Danzar y filosofar para habitar el mundo
Últimamente he pensado que lo único que nos distingue de los otros seres que habitan el planeta es que nosotros danzamos y filosofamos. No porque seamos los únicos seres que se mueven o que, de alguna manera, procesan información, sino porque podemos hacer del movimiento y del pensamiento experiencias deliberadas, conscientes, creadoras y transformadoras. Danzamos y filosofamos porque somos cuerpo y mente; porque no solamente estamos en el mundo, sino que podemos preguntarnos por nuestra manera de estar en él y, sobre todo, imaginar otras formas de habitarlo.
El cuerpo posibilita nuestra relación con el mundo: nos sitúa, nos pone en contacto con los otros, con las cosas, con los espacios y con los tiempos. Es a través de él que percibimos, sentimos, experimentamos y nos relacionamos. No tenemos un cuerpo como quien posee un objeto; somos cuerpo. Nuestra corporalidad no es un simple instrumento del que se sirve la mente, sino la condición misma de nuestra experiencia. El cuerpo configura nuestra manera de estar y de encontrarnos con el mundo.
La mente, por su parte, posibilita la comprensión de esa relación. Nos permite interpretar lo que experimentamos, cuestionarlo, reconocer sus significados y construir otros. Si el cuerpo nos pone en contacto con el mundo, el pensamiento nos permite interrogarnos sobre ese contacto, comprenderlo y transformar el sentido de nuestra experiencia. No se trata, sin embargo, de dos realidades separadas: cuerpo y mente se implican mutuamente, se afectan y se constituyen en nuestra existencia.
El cuerpo es movimiento; la mente, pensamiento. El cuerpo es danza; la mente, filosofía.
Sin embargo, no todo movimiento es danza, así como no todo pensamiento es filosofía. Nos movemos constantemente: caminamos, trabajamos, realizamos actividades, repetimos gestos y ejecutamos acciones. Igualmente pensamos: resolvemos problemas, tomamos decisiones, recordamos, calculamos, anticipamos y respondemos a las exigencias cotidianas. No obstante, buena parte de nuestros movimientos y pensamientos transcurren de manera mecánica, conducidos por la rutina, el hábito, la costumbre y la disciplina. Nos movemos sin reparar demasiado en nuestros movimientos y pensamos sin detenernos necesariamente a examinar lo que pensamos.
En nuestra actitud natural, vivir suele consistir en responder a las demandas inmediatas del entorno. Nos desplazamos, actuamos y pensamos de acuerdo con finalidades prácticas e instrumentales. Esta actitud es necesaria: nos permite desenvolvernos en la vida cotidiana. El problema no está en ella, sino en permanecer exclusivamente en ella, en convertir la existencia en una sucesión de movimientos y pensamientos automáticos, sin preguntarnos por sus sentidos, sus posibilidades y sus consecuencias.
Danzar y filosofar suponen, precisamente, la posibilidad de interrumpir esa automatización. Cuando el movimiento deja de ser únicamente un medio para alcanzar un fin y se convierte en una experiencia consciente, expresiva y creadora, aparece la danza. Cuando el pensamiento deja de limitarse a resolver las exigencias inmediatas y se atreve a cuestionar sus propios supuestos, interrogar lo establecido y explorar otras posibilidades de comprensión, aparece la filosofía.
En ambos casos se produce un desplazamiento: pasamos de simplemente movernos a experimentar nuestro movimiento; de simplemente pensar a pensar el pensamiento. Es posible reconocer en este tránsito una disposición trascendental: una actitud que nos permite tomar distancia de lo dado, suspender momentáneamente la familiaridad con lo cotidiano y volver nuestra atención hacia las condiciones, los significados y las posibilidades de nuestra propia experiencia. No abandonamos el mundo; cambiamos nuestra manera de relacionarnos con él.
Ahora bien, este tránsito no sucede automáticamente. Requiere cierta (dis)posición. Necesitamos estar (dis)puestos para danzar y (dis)puestos para filosofar. Escribo disposición con esa pequeña interrupción entre paréntesis porque ambas experiencias exigen, al mismo tiempo, disponernos y despojarnos: disponernos a sentir, explorar, preguntar, escuchar y crear; despojarnos de algunas certezas, de la rigidez de los hábitos, de los movimientos aprendidos que ya no interrogamos y de los pensamientos que repetimos sin examinarlos.
