miércoles, 25 de febrero de 2026

La edad como construcción cultural


La juventud no es natural: es una construcción cultural

(y también una jerarquía)

 


Vivimos en una época que idolatra la juventud. La publicidad la convierte en sinónimo de belleza; el mercado laboral la asocia con productividad; la cultura digital la equipara con innovación. En contraste, la vejez suele ser narrada como declive, pérdida o carga. Sin embargo, esta jerarquía no es natural. No es biológica. No es inevitable. Es cultural.

Sostengo que la valoración de la juventud —y de todas las etapas de la vida— es una construcción histórica y simbólica que responde a estructuras económicas, políticas y tecnológicas específicas. Reconocerlo es el primer paso para desmontar el edadismo que organiza silenciosamente nuestras sociedades.

1. La juventud no siempre existió como la entendemos hoy

La idea de “juventud” como etapa diferenciada, prolongada y culturalmente significativa es relativamente reciente. El historiador Philippe Ariès mostró cómo en la Europa medieval no existía una clara distinción entre infancia, adolescencia y adultez como la concebimos hoy. La transición al mundo adulto era rápida y funcional.

La juventud como identidad social emerge con la modernidad: la escolarización obligatoria, la industrialización, la separación entre trabajo y formación, y más tarde la expansión universitaria del siglo XX, producen un grupo social con tiempo propio, consumo propio y cultura propia.

Es decir, la juventud no es simplemente un tramo biológico entre los 15 y los 25 años. Es una invención histórica vinculada a transformaciones estructurales.

2. No todas las culturas colocan la juventud en la cima

Si la valoración fuera natural, sería universal. Pero no lo es. En muchas culturas tradicionales, la autoridad no pertenece a los jóvenes sino a los mayores. La experiencia acumulada, la memoria y la capacidad de consejo constituyen el centro simbólico del poder. La vejez representa sabiduría, no obsolescencia.

Incluso en sociedades contemporáneas como Japón, existe una tradición institucional de respeto hacia las personas mayores (como el Keirō no Hi, Día del Respeto a los Mayores). Aunque Japón participa de dinámicas modernas de productividad y tecnología, mantiene elementos culturales que reconocen públicamente la dignidad de la edad avanzada.

Esto muestra algo crucial: el prestigio de una etapa vital depende del imaginario cultural que la sostiene.

3. ¿Por qué la modernidad idolatra la juventud?

La pregunta no es solo descriptiva, sino estructural: ¿qué necesita nuestra sociedad para colocar a la juventud como ideal?

Podemos identificar al menos tres factores:

a) Economía de la innovación permanente

El capitalismo tardío necesita sujetos flexibles, adaptables, dispuestos a cambiar constantemente. La juventud encarna esa plasticidad. No es casual que el discurso empresarial hable de “mentalidad joven” más que de edad biológica.

b) Gestión biopolítica de la vida

Michel Foucault mostró cómo la modernidad administra la vida a través de categorías estadísticas y productivas. La edad se convierte en variable económica: edad productiva, edad dependiente, edad jubilatoria. La jerarquización etaria se integra en la lógica del rendimiento.

c) Industria cultural y culto al cuerpo

La cultura mediática construye la juventud como promesa permanente. No solo se valora a los jóvenes: se exige a todos parecer jóvenes. El envejecimiento deja de ser proceso vital y se convierte en fallo estético. Así, la juventud deja de ser etapa para convertirse en ideal normativo.

4. El problema no es envejecer: es cómo se interpreta el envejecimiento

Biológicamente, el envejecimiento es un proceso inevitable. Culturalmente, no lo es su significado. Simone de Beauvoir mostró en La vejez que la marginalización del anciano no proviene únicamente del deterioro físico, sino de la estructura social que lo convierte en irrelevante. La sociedad produce al “viejo” como categoría de exclusión antes incluso de que la biología lo determine.

Del mismo modo, la juventud no es solo potencia biológica, sino carga simbólica: presión por el éxito temprano, ansiedad por el rendimiento, obligación de innovación constante.

Ambas etapas —juventud y vejez— están atravesadas por expectativas culturales que pueden ser opresivas.

5. La vida como jerarquía o como pluralidad

Cuando una cultura privilegia una etapa por encima de las demás, produce una jerarquía temporal:

  • La infancia es preparación.
  • La juventud es auge.
  • La adultez es productividad.
  • La vejez es declive.

Esta narrativa lineal organiza políticas públicas, mercado laboral y autoestima individual. Aunque esa narrativa no es necesaria. Es una forma cultural específica de interpretar el tiempo humano.

Podríamos pensar la vida no como curva ascendente y descendente, sino como transformación cualitativa de capacidades. Cada etapa no sería superior o inferior, sino distinta. No habría edades “centrales” y edades “residuales”, sino modos diversos de habitar el tiempo.

6. Implicaciones éticas y políticas

Reconocer que la valoración de la juventud es cultural implica:

  • Cuestionar el edadismo estructural.
  • Revisar políticas laborales que expulsan por edad.
  • Revalorizar la experiencia como forma de saber.
  • Desnaturalizar el culto al rendimiento.

Además, conlleva algo más profundo: interrogar el modelo de sociedad que necesita privilegiar lo nuevo sobre lo duradero, lo veloz sobre lo profundo, lo flexible sobre lo estable.

Quizá el problema no es que envejecemos, sino que vivimos en un sistema que solo sabe valorar lo que produce novedad.

 

La juventud no es un hecho puramente biológico: es una categoría cultural investida de prestigio. Y lo mismo ocurre con la adultez y la vejez. 

Comprender esto nos libera de la ilusión de que la jerarquía etaria es natural. Nos permite imaginar otras formas de organizar la vida colectiva donde cada etapa tenga dignidad propia.

En última instancia, la pregunta no es qué edad tenemos, sino qué cultura del tiempo estamos reproduciendo.

 


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