viernes, 21 de noviembre de 2025

Frankenstein como símbolo y mito filosófico (Parte 2 de 4)

 

Frankenstein como símbolo y mito filosófico

(Parte 2 de 4)

 




Esta es la segunda entrega de una serie de cuatro textos dedicados a explorar Frankenstein o el moderno Prometeo. En esta parte me interesa mostrar por qué la novela de Mary Shelley se ha convertido no sólo en un clásico literario, sino en un símbolo polivalente y en un mito con pleno estatuto filosófico.

Desde su publicación en 1818, Frankenstein ha encarnado la eterna pugna entre fe y razón. La novela no se reduce a una historia de terror ni a una fantasía científica: es una obra que interroga los límites éticos del progreso, la relación ambigua que mantenemos con nuestras propias creaciones tecnológicas y la delgada frontera que separa lo normal de lo monstruoso. No es casual que la pregunta central del subtítulo —el moderno Prometeo— nos obligue a pensar: ¿quién es el nuevo Prometeo?

¿Víctor Frankenstein, que roba el fuego del conocimiento y desafía los límites de la vida y la muerte? ¿O la criatura, que sufre la condena de haber recibido un don que nunca pidió?

Ambos pueden serlo. Y esa tensión simbólica abre múltiples interpretaciones posibles.

A lo largo de más de dos siglos, se han propuesto diversas interpretaciones de la obra. Al menos diez de ellas permiten vislumbrar su riqueza:

1. La ciencia puede ir demasiado lejos: la novela advierte sobre el riesgo de cruzar la línea de lo éticamente aceptable.

2. Las acciones tienen consecuencias: la irresponsabilidad de Víctor precipita la tragedia.

3. No jugar a ser Dios: se transgreden los límites entre lo humano y lo divino.

4. Una dialéctica amo–esclavo: la obra aparece poco después de la abolición de la trata de esclavos en el Imperio británico, y resuena como advertencia sobre los “esclavos liberados” y el temor social a aquello que se ha dominado.

5. La culpa maternal de Mary Shelley: la crítica feminista temprana, como la de Ellen Moers, vio en la novela una sublimación del trauma por la muerte de su hija recién nacida.

6. Depresión postnatal: la criatura como “nacimiento monstruoso”, y Víctor como una figura maternal que rechaza a su creación.

7. Los monstruos no nacen monstruos: la criatura es inicialmente inocente; es la violencia social la que la convierte en amenaza.

8. Celebrar la diferencia: la criatura no es un monstruo, sino un ser rechazado por su apariencia; la obra es una crítica al miedo a la alteridad.

9. ¿Viva la revolución? No del todo: Shelley, crítica de las revoluciones violentas, sugiere que un cambio sin orden puede desembocar en caos, así como ocurre con la rebelión de la criatura.

10. Alegoría cristiana: más que un Adán, la criatura es un ángel caído, condenado a la soledad y a la separación absoluta de su creador.

Estas interpretaciones son apenas un vistazo a la complejidad del mito que Mary Shelley construyó.

Ahora bien, ¿qué convierte a Frankenstein en un mito filosófico?

Lo que dota a esta obra de un verdadero estatuto filosófico no es únicamente su densidad simbólica, sino su capacidad para articular un planteamiento propio: el deseo humano de inmortalidad y las consecuencias éticas de traspasar los límites de lo permitido.

Aquí el mito no es un cuento fantástico destinado al entretenimiento, sino una forma de pensamiento problemático e indagatorio. Mary Shelley utiliza la potencia de la ficción para reflexionar sobre preguntas profundas:

 ¿Qué ocurre cuando el progreso tecnológico avanza más rápido que nuestra responsabilidad moral?

¿Qué clase de humanidad se forja cuando se desprecia al diferente?

¿Cuál es el costo de desafiar el orden natural o divino?

En este sentido, Frankenstein funciona como una crítica lúcida a su época: cuestiona la sociedad que emerge de la Revolución Industrial, se distancia del optimismo ilustrado, señala los peligros de un modelo político basado únicamente en la razón instrumental, critica el patriarcado y propone una recreación del mito de Prometeo para interrogar la modernidad naciente.

