jueves, 30 de abril de 2026

Octava clase - Curso "Literatura y Cine"


Visita a la Universidad Militar Nueva Granada

Hace unos días visitamos la Universidad Militar Nueva Granada, y la experiencia resultó, en varios sentidos, inesperada. Nos sorprendió la magnitud de su campus, la amplitud de sus áreas verdes e incluso la presencia de una zona que colinda con la reserva natural junto al Río Bogotá. Sin embargo, lo que más llamó mi atención no fue solo el entorno, sino un espacio en particular: el Museo Nacional de las Comunicaciones.

Más allá de los aparatos que dan cuenta de la evolución tecnológica de las comunicaciones —telégrafos, radios, dispositivos que hoy parecen vestigios de otra época—, hubo algo que verdaderamente me iluminó: descubrir la existencia de Radio Sutatenza. A continuación, comparto algunas reflexiones e información sobre este valioso proyecto educativo.

En la historia de América Latina hay experiencias educativas que no solo transformaron comunidades, sino que también redefinieron lo que entendemos por aprender juntos. Una de ellas es Radio Sutatenza, un proyecto colombiano que, desde mediados del siglo XX, convirtió las ondas radiales en una herramienta de alfabetización, organización comunitaria y conciencia social.

El surgimiento: educación donde no llegaban las aulas

Radio Sutatenza nació en 1947 en el pequeño municipio de Sutatenza, impulsada por el sacerdote José Joaquín Salcedo. En un contexto rural marcado por el aislamiento geográfico, la pobreza y altos índices de analfabetismo, la radio apareció como una solución innovadora: si la gente no podía ir a la escuela, la escuela iría a la gente.

Lo que comenzó como una emisora local pronto se transformó en un sistema educativo integral conocido como Acción Cultural Popular (ACPO). No se trataba solo de transmitir contenidos, sino de generar procesos de formación que abarcaran lectura, escritura, matemáticas básicas, salud, agricultura y organización social.

Alfabetizar como acto político y filosófico

La alfabetización, en el contexto de Radio Sutatenza, no fue simplemente un proceso técnico de aprender a leer y escribir. Fue, en un sentido profundamente filosófico, una apertura al mundo. Aprender a leer implicaba poder interpretar la realidad, cuestionarla y participar activamente en ella.

Aquí resuena, aunque desde otro contexto, la propuesta de Paulo Freire, quien entendería la alfabetización como un proceso de concientización. Si bien Radio Sutatenza no se inscribe directamente en la pedagogía freireana, comparte con ella una intuición clave: educar no es llenar de información, sino despertar una capacidad crítica.

En este sentido, la alfabetización se convierte en un acto político. Permite a las personas nombrar su mundo, reconocer las estructuras que lo configuran y, eventualmente, transformarlas.

Educación popular antes de nombrarse como tal

Aunque el término “educación popular” se consolidaría más tarde en el pensamiento latinoamericano, la experiencia de Radio Sutatenza ya contenía muchos de sus elementos fundamentales:

  • La centralidad de las comunidades rurales como sujetos del aprendizaje

  • El vínculo entre educación y vida cotidiana

  • La importancia del diálogo, incluso a través de medios unidireccionales como la radio

  • La formación integral más allá de lo estrictamente académico

Los programas radiales se complementaban con cartillas, grupos de escucha y líderes comunitarios que facilitaban el aprendizaje colectivo. La educación no era individualista, sino profundamente comunitaria.

Una experiencia que interpela el presente

Hoy, en un mundo saturado de tecnologías digitales, la experiencia de Radio Sutatenza plantea preguntas relevantes:
¿qué significa realmente democratizar el conocimiento?
¿cómo vincular educación y vida concreta?
¿de qué manera los medios pueden ser herramientas de emancipación y no solo de consumo?

Más allá de su contexto histórico, Radio Sutatenza nos recuerda que la educación popular no depende únicamente de recursos sofisticados, sino de una convicción ética: que todas las personas tienen derecho no solo a aprender, sino a comprender y transformar su realidad.

En tiempos de crisis ecológica, desigualdad y fragmentación social, recuperar estas experiencias no es un ejercicio nostálgico, sino una invitación a repensar la educación como práctica colectiva, situada y profundamente humana.




domingo, 12 de abril de 2026

Séptima clase - Curso "Literatura y Cine"

 ¿Es el cine un arte autónomo? 

