dejando de ver. Difícilmente podemos
pedir a un adolescente que rechace una propuesta de pertenencia si no le
ofrecemos otros espacios donde pueda sentirse reconocido. No basta con decirle:
no vayas por ahí. También habría que preguntarle: ¿hacia dónde puedes ir?
Pensar críticamente significa conservar la capacidad de decir: no
necesariamente tiene que ser así. En contextos donde la violencia se ha
normalizado, esta capacidad puede ser profundamente transformadora porque la
primera victoria de cualquier forma de violencia puede consistir en
convencernos de que no existe alternativa.
Cuando lo extraordinario se vuelve cotidiano,
cuando lo anormal se vuelve normal
Profesores que trabajan en la capital señalaron la necesidad de
considerar la multiculturalidad, las llamadas “fronteras invisibles” y aquellos
contextos donde determinadas prácticas se han normalizado. Esta idea resulta
especialmente importante: hay comportamientos que, vistos desde fuera, pueden
parecer evidentemente extraordinarios o peligrosos. Sin embargo, para quienes
crecen dentro de determinados contextos, pueden formar parte de la vida
cotidiana y cuando algo se vuelve cotidiano, corre el riesgo de dejar de ser
cuestionado.
En este punto aparece otra función de la educación: desnaturalizar.
Una función
que va más allá de transmitir conocimientos, hacer visible aquello que se ha
vuelto invisible por costumbre. Se trata de preguntar, nombrar, problematizar y
desnaturalizar. No aceptar como inevitable aquello que simplemente hemos
aprendido a considerar normal. Hay cosas que hacemos porque creemos que siempre
se han hecho así; hay relaciones que aceptamos porque las hemos visto toda la
vida; hay violencias que dejamos de nombrar porque forman parte de la
cotidianidad. Sin embargo, que algo sea frecuente no significa que sea normal
en un sentido normativo y que algo sea conocido no significa que deba ser
aceptado.
Educar también consiste en recuperar la capacidad de asombro frente a
aquello que hemos dejado de cuestionar. Preguntar: ¿Por qué? ¿Desde cuándo? ¿A
quién beneficia? ¿A quién perjudica? ¿Quién decidió que fuera así? Quizá una de
las tareas más importantes del pensamiento crítico sea precisamente volver
extraño aquello que la costumbre nos ha hecho parecer inevitable.
El reclutamiento como proceso. No siempre existe
una puerta de entrada
Durante el encuentro apareció otra idea relevante: no existen
necesariamente mecanismos claros y únicos de reclutamiento. No hay necesariamente una puerta claramente
identificable que el niño o el adolescente atraviesa para entrar en un grupo
criminal. En ocasiones, el proceso parece construirse gradualmente, es desestructurado,
casi imperceptible.
Uno de los profesores habló del consumo de vapeadores como ejemplo de
una posible cadena de aproximaciones: primero se comparten entre compañeros;
después, cuando la curiosidad aumenta y aquello deja de satisfacer, aparece la
búsqueda de nuevas experiencias; algunos pueden transitar hacia el consumo de
sustancias ilegales; luego la venta; después el descubrimiento de una
posibilidad de obtener dinero; finalmente, en determinados casos, la
incorporación a estructuras delictivas.
Es importante no convertir este ejemplo en una relación causal
automática. No todo adolescente que vapea transitará hacia el consumo de
sustancias ilegales ni hacia la delincuencia; sería una generalización
injustificada. Lo que el ejemplo permite observar es otra cosa: el proceso de
involucramiento puede construirse progresivamente a través de pequeñas
normalizaciones, oportunidades y aprendizajes.
Es decir que, determinados procesos de involucramiento pueden producirse
mediante una sucesión de pequeños desplazamientos de los límites: Primero
algo parece inofensivo, después deja de ser suficiente, luego aparece algo
nuevo que representa una posibilidad económica. Así, poco a poco, puede
modificarse aquello que se considera normal, deseable o posible.
