martes, 7 de febrero de 2023

En torno a la empatía

 

En torno a la empatía




De acuerdo con Edmund Husserl, filósofo considerado padre de la Fenomenología, la empatía, más que “ponerse en el lugar del otro”, consiste en la sensibilidad de ser afectado positiva o negativamente por el otro, consiste en la comprensión de la vivencia del otro, en la comunicación, en el diálogo abierto y sincero, que olvidando recelos y miedos, da paso a la aprehensión del ser del otro. Aprehensión, captura de lo que es, de lo que siente y quiere, de lo que piensa y proyecta, de lo que hace y vive.

 

Ahora bien, en la empatía además de comprender la vivencia del otro, la hago mía; no solo comprendo lo que le sucede, lo que siente, su alegría y su dolor, también lo siento, me apropio de su dicha y tristeza. Ahora com-partimos, co-participamos y co-integramos una co-munidad, estamos ya dentro de lo mismo, dentro de una comunidad empática, abierta.

 

De manera que la empatía es un sentimiento profundo y dichoso que constituye el anhelado encuentro con el otro. Donde cada persona representa un camino, que al cruzarse con la intencionalidad de otra persona, se integra un solo camino, una sola vivencia; aunque no se entienda esto como “la misma vivencia en diferentes personas”, porque nunca es así, la vivencia nunca es igual entre diferentes personas, lo que se comparte es el nivel de la vivencia, o sea el sentir. Así, el fenómeno empático consiste en el momento en que siento lo que la otra persona siente, en que compartimos el nivel de la vivencia, no la vivencia. 

 

Expresado con términos fenomenológicos, la empatía se sitúa en un nivel de conciencia que trasciende tanto la percepción externa como la percepción interna. Es decir que va más allá de nuestra percepción de las cosas que nos rodean –el mundo circundante– y de la percepción que tenemos de nosotros mismos –el mundo intersubjetivo–. Se trata del nivel de conciencia en que conocemos las experiencias y las vivencias de los otros en su intrafección con las nuestras –mundo intersubjetivo en empatía–.  


Correspondencia mundo circundante, mundo intersubjetivo y mundo intersubjetivo en empatía

Mundo

Niveles de la conciencia

Esferas del conocimiento

Mundo circundante

Percepción de la cosa en sus cualidades sensibles

Actitud o experiencia natural, donde la percepción de los objetos se da originariamente como algo real (percepción externa)

Mundo intersubjetivo

Cosa sustancial-causal

Percepción originaria de nosotros mismos y los estados de conciencia, como sujetos constituyentes y autoconstituyentes (percepción interna o autopercepción)

Mundo intersubjetivo en empatía

Cosa intersubjetivamente idéntica

Experiencia de los demás y de sus vivencias en la intrafección


Por último, cabe decir que en Casa de la Filosofía, como espacio de diálogo y reflexión filosóficos, entre todas las posibilidades gnoseológicas y valorativas que se presentan ante nosotros, elegimos y decidimos experimentar el mundo, comprenderlo, desde este otro nivel de conciencia, en que las subjetividades se encuentran y comparten la misma vivencia, al que llamamos: empatía. Aspiramos acceder al nivel superior de la conciencia, a la más alta esfera del conocimiento, es decir, al mundo intersubjetivo en empatía; es esta la imagen o arquetipo con base en la cual proponemos dar forma al mundo, re-formar, trans-formar la realidad.

 

Toca ahora preguntar, ¿es posible?, ¿puede el ser humano acceder al tercer nivel de conciencia, a la tercera esfera del conocimiento, al mundo intersubjetivo en empatía que se nos muestra como medio y fin de nuestra autorrealización individual y social, como personas y como comunidad?

 

La primera respuesta que viene a la mente, en palabras coloquiales de la sabiduría popular, es: “si quieres cambiar el mundo, comienza contigo”. Si aspiro a un mundo intersubjetivo en empatía, la transformación de la realidad que ello requiere no significa modificación del mundo circundante, de la relación externa del sujeto con “lo otro”, sino modificación del mundo intersubjetivo, de la relación interna, dentro del propio yo, que tengo conmigo mismo y con los otros, modificación interna que consiste en principio, en un cambio de mentalidad, en un cambio radical de actitud ligado a un profundo proceso de concientización.


Concientización

 

Conciencia de tres dimensiones o niveles de la realidad:

Concientización respecto a correlatos en la coexistencia sujeto-objeto:

Consecuencias o implicaciones:

Intersubjetividad monádica: 

desarrollo de la autodeterminación asumiendo las consecuencias de los propios actos.