Notas a partir de una clase sobre Gabo


En nuestra séptima clase vimos el documental "Gabo y el cine (José Luis García Agraz, 2016), sobre Gabriel García Márquez y su relación con el cine. Entre otras ideas, ahí se afirmaba que “Gabo” siempre amó el cine, aunque no aspiró a convertirse en director cinematográfico. La razón —según se plantea— es reveladora: a diferencia de la literatura, el cine no sería un arte autónomo. Dependería, por un lado, de la literatura (el guion como base narrativa) y, por otro, de un aparato industrial que condiciona su producción. Para él, la literatura sería, en ese sentido, preferible.

En el grupo, la mayoría asintió. Parecía evidente: toda película parte de un guion, y el guion no es otra cosa que una forma de escritura. El cine sería, entonces, narración visual de una historia previamente articulada en palabras; imágenes que no pueden desprenderse del lenguaje, de los diálogos, de la estructura literaria que las sostiene. Bajo esta mirada, el cine no solamente dialoga con la literatura: depende de ella.

Sin embargo, esta idea —tan intuitiva— quizá no sea del todo cierta.

Podríamos decir que el cine encuentra su autonomía precisamente en los márgenes, en los intersticios donde se rompe la dependencia del relato literario. Ese espacio lo ocupa el cine experimental.

El cine experimental surge como una práctica que cuestiona las convenciones del cine narrativo tradicional. No busca necesariamente contar una historia con inicio, desarrollo y desenlace; en muchos casos, prescinde de personajes, de diálogos e incluso de una estructura argumental reconocible. En lugar de ello, privilegia la exploración de la imagen, el ritmo, la luz, el montaje, el sonido y la percepción. Es un cine que no ilustra un texto, sino que piensa en imágenes.

Históricamente, sus orígenes pueden rastrearse en las vanguardias artísticas del siglo XX —el surrealismo, el dadaísmo, el futurismo—, donde el cine comenzó a concebirse como un campo de experimentación estética. Obras como las de Maya Deren, Stan Brakhage o Kenneth Anger buscan precisamente liberar al cine de su función narrativa para convertirlo en una experiencia sensorial y poética.

En esta línea, resulta imprescindible mencionar El libro de las imágenes (2018) de Jean-Luc Godard. En esta obra, Godard lleva al extremo la fragmentación del lenguaje cinematográfico: imágenes de archivo, sonidos disonantes, textos superpuestos y silencios se entrelazan sin una narrativa lineal. No hay una historia en el sentido clásico, sino una constelación de ideas visuales. Aquí, el cine no ilustra un guion: se constituye como pensamiento en acto, como ensayo audiovisual.

Desde esta perspectiva, el cine sí podría considerarse autónomo; sin embargo, no en su forma dominante (el cine comercial o narrativo), sino en sus formas marginales y experimentales. Es ahí donde se emancipa de la literatura, donde deja de ser traducción de palabras para convertirse en lenguaje propio.

Además, la búsqueda de autonomía no termina ahí.

Pensándolo ahora, quizá existan otros intentos de liberación del cine que no sólo cuestionan su relación con la literatura, sino también con su propio medio sensorial predominante: la vista.

Por ejemplo, el llamado cine táctil propone una experiencia donde la imagen no se percibe únicamente como algo que se ve, sino como algo que se siente. A través de texturas visuales, movimientos de cámara, desenfoques, granulación o manipulación del soporte fílmico, este tipo de cine busca activar una percepción casi corporal en el espectador. La imagen deja de ser ventana y se vuelve superficie: algo que roza, que afecta...

Por otro lado, el cine con olor —aunque menos desarrollado y más cercano a la experimentación tecnológica— intenta incorporar el sentido del olfato a la experiencia cinematográfica. A lo largo de la historia ha habido intentos como el “Smell-O-Vision”, que buscaban sincronizar aromas con escenas específicas. Aunque estos experimentos no han logrado consolidarse, apuntan hacia una inquietud interesante: expandir el cine más allá de la imagen y el sonido, romper la identificación entre cine e imagen visual.

En ambos casos, lo que está en juego es una pregunta más profunda: ¿qué es, en esencia, el cine?

Si aceptamos que el cine es necesariamente narración visual basada en un texto, entonces su dependencia de la literatura parece inevitable. Por lo contrario, si entendemos el cine como una práctica abierta, capaz de reinventar sus propios límites sensoriales, técnicos y estéticos, entonces su autonomía no sólo es posible, sino que ya está en marcha.

Quizá, más que decidir si el cine es o no autónomo, habría que reconocer que el cine está en constante tensión entre la dependencia y la emancipación. Entre la palabra y la imagen. Entre la industria y la experimentación.

Y es precisamente en esa tensión donde el cine, una y otra vez, se reinventa, como la filosofía, que también habita en una tensión, en aquella que surge entre pensamiento, sentimiento y realidad.