De ahí que sea importante pensar conjuntamente en consumo, adicciones,
redes sociales, economías ilegales, pertenencia y reclutamiento, sin reducir
ninguno de estos fenómenos al otro. No son fenómenos idénticos, aunque pueden
encontrarse y reforzarse en determinados contextos.
El problema no es solamente la pobreza
Durante el encuentro aparecieron otros factores: condiciones
socioeconómicas, redes sociales, coerción y amenazas. Esto recuerda que el
reclutamiento no puede explicarse desde una sola causa, es un fenómeno
multifactorial: no todos llegan por las mismas razones, no todos tienen las
mismas condiciones, no todos toman decisiones en circunstancias de libertad. No
existe una única explicación.
En algunos casos puede existir una búsqueda de dinero; la pobreza puede
generar vulnerabilidades, aunque no explica por sí sola el reclutamiento. En
otros, la motivación puede ser la necesidad de pertenencia; sin embargo, no todos
los que buscan pertenecer ingresan a grupos criminales. Asimismo, la presión
del entorno, amenazas o coerción pueden existir y, en esos casos, la palabra “elección”
adquiere límites muy distintos; en otros, vínculos familiares previos.
Por eso quizá resulte insuficiente preguntar: ¿Por qué se meten? Habría
que preguntar: ¿qué condiciones rodean esa decisión?, ¿qué alternativas
existían?, ¿qué presiones operaban?, ¿qué redes estaban disponibles?, ¿qué
necesidades estaban buscando satisfacer? Necesitamos resistir la tentación de
encontrar una explicación sencilla para un fenómeno complejo.
No obstante, explicar un fenómeno no significa legitimarlo; reconocer la
complejidad no implica justificar el fenómeno. Significa que con base en la
comprensión de sus múltiples dimensiones se abre la posibilidad de intervenir
sobre él, reconociendo que las respuestas tendrán que ser múltiples.
El género, ¿quién aprende a ejercer el poder?
Al final del diálogo apareció la pregunta por la diferencia de género: ¿Existe
una diferencia de género en el reclutamiento y en las formas de actuación de
quienes son reclutados?
Las personas participantes coincidieron en señalar que, al menos desde
sus experiencias, en sus contextos, se trata predominantemente de un fenómeno
masculino. Esta observación merece, sin embargo, seguir siendo investigada y no
convertirse en una conclusión universal. Las experiencias locales pueden variar
y las niñas y adolescentes también pueden encontrarse expuestas a distintas
formas de violencia, explotación y vinculación con estructuras criminales.
Asimismo, se abre una pregunta que va más allá de las cifras: ¿qué
relación existe entre ciertas formas de masculinidad y la manera en que
aprendemos a entender el poder? Si desde pequeños algunos niños reciben
mensajes según los cuales “los hombres no lloran”, “los hombres mandan”, “los
hombres deben ser fuertes” o “el respeto se obtiene imponiéndose”, quizá
tendríamos que preguntarnos qué relación existe entre esos aprendizajes
cotidianos y las formas posteriores de ejercer poder.
La pregunta por el género, por tanto, permanece abierta y es importante
no limitarla a preguntar cuántos hombres y cuántas mujeres participan, sino
también qué papeles se asignan diferencialmente a unos y otras, qué
expectativas de masculinidad y feminidad intervienen y qué formas de poder se
ponen en juego.
No se trata de establecer una relación causal directa entre machismo y
criminalidad. Sería una simplificación. Se trata de observar que también
educamos para determinadas maneras de relacionarnos con el poder, con el
conflicto y con los otros. Por lo tanto, si queremos transformar las
violencias, quizá también tengamos que revisar esas pedagogías cotidianas de la
masculinidad.
Una responsabilidad que no puede recaer en una
sola institución
Al concluir el encuentro, quedó claro que no podemos pedirle a la
escuela que resuelva por sí sola un problema que atraviesa a toda la sociedad.