Yo

Libertad que implica responsabilidad

Conocimiento espiritual  o autoconocimiento

Intersubjetividad social: 

sensibilización frente a la realidad de los otros, especialmente en torno a la cuestión social; empatía.

Los “otros”yoes y mundo físico (naturaleza y creaciones del hombre)

Relación de interdependencia

Conocimiento de la realidad (actitudes básicas) y comprensión de la totalidad (actitud general)

Nosotros

 Unión o vínculo universal

Actuar libre que crea y transforma el entorno en todos sus aspectos

 

 

 

Autorrealización del hombre; llegar a ser humano










 


lunes, 30 de enero de 2023

Ocio y Filosofía

 Ocio y Filosofía 


De acuerdo con Aristóteles, en la vida del hombre se distinguen tres esferas:

- Urgencias, esto es, las necesidades apremiantes e inaplazables.

- Negotium, en que una vez calmadas y hasta solventadas las urgencias, queda abierta la esfera del placer, de las satisfacciones del deleite sensual, confort y vida fácil.

- Otium, donde satisfechas las necesidades apremiantes y descubiertos los procedimientos del “negotium”, entra el hombre a un tercer círculo en el que, libre de las indigencias y del tener que buscar las técnicas que proporcionen placeres y comodidades, se dedica al ocio, a la holganza del ver por ver, saber por saber, y sobre todo, del inspeccionar por inspeccionar, lo que las cosas son.

 

Es la tercera esfera, el otium, la que constituye el estado supremo del ser humano, debido a que en este espacio existencial se realiza plenamente, posee verdadera libertad (eleuthería), porque ya no está sujeto a urgencias ni placeres sensoriales. De esta forma, el hombre libre es aquel que vive para lo superior y excelso.



Aristóteles (384 a.C. - 322 a.C.)


Visto así, la filosofía surge después de cumplir con las dos primeras esferas de la vida, resultando accesible solo para unos cuantos el logro de la propia libertad.

 

Ahora bien, en Casa de la Filosofía no es esta la idea de praxis filosófica a que aspiramos porque la filosofía es tan necesaria al alma, a la mente, al espíritu, a lo que en nosotros hay de inmaterial, como el alimento al cuerpo; la filosofía es vital.

 

En nuestra perspectiva el ejercicio filosófico no surge exclusivamente una vez que se han superado las esferas de las urgencias y del negotium, cuando se ha alcanzado verdadera libertad. Por lo contrario, afirmamos que el ejercicio filosófico puede emanar en medio de la urgencia por satisfacer las necesidades básicas e incluso como resultado de una crisis provocada por el hastío de los placeres y las comodidades. De manera que la vivencia de la filosofía no es consecuencia de la libertad, antes bien ésta es efecto de una vida examinada. La filosofía es un camino hacia la libertad genuina.

 

 

jueves, 10 de noviembre de 2022

Para la conservación de la cultura indígena: comunalidad



Para la conservación de la cultura indígena: comunalidad

Karla Portela Ramírez

 


En el cartel del evento que nos convoca está escrita una frase con su respectiva fecha: Primera vuelta al mundo 1519-1522, para recordarnos que hace 500 años, “[…] la expedición Magallanes-Elcano completó por primera vez la circunnavegación del planeta.” [1] De manera que este año, 2022 conmemoramos el quingentésimo aniversario de la primera vuelta al mundo; igualmente, hablando de aniversarios, este año se cumplen 530 años del suceso histórico llamado “descubrimiento de América”, acaecido el 12 de octubre de 1492. Así, podríamos enlistar una serie de “cumple-años” ligados entre sí y por conmemorar, por ejemplo: la caída de Tenochtitlan el 13 agosto de 1521; el fin del Imperio Inca con la toma de Cuzco en 1533; la dominación de nuestra civilización muisca con la fundación de Bogotá el 6 de agosto de 1538; o bien, hablando del municipio en que nos encontramos, la fundación de Tabio el 7 de abril de 1603… 

Sin embargo, todos estos sucesos, todas estas conmemoraciones son fechas vacías, carecen de significado para nosotros si desconocemos lo que hay en ellas. Lo que otorga sentido a los aniversarios es la conciencia, el conocimiento y la reflexión sobre los hechos, sobre las vivencias de las personas que protagonizaron tales hechos y de quienes somos descendientes. De este modo, con la intención de conocer y comprender el significado profundo de hechos históricos como la primera vuelta al mundo y todos los anteriormente mencionados, como primer paso señalamos un elemento común en todos ellos: el encuentro de dos mundos, el contacto entre la cultura europea y la cultura no-europea. A continuación, como paso segundo, aclaramos que en esta exposición nos concentramos en el mundo de la cultura no-europea, el mundo de los pueblos originarios, los indígenas.

