sábado, 7 de febrero de 2026

Fil(m)osofía: "El globo rojo"


El globo rojo y la pregunta por la comunidad. 

Ser distinto no implica estar solo



Para esta filmosofía elegimos el mediometraje El globo rojo (Le Ballon Rouge, 1956), dirigido por Albert Lamorisse, con una duración aproximada de 34 minutos. Filmada en las calles de París y prácticamente sin diálogos, la película se apoya en la fuerza de la imagen, el color y el movimiento para contar la historia de Pascal, un niño que entabla una relación singular con un globo rojo que parece tener vida propia. Esta sencillez narrativa la vuelve especialmente fructífera para pensar temas como los vínculos y el desapego, la libertad de ser uno mismo y el papel ambivalente de la comunidad.

A todas las personas participantes les gustó la película. Lo primero que se mencionó fue que el globo es tratado como si estuviera vivo, como si comprendiera lo que se le dice y respondiera afectivamente al niño. A partir de esto introdujimos la noción de animismo, entendida como la creencia —presente en muchas culturas— de que los objetos, los elementos de la naturaleza o los seres no humanos poseen alma, intención o vida propia. En la película, este animismo no se explica, simplemente se muestra, y nos invita a suspender por un momento la mirada racional adulta para entrar en una lógica más sensible y relacional.

En cuanto a los vínculos, hubo un consenso claro: el niño cuida al globo y el globo cuida al niño. Se trata de un cuidado mutuo, de un lazo que no es posesivo, pero sí profundamente significativo. Este vínculo despierta la envidia de otros niños, quienes no comprenden esa relación singular. El desapego aparece, en cambio, en la manera en que Pascal habita la ciudad: una ciudad gris, austera, que contrasta con el rojo brillante del globo. El propio niño viste de gris. ¿Por qué ese contraste? ¿Qué dice de la infancia, de la singularidad, de la forma en que lo distinto resalta en entornos que tienden a la homogeneidad?

La reacción de los adultos también fue un punto central de la reflexión. Algunos ayudan al niño a proteger el globo de la lluvia, pero otros lo rechazan: no permiten que el globo entre a la casa, a la escuela o a la iglesia. Las instituciones se muestran hostiles, no solo con el globo, sino también con el niño. Surge entonces la pregunta: ¿qué es lo que molesta realmente?, ¿el globo o que el niño sea diferente? ¿Por qué lo distinto suele verse como un problema, aun cuando no haga daño? ¿Es rechazado porque no encaja, porque no es “normal”?

Hacia el final, los niños que envidian a Pascal revientan el globo. Lo destruyen. ¿Cómo reacciona él? No hay rabia ni venganza, sino tristeza y silencio. Pero la historia no termina ahí. Globos de otras partes de la ciudad, que acompañaban a otros niños, acuden a Pascal, se reúnen con él y lo elevan por los aires. El final es feliz: Pascal no está solo. Lo acompaña una comunidad de globos que lo sostiene y le permite volar.

Quizá ese sea el tema central de El globo rojo: la comunidad, que puede ser destructiva —cuando rechaza, excluye o anula lo distinto— o constructiva, cuando cuida, acompaña y hace posible la libertad. Al final de nuestra reflexión surgió una idea clave: Pascal no era tan distinto. Había otros niños y niñas, pocos, que también iban acompañados por globos de colores brillantes, como la niña con la que se cruza en la calle, ella con un globo azul. Sin hablar, se reconocen.

Ser distinto no tiene por qué ser problemático. Además, nunca estamos completamente solos: siempre hay alguien con quien podemos identificarnos, con quien compartir y construir comunidad. Hacia allá vamos. Esa es, también, la intención de nuestra práctica filosófica: crear comunidades reflexivas y empáticas, capaces de cuidar la diferencia y de volar juntas.






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