Estar dispuestos para danzar significa permitir que el cuerpo explore otras posibilidades de movimiento, que se exprese y descubra formas distintas de relacionarse con el espacio, el tiempo y los demás. Estar dispuestos para filosofar significa permitir que el pensamiento se mueva, que abandone sus recorridos habituales, que se deje interpelar por las preguntas y que no tema encontrarse con lo desconocido. Tanto la danza como la filosofía requieren apertura, sensibilidad, imaginación y, sobre todo, la voluntad de no conformarnos con lo que simplemente está dado.
Danza y filosofía son experiencias encarnadas. Acontecen en un tiempo y un espacio concretos, en una presencia que nunca es absoluta ni permanente. Se despliegan también en la ausencia: en el movimiento que permanece en la memoria del cuerpo, en el gesto que ya terminó, en la pregunta que continúa resonando, en la idea que transforma nuestra manera de mirar incluso después de haber sido formulada. Lo que sucede en ellas no se agota en el instante de su ejecución. Ambas dejan huellas, modifican percepciones y abren posibilidades que trascienden el momento en que acontecen.
Por eso, danzar y filosofar no son únicamente actividades que realizamos; son vivencias, maneras de experimentar y construir nuestra existencia. Son ejercicios de encuentro con lo propio y con lo ajeno. Al danzar, descubrimos nuestro cuerpo, sus límites y sus posibilidades; a su vez, reconocemos otros cuerpos, otros ritmos y otras formas de expresión. Al filosofar, nos encontramos con nuestras propias preguntas y con las preguntas de otros, con pensamientos que nos anteceden y con perspectivas que desafían nuestras convicciones.
En ese encuentro se abre un territorio común: el de la imaginación de lo posible. La danza nos permite ensayar corporalmente otras maneras de estar juntos; la filosofía nos permite pensar otras maneras de vivir juntos. Ambas nos invitan a salir, aunque sea momentáneamente, de los límites de lo conocido y a explorar aquello que todavía no tiene forma definitiva. En ellas podemos cultivar la empatía, no como un simple ejercicio de ponerse en el lugar del otro, sino como la disposición a reconocer que existen otras experiencias, otras sensibilidades y otros mundos posibles.
Además, danzar y filosofar son formas de crear comunidad. El movimiento compartido puede generar vínculos que no necesitan traducirse inmediatamente en palabras; el pensamiento compartido puede construir sentidos que ninguna persona habría alcanzado por sí sola. En ambos casos, el encuentro con la diferencia deja de ser una amenaza y se convierte en una oportunidad de creación. Surgen así nuevas constelaciones de sentido: relaciones, significados y posibilidades que antes no existían o que no habíamos sido capaces de reconocer.
Quizá, entonces, nuestra humanidad no consista tanto en la capacidad de movernos y pensar —facultades que, en distintas formas, compartimos con otros seres vivos— como en la posibilidad de convertir el movimiento en danza y el pensamiento en filosofía. En la capacidad de hacer de nuestro cuerpo algo más que un instrumento para desplazarnos y de nuestra mente algo más que un mecanismo para resolver problemas. En la posibilidad de experimentar, crear, cuestionar, imaginar y transformar.
Danzar es permitir que el cuerpo piense de otra manera. Filosofar es permitir que la mente se mueva de otra manera. Ambas experiencias nos recuerdan que no estamos condenados a repetir indefinidamente nuestros movimientos ni nuestros pensamientos; que podemos habitarlos, interrogarlos y transformarlos.
Tal vez humanizarnos consista, justamente, en eso: en aprender a estar (dis)puestos para danzar y para filosofar. En no conformarnos con simplemente transitar por el mundo, sino atrevernos a experimentarlo, comprenderlo y recrearlo. Porque mientras danzamos y filosofamos no solamente habitamos el mundo, también imaginamos y ensayamos otros mundos posibles.

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