Desde esta perspectiva, dicho encuentro significó y significa conquista y aniquilación de nuestros pueblos originarios, actualmente nombrados en Colombia como “comunidades étnicas” para referir a la conservación de su “[…] identidad a lo largo de la historia, como sujetos colectivos que aducen un origen, una historia y unas características culturales propias, que están dadas en sus cosmovisiones, costumbres y tradiciones.”[2] Conservación de la identidad que se ha logrado en tres frentes: resistencia; asimilación; y, exigencia de reconocimiento.

Con relación a la exigencia de reconocimiento, un logro fundamental ha sido el Convenio 169 de la Organización Internacional del Trabajo sobre pueblos indígenas y tribales en países independientes, adoptado el 27 de junio de 1989 y ratificado por Colombia mediante la Ley 21 de 1991, con el mismo valor jurídico que la Constitución. Este tratado internacional se basa en el respeto a las culturas y los estilos de vida de los pueblos indígenas y tribales, a la vez que reconoce su derecho a definir sus propias prioridades para el desarrollo; lo cual se plasma en dos postulados básicos: derecho a mantener y fortalecer sus culturas, formas de vida e instituciones propias; y, derecho a participar de manera efectiva en las decisiones que les afectan.[3]

El Convenio 169 de la OIT es un instrumento jurídico que reconoce el valor intrínseco de las culturas indígenas y ordena su salvaguardia. Empero, reconocer y proteger requieren antes conocer; es decir que el reconocimiento, valorización y salvaguarda de las culturas indígenas exigen de nosotros conciencia, conocimiento y reflexión. Visto así y con la finalidad de aportar a la conservación de la cultura indígena en general, en los párrafos subsecuentes se propone una definición de cultura y sus elementos constituyentes, a partir de lo cual descubrir el eje o corazón de la forma de vida de nuestros pueblos originarios y determinar de qué manera podemos contribuir al fortalecimiento de las culturas indígenas.

Definición de cultura y sus elementos constituyentes

En el concepto de cultura de los pueblos indios hay que incluir todo lo que se piensa, se dice, se hace y se crea, es decir, todo el conjunto de: a) actividades económicas, políticas, organizativas, ceremoniales o de cualquier otra índole; b) formas de organización, económica, política, religiosa o de otro tipo que se practican; c) cargos, funciones, papeles o roles que se desempeñan; d) patrones, normas, valores principios y modelos o estilos de conducta, comportamiento, comunicación, organización y de creación artística e intelectual; e) conocimientos, ideas, saberes, tecnologías, historias, mitos, símbolos y demás creaciones intelectuales y materiales que se construyen y utilizan con el objeto de satisfacer las necesidades materiales o espirituales, y resolver los problemas individuales, familiares, comunitarios o de un pueblo.[4]

Sobre lo anterior conviene aclarar que cada elemento o rasgo cultural se relaciona directa o indirectamente con los demás, integrando un sistema estructurado en el que ningún elemento queda aislado ni fuera de él. A su vez, dado que dicho sistema es resultado de un proceso histórico característico de cada individuo, familia, comunidad o pueblo, su expresión concreta no es exactamente igual en todos los casos, antes bien presenta múltiples y variadas manifestaciones. Consecuentemente hay una cultura característica para cada pueblo, comunidad, familia e incluso persona, la cual se realiza de forma diferente en cada momento o circunstancia que se presenta. Aunque, en cada ocasión, se siguen las normas generales del sistema.

Ahora bien, la cultura de los pueblos originarios se expresa a través de tres categorías o grupos de elementos: 1. Elementos fundamentales - constituyen un subsistema básico de aprovechamiento de recursos naturales y de convivencia en comunidad, al que se ha llamado comunalidad, y que bien podría considerarse la esencia de esa cultura, por lo que son designados también elementos básicos o centrales. Los elementos fundamentales son: tierra o territorio comunal; trabajo colectivo o trabajo comunal; servicio o poder político comunal; fiesta comunal o fiesta comunitaria; y, asamblea o asamblea comunal. 2. Elementos auxiliares – aquellos que contribuyen a que se cumpla la función de los fundamentales: derecho indígena; educación indígena tradicional; lengua tradicional; y, cosmovisión. 3. Elementos complementarios - ayudan al mantenimiento y reproducción de la vida individual y familiar: tecnologías; división del trabajo; intercambio igualitario y recíproco de productos y servicios; parentesco; actividades ceremoniales; expresiones artísticas e intelectuales; y, juegos y entretenimientos.[5]