La novela no sólo cuenta una historia: piensa. Y es precisamente esa capacidad filosófica lo que ha permitido que Frankenstein perdure, se transforme y siga iluminando los dilemas éticos de nuestro presente.

 




Mary Shelley y el origen de una novela que dialoga con la ciencia y la filosofía (Parte 1 de 4)

 

Mary Shelley y el origen de una novela que dialoga

con la ciencia y la filosofía

(Parte 1 de 4)

 


Este texto abre una serie de cuatro publicaciones dedicadas a explorar Frankenstein o el moderno Prometeo, la extraordinaria novela de Mary Shelley. En esta primera parte me interesa situar a la autora y comprender el contexto que hizo posible la gestación de una obra en la que la literatura entra en diálogo profundo con la ciencia y con la filosofía.

La literatura, como manifestación artística, suele entretejerse con otras formas del pensamiento humano. A veces basta que una pregunta científica, un dilema filosófico o una inquietud ética se depositen en la imaginación de alguien para que surja una obra capaz de desbordar su propio tiempo. Un ejemplo paradigmático es la novela publicada en 1818 por Mary Shelley (Inglaterra, 1797–1851), titulada originalmente Frankenstein; or, The Modern Prometheus. Clasificada como novela gótica por su atmósfera oscura y tenebrosa, es también considerada una de las primeras grandes obras de ciencia ficción, precisamente porque la acción se desarrolla en el presente histórico de la autora y proyecta un futuro abierto, sin el peso fatalista de maldiciones o destinos predeterminados. Aquí la tragedia no viene del pasado: se fabrica.

La figura de Mary Shelley resulta aún más fascinante cuando se revisa su nombre completo: Mary Wollstonecraft Godwin – Shelley. En él confluyen las tres personas que más influyeron en su vida y en su formación intelectual.

* Mary Wollstonecraft, su madre, fue una de las voces pioneras del feminismo ilustrado y autora de Vindicación de los derechos de la mujer (1792).

* William Godwin, su padre, fue un pensador político, escritor y precursor del anarquismo filosófico.

* Percy Bysshe Shelley, su esposo, fue poeta y ensayista romántico, figura clave de la literatura inglesa.

 

No es casual que de una constelación así emergiera una mente capaz de imaginar una historia donde se discute la ambivalencia de la ciencia, la responsabilidad ética del creador, y los límites —o excesos— del progreso humano. En términos de géneros literarios, Frankenstein aportó de manera inconmensurable a la cimentación de la ciencia ficción como un territorio que oscila entre la esperanza y la inquietud frente al avance científico y técnico.

Mary Shelley estaba atenta a los debates científicos de su época. Conocía las discusiones entre William Lawrence y John Abernethy, médicos de Edimburgo que, en la década de 1810, experimentaban con la posibilidad de reanimar cuerpos mediante electricidad, un antecedente directo del imaginario que daría vida al célebre científico Víctor Frankenstein.

Sin embargo, para comprender cómo se escribió esta obra, hace falta mirar un acontecimiento geológico que cambió circunstancialmente la historia de la literatura. En 1815, la erupción del volcán Tambora, en Indonesia, provocó alteraciones climáticas globales. El verano de 1816 en el hemisferio norte fue oscuro, frío, casi fantasmal; pasó a la historia como el año sin verano. Ese mismo año, Mary Shelley y Percy Shelley fueron invitados a pasar una temporada en Suiza junto a un pequeño grupo de jóvenes intelectuales británicos.

En la Villa Diodati, a orillas del lago Lemán, se reunieron Lord Byron, Percy Bysshe Shelley, Mary Shelley, Claire Clairmont y John William Polidori. Confinados por las inclemencias del clima, decidieron organizar un concurso de relatos de terror. De ese encierro forzado emergerían dos criaturas literarias extraordinarias: el germen de Frankenstein, y El vampiro de Polidori, antecesor directo del vampiro moderno.

