viernes, 13 de febrero de 2026

Psicología, Tanatología y Filosofía en nuestras vidas

Crecer es aprender a perder: crisis, duelo y sentido en las etapas de la vida. 

Psicología, Tanatología y Filosofía en nuestras vidas. 




Erik Erikson (1902-1994) fue un destacado psicoanalista germano-estadounidense, célebre por su teoría del desarrollo psicosocial en ocho etapas y por acuñar el término "crisis de identidad". La teoría de Erikson se conoce formalmente como la "Teoría del Desarrollo Psicosocial", propone que la personalidad se desarrolla en ocho etapas predeterminadas a lo largo de la vida, es decir, que cada etapa surge en un momento específico y en secuencia ordenada, construyéndose cada una sobre su anterior -esto es lo que Erikson llamó "principio epigenético". 

Cada etapa del desarrollo implica una crisis entre dos fuerzas opuestas que el individuo debe resolver para desarrollar virtudes básicas. A diferencia de Sigmund Freud, Erikson enfatizó la influencia de la sociedad y la cultura en el desarrollo del "yo" durante toda la vida, no sólo en la infancia. De manera que la personalidad se desarrolla en ocho etapas predeterminadas a lo largo de la vida, influenciadas por la interacción entre fuerzas biológicas, necesidades sociales y el entorno, la cultura. A esto se debe que las crisis que atravesamos en cada etapa de la vida, en realidad son crisis psicosociales que tienen por objetivo el desarrollo de una identidad del yo saludable a través del dominio de los conflictos. 

Ahora bien, desde la tanatología, cada crisis supone un duelo; y desde la filosofía, cada duelo convoca una pregunta por el sentido, la identidad y la finitud. Desde esta perspectiva, filotanatológica, no sólo se mueren personas: se mueren cuerpos que fuimos, identidades que ya no encajan, mundos que dejaron de existir. 

La propuesta de esta de esta reflexión es que consideremos la comprensión de las etapas de nuestra vida entretejidas por estos tres hilos: psicología, tanatología y filosofía:

En la primera infancia la crisis consiste en confianza básica vs. desconfianza. Perdemos la fusión con la madre. Para la tanatología, se trata del primer duelo, sin palabras e inscrito en el cuerpo. Desde una mirada filosófica, en ese momento el mundo aparece como confiable o amenazante. Aquí se aprende, sin saberlo, si la vida es habitable. 

En la segunda infancia, la crisis que atravesamos se compone de autonomía vs. vergüenza y duda. Descubrimos que no podemos todo, perdemos nuestra omnipotencia. Se abre un nuevo duelo por no poderlo todo. Para la filosofía, se trata del encuentro con el límite. Aprendemos que vivir es desear dentro de fronteras. 

Cuando ingresamos a la escuela, comienza la crisis que se teje de laboriosidad vs. inferioridad. Al convivir con otros perdemos la ilusión de ser igualmente capaces en todo. Tanatológicamente, comienza un duelo por la imagen ideal de sí. En perspectiva de la filosofía aparecen la comparación, el mérito y el reconocimiento. Aquí nace la pregunta: ¿valgo por lo que hago o por lo que soy?

Ya en la adolescencia, nos ubicamos entre identidad vs. confusión. La pérdida evolutiva surge respecto al cuerpo infantil y la identidad heredada. En tanatología, se abre un profundo duelo identitario, vinculado con la pregunta filosófica radical: ¿quién soy? El duelo es tan intenso que se puede hablar de una muerte simbólica: para ser alguien, hay que dejar de ser quien se era. 

Llegada la juventud, en la adultez temprana, la crisis evolutiva se compone de intimidad vs. aislamiento. La fantasía de infinitas posibilidades se desvanece. El duelo es ahora por los caminos no tomados. Si lo pensamos con filosofía, entran en juego la elección, el compromiso y la renuncia. Aprendemos que vivir implica aceptar que no todo es posible. 

En la adultez media, la entrecrucijada generatividad vs. estancamiento conlleva la pérdida de juventud, centralidad y la ilusión de tiempo ilimitado. Esta vez el duelo se debe por lo que no será. Desde la filosofía, surge la pregunta por el legado y el sentido. En esta etapa nos preguntamos: ¿qué de mí seguirá cuando yo no esté?

Por último, en la vejez, se entabla la tensión entre la integridad del yo vs. desesperación. La pérdida evolutiva es respecto a fuerza, roles, pares, futuro largo... Para la tanatología es duelo acumulativo y anticipación de la propia muerte; para la filosofía es la disyuntiva entre reconciliación o ruptura con la propia historia. La oportunidad de aprendizaje radica en reconocer que no se trata de negar la muerte, sino de integrar la vida vivida. 

En suma, la intención aquí es aportar una clave tanatológica y filosófica transversal para vivir y comprender el desarrollo de nuestra personalidad: la tanatología acompaña el dolor y legitima el duelo; la filosofía acompaña la pregunta y la resignificación. Cuando una pérdida no encuentra palabras, rituales o escucha, se enquista. Cuando encuentra sentido, se transforma. 

Desde la teoría psicológica de Erikson, crecer es atravesar crisis; desde la tanatología, crecer es elaborar duelos; y, desde la filosofía, crecer es aprender a habitar el límite con sentido. Educar, acompañar, filosofar y cuidar no evitan el dolor, ayudan a pensarlo, nombrarlo y atravesarlo. Psicología, Tanatología y Filosofía articuladas, no son capas añadidas, sino como formas de acompañar el sentido de las pérdidas a lo largo de la vida. La idea central de esta tríada afirma que vivir es aprender a perder, y no todas las pérdidas se elaboran igual ni en el mismo lenguaje.




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