En torno al eje o corazón de la forma de vida de nuestros pueblos originarios

         En el estudio profundo del colectivismo indio se trasciende su reconocimiento como característica para descubrirlo como valor central, definitorio del ser indio, del modo de vida en los pueblos originarios. La comunalidad aquí, no es una característica esporádica, focalizada ni opcional, es omnipresente y vigente incluso fuera de la comunidad, adaptada al mundo globalizado ha aprendido a ser transterritorial: quienes han migrado y viven en otros lugares, obviamente no pueden trabajar cotidianamente en la comunidad, sin embargo expresan su voluntad de ser parte de ella mediante el envío de dinero para fiestas, cuando buscan personas que cubran sus servicios o cuando regresan al ser electos para algún cargo. La comunalidad más que una obligación es una sensación de pertenencia: cumplir es pertenecer a lo propio, formar parte real y simbólica de una comunidad.

De hecho, se puede llegar a ser monolingüe, no usar la vestimenta tradicional y dejar de practicar rituales, pero no se puede dejar de servir a la comunidad –como sucede en los pueblos cercanos a la ciudad–. Esto no significa que los elementos auxiliares y complementarios de la cultura indígena carezcan de peso, elementos como el idioma nativo, la vestimenta, la religiosidad propia o las costumbres alimentarias, constituyen elementos clave de la identidad, aunque su pérdida no implica necesaria ni inmediatamente la pérdida de la identidad.

Asimismo, la comunalidad no es una cualidad exclusiva de los pueblos originarios, se manifiesta en numerosas comunidades rurales no indígenas que se rigen por la reciprocidad y la participación en cargos, asamblea, trabajos colectivos, fiesta e incluso poseen comunalmente su territorio. De manera que sociedades comunales indígenas y no indígenas conservan como eje de vida los cinco elementos fundamentales de la comunalidad –tierra, trabajo colectivo, poder político comunal, fiesta comunal y asamblea–. La diferencia consiste en el grado de conservación o pérdida de los elementos auxiliares y complementarios.

En cuanto a los elementos fundamentales podemos afirmar que son los principios comunitarios en que se cimienta la realidad indígena; por lo que no son coyunturales, sino históricos: producidos, practicados y sancionados socialmente entre nuestros pueblos. De hecho, son estos principios comunitarios lo que ha permitido la continuidad de lo indígena; indudablemente se han modificado adecuándose a las exigencias del tiempo, pero su esencia permanece. Abreviando, la comunalidad es el eje o corazón de la forma de vida de nuestros pueblos originarios; la comunalidad constituye la identidad de la cultura indígena.

Corresponde ahora preguntar, ¿en qué consiste la comunidad y qué se entiende por comunalidad? Para un académico o un político de la cultura occidental, la comunidad es un agregado de individuos a partir de su aislamiento egocéntrico; desde este punto de vista la comunidad es aritmética. Para el indígena, de entrada “comunidad” no es una palabra indígena, aunque es la que refleja mejor el modo de vida en los pueblos originarios. Igualmente, en oposición al concepto occidental, la comunidad indígena es geométrica y no se trata de un concepto abstracto.[6] Una comunidad indígena no es únicamente el conjunto de casas con personas, sino de personas con historia, pasada, presente y futura, que no sólo se pueden definir concretamente, físicamente, sino también espiritualmente con relación a la naturaleza toda.

De acuerdo con lo anterior se entiende por comunidad lo más visible, tangible, lo fenoménico del modo de vida en los pueblos originarios; correlativamente se concibe como comunalidad la inmanencia de la comunidad, lo que no es visible, sino impalpable, lo espiritual: la serie de relaciones, primero con la gente y el espacio, y en segundo término, entre las personas. En otras palabras, la comunidad, la comunalidad radica en la dinámica, la energía subyacente y actuante entre los seres humanos entre sí y de estos con todos y cada uno de los elementos de la naturaleza.[7] Todo ello no como algo opuesto sino diferente de la sociedad occidental.

A manera de síntesis y conclusión

Conmemorar una fecha, un aniversario tiene sentido cuando conocemos lo que hay en ella, sus hechos y las vivencias de los protagonistas; lo que otorga sentido a una conmemoración es la conciencia, el conocimiento y la reflexión. Parar lograr esto, en el caso particular de la primera vuelta al mundo y otros hechos relacionados como el llamado descubrimiento de América, la caída de los imperios indígenas y la fundación de asentamientos coloniales, hemos propuesto dos pasos: el primero, identificar un elemento común a todos ellos, esto es, el encuentro o choque de dos culturas; el segundo paso, ubicar el espacio de nuestra reflexión, que en este caso consiste en la cultura de los pueblos originarios, los indígenas.