La chispa había encendido la imaginación de Mary Shelley. Y con ella, el nacimiento de un mito contemporáneo.



 


jueves, 20 de noviembre de 2025

Una lectura filosófica de "La mujer en la fila"

 

Una lectura filosófica de “La mujer en la fila”

 


“La mujer en la fila” –película inspirada en un caso real– expone con crudeza la forma en que los vínculos afectivos pueden convertirse en cadenas invisibles, particularmente cuando se trata de vínculos familiares. La protagonista es, primero, presa por obligación: como madre y cuidadora de su hijo, se ve atrapada en una red de responsabilidades y lealtades familiares que la empujan a permanecer al lado de un entorno que oculta delitos y decisiones morales cuestionables. En esta primera etapa, su “reclusión” es consecuencia de un mandato emocional y social: la mujer que sostiene, que protege, que “hace fila” por todos, principalmente por sus hijos.

Lo más inquietante es que, más adelante, ella elige voluntariamente continuar presa, ahora no por lazos de sangre sino por los del amor romántico: permanece al lado del hombre que conoció en la primera etapa de su reclusión, aun cuando él le libera y le desea con sinceridad que tenga una vida hermosa; aun cuando el confiesa ser un ladrón y haber sido abandonado por su familia consanguínea. Si al inicio el cautiverio es impuesto, luego es asumido como acto de amor, lo cual abre una discusión sobre si esa elección es realmente libre o si responde a estructuras culturales que normalizan el sacrificio femenino.

El imperativo categórico de Kant y su aplicación al caso

Immanuel Kant, filósofo prusiano de la Ilustración, formula el imperativo categórico –como estándar moral universal e incondicional para la acción–, en varias versiones. La más conocida dice:

 Obra sólo según una máxima tal que puedas querer al mismo tiempo que se convierta en ley universal.

Es decir, una acción es moralmente correcta si y sólo si la norma personal que la inspira podría adoptarse universalmente sin contradicción.

Otra formulación relevante para este caso es:

Obra de tal modo que trates a la humanidad, tanto en tu persona como en la de cualquier otro, siempre como un fin y nunca solamente como un medio.

Ahora bien, aplicado el imperativo categórico a “La mujer en la fila”, surge la pregunta:

¿Es moral apoyar y cuidar a un familiar o a su ser amado aun cuando sabemos –o descubrimos– que ha cometido delitos conscientemente, o incluso cuando nos ha ocultado algo, mentido o engañado?

Desde una lectura kantiana estricta:

*Si universalizáramos la máxima “debo proteger a mis seres queridos independientemente de sus crímenes”, se produciría una contradicción moral: la justicia se volvería imposible.

*Además, quien oculta o encubre delitos usa a la sociedad como un medio –para proteger al culpable– violando el imperativo categórico.

*Y si la protagonista actúa por lealtad ciega o amor incondicional, se utiliza a sí misma como medio para la tranquilidad emocional del otro, negando su propia dignidad moral.

Por lo tanto, para Kant no sería correcto apoyar de ese modo, porque la moral no depende del afecto sino de principios universales. El amor o el vínculo familiar no son justificación ética para preservar la injusticia.



Sororidad y desigualdad social

La película también destaca la unión entre mujeres: una red de apoyo que emerge en entornos hostiles. Sin embargo, esta sororidad no es homogénea; varía según el estrato social. Las mujeres con más recursos encuentran estrategias de apoyo y defensa muy distintas a las de quienes viven en contextos de precariedad.

En los sectores populares, la solidaridad aparece como resistencia: compartirse cuidados, información o incluso protección. En os estratos acomodados, esa solidaridad puede manifestarse como discreción, contactos o capacidad para “limpiar” socialmente los errores propios o ajenos. La película subraya así que la hermandad femenina existe, aunque la desigualdad moldea sus formas y sus límites.

