¿Cuál es el rostro del diablo? Una reflexión filosófica sobre el mal, la libertad y la responsabilidad humana
La filosofía está en todas partes, incluso allí donde no esperamos encontrarla. A veces basta con escuchar, mirar con atención y hacernos algunas preguntas para descubrir que detrás de una narración, una canción, una pintura o una película hay una invitación a pensar la vida.
De consumidor a prosumidor: aprender para
compartir
Soy consumidora, como prácticamente todos los que participamos en la
sociedad contemporánea, pero no me considero consumista. Y, en la medida de mis
posibilidades, intento ser también prosumidora. ¿Cuál es la diferencia?
Consumir es adquirir, utilizar o disfrutar bienes, servicios, información y contenidos. Es una actividad cotidiana y necesaria. Ser consumista, en cambio, supone hacer del consumo una práctica excesiva, en ocasiones compulsiva, que termina por ocupar un lugar central en nuestra manera de vivir y relacionarnos con el mundo. El prosumidor, por su parte, no se limita a recibir o consumir: también produce, crea, interpreta, transforma y comparte. Es alguien que participa activamente en la construcción y circulación de aquello que consume.
No se trata de categorías excluyentes. Podemos ser consumidores sin ser consumistas y, al mismo tiempo, convertirnos en prosumidores. Esta última posibilidad me interesa particularmente: consumir contenidos culturales, pero no solamente quedarme con ellos, sino aprender algo, formular preguntas, elaborar mis propias reflexiones y generar algo que pueda compartir con otras personas.
Con esa intención escribo esta nota. El punto de partida es una experiencia audiovisual: La Tintortulia titulada “El diablo, lucha entre el bien y el mal”, una propuesta cultural colombiana que invita a acercarse a distintos temas mediante la conversación y la narración. En esta ocasión, el recorrido por la figura del diablo me dejó pensando. Y, como suelo hacer, encontré filosofía allí donde quizá no todos esperarían encontrarla.
La filosofía está en todas partes, es la vida que se piensa a sí misma
Entiendo la filosofía, más allá de su dimensión académica y de su
tradición disciplinar, como búsqueda, indagación y ejercicio del pensamiento
crítico. Filosofar es detenernos a preguntar para intentar comprender lo que
nos pasa y lo que sucede a nuestro alrededor; examinar lo que sentimos, lo que
pensamos, lo que hacemos y las razones por las que lo hacemos. Para mí, la
filosofía no es solamente teoría: es práctica, es vida. O, mejor dicho, la
filosofía es la vida que se piensa a sí misma.
Esto implica que la filosofía está ligada a la historia. Nuestras preguntas, respuestas e ideas no aparecen en el vacío: se tejen en unas coordenadas de tiempo y espacio. Lo que una sociedad considera verdadero, justo, bueno o malo está relacionado con sus circunstancias históricas, sus creencias, sus conocimientos y sus formas de organizar la vida.
Por lo tanto, nuestra filosofía de vida se transforma. Cambia a lo largo de nuestra existencia personal e igualmente cambia en el devenir de la humanidad. Las preguntas permanecen, aunque las respuestas y las representaciones se modifiquen.
Una de esas preguntas, probablemente tan antigua como la experiencia humana del sufrimiento, es: ¿qué es el mal?, ¿de dónde viene?, ¿por qué existe?, ¿por qué nos suceden cosas malas y por qué, a veces, somos nosotros quienes provocamos el dolor de otros? La figura del diablo constituye una de las representaciones culturales, religiosas y simbólicas mediante las cuales hemos intentado responder a esas preguntas.
El diablo: una figura que cambia con la historia
En el recorrido de La Tintortulia nos guiaron por distintas
épocas para indagar cuál ha sido el rostro del diablo. Porque, en la búsqueda
por identificar y representar el mal, los seres humanos le hemos atribuido
diferentes formas.
Para organizar este recorrido tomamos como referencia la periodización histórica asociada al historiador alemán Christoph Cellarius, quien contribuyó a consolidar la división de la historia occidental en Edad Antigua, Edad Media y Edad Moderna. A estas etapas podemos incorporar el Renacimiento como un periodo de transición y transformación cultural, y la Edad Contemporánea para pensar nuestro presente.
Es importante aclarar que no estamos ante una evolución universal ni lineal de la figura del diablo. Las representaciones han coexistido, se han mezclado y han variado entre culturas y tradiciones. Lo interesante es observar cómo cada época ha construido sus propias imágenes para representar aquello que teme, rechaza o considera maligno.