Ahora bien, para estas culturas más que un encuentro de dos mundos, ha sido un choque violento que amenaza con su aniquilación. Consecuentemente han adoptado y vivido desde hace más de 500 años en una actitud constante de lucha, resistencia y exigencia de reconocimiento, todo para conservar su forma de vida, su identidad, sus culturas. No obstante, para que esta lucha y resistencia sean efectivas, nos parecen necesarios una conciencia clara y un conocimiento real sobre la cultura indígena y sus elementos constituyentes, porque se puede defender, proteger y dar continuidad sólo a aquello que se conoce. La lucha y la resistencia genuinas exigen conciencia y conocimiento claros y profundos.

Así, en lo que podría considerarse un tercer paso, nos adentramos a definir qué es la cultura indígena y cuáles son sus elementos. Entendemos por cultura de los pueblos indios todo lo que se piensa, se dice, se hace y se crea. Con relación a los elementos constituyentes de las culturas indígenas, encontramos tres clases o grupos. Elementos fundamentales: territorio; trabajo colectivo; servicio o poder político comunal; fiesta comunal; y, asamblea. Elementos auxiliares: derecho; educación tradicional; lengua tradicional; y, cosmovisión. Elementos complementarios: tecnologías; división del trabajo; intercambio igualitario y recíproco de productos y servicios; parentesco; actividades ceremoniales; expresiones artísticas e intelectuales; y, juegos y entretenimientos.

Ahora bien, en el eje o corazón de la forma de vida de las comunidades étnicas se encuentra el colectivismo, la comunalidad, que no es una obligación, sino una sensación de pertenencia. Entendemos por comunidad lo más visible, tangible, lo fenoménico del modo de vida en los pueblos originarios; correlativamente se concibe como comunalidad la inmanencia de la comunidad, lo que no es visible, sino impalpable, lo espiritual: la serie de relaciones, primero con la gente y el espacio, y en segundo término, entre las personas. La comunalidad radica en la dinámica, la energía subyacente y actuante entre los seres humanos entre sí y de estos con todos y cada uno de los elementos de la naturaleza.

Con base en todo lo anterior, la propuesta central de la presente exposición consiste en afirmar que la conservación de la identidad indígena no radica en la supervivencia de elementos culturales como el vestido o el idioma, tampoco en la continua realización de elementos como actividades ceremoniales y expresiones artísticas o intelectuales, por mencionar algunos de los elementos complementarios y auxiliares de la cultura indígena, que sin bien contribuyen al funcionamiento, mantenimiento y reproducción de la vida individual y familiar de las comunidades étnicas, en cierto sentido y medida son prescindibles o hasta contingentes. La fuente de vida, el corazón que palpita y ha vivificado a las culturas indígenas, aún en contra de adversidades de todo tipo, durante siglos es su espíritu comunal, que se manifiesta y sustenta a la vez en cinco pilares u horcones: territorio; trabajo colectivo; servicio; fiesta y asamblea. Cinco elementos fundamentales que integran la comunalidad de los indígenas entre sí y con la naturaleza. De manera que para conservación de la cultura indígena lo que debe persistir es la comunalidad.

 


Referencias y bibliografía



[1] Lira, Emma. (2022). La primera vuelta al mundo. Historia, National Geographic. Recuperado el 3 de septiembre de 2022 de: https://historia.nationalgeographic.com.es/a/primera-vuelta-mundo_14660

[2] Grupos étnicos. Ministerio de Salud y Protección Social. Recuperado el 3 de septiembre de 2022 de:

[6] Díaz, Floriberto en Rendón, Monzón Juan José y Manuel Ballesteros Rojo. (2003). La comunalidad. Modo de vida en los pueblos indios. Recuperado el 11 de enero de 2021 de:

 


jueves, 27 de octubre de 2022

Filosofía en Cajicá

 

 Filosofía en Cajicá





VIII Encuentro de Historia y Filosofía

¿Cómo se construye la historia colectiva a través de las narrativas individuales?

20 y 21 de octubre de 2022

 

Objetivo: Reflexionar sobre las versiones individuales y cómo se relacionan con la historia de las sociedades

 

Ejes temáticos:            

* Tradición oral

* Historia de Cajicá

* La voz de los migrantes en la historia

* La historia según las minorías

* Historia del arte

 

En el desarrollo del encuentro se presentaron tres ideas constantes: Narrativa – Memoria – Historia. La narrativa de que se guarda memoria constituye la historia. ¿Y la Filosofía? La filosofía cuestiona y analiza qué historia se transmite, cómo y para qué, así como quién la transmite y a quiénes.