El mito de “la gente de bien”

Uno de los elementos más provocadores del film es la afirmación –expresada por personajes y por el entorno social– de que quienes han sido educados como “gente de bien” no pueden ser delincuentes y qué sólo los pobres delinquen. Esta creencia expone el clasismo estructural: se asocia la criminalidad con la pobreza, mientras que en las clases altas los delitos se enconden bajo eufemismos, influencias o simples negaciones.

La película evidencia cómo la protagonista, atrapada entre la lealtad y el descubrimiento de la verdad, se enfrenta justamente a esta falacia: los delitos pueden estar tan presentes en la “buena sociedad” como en los barrios marginales; lo que cambia es la capacidad para ocultarlos.

Conclusión

“La mujer en la fila” retrata la transformación de una mujer que pasar de ser cautiva involuntaria a cautiva emocional, exponiendo cómo la cultura del sacrificio femenino puede disfrazar como libre elección lo que en realidad es una forma de sometimiento. A la luz del imperativo categórico de Kant, la película invita a cuestionar la moralidad de apoyar incondicionalmente a alguien que ha actuado injustamente. Al mismo tiempo, muestra de manera incisiva las tensiones entre sororidad y clase social; además, desmonta la idea profundamente arraigada de que sólo los pobres pueden ser delincuentes.

Esta historia dramatiza un caso real y se convierte en un espejo incómodo de responsabilidades, lealtades y cegueras morales.





miércoles, 19 de noviembre de 2025

Día Mundial de la Filosofía (tercer jueves de noviembre)

 

Enseñar filosofía y enseñar a filosofar: entre la domesticación institucional y la pulsión crítica del pensamiento




La distinción entre enseñar filosofía y enseñar a filosofar constituye hoy un punto de partida imprescindible para pensar la situación contemporánea del quehacer filosófico. Se trata de una distinción clásica, cuya vigencia se reactualiza en un contexto donde la filosofía —dentro y fuera de la academia— parece debatirse entre la transmisión de contenidos y la posibilidad misma de un pensamiento vivo. La primera práctica, enseñar filosofía, se sitúa principalmente en el ámbito escolar y universitario; la segunda, enseñar a filosofar, se reivindica en el campo de las llamadas prácticas filosóficas, que buscan operar fuera del aula, allí donde la vida ocurre y donde la filosofía aspira a recuperar su dimensión originaria: el ejercicio crítico, interrogativo y reflexivo sobre la realidad.

Prácticas filosóficas: definiciones, alcances y límites

El libro de la UNESCO La filosofía, una escuela de la libertad ofrece una caracterización amplia de las prácticas filosóficas, comprendiéndolas como actividades destinadas a estimular el pensamiento crítico, la capacidad de argumentar, la autonomía reflexiva y el diálogo razonado. Estas prácticas no se reducen a la enseñanza de teorías; persiguen generar condiciones para que los sujetos se apropien de la pregunta, del análisis lógico y del discernimiento ético.

Lo que las hace propiamente filosóficas, según este marco, no es su institucionalización, su metodología ni su adaptación para públicos diversos, sino el conjunto de competencias y disposiciones intelectuales que movilizan: clarificación conceptual, identificación de supuestos, evaluación de argumentos, apertura al disenso y voluntad de revisión constante. La filosofía, en este sentido, aparece como un ejercicio de libertad crítica más que como un corpus doctrinal.

Sin embargo, esta definición, aparentemente neutra, ha sido difícil de sostener en la práctica.

Primer momento crítico: la ruptura con el aula escolar

Las prácticas filosóficas surgieron, en gran medida, como respuesta a una acusación relativamente común: que la academia sólo enseña filosofía, entendida como historia de la filosofía, como erudición archivada, como saber inerte. A partir de esta premisa, la academia fue presentada como un espacio incapaz —o desinteresado— de enseñar a filosofar. El gesto fundador de las prácticas filosóficas fue, entonces, un gesto de ruptura: sacar la filosofía del aula, liberarla de los planes de estudio y devolverla a la vida cotidiana.

