Del "Día de la Raza" al "Día de la Nación Pluricultural": cambiar los símbolos, transformar la memoria
Cada 12 de octubre, México se enfrenta a una pregunta que va más allá de recordar una fecha histórica: ¿desde qué perspectiva queremos contar nuestra historia y a quiénes reconocemos como protagonistas de ella?
Durante décadas, esta fecha fue conocida como el Día de la Raza, una denominación vinculada con la idea del mestizaje y el encuentro entre Europa y América. Desde 1929, la fecha se consolidó como una festividad nacional. Sin embargo, aquella narrativa que presentaba la llegada de Cristóbal Colón en 1492 como el inicio de una nueva etapa de civilización también contribuyó a invisibilizar las violencias de la conquista, la colonización y el sometimiento de los pueblos originarios.
Con el paso del tiempo, la celebración comenzó a ser cuestionada. ¿Qué significa celebrar la llegada de quienes conquistaron territorios habitados? ¿Qué lugar ocupan las culturas que existían mucho antes de la expedición de Colón? ¿Es posible hablar de encuentro sin reconocer las relaciones de poder, la desposesión y la resistencia que marcaron ese proceso?
En 2020, México dio un paso simbólico importante al establecer oficialmente el nombre de Día de la Nación Pluricultural para el 12 de octubre. La intención fue desplazar el énfasis en la llamada raza y reconocer la diversidad cultural de una nación constituida por pueblos indígenas, comunidades afromexicanas y múltiples tradiciones históricas. En noviembre de 2025, el Senado aprobó una propuesta para ampliar la denominación a Día de la Nación Pluricultural y Multiétnica; no obstante, la aprobación senatorial, por sí sola, no basta para afirmar que la modificación quedó jurídicamente vigente.
Así, esta fecha ha transitado de la celebración festiva a la revisión crítica de la memoria histórica. Más que un día para festejar la llegada de Colón, se ha convertido en una oportunidad para reconocer la pluralidad cultural de México y cuestionar las narrativas que durante siglos privilegiaron la mirada de los conquistadores. Pero los cambios en la memoria colectiva no ocurren únicamente mediante decretos, discursos o libros de historia. También se expresan en las calles, en los monumentos y en las figuras que una sociedad decide colocar en sus espacios públicos.
De Cristóbal Colón a la Joven de Amajac: una glorieta en disputa
Durante más de un siglo, la figura de Cristóbal Colón ocupó un lugar destacado en el Paseo de la Reforma, en la Ciudad de México. El monumento se encontraba en la glorieta situada en el cruce de Reforma con las avenidas Morelos e Ignacio Ramírez, en la colonia Tabacalera, alcaldía Cuauhtémoc. La escultura de bronce, colocada sobre un pedestal monumental, formaba parte de un paisaje urbano que otorgaba centralidad simbólica a la figura del navegante europeo.
Su presencia no era neutral. Los monumentos son expresiones materiales de aquello que una sociedad decide admirar, recordar y transmitir a las generaciones futuras. Colón representaba, en esa configuración del espacio público, una narrativa histórica en la que la llegada europea ocupaba un lugar central, mientras que las voces de los pueblos originarios quedaban frecuentemente relegadas.
En octubre de 2020, la estatua fue retirada con el argumento inicial de someterla a labores de restauración. Sin embargo, su ausencia coincidió con años de movilizaciones feministas, antirracistas e indígenas que cuestionaban la permanencia de símbolos asociados con la conquista y el colonialismo. La glorieta se convirtió así en un espacio de disputa política y simbólica.
En 2021 se anunció que la figura de Colón sería sustituida por una réplica monumental de la llamada Joven de Amajac, propuesta que contó con el respaldo de comunidades indígenas. La pieza original había sido descubierta a principios de ese año en Hidalgo Amajac, localidad del municipio de Álamo Temapache, Veracruz. Se trata de una escultura prehispánica que representa a una mujer de élite, posiblemente vinculada con funciones de autoridad, y cuya antigüedad se sitúa entre los últimos siglos del periodo prehispánico.
La Joven de Amajac adquirió un significado que excede su valor arqueológico. Su presencia permitió reconocer a las mujeres indígenas no solamente como integrantes de un pasado remoto, sino como sujetos históricos con autoridad, conocimientos y capacidad de participación política. Colocarla en Reforma significaba, por tanto, cuestionar la idea de que la historia de México comienza simbólicamente con la llegada de los europeos.
Sin embargo, la sustitución no se resolvió de inmediato. En 2021 también se propuso instalar en la glorieta la escultura Tlali, del artista Pedro Reyes, concebida como una cabeza monumental inspirada en las tradiciones escultóricas mesoamericanas. El proyecto generó críticas por la manera en que se había decidido la representación de los pueblos indígenas, por la selección del artista y por la falta de una participación suficientemente amplia de las comunidades en la decisión. Las objeciones públicas llevaron a que la propuesta no se concretara.
La discusión dejó al descubierto una contradicción importante: no bastaba con retirar a un personaje asociado con la historia colonial y sustituirlo por una imagen de inspiración indígena. También era necesario preguntarse quién tenía la autoridad para representar a los pueblos originarios, quién elegía los símbolos y qué voces participaban en esas decisiones.