 

Pero, ¿qué es la historia? Una exposición o descripción de lo hecho, de lo vivido personal y grupalmente, lo cual al formar parte de nuestra memoria se suma a nuestra identidad. De manera que en gran medida soy lo que hago, soy lo que he hecho y más aún, lo que planeo hacer, agregamos desde una mirada filosófica, porque la filosofía analiza y critica la historia, lo hecho; reflexiona sobre lo que hacemos; y, propone lo que ahora se puede hacer. La filosofía observa agudamente en retrospectiva, hacia el pasado, y en prospectiva, hacia el futuro; examina lo que fue para comprender lo que es y explorar lo que será. 

 

Ahora bien, la Historia además de ser experiencia del pasado, narración y memoria, presenta características de saber científico: plantea preguntas y problemas; aplica una metodología; se desarrolla en la interdisciplinariedad; se muestra como saber interpretativo y variable… Y por supuesto, cumple funciones importantes en nuestra vida, sirve para entender problemas del presente –en el esquema de relación causa-efecto–; permite aprender de los errores y aciertos; y, especialmente, teje relaciones y vínculos entre semejantes.

 

Debido a lo anterior es fundamental la enseñanza de la historia. Con relación a esto se propone transitar de la didáctica tradicional que es memorística; basada en hechos político-militares; antropocéntrica; eurocéntrica; patriótica y heroica, hacia una didáctica que fomenta las habilidades del científico social, es decir, que desarrolla las habilidades de lectura, escritura e investigación; que se basa en problemas; y, que ejercita el pensamiento crítico e histórico.

 

Sin duda, la experiencia fue enriquecedora para todos; evidentemente unas ponencias brillaron más que otras, no obstante en todos los casos se observó disposición y entrega, interés y deseo por compartir. A lo largo de esos dos días, escuchando las narrativas de los alumnos, sus reflexiones y mirando la forma en que eran recibidas por los asistentes, inevitablemente surgieron pensamientos y emociones propios; cuando se escucha atentamente la narrativa del otro, nace en el propio interior una narrativa más.

 

Comparto aquí algo de lo que sucedió en mí al escuchar: vivimos en Colombia un periodo de transición, parece que nos movemos de un estado de guerra hacia la paz; movimiento que veo simbolizado en la reciente entrega del “Informe Final de la Comisión de la Verdad”. Transitamos a la vez de un gobierno de derecha hacia un gobierno de izquierda, considerando el resultado de las pasadas elecciones presidenciales. Atravesamos también un momento histórico en que los migrantes de origen venezolano comienzan a ser reconocidos como ciudadanos, cuando se les otorga acceso a servicios de salud, seguridad social y pensión –beneficios que corresponden a los derechos que posee una persona, natural o jurídica, en Colombia–. En el caso de múltiples municipios, particularmente los que rodean a la capital nacional, se transita de un ambiente rural hacia un medio urbano.

 

Abreviando, quienes habitamos Colombia vivimos un periodo de transición que se abre en cinco líneas: de la guerra hacia la paz; de la derecha hacia la izquierda; de migrantes a ciudadanos; y, de lo rural a lo urbano. Se trata de escisiones o distinciones que en la perspectiva de quien aquí escribe deben ser concebidas y vivenciadas no como rivales excluyentes entre sí, sino como elementos complementarios. Es necesario pensar y sentir, vivir la complementariedad.

 

Respecto con la guerra padecida se insiste en la memoria como uno de los medios para alcanzar la paz anhelada, ante lo cual corresponde preguntar para qué recordar, más aun cuando los recuerdos son violentos, contienen humillación, injusticia e imposición, sangre y dolor. Retrotraer y resaltar continuamente esa violencia, ¿la normaliza? Más que impactar y concientizar, narrar reiteradamente los hechos violentos, ¿adormece o incluso despierta el morbo?

 

Por otra parte, aunque en correlación, me pregunto cuándo un migrante se convierte realmente en ciudadano, y si alguna vez se deja de ser migrante. Soy migrante y aún no sé decir con exactitud qué significa esto, por ahora sólo acierto a decir que es muy diferente a turistear. El turista permanece poco tiempo, pasea y se asoma a algunos periodos de la historia del país que vista, conoce un poco de su cultura; el tránsito del turista es veloz, fugaz, momentáneo, episódico, su vivencia se reduce a la admiración y al disfrute. El migrante, en cambio, permanece indefinidamente, recorre el nuevo territorio, se sumerge y se empapa de una cultura que antes le era ajena, en gran medida se la apropia, profundiza y descubre lo que sustenta a la historia, es decir, realmente conoce la filosofía de vida que entraña dicha cultura. Expresado con una analogía un tanto simple, el turista esnorquelea y el migrante bucea, incluso en apnea.