No obstante, esta ruptura, cuando se absolutiza, se vuelve antiintelectual, porque descuida que en el aula también se producen preguntas radicales, críticas y experiencias formativas significativas. Pintar a la academia como un espacio uniforme, monolítico o incapaz de pensamiento vivo no sólo es injusto: reproduce la misma simplificación que las prácticas afirman combatir.

Segundo momento crítico: el retorno a la institucionalidad

El segundo momento, quizá más polémico, es el retorno. Tras la efervescencia inicial, muchas prácticas filosóficas se institucionalizaron: surgieron asociaciones, certificaciones, programas de formación, metodologías estandarizadas y discursos de legitimación interna. Este proceso —previsible en toda corriente que busca reconocimiento— terminó produciendo lo que podríamos llamar una burocratización del filosofar.

Lo que nació como una alternativa a la rigidez académica empezó a reproducir sus mismas lógicas: exclusiones, jerarquías internas, disputas de autoridad, pedagogías prescriptivas y competencia por nichos de influencia. Las prácticas filosóficas, que en su origen reclamaban libertad, han terminado muchas veces por construir nuevos perímetros de ortodoxia, nuevas formas de experticia y, en ciertos casos, nuevas dependencias institucionales.

Más aún: en su intento por "retornar" al aula escolar —ahora desde la periferia— muchas de estas prácticas se integraron a programas educativos como recursos opcionales, actividades complementarias o “metodologías innovadoras”. El gesto de ruptura inicial se diluye. La crítica a la academia se desactiva. Y lo más grave: las prácticas filosóficas terminan disputando el mismo espacio que criticaban, reproduciendo la misma lógica que buscaban superar.

La banalización del pensamiento: un efecto colateral

A lo anterior se suma otro problema de fondo: en el afán de “hacer accesible” la filosofía para todos los públicos, algunas prácticas filosóficas han caído en la banalización del pensamiento filosófico. Conceptos se simplifican hasta la trivialidad, los problemas se reducen a consignas motivacionales y la complejidad inherente a la tradición filosófica se diluye en ejercicios lúdicos que, aunque bienintencionados, sacrifican rigor por accesibilidad.

Paradójicamente, la exigencia de enseñar a filosofar se sustituye por una versión diluida de enseñar filosofía, sólo que traducida a actividades recreativas o pseudo-terapéuticas. El resultado es contradictorio: ni se enseña filosofía con profundidad, ni se enseña a filosofar con autenticidad.

¿Qué implica, entonces, enseñar a filosofar?

Desde una perspectiva más rigurosa —y también más exigente— enseñar a filosofar no consiste en replicar metodologías, no consiste en repetir mantras antiacadémicos ni en ofrecer alternativas “creativas” que terminen funcionando como versiones suavizadas del canon.

Un genuino enseñar a filosofar implica asumir y encarnar la actitud filosófica, y esto no es un eslogan: es una práctica ética, intelectual y política.

Enseñar a filosofar es:

  • Cuestionar, incluso cuando cuestionar comporta riesgo institucional o social.
  • Analizar con rigor, incluso cuando el entorno preferiría respuestas rápidas o confortables.
  • Ejercitar la crítica, aunque la crítica genere rechazo o incomodidad.
  • No temer al disenso, sino comprenderlo como una condición constitutiva del pensamiento filosófico.
  • Argumentar sólidamente, sin refugiarse en la autoridad del canon ni en el relativismo complaciente.
  • Interrogar la realidad en su dimensión política y ética, conscientes de que el pensamiento no es inocuo.
  • Pensar para transformar, no para adornar, entretener o legitimar prácticas institucionales.

En suma: enseñar a filosofar es vivir filosóficamente. Y este vivir filosófico, lejos de ser una pose, comienza siempre en el propio sujeto. Ninguna práctica filosófica —académica o no académica— puede enseñarse eficazmente si no brota de un trabajo interior, de un pensar que se arriesga y se transforma.

Si la filosofía es, como sostiene la UNESCO, una escuela de la libertad, entonces lo verdaderamente revolucionario no es la ruptura formal con la academia, ni su posterior institucionalización alternativa, sino la decisión radical de sostener el pensamiento crítico como forma de vida.