En la Antigüedad: el mal como misterio y amenaza divina
En las culturas antiguas encontramos distintas explicaciones del
sufrimiento, la desgracia y las fuerzas destructivas. En el mundo griego, por
ejemplo, existían divinidades, espíritus y seres asociados con el caos, la
discordia y la destrucción. La noción de daimon tampoco equivalía
necesariamente a la concepción cristiana posterior del demonio: podía designar
una fuerza o entidad espiritual sin implicar siempre una connotación maligna.
En la tradición hebrea, la figura de Satanás fue adquiriendo diferentes significados. En algunos textos bíblicos aparece como adversario o acusador, sin corresponder todavía a la imagen plenamente desarrollada del gran antagonista de Dios que encontramos en tradiciones cristianas posteriores.
El mal se encontraba ligado, en muchas explicaciones religiosas, a la voluntad de los dioses, al destino, a la transgresión y al castigo divino. Era, en buena medida, un misterio ante el cual el ser humano se sentía vulnerable.
En esta primera aproximación, el diablo todavía no tiene un rostro único y definido: es una presencia amenazante, una fuerza que se intenta comprender y a la que se atribuyen los acontecimientos que escapan al entendimiento humano.
En la Edad Media: el diablo adquiere un rostro monstruoso
Con la consolidación del cristianismo en Europa, la figura del diablo
adquiere una presencia mucho más definida en la imaginación colectiva. La
iconografía medieval lo representa frecuentemente como una criatura monstruosa,
híbrida y bestial: cuernos, garras, cola, alas, pezuñas y rasgos animales.
Es la imagen de un ser que encarna la tentación, el pecado, la condenación y la oposición a Dios. Una figura que advierte sobre los peligros de apartarse del bien y que ocupa un lugar central en la predicación religiosa y en las representaciones artísticas.
La literatura ofrece una de sus expresiones más poderosas en La Divina Comedia, de Dante Alighieri. En el Infierno, el diablo aparece en el último círculo, asociado con la traición y el alejamiento absoluto del amor divino.
A su vez, la Biblia constituye una fuente fundamental para la construcción de esta representación, especialmente a través de los relatos de la tentación, la caída de los ángeles y el Apocalipsis.
En el Renacimiento: el monstruo adquiere rasgos humanos
El Renacimiento transforma profundamente la representación del cuerpo,
la naturaleza y el ser humano. El diablo no desaparece; sin embargo, su figura
adquiere nuevas posibilidades expresivas. El monstruo puede humanizarse,
adoptar una apariencia seductora, bella o incluso majestuosa. La representación
del ángel caído permite explorar la soberbia, la ambición, la rebeldía y el
deseo de poder.
El mal ya no necesita mostrarse únicamente mediante una apariencia grotesca, puede ocultarse bajo una figura atractiva. El peligro no siempre está en aquello que nos produce miedo, sino también en aquello que nos seduce.
La figura de Lucifer, el ángel que cae por su soberbia, expresa esta tensión entre grandeza y destrucción. Una representación que encontrará posteriormente una de sus grandes expresiones literarias en El paraíso perdido, de John Milton, ya en el siglo XVII.
En la Modernidad y la época contemporánea: el mal se humaniza y se hace cotidiano
A medida que se transforman las sociedades, el mal deja de representarse
exclusivamente como una fuerza sobrenatural exterior al ser humano. Podemos
encontrarlo en las acciones humanas, en las estructuras de poder, en la
ambición desmedida, en la explotación y en la destrucción.
El diablo ya no necesita tener cuernos ni cola. Puede adquirir el rostro de quien engaña, domina, acumula riquezas a costa de otros, corrompe las instituciones o destruye la naturaleza para satisfacer sus intereses.
En esta interpretación, el mal contemporáneo tiene tres rostros particularmente reconocibles: poder, dinero y corrupción. No porque el poder o el dinero sean malos por naturaleza, sino porque pueden convertirse en instrumentos de dominación, desigualdad y destrucción cuando se persiguen sin límites éticos, al margen de la responsabilidad hacia los demás y hacia el mundo que habitamos.
Así, el monstruo se ha vuelto reconocible. Ya no está necesariamente
fuera de nosotros. Puede habitar nuestras decisiones, nuestras prácticas y
nuestras formas de relacionarnos.
El diablo también tiene música, pintura, literatura y cine
Una de las posibilidades más interesantes de este recorrido con La
Tintortulia es que la figura del diablo no pertenece exclusivamente a la
religión o a la filosofía. También ha encontrado expresión en las artes, que
han contribuido a construir y transformar nuestro imaginario sobre el bien y el
mal.