 

En esta ocasión, como usualmente sucede en donde está presente la filosofía, nos retiramos del recinto con más preguntas de las que traíamos al llegar. Entre todas las ideas que revolotean en mi mente, brilla especialmente la convicción de que siempre es valioso sentarse y guardar silencio para escuchar al otro.




Karla Portela Ramírez

Casa de la Filosofía


 

lunes, 17 de octubre de 2022

Café filosófico #22: ¿Se puede ser extranjero en el país de nacimiento?

 

Café filosófico # 22:

¿Se puede ser extranjero en el país de nacimiento?



Uno de los frutos que espera cosechar todo animador de café filosófico es el surgimiento de más preguntas. Considerando que la capacidad de preguntar, de formular buenas preguntas –críticas y detonantes de reflexión– refleja el desarrollo de un pensamiento analítico y abierto a nuevas perspectivas, con alegría y cierto orgullo podemos decir que estamos cosechando frutos filosóficos. Más que arribar a respuestas, de la pregunta planteada al inicio del café, el grupo deriva una serie de preguntas más. Así, en este recuento de lo dialogado en nuestro encuentro más reciente (el pasado lunes 10 de octubre), compartimos algunas de las preguntas que surgieron, con sus respectivas respuestas, si no definitivas, si al menos aceptables por ahora.

 

¿Qué es ser extranjero? ¿Qué significa ser extranjero?

Invisible; desconocido; anormal… Extraño… Pensando que el prefijo “extra” significa “fuera de”, extranjero significaría que nació fuera del país en que nos encontramos, más allá de estas fronteras. Ahora bien, quizá eso implique que nos sea desconocido y al entrar en contacto nos parezca extraño e incluso anormal, frente a lo cual muchos preferirán tratarlo como invisible, invisibilizarlo.

 

¿Según qué o quién somos extranjeros?

Según los límites físicos, es decir las fronteras. Aunque esto no niega que podamos desconocer nuestro país de nacimiento tanto como si fuéramos extranjeros, como si hubiésemos nacido en otro país.

 

¿Qué nos hace extranjeros?

Pensando en el cuerpo, en nuestra materialidad sujeta a leyes jurídicas, lo que nos hace extranjeros es el lugar de nacimiento. Ahora bien, si consideramos nuestra dimensión inmaterial, habría que hablar de factores como el idioma, la educación, el lugar en que nos criamos y donde hemos construido nuestra historia, los documentos que nos acreditan como ciudadanos, entre otros.

 

Pero, ¿qué pasa con alguien cuyo padre es alemán, su madre es francesa y ella nació en Canadá, se educó en Portugal y ha pasado la mayor parte de su vida en México, habla los cinco idiomas correspondientes con igual fluidez y corrección, logrando adaptar su acento a cada uno de ellos?

Aquí entran en juego pertenencia e identidad; sentirse parte del grupo, de la comunidad y sus instituciones, además de identificarse con las creencias, propósitos, deseos, etc. del grupo, del colectivo.

 

Entonces, ¿se puede ser extranjero en el país de nacimiento?

En un sentido literal –sin interpretaciones, ajustándonos al significado habitual–, la respuesta es “no”. No se puede ser extranjero en el país de nacimiento. Sin embargo, en un sentido figurado –apartándonos del significado habitual, agregando una expresividad que puede ser interpretada–, la respuesta es “sí”. Sí se puede ser extranjero en el país de nacimiento; todo depende de cómo nos sintamos, de nuestro sentimiento de identidad y pertenencia.

 

Con base en todo lo anterior, confirmamos algo que se había planteado al comienzo de nuestra reflexión conjunta: habría que reformular la pregunta inicial. En lugar de preguntar ¿se puede ser extranjero en el país de nacimiento?, habría que decir: ¿se puede sentir extranjero en el país de nacimiento? Igualmente podríamos sustituir el verbo “ser” con palabras como actuar o comportar. De hecho, podríamos enunciar otras preguntas, por ejemplo: ¿Se puede dejar de ser extranjero?...





Karla Portela Ramírez y Germán Leonardo Cárdenas Vargas

Casa de la Filosofía

Octubre, 2022

Cajicá, Cundinamarca, Colombia

 

 

 

viernes, 2 de septiembre de 2022

Café filosófico #16: ¿Qué tenemos en común?