 




lunes, 17 de noviembre de 2025

IA y escritura: ¿una nueva forma de hipertextualidad?

 

IA y escritura: ¿una nueva forma de hipertextualidad?

 



La transtextualidad, entendida como el conjunto de relaciones que un texto mantiene con otros textos, constituye uno de los aportes más influyentes de Gérard Genette para comprender cómo circula, se transforma y se resignifica la cultura escrita. Entre sus diversas categorías –intertextualidad, paratextualidad, metatextualidad, hipertextualidad y architextualidad– destaca especialmente la hipertextualidad, quizá la más fértil para pensar las formas contemporáneas de creación.

 




Hipertextualidad: transformaciones y reescrituras


La hipertextualidad se manifiesta cuando un texto deriva de otro mediante transformación, imitación o reescritura. Una novela basada en un mito clásico, una película inspirada en una obra teatral, un pastiche que reproduce el estilo de un autor o una parodia que retuerce un relato célebre: todos estos son ejemplos de hipertextos. El vínculo no siempre es explícito, pero el nuevo texto no existiría sin el anterior, y entre ambos se despliega un juego creativo que abre posibilidades estéticas y críticas.

 

Si llevamos esta reflexión al presente, es posible plantear que la escritura con inteligencia artificial forma parte de la dinámica hipertextual. No sólo porque se basa en enormes corpus de textos previos, sino porque opera precisamente mediante transformaciones, imitaciones, variaciones y recombinaciones. Así, el gesto creativo ya no se entiende como la expresión pura de un individuo aislado, sino como una labor situada en una vasta red de textos que se reescriben mutuamente.





Esta lectura se fortalece si consideramos algunas de las categorías que sostienen la lógica narrativa hipertextual:


Colectividad: La creación se concibe como una práctica colectiva, en la que múltiples voces y materiales confluyen. La IA amplifica esta idea al trabajar con un archivo cultural compartido.

Muerte del autor: El énfasis ya no está en la figura autoral como origen absoluto del sentido, sino en el tejido de relaciones textuales. En la escritura asistida por IA, la autoría se vuelve incluso más porosa y distribuida.

Ruptura de la linealidad: La narrativa hipertextual favorece las bifurcaciones, las variaciones y los caminos múltiples. La IA puede generar versiones alternativas, ampliaciones o reorganizaciones que desafían la lógica única y secuencial.

Desmitificación del canon: Al jugar con estilos, géneros y voces diversas, la hipertextualidad cuestiona la sacralización de ciertos textos y difumina la frontera entre “alta cultura” y “cultura popular”.

Democratización del canon: La reescritura –humana o asistida por IA– permite acceder, reinterpretar y transformar obras antes consideradas intocables, abriendo el campo literario a nuevas lecturas y a nuevos públicos.

 

Desde esta perspectiva, la producción textual con IA no sería una amenaza a la creatividad humana, sino una extensión de las prácticas hipertextuales que han acompañado siempre la historia de la escritura: reescribir, transformar, dialogar con lo existente y abrir espacios para nuevas formas de sentido.

 


domingo, 16 de noviembre de 2025

Descanonizar el arte

 

¿Qué es el arte hoy? Transtextualidad, descanonización y el dilema de la inteligencia artificial

 



Uno de los desafíos más interesantes del pensamiento contemporáneo es aceptar que el arte dejó de ser un territorio sagrado y delimitado. La desmitificación de lo artístico comenzó hace más de un siglo con gestos tan contundentes como el célebre orinal de Marcel Duchamp, presentado en 1917 bajo el título Fountain. Duchamp tomó un objeto cotidiano –un urinario industrial, producido en masa–, lo firmó con el seudónimo “R. Mutt” y lo envió a una exhibición de arte. El escándalo que produjo no estuvo en el objeto mismo, sino en la pregunta que detonó: ¿qué convierte a algo en arte? ¿La materialidad? ¿La intención del autor? ¿El contexto institucional? Fountain abrió una grieta que jamás volvió a cerrarse, desafiando la idea de que el arte debe ser bello, único, sublime o elaborado. Su gesto fue, en cierto sentido, un acto filosófico: poner en evidencia que el aura del arte depende más de los marcos que lo sostienen que del objeto en sí.