En la música, por ejemplo, encontramos el llamado diabolus in musica, expresión latina con la que se conoció el intervalo del tritono, una combinación de sonidos que produce una tensión disonante. Su asociación histórica con lo diabólico alimentó un imaginario musical que ha llegado hasta nuestros días. No significa que el intervalo estuviera universalmente prohibido ni que tuviera un significado satánico intrínseco, aunque sí muestra cómo la cultura puede atribuir significados simbólicos a determinadas experiencias sonoras.
Mucho después, el heavy metal incorporó en algunas de sus expresiones estéticas y musicales referencias al diablo, al infierno, a la transgresión y a lo oscuro. Más allá de las interpretaciones religiosas que puedan suscitar estas manifestaciones, resulta interesante observar cómo la música utiliza esas imágenes para cuestionar convenciones, provocar, denunciar o explorar los límites de la experiencia humana.
En la pintura, las representaciones de Lucifer, la caída de los ángeles y la separación entre el bien y el mal permiten visualizar los conflictos morales y espirituales de distintas épocas. Entre las obras que dialogan con esta temática está La caída de Lucifer, así como las representaciones de la separación entre las ovejas y las cabras, imágenes vinculadas con la tradición cristiana del juicio final.
En la literatura, además de la ya mencionada Divina Comedia, encontramos en la Biblia relatos que han alimentado durante siglos las interpretaciones sobre el diablo, la tentación, la caída y la lucha entre el bien y el mal.
El cine también ha contribuido a esta conversación. La última tentación de Cristo (1988), de Martin Scorsese, propone una aproximación provocadora a la figura de Jesús, la tentación y la condición humana. Por su parte, Fantasía (1940), de Disney, ofrece en su secuencia Una noche en el Monte Pelado una representación visual y musical particularmente poderosa de una figura demoníaca que convoca fuerzas oscuras.
Todas estas expresiones artísticas nos permiten advertir que el diablo no es solamente un personaje religioso o literario. Es también una construcción simbólica mediante la cual las sociedades narran sus temores, sus conflictos, sus contradicciones y sus preocupaciones éticas.
Del misterio a la responsabilidad: ¿dónde está el mal?
Después de este recorrido histórico y artístico, regreso a las preguntas
iniciales: ¿qué es el mal?, ¿por qué hacemos daño?, ¿por qué infringimos dolor
unos a otros?
Al parecer, en la búsqueda de explicaciones sobre el mal, hay dos
cuestiones que adquieren cada vez mayor relevancia, dos constantes: libertad y responsabilidad.
Si miramos retrospectivamente las distintas representaciones del diablo, podemos advertir un desplazamiento significativo. En muchas concepciones antiguas, el sufrimiento se explicaba como consecuencia de la voluntad divina, el destino o el castigo por alguna transgresión. El ser humano se encontraba ante fuerzas que lo superaban y cuya voluntad no siempre podía comprender.
Posteriormente, las tradiciones religiosas desarrollaron explicaciones más elaboradas sobre el pecado, la tentación, la voluntad y la posibilidad de elegir entre el bien y el mal. La figura del diablo adquirió entonces un papel importante como tentador, como representación de aquello que podía apartarnos del bien.
Con el desarrollo del pensamiento filosófico moderno, la reflexión sobre la libertad, la voluntad y la autonomía moral adquirió nuevas dimensiones. El mal comenzó a examinarse desde las decisiones humanas, las intenciones, las condiciones sociales y las consecuencias de nuestros actos.
No significa que hayamos abandonado las explicaciones religiosas ni que exista una evolución sencilla desde la superstición hasta la razón. Las distintas interpretaciones siguen coexistiendo. Sin embargo, hay un desplazamiento filosófico y ético que me interesa destacar: cada vez resulta más difícil atribuir todo el mal a una fuerza exterior sin preguntarnos por nuestra propia participación en él.
Aquí aparece la responsabilidad. Somos responsables de lo que hacemos y, en buena medida, de lo que nos hacemos unos a otros. No podemos explicar todas las desgracias, las enfermedades, las catástrofes o los sufrimientos como consecuencias de nuestras decisiones; hacerlo sería injusto y desconocería la complejidad de la existencia. Pero sí podemos y debemos reconocer nuestra responsabilidad frente al daño que provocamos, individual y colectivamente.
