Crónica filosófica de una visita a la Feria del Libro 2026
Hay experiencias que no se agotan en el acontecimiento mismo, sino que continúan desplegándose como pensamiento. Mi visita a la Feria del Libro de este año —con India como país invitado— fue una de ellas. No tanto por lo que vi, sino por lo que me obligó a pensar. Y quiero aclararlo desde el inicio: lo que sigue es mi perspectiva, mi forma de interpretar lo vivido. Como ocurre con una película, cada quien ve, siente y comprende desde sí mismo; esta lectura no pretende ser la única ni necesariamente coincidir con la de los demás.
I. Viajar sin moverse: el cuerpo en otros mundos
Confirmé, una vez más, que los libros hacen viajar. Pero no sólo los libros: también los sonidos, los colores, los gestos. Al caminar por el pabellón dedicado a India, tuve una experiencia profundamente sensorial. Mi oído se detenía, casi sin querer, en el ritmo del hindi; una lengua que no comprendo, aunque que me resultaba extrañamente hospitalaria. Había en esa escucha un goce que no dependía del significado, sino de la musicalidad misma.
Mi mirada también encontraba descanso en lo distinto: las vestimentas, los textiles, las ilustraciones. Otra manera de habitar el color, otra relación con la forma. Como si cada trazo, cada pigmento, respondiera a una sensibilidad que no me es propia, aunue me interpela. Viajar, entonces, no es sólo desplazarse: es dejarse afectar por otras formas de mundo.
II. El peso de los imaginarios
No todo lo que encontré fue apertura. También constaté la fuerza de los imaginarios colectivos. India aparecía, de manera reiterada, como una nación “espiritual”. Y, en consecuencia, sus habitantes eran representados como más pacíficos, más armónicos, más cercanos a una suerte de sabiduría ancestral.
Este tipo de asociaciones, aunque seductoras, me parecen simplificadoras. Me recuerdan que toda cultura, cuando es exhibida, corre el riesgo de ser reducida a un conjunto de rasgos fácilmente consumibles. La espiritualidad se vuelve etiqueta; la complejidad histórica, política y social se diluye en una imagen amable, casi turística.
La pregunta que me queda es incómoda: ¿qué tanto de lo que veo corresponde a una realidad viva, y qué tanto a una narrativa construida para ser mostrada y consumida?
III. La cultura como mercancía
Y es aquí donde emerge una tercera comprobación, quizá la más inquietante para mí: el capitalismo parece, hasta ahora, invencible. No porque elimine lo que se le opone, sino porque lo absorbe. La cultura, que podría pensarse como un espacio de resistencia o de crítica, aparece muchas veces integrada al mismo circuito que reproduce las lógicas del mercado.
En la Feria, la diversidad cultural no escapa a esta dinámica: se ofrece, se empaqueta, se vende. Lo “otro” se convierte en mercancía. Y en ese proceso, pierde parte de su potencia transformadora. La promoción cultural, en lugar de cuestionar el poder, puede terminar reforzándolo.
A esta constatación se suma otra escena que me resultó difícil de ignorar: el consumismo a gran escala. Filas, compras, bolsas llenas. Y, entre todo ello, grupos numerosos de estudiantes que asisten —o son llevados— al evento. Niños y jóvenes que recorren los pasillos sin comprender del todo dónde están ni qué sucede a su alrededor. No lo digo como juicio, sino como inquietud: ¿qué significa participar en algo que no se entiende?
Pienso que, si no fuera por estos grupos —estos asistentes convocados más por obligación que por deseo— el recinto estaría, probablemente, casi vacío. Y entonces aparece en mí una sospecha más profunda: aprendemos desde edades tempranas a hacer sin comprender. A ocupar el tiempo más que a habitarlo. A cumplir con la experiencia, más que a vivirla.
IV. Más allá de las comprobaciones
Sin embargo, no quiero quedarme sólo en la crítica. Porque también reconozco algo valioso en estas experiencias. Estas salidas, aunque imperfectas, funcionan como pretexto: me permiten encontrarme con otros fuera del aula, compartir un espacio distinto, reconocernos en otros contextos.
Desde donde yo lo veo, ahí reside su potencia más genuina: no en lo que enseñan directamente, sino en lo que posibilitan. En el encuentro, en la conversación, en la posibilidad —todavía frágil, pero real— de construir comunidad.
Tal vez, paso a paso, entre libros que me hacen viajar y preguntas que me incomodan, podamos ir tejiendo una comunidad unida por la literatura, por la reflexión crítica y el deseo de comprender mejor el mundo que habitamos.

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