 


Hoy también hemos normalizado la transtextualidad, un término que Gérard Genette utiliza para referirse al conjunto de relaciones que un texto mantiene con otros textos. Gracias a ello, aceptamos sin mayor conflicto que una obra literaria se “traslade” a otros lenguajes: una caricatura que deriva de un clásico literario, una película basada en una novela o incluso una versión musicalizada de un poema. Basta pensar en El Quijote, cuya presencia se derrama en tiras cómicas, adaptaciones cinematográficas y reescrituras contemporáneas. En este ir y venir de soportes y modalidades no vemos corrupción ni pérdida; al contrario, celebramos la capacidad de las obras para resignificarse y dialogar en múltiples registros.

 

Del mismo modo, parece que hemos aprendido a descanonizar lo tradicional: ya no es escandaloso romper con la pintura figurativa, con la narrativa clásica o con la poesía métrica. Sin embargo, esa misma flexibilidad convive con un discurso que pretende defender ciertos cánones y condenar otros. Así, hay quienes sostienen que la entrada de la inteligencia artificial en los procesos creativos representa una amenaza inadmisible para “lo artístico”. Aunque este rechazo nos obliga a preguntarnos: ¿según qué criterios? ¿Qué canon se está defendiendo y por qué? ¿Por qué aceptamos sin reparo que un objeto industrial se vuelva arte, que un texto se convierta en caricatura, pero no que una máquina participe del proceso creativo?

 

La propuesta aquí es más radical –o quizá más coherente con la tradición crítica que hemos heredado desde las vanguardias: cuestionar todos los cánones, no sólo algunos. Ya que cualquier intento de diferenciar entre cánones aceptables y cánones intocables termina siendo una arbitrariedad. Y si algo mostró Duchamp es que nada es evidente, que todo puede problematizarse.

 

Volver entonces a las preguntas fundamentales no es un ejercicio ocioso sino necesario:
¿Qué es el arte?
¿Qué convierte a un objeto en objeto artístico?
¿Qué hace que un texto pueda llamarse “literario”?

Estas preguntas se vuelven especialmente urgentes frente al debate sobre la inteligencia artificial. ¿Es un fraude escribir con ayuda de una IA? La respuesta depende de lo que entendamos por fraude, por autoría y por creación. Después de todo, muchos movimientos artísticos han explorado técnicas que descentran la figura del autor. Un ejemplo es el método de los cut-ups, popularizado por William S. Burroughs: una técnica literaria que consiste en recortar textos impresos y reorganizar los fragmentos al azar para generar nuevas combinaciones de sentido. Si aceptamos que estas prácticas –basadas en el collage, la aleatoriedad y la transformación– pueden generar literatura, ¿por qué una herramienta algorítmica sería, en sí misma, ilegítima?

 


Condenar a la IA por “no ser humana” nos obliga a recordar que tampoco lo era el objeto industrial de Duchamp, ni lo es la técnica impersonal del montaje o la adaptación. Quizá el verdadero problema no sea la inteligencia artificial, sino el miedo a perder un canon que creíamos estable. Si algo caracteriza a la reflexión filosófica es la voluntad de interrogar lo que parece evidente. Y tal vez la pregunta correcta no sea si la inteligencia artificial puede crear arte, sino si nosotros estamos dispuestos a seguir pensando –y repensando– qué entendemos por arte.

 


jueves, 13 de noviembre de 2025

Entre textos...

 

Entre textos: un recorrido por la transtextualidad

 

Hoy acudí a la presentación de un libro y esto fue lo que aprendí:

Cuando leemos un libro, un poema o un ensayo, rara vez estamos ante una obra completamente aislada. Todo texto dialoga con otros: los evoca, los transforma, los critica o los prolonga. Esa red de relaciones, a veces visible y otras apenas sugerida, es lo que Gérard Genette llamó transtextualidad: el conjunto de vínculos que conectan un texto con todos los demás que lo atraviesan o lo rodean.