De acuerdo con algunos de los participantes, las instituciones educativas
necesitan más personal; equipos capaces de mantener una comunicación constante
con los estudiantes; profesionales preparados para detectar señales de alerta,
realizar contención y activar rutas de atención. A su vez, necesitan posibilidades reales de
remisión hacia apoyos psicosociales. Y esos apoyos requieren instituciones de
salud pública capaces de recibir, atender y dar seguimiento a quienes son
remitidos.
Hubo una conclusión que me pareció particularmente importante: es
necesario trabajar directamente con las familias, con madres, padres y tutores.
Porque si el mundo de los niños es una réplica del mundo de los adultos,
entonces no podemos intervenir únicamente en la infancia. Hay que mirar el
mundo que los adultos estamos construyendo alrededor de ella. ¿Qué mundo
estamos poniendo frente a ellos? Quizá esta sea la pregunta que permanece
después de aquella conversación.
En la película Los colores de la montaña, los niños no inventaron las minas,
no escribieron los mensajes de amenaza, no eligieron el desplazamiento de sus
familias ni decidieron que la cancha donde jugaban debía convertirse en un
territorio peligroso. Sin embargo, fueron ellos quienes tuvieron que aprender a
vivir con todo ello.
Algo semejante ocurre cuando hablamos de reclutamiento. Los niños y
adolescentes no crean las estructuras criminales, no inventan la desigualdad, no
diseñan los mercados ilegales, no construyen las fronteras invisibles, no
deciden las condiciones económicas de sus familias, no determinan la presencia
o ausencia de servicios públicos, pero crecen dentro de todo ello. Visto así,
probablemente la pregunta más profunda no sea solamente cómo evitar que los
grupos criminales lleguen a nuestros niños, sino también: ¿qué estamos
construyendo para que nuestros niños y adolescentes tengan razones, espacios y
posibilidades para elegir otros caminos?
Nuestros menores de edad reciben un mundo que no construyeron. Reciben
nuestras desigualdades, prejuicios, conflictos, silencios, miedos, modelos de
éxito, formas de ejercer autoridad, modos de relacionarnos… Igualmente, reciben
nuestras instituciones, la familia, la escuela, la comunidad, el Estado, con
todas las manifestaciones culturales que estas entrañan.
Entonces la pregunta deja de ser solamente cómo impedir que el crimen
llegue a los niños. La pregunta se vuelve mucho más incómoda: ¿qué estamos
haciendo para que los niños encuentren en el mundo que les ofrecemos
suficientes razones para no necesitar aquello que el crimen promete?
Porque quizá un adolescente no busca solamente dinero, puede estar
buscando reconocimiento; no solamente poder, puede estar buscando pertenencia;
no solamente adrenalina, puede estar buscando una experiencia que rompa con una
vida que percibe como limitada; no solamente un grupo, puede estar buscando un
lugar donde sentirse alguien. Y si esto es así, la prevención no puede
consistir únicamente en advertir: eso está mal. También tendremos que ser
capaces de responder: aquí hay otro lugar para ti.
Un lugar para aprender, participar, jugar, crear; para equivocarse sin
quedar excluido; para ser escuchado, construir proyectos e imaginar futuros; para
descubrir que tener poder no significa dominar a otros, que ser alguien no
significa imponerse, que pertenecer no significa obedecer ciegamente; para
reconocer que el dinero no es la única medida del éxito, que la fuerza también
puede consistir en cuidar y que una vida buena quizá tenga menos que ver con
cuánto poder conseguimos sobre los demás que con cuántas posibilidades tenemos
de construir nuestra vida junto con otros, sin destruir la vida de nadie.
Al final, los niños seguirán siendo un espejo. La cuestión es que un
espejo no decide lo que refleja. Somos nosotros quienes estamos construyendo
aquello que algún día ellos nos devolverán en su propia imagen. De manera que, una
de las preguntas más serias que puede hacerse la educación: ¿qué mundo queremos
que nuestros niños encuentren cuando crezcan?