Criarnos mutuamente: una lección filosófica para tiempos de decisión
Colombia vive hoy una jornada decisiva. Millones de personas acuden a las urnas para elegir a quien ocupará uno de los cargos de mayor responsabilidad política del país. Como ocurre en toda democracia, habrá expectativas, esperanzas, desacuerdos, entusiasmos y decepciones. Sin embargo, más allá de nombres, partidos o proyectos políticos, quizá valga la pena detenernos en una pregunta más profunda: ¿qué idea de ser humano y de sociedad queremos cultivar?
La filosofía contemporánea, junto con diversas tradiciones indígenas y ecológicas, ha venido cuestionando una imagen muy arraigada de la modernidad: la del individuo autónomo, autosuficiente y capaz de controlar completamente su destino. Durante siglos se nos enseñó a pensar que la libertad consistía principalmente en la independencia, que el éxito era resultado exclusivo del esfuerzo individual y que la naturaleza era un conjunto de recursos disponibles para ser explotados.
Sin embargo, la experiencia cotidiana muestra algo distinto. Ninguna persona llega sola hasta donde está. Nuestra existencia depende de innumerables relaciones: de quienes nos alimentaron cuando éramos niños, de quienes cultivan nuestros alimentos, de quienes construyen los caminos que transitamos, de quienes enseñan, cuidan, limpian, investigan, acompañan o sostienen la vida social de formas muchas veces invisibles. Somos seres profundamente vulnerables e interdependientes.
Esta intuición aparece con fuerza en un concepto que diversos pensadores y tradiciones han desarrollado de maneras distintas: la crianza mutua. La idea es sencilla y, al mismo tiempo, transformadora. No sólo nosotros transformamos el mundo; el mundo también nos transforma a nosotros. No sólo cultivamos la tierra; la tierra nos cultiva. No sólo educamos a otros; también somos educados por ellos. No sólo cuidamos; también somos cuidados.
El antropólogo Tim Ingold ha mostrado cómo el agricultor, el artesano o el caminante no imponen simplemente su voluntad sobre la materia, sino que se dejan moldear por aquello con lo que trabajan. La filósofa Donna Haraway propone pensar la vida como una red de parentescos entre especies, donde humanos, animales, plantas y tecnologías participan en procesos de coformación. Por su parte, Bruno Latour cuestionó la separación entre naturaleza y sociedad, mostrando que ambos ámbitos se construyen mutuamente.
En América Latina, estas reflexiones encuentran resonancias profundas en las filosofías de los pueblos originarios. Diversas comunidades andinas hablan de la “crianza de la vida” o la “crianza del mundo”, una visión en la que montañas, ríos, animales, cultivos y seres humanos participan de relaciones recíprocas. No existe una frontera rígida entre naturaleza y cultura, porque la vida misma es una trama de vínculos.
Desde esta perspectiva, la política adquiere un significado distinto. Elegir gobernantes no consiste únicamente en delegar poder o administrar recursos. También implica preguntarnos qué tipo de relaciones queremos fortalecer como sociedad. Si concebimos a los seres humanos como individuos aislados, la política tenderá a organizarse en torno a la competencia permanente. Si reconocemos nuestra interdependencia, la política puede orientarse hacia el cuidado, la cooperación y la construcción de condiciones compartidas para una vida digna.
La pandemia, las crisis ambientales, los desplazamientos forzados, las desigualdades económicas y los conflictos sociales han dejado algo en evidencia: la vulnerabilidad no es una excepción ni una debilidad personal. Es una condición constitutiva de la existencia humana. Todos dependemos de otros en algún momento de nuestras vidas. Todos necesitamos cuidado y todos estamos llamados a cuidar.
Por ello, en un día como hoy, quizá la reflexión más importante no sea únicamente quién resulte electo, sino qué conciencia colectiva somos capaces de cultivar después de la elección. Los gobiernos cambian; las relaciones que sostienen la vida permanecen. Los proyectos políticos se suceden; la necesidad de reconocernos mutuamente continúa.
Sea quien sea la persona elegida para conducir el poder ejecutivo de la nación, el desafío seguirá siendo el mismo: construir una sociedad que no olvide que la fortaleza humana no nace de la autosuficiencia, sino de la capacidad de sostenernos unos a otros. Una sociedad que comprenda que la libertad no se opone a la dependencia, sino que se hace posible gracias a redes de cuidado y cooperación. Una sociedad que reconozca que la naturaleza no es un objeto exterior, sino la trama viva de la que formamos parte.
Tal vez la filosofía pueda recordarnos hoy una verdad sencilla y, sin embargo, profundamente política: no habitamos el mundo como propietarios absolutos ni como individuos aislados. Habitamos el mundo como seres que se forman mutuamente con él y con los demás.
Y quizá, precisamente allí, en el reconocimiento de nuestra vulnerabilidad compartida y de nuestra interdependencia radical, se encuentre una de las bases más sólidas para imaginar el futuro de Colombia.

