Una lectura filosófica de "La teoria sueca del amor"
La apuesta era clara: liberar a las mujeres de los hombres, a los ancianos de sus hijos y a los jóvenes de sus padres. En otras palabras, desarticular la necesidad como fundamento de los vínculos humanos. Si el Estado garantizaba bienestar, seguridad económica y derechos sociales universales, las relaciones podrían sostenerse únicamente sobre la voluntad y el afecto, nunca sobre la obligación o la carencia.
Del núcleo familiar al individuo soberano
El documental presenta un mapa que clasifica a las sociedades contemporáneas según dos ejes: valores de supervivencia y valores de autoexpresión. Bajo esta mirada, inspirada en estudios sociológicos sobre modernidad y desarrollo, emergen dos grandes configuraciones culturales.
Por un lado, los países con menores recursos materiales, donde predomina la “vida tradicional”: allí, el núcleo de la sociedad es la familia, acompañada por la religión y el Estado. La interdependencia no es una elección, sino una condición de supervivencia.
Por otro, los países ricos, que encarnan el ideal moderno: el individuo ocupa el centro. Trabaja en pos de su autorrealización, asociada al desarrollo económico, al poder adquisitivo y a la libertad entendida como independencia. En este modelo, la emancipación respecto de la familia se convierte en signo de progreso.
Suecia aparece como la culminación de este paradigma. La independencia, ligada a la autonomía y la libertad, se erige como valor supremo. Sin embargo, Gandini sugiere que el brillo de este ideal puede ocultar una sombra: la soledad.
Bienestar material y pobreza relacional
Las cifras que recoge el documental son elocuentes: se estima que uno de cada dos suecos vive solo. El Estado cubre necesidades básicas, cuida de los ancianos, garantiza subsidios y servicios; no obstante, la interacción espontánea disminuye. La vida social se desplaza hacia actividades organizadas y voluntarias —como asociaciones civiles o brigadas de búsqueda de personas desaparecidas—, mientras que el antiguo esquema de “cuidarnos unos a otros, amarnos” se diluye.
La crítica de Gandini no es una condena simplista del Estado de bienestar. Al contrario, reconoce que el modelo sueco ha logrado altos niveles de seguridad material. Pero distingue, con agudeza, entre pobreza económica y pobreza relacional. La seguridad no garantiza sentido. La autonomía no asegura comunidad.
La “vida perfecta” puede tornarse emocionalmente vacía cuando la interdependencia desaparece como experiencia cotidiana. En el documental aparecen casos de ancianos que mueren solos en sus departamentos, cuyos cuerpos son hallados semanas e incluso años después. La autonomía radical, paradójicamente, deja expuestos a los más vulnerables a una forma extrema de abandono silencioso.
¿Independencia o interdependencia?
Hacia el final del filme, se incluyen fragmentos de entrevistas al filósofo y sociólogo Zygmunt Bauman (1925–2017), quien ofrece una clave interpretativa fundamental. Para Bauman, la felicidad no consiste en la ausencia de problemas, sino en la capacidad de afrontarlos y superarlos junto con otros. En el conflicto, la negociación y la renegociación se desarrollan habilidades esenciales de socialización.
No somos —recuerda Bauman— seres independientes, sino interdependientes.
Esta afirmación cuestiona el imaginario moderno que equipara libertad con autosuficiencia. Tal vez el error no radique en buscar autonomía, sino en absolutizarla. Cuando la independencia se convierte en fin último, el otro deja de ser necesario. Y cuando el otro deja de ser necesario, la comunidad pierde su espesor ético.
El aburrimiento de la autosuficiencia
Una de las tesis más provocadoras del documental es que al final del camino de la independencia no espera la felicidad, sino la soledad y un aburrimiento difícil de imaginar. La vida reducida a trabajar para asegurar bienestar y libertad económica puede volverse un ciclo repetitivo, sin el dramatismo —pero también sin la intensidad— de los vínculos complejos.
Suecia, que en el siglo pasado representó el ideal de la sociedad moderna, se convierte así en espejo y advertencia. El documental no propone un regreso nostálgico a la familia tradicional ni a la dependencia obligada; más bien nos invita a pensar en una síntesis aún pendiente:
¿cómo construir autonomía sin destruir la trama de la interdependencia?
Quizá la enseñanza filosófica de La teoría sueca del amor sea esta: la libertad no se agota en la independencia material. El ser humano no sólo necesita seguridad, sino también reciprocidad, conflicto compartido, cuidado mutuo.
En un mundo que continúa exaltando la autosuficiencia como horizonte de plenitud, conviene recordar que la vida buena no consiste en no necesitar a nadie, sino en elegir —una y otra vez— necesitarnos.
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