 

Café filosófico #16: 

¿Qué tenemos en común?




Abrimos nuestro diálogo y reflexión con la interrogante ¿Qué tenemos en común? La verdad es que cuando estábamos definiendo cuál sería la pregunta guía de esta ocasión, pensamos que tal planteamiento era demasiado abierto, que había que especificar…. No obstante decidimos dejarlo así con la intención de que los participantes interpretaran la pregunta y condujeran la reflexión hacia donde fuese su interés. Gratamente nos sorprendió que desde el inicio uno de nuestros librepensadores señaló la necesidad de delimitar nuestra pregunta.

 

Tras varias intervenciones de distintos emisores, y en conjunto, acordamos enfocar nuestra reflexión de la siguiente manera: primero preguntarnos qué tenemos en común nosotros, quienes integramos este grupo de café filosófico; después reflexionar sobre qué tenemos en común como especie, como humanidad. A su vez, señalamos que en el discurrir de esta reflexión podíamos responder considerando dos aspectos o criterios: en lo material; y, en lo inmaterial. De manera que en el desarrollo de nuestro filocafé propiamente reflexionamos en torno a dos cuestionamientos y desde dos aspectos dimensiones:

 

1* ¿Qué tenemos en común nosotros, los integrantes de este café filosófico, material e inmaterialmente?

2*  ¿Qué tenemos en común como especie, como humanidad, material e inmaterialmente?

 

En cuanto a la primera pregunta, podemos enlistar las siguientes cualidades o características:

- deseo de aprender y compartir

- disposición para esforzarse

- disfrute de auto regalarse un tiempo para sí mismo

- pasión, gusto o interés por la filosofía

- curiosidad, querer entender

- actitud de apertura y reflexiva

- actitud crítica y autocrítica

- pensamos diferente a la mayoría

- nos encontramos en constante búsqueda  

Evidentemente nuestro pensar y dialogar se concentró en el aspecto inmaterial, esto de forma natural. Podría decirse que en acuerdo tácito, prescindimos de lo material. Incluso, cuando afirmé que lo que tenemos en común, materialmente hablando, es el ombligo, todos rieron y recondujeron la reflexión hacia lo inmaterial.

 

Sobre la segunda cuestión, lo que encontramos en común fue:

- amor

- lenguaje

- creatividad, dones o talentos

- nos reconocemos como parte de algo mayor

- vivimos en asociación, todo lo que hacemos tiene efecto en mí y en los otros

- conciencia

- razón y voluntad

- competitividad y envidia

- necesidad de escuchar y ser escuchados

- tiempo y límites temporales, mortalidad

- cambio constante, evolución

Cabe decir que, grosso modo, concluimos al respecto que en lo material nos igualamos, todos tenemos cuerpo y éste funciona igual en todos los seres humanos; mientras que en lo inmaterial nos diferenciamos. Lamentablemente no hubo tiempo para ahondar en esto último, pero sí señalamos que como seres vivos habría que incluir en “lo común” a la naturaleza.





Asimismo y como suele suceder en las reflexiones filosóficas, una pregunta dio pie a muchas más –lo cual nos encanta–; entre otras, las interrogantes que sumaron fueron: ¿Por qué nos resulta más fácil identificar nuestras diferencias que lo que tenemos en común? ¿Por qué nos enfocamos en las diferencias? ¿Sería positivo anular las diferencias y homogeneizar? ¿Qué tenemos en común con nosotros mismos, es decir, qué hay de común entre mi yo de ayer y mi yo actual?

 

El tiempo destinado para nuestro café filosófico transcurrió, aunque antes de despedirnos, a manera de cierre, me permití retomar la mención que hice del ombligo y expresar que probablemente les dio risa por su obviedad, sin embargo podemos considerarlo como un símbolo, como un recordatorio constante e imborrable de que surgimos y nacimos en unión con otro, de que en cierto sentido siempre somos parte de otros y estos otros son parte de nosotros. El ombligo por curioso y risorio que nos resulte es una representación de nuestra socialidad. Lo que tenemos en común es nuestro ser social.

 

Por último, queremos agradecer a Carolina, asidua y fiel integrante de nuestro café filosófico, que esta vez fungió como moderadora, en forma destacada y brillante. Gracias, muchas gracias a ella y a todas las personas que comparten con nosotros, y nosotros con ellos para dar vida a la filosofía en Cajicá.





Karla Portela Ramírez y Germán Leonardo Cárdenas Vargas

Casa de la Filosofía

Agosto, 2022

Cajicá, Cundinamarca, Colombia