Es conocida, y quizá hasta trillada, la idea de que en nosotros habitan dos impulsos, dos tendencias o dos posibilidades: bien y mal; vida y muerte; amor y odio; creación y destrucción. No necesariamente como dos fuerzas equivalentes que nos gobiernan de manera inevitable, sino como posibilidades que se expresan en nuestra manera de vivir, elegir y relacionarnos. En ese cruce de posibilidades hemos situado al diablo y le hemos otorgado distintos rostros a través de la historia.
Me gusta pensar ese recorrido también como una metáfora de nuestro
propio desarrollo como humanidad: en nuestra infancia simbólica, el mal era un
misterio sin rostro; durante nuestra etapa de crecimiento, lo representamos
como una bestia monstruosa; en nuestra adolescencia, el monstruo adquirió
rasgos humanos, se volvió más cercano y reconocible. En nuestra madurez,
descubrimos que puede ocultarse en la ambición, el afán de dominio, la
acumulación desmedida y la destrucción de nuestro entorno. Hoy, en nuestra
adultez histórica –si es que podemos hablar de una humanidad adulta–, el diablo
tiene tres rostros: poder, dinero y corrupción. Al respecto, hay algo inquietante:
esos rostros no son ajenos a nosotros.
El diablo somos nosotros
Sí, el diablo somos nosotros. No en un sentido religioso o literal, sino como una provocación filosófica: somos los seres humanos quienes, mediante nuestras decisiones y acciones, podemos generar el mal, provocar sufrimiento, ejercer violencia, destruir y corromper.
No necesitamos invocar a una fuerza sobrenatural para explicar la
crueldad, la injusticia, la explotación o la destrucción de la naturaleza.
Basta con observar nuestras acciones individuales y colectivas. Pero esta
afirmación tiene una segunda parte, que considero todavía más importante:
también somos nosotros quienes podemos generar el bien, cuidar, amar, crear,
construir relaciones más justas y contribuir a un mundo menos violento, en paz.
Si somos capaces de producir el mal, también tenemos la posibilidad de actuar de otra manera. La libertad no consiste solamente en poder elegir entre distintas opciones; implica reconocer que nuestras elecciones tienen consecuencias y que debemos responder por ellas.
Por eso, no me interesa tanto encontrar al diablo fuera de nosotros como
preguntarme qué hacemos para alimentarlo o para impedir que sus distintas
manifestaciones se apoderen de nuestra vida.
En buena medida, el mal está en nuestras manos. Podemos reproducirlo o resistirlo; podemos normalizarlo o cuestionarlo; podemos convertirnos en instrumentos de destrucción o asumir nuestra capacidad de cuidar y crear. Esto vale por igual para cada persona y para las instituciones, las sociedades y la humanidad en su conjunto.
No se trata de afirmar ingenuamente que podemos controlar todo el mal que existe en el mundo, sino de reconocer el ámbito de libertad y responsabilidad desde el cual sí podemos actuar.
Somos seres narrativos: necesitamos contarnos para comprendernos
Concluyo retornando al punto de partida: La Tintortulia y la
narración como una forma de aproximarnos a la realidad. Coincido con la idea de
que somos seres narrativos. Construimos relatos para ordenar nuestras
experiencias, dar sentido a lo que vivimos, explicar lo que no comprendemos y
elaborar respuestas a las preguntas que nos acompañan. Narramos nuestra
historia personal y también construimos narraciones colectivas sobre nuestros
orígenes, nuestros temores, nuestros conflictos y nuestras aspiraciones.
La figura del diablo es una de esas narraciones. Sus transformaciones nos hablan tanto de aquello que hemos considerado maligno como de nosotros mismos, de nuestros valores, nuestras contradicciones y nuestras preocupaciones en cada época.
Quizá por eso es necesario preguntarnos, más allá de las creencias que cada quien tenga: ¿cuál es el rostro del diablo en nuestro tiempo?, ¿dónde lo reconocemos?, ¿qué decisiones y prácticas lo alimentan?, ¿qué responsabilidad tenemos frente a él? Una pregunta más: si el mal puede tener tantos rostros, ¿por qué no dedicar el mismo esfuerzo a reconocer, construir y multiplicar los rostros del bien?
Escuchar, aprender, pensar y compartir también son maneras de hacerlo. Esta nota es mi intento de transformar una experiencia de consumo cultural en una oportunidad para pensar y generar algo propio. Porque, al final del día, filosofar es eso: no conformarnos con escuchar una historia, sino atrevernos a pensar qué nos dice sobre la vida y sobre nosotros mismos.










