martes, 24 de febrero de 2026

Primera clase - Curso "Literatura y Cine"

 

El cine y las matrioshkas del tiempo: una invención colectiva

 


Cuando se habla del origen del cine, suele afirmarse con seguridad que sus inventores fueron los hermanos Auguste Lumière y Louis Lumière, quienes en 1895 presentaron públicamente el cinematógrafo. La fecha se ha vuelto emblemática: el nacimiento oficial del cine. Sin embargo, esa afirmación, aunque histórica, es filosóficamente insuficiente.

El cine no nace de un solo gesto creador. Es una convergencia. Una síntesis. Un punto de llegada de múltiples inventos, búsquedas, errores y obsesiones previas.

El cinematógrafo no surge en el vacío: condensa una serie de descubrimientos técnicos y conceptuales que se fueron anidando unos dentro de otros, como capas sucesivas de sentido.

Las capas que hicieron posible el cine

Antes del cinematógrafo, estuvo la cámara oscura, conocida desde el siglo XVII, que permitió comprender el principio óptico de proyección de imágenes. No capturaba movimiento, pero enseñó a pensar la luz como algo moldeable.

 

En 1826, Joseph Nicéphore Niépce logró fijar la primera fotografía permanente. Por primera vez, el tiempo quedaba detenido en una superficie.

 

En 1839, Louis Daguerre perfeccionó el daguerrotipo, reduciendo tiempos de exposición y haciendo viable la reproducción de imágenes con mayor nitidez. La fotografía dejaba de ser experimento para convertirse en técnica.

 

En 1834, William George Horner inventó el zoótropo, un dispositivo que, mediante imágenes secuenciales en movimiento circular, producía la ilusión óptica de movimiento. Aquí aparece un elemento decisivo: el descubrimiento de que el movimiento puede simularse a partir de fragmentos estáticos.

 

Más adelante, Thomas Alva Edison desarrolló el kinetoscopio (1891), una máquina de visión individual que permitía observar imágenes en movimiento. No era todavía el cine proyectado colectivamente, pero estaba ya el principio mecánico del desplazamiento continuo de imágenes.

 

Cuando los Lumière presentan el cinematógrafo en 1895, lo que hacen no es inventar desde cero, sino articular óptica, fotografía, química, mecánica e ilusión perceptiva en un solo dispositivo capaz de capturar y proyectar imágenes en movimiento ante un público.


El cinematógrafo es la síntesis final de muchas capas anteriores.

Las matrioshkas del cine

Para explicar esta complejidad, nuestro profesor recurrió a una analogía hermosa: las matrioshkas (o matruskas), las muñecas tradicionales rusas que se contienen unas dentro de otras.

El cine es una matrioshka tecnológica y cultural.

Dentro del cinematógrafo está la fotografía.

Dentro de la fotografía está la química.

Dentro de la química está la experimentación científica.

Dentro del movimiento está la fragmentación del tiempo.

Y cada capa contiene las anteriores.

El cine no es plano. Es estratificado. Es memoria acumulada.

Sin embargo, solemos pensar en términos de “la primera persona que…”, “el inventor”, “la primera película”. Buscamos un origen puntual, un héroe fundador. Pero la historia de la técnica —y de la cultura— rara vez responde a esa lógica individualista.

Más allá de los Lumière o de Edison, hay decenas de nombres menos recordados, técnicos, artesanos, operadores, experimentadores anónimos que hicieron posible aquello que luego fue llamado “invención”.

El hombre que fragmentó el tiempo

 


Entre esos nombres emerge uno fascinante: Eadweard Muybridge. En 1878 realizó su célebre secuencia fotográfica de un caballo al galope, demostrando que en un momento del movimiento las cuatro patas se elevan del suelo simultáneamente. Pero lo verdaderamente revolucionario no fue resolver una apuesta, sino revelar algo que el ojo humano no podía percibir por sí solo.

 

Muybridge mostró que la fotografía no solamente captura lo visible: revela lo invisible. Fragmentó el movimiento. Descompuso el tiempo.

 

En la novela gráfica Una fracción de segundo se reconstruye su vida excéntrica y obsesiva, subrayando su carácter casi filosófico: un hombre empeñado en atrapar el instante.

 

Desde una perspectiva filosófica, Muybridge transformó la percepción humana. Nos enseñó que el tiempo puede dividirse, analizarse, reproducirse. Que la memoria puede tecnificarse.

Que el instante puede convertirse en archivo.

Con él, el cine dejó de ser solamente posibilidad técnica para convertirse en una nueva experiencia del tiempo.


Nada es individual

En esa clase confirmé algo que sospechaba: nada ha sido hecho por una sola persona. Todo es resultado de una red. Así, el cine —sea arte o industria (no entraremos aquí en ese debate)— es el producto de la convergencia de inventos, descubrimientos científicos, saberes ópticos, intuiciones artísticas, intereses económicos, errores, fracasos, correcciones y colaboraciones.

Si ampliamos la mirada, no fueron sólo los “inventores”. Fueron también los mecánicos, los químicos, los artesanos, los operadores de cámara, los técnicos que ajustaron engranajes, los trabajadores que fabricaron lentes, quienes sostuvieron materialmente esa invención. 

El cine es comunidad en movimiento

Y quizá esta sea la lección más filosófica: nuestra tendencia a personalizar el origen es una ilusión narrativa. La historia real es siempre más compleja, más relacional, más colectiva. Sí, aunque parezca increíble: nada es puramente individual. Todo es comunidad. Como el cine.






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