Felitocracia: del mandato de ser felices al aprendizaje del bienestar
Al cerrar nuestro taller titulado Felitocracia: la obligación de ser feliz, quizá la pregunta más incómoda y más necesaria sea esta: ¿qué hemos entendido por felicidad? Durante semanas analizamos cómo la felitocracia convierte la felicidad en obligación moral, en indicador de éxito y en vitrina pública. Pero también comprendimos algo decisivo: la felicidad no radica en los bienes materiales que poseemos ni está en función directa de nuestro poder adquisitivo.
Es cierto: en el sistema económico, político y social en que vivimos, el dinero da acceso a bienes necesarios para satisfacer necesidades básicas —alimentación, vivienda, salud, educación— e incluso a ciertos márgenes de comodidad. Negarlo sería ingenuo. Sin embargo, el mismo sistema que satisface necesidades crea otras superfluas. Necesitamos alimentarnos; no necesitamos productos gourmet como condición de plenitud. Necesitamos vestirnos; no necesitamos un guardarropa que funcione como demostración simbólica de estatus.
El capitalismo tiende a convertir lo simple en complejo, el consumo en consumismo y el deseo en insatisfacción permanente. Nos incentiva a producir, adquirir y consumir sin límite, asociando ese movimiento con la promesa de felicidad. Pero entonces surge la pregunta filosófica:
¿Es la felicidad producir, adquirir y consumir, siempre mediado por una ganancia monetaria?
La respuesta no se agota en lo psicológico ni en lo económico: tiene una dimensión existencial. Muchas de estas personas no están solas en el sentido de aislamiento físico o ausencia de contacto. Tienen vida social activa. Sin embargo, carecen de vínculos significativos.
Y aquí conviene distinguir:
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Relaciones sociales: contactos, interacciones, coincidencias en espacios compartidos.
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Relaciones interpersonales: vínculos construidos con profundidad, reciprocidad y reconocimiento mutuo.
En nuestro grupo decidimos desmarcarnos de la concepción mercantilizada de la felicidad y dirigir la mirada hacia el bienestar. No entendido como euforia permanente ni como satisfacción hedonista, sino como armonía: con nosotros mismos, con los otros seres humanos y con todo lo que nos rodea.
El bienestar se vincula con la calidad de nuestras relaciones interpersonales, con las prioridades que elegimos cultivar:
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Construir proyectos con sentido.
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Sostener la esperanza.
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Compartir.
Compartir, en principio, con la familia en la que nacimos y con la que quizá construyamos. Pero también —y a veces sobre todo— con esa familia elegida que es la amistad. Porque la familia no surge únicamente de la consanguinidad; también nace de la afinidad, del cuidado compartido, de la lealtad y del afecto construido.
Tal vez la pregunta no sea entonces “¿soy feliz?”, sino:
Si la felitocracia nos exige exhibir felicidad, la filosofía nos invita a pensar el bienestar. Y el bienestar no se compra: se cultiva.
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