Esta perspectiva nos invita a leer no sólo lo que está en la página, sino también lo que vibra entre líneas, en los márgenes, en las referencias explícitas o en las resonancias implícitas. A continuación presento las principales categorías que integran la noción de transtextualidad.

 


1. Intertextualidad: la presencia de un texto en otro

La intertextualidad es, quizá, la forma más conocida de relación textual. Ocurre cuando un texto incorpora de manera explícita fragmentos, citas, alusiones o referencias directas a otros textos. Por ejemplo, una novela que cita un verso de Quevedo, un ensayo que parafrasea a Arendt o un cuento que reescribe una escena de la Biblia.

Aquí el vínculo es directo y reconocible: un texto está literalmente dentro de otro. La intertextualidad no sólo crea puentes, sino que otorga profundidad: cada referencia es una invitación a ampliar el sentido.

 

2. Paratextualidad: lo que rodea al texto

No todo lo que influye en la lectura se encuentra en el cuerpo principal del escrito. Títulos, subtítulos, prólogos, dedicatorias, epígrafes, notas al pie, índices, portadas: todo eso constituye el paratexto. Aunque a veces pasen desapercibidos, estos elementos orientan la interpretación, preparan el ánimo, sitúan al lector y modelan la expectativa.

El paratexto no dice “lo esencial” del texto, pero sin él leemos otra cosa. Un mismo poema con distinto título puede transformarse radicalmente. Una novela sin su prólogo pierde una guía clave para comprenderla. La paratextualidad es el umbral donde comienza la lectura.

 

3. Metatextualidad: el comentario crítico

La metatextualidad ocurre cuando un texto comenta, interpreta o juzga a otro. Se trata del nivel crítico: reseñas, artículos académicos, ensayos que dialogan con teorías previas, incluso notas en las que un autor evalúa su propia obra.

Aquí la relación no es de cita ni de transformación narrativa, sino de análisis. La metatextualidad constituye un pensamiento sobre el texto: es el espacio donde se construyen lecturas, interpretaciones y controversias.

 

4. Hipertextualidad: transformaciones y reescrituras

La hipertextualidad aparece cuando un texto deriva de otro por transformación, imitación o reescritura. Una novela basada en un mito clásico, una película inspirada en una obra teatral, un pastiche que imita el estilo de un autor, una parodia que retuerce un relato famoso: todos estos son ejemplos de hipertextos.

El vínculo no siempre es explícito, pero el nuevo texto no existiría sin el anterior. Entre ambos se produce un juego creativo que abre posibilidades estéticas y críticas.

 

5. Architextualidad (a veces confundida con “transtextualidad”): la pertenencia a un género

Hay una quinta categoría definida por Genette que suele generar confusión: la architextualidad, que en algunos espacios se denomina erróneamente “transtextualidad”. Esta categoría se refiere al género, tipo de discurso, tono o modo al que un texto pertenece: novela, ensayo, crónica, elegía, manifiesto, ciencia ficción, etc.

La architextualidad es la relación más abstracta: no señala un texto particular, sino una constelación de reglas y expectativas que orientan nuestra lectura. No leemos un cuento igual que un reportaje; cada género activa estrategias interpretativas diferentes.

 

La transtextualidad como horizonte

La transtextualidad no es sólo una teoría literaria: es una forma de entender la cultura como una trama viva. Los textos no nacen en el vacío; se inscriben en conversaciones, disputas, tradiciones y rupturas. Reconocer esta red nos permite leer con mayor sensibilidad, con más atención al detalle y con una conciencia más amplia de que toda escritura es, en cierto modo, un diálogo interminable.

Leer es entrar en una conversación antigua y siempre renovada. Y cada texto, incluso el más silencioso, tiene un hilo que lo conecta con los demás.