Finalmente, el 23 de julio de 2023 fue develado el monumento a la Joven de Amajac en el Paseo de la Reforma. Su instalación se vinculó con las demandas de reconocimiento de las comunidades indígenas y con la reivindicación de las mujeres históricamente excluidas de los relatos oficiales. La glorieta pasó a ser conocida oficialmente como la Glorieta de las Mujeres que Luchan, aunque su espacio sigue expresando distintas formas de memoria, protesta y reivindicación.
La nueva figura no borró el pasado; sin embargo, modificó la manera de hacerlo presente.
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| Al frente, la antimonumenta "Justicia", en la Glorieta de las Mujeres que Luchan. Al fondo, la "Joven de Amajac. Foto Víctor Camacho/ La Jornada |
¿Qué lugar ocupa ahora Cristóbal Colón?
La historia de la estatua de Colón tampoco terminó con su retiro de Reforma. La escultura de bronce fue trasladada al Parque América, ubicado en la colonia Polanco, alcaldía Miguel Hidalgo, en la Ciudad de México, donde fue reinstalada después de su retiro y restauración.
El desplazamiento tiene una dimensión simbólica relevante. La figura que antes ocupaba una glorieta prominente de una de las avenidas más representativas de la capital dejó de presidir ese espacio central y pasó a encontrarse en un parque. No desapareció de la ciudad ni fue borrada materialmente de la historia: cambió su ubicación y, con ella, las condiciones desde las cuales se contempla e interpreta.
Es importante distinguir ambos términos. Una escultura es una obra tridimensional; un monumento es también una forma de reconocimiento público que puede conferir relevancia histórica y política a aquello que representa. La estatua de Colón continúa siendo una escultura monumental de bronce, pero ya no ocupa el mismo lugar urbano ni conserva intacta la centralidad simbólica que tuvo durante décadas.
Por su parte, la Joven de Amajac ocupa ahora el espacio que antes pertenecía a Colón. El cambio no consiste únicamente en reemplazar una figura por otra, sino en transformar la narrativa que se expresa en uno de los lugares más visibles de la ciudad. Allí donde la memoria pública había otorgado protagonismo al navegante europeo, hoy se reconoce la presencia histórica de una mujer indígena.
La filosofía de los monumentos: ¿quién merece ocupar el centro?
Este desplazamiento nos invita a reflexionar sobre una cuestión profundamente filosófica: ¿quién decide qué merece ser recordado y desde qué perspectiva construimos nuestra memoria colectiva?
Los monumentos no son simples objetos decorativos. Son formas materiales de narrar la historia, seleccionar acontecimientos y establecer jerarquías entre personajes, culturas y experiencias. Un monumento situado en una glorieta central no sólo ocupa un espacio físico: adquiere visibilidad, autoridad y capacidad para transmitir una determinada interpretación del pasado.
Por eso, el cambio de Colón por la Joven de Amajac puede entenderse como una disputa por el derecho a la memoria. No se trata necesariamente de negar la importancia histórica de Colón ni de sustituir una versión única de la historia por otra igualmente incuestionable. Se trata de reconocer que las narraciones históricas nunca son completamente neutrales y que aquello que una sociedad decide honrar merece ser examinado críticamente.
Desde una perspectiva decolonial, la transformación cuestiona la herencia de una mirada eurocéntrica que durante siglos presentó a Europa como centro de la historia y a los pueblos originarios como sujetos secundarios, pasivos o destinados a desaparecer. La Joven de Amajac introduce otra posibilidad: reconocer que antes de la conquista existían sociedades complejas, formas propias de organización política, conocimientos, expresiones artísticas y concepciones del mundo que no necesitan la validación europea para adquirir valor.
Desde una perspectiva feminista, el cambio también permite preguntar por qué las mujeres indígenas han permanecido tan ausentes de los monumentos y de los relatos oficiales. La figura de una mujer prehispánica en un espacio de tanta visibilidad cuestiona una doble exclusión: la de los pueblos originarios frente a la historia colonial y la de las mujeres frente a las narraciones tradicionales del poder.
Sin embargo, modificar los símbolos no transforma automáticamente las condiciones de vida. Una escultura puede reconocer la dignidad de los pueblos indígenas, aunque ese reconocimiento resulta insuficiente si no se acompaña de acciones que combatan el racismo, la discriminación, el despojo territorial y la desigualdad. La representación pública importa, pero también importa que los sujetos representados participen efectivamente en las decisiones que afectan sus vidas.
Por eso, el significado más profundo de este cambio no está solamente en quién ocupa ahora la glorieta, sino en la posibilidad de cuestionar quién ha tenido históricamente el poder de ocupar el centro.
El 12 de octubre puede ser, entonces, algo más que una fecha para recordar la llegada de Colón o para repetir una versión oficial del pasado. Puede convertirse en una ocasión para pensar críticamente cómo se construye nuestra identidad, qué memorias han sido silenciadas y qué responsabilidades tenemos frente a las injusticias heredadas de la historia.
Quizá la transformación más importante no consista en retirar una estatua y colocar otra, sino en aprender a mirar de otra manera. Porque una sociedad comienza a cambiar cuando deja de considerar natural que unas voces ocupen el centro y otras permanezcan en los márgenes; cuando reconoce que la historia no pertenece exclusivamente a quienes conquistaron, gobernaron o escribieron los relatos oficiales, sino también a quienes resistieron, preservaron sus culturas y continuaron existiendo a pesar de los intentos por borrarlos.
Cambiar los monumentos no cambia por sí solo la historia, pero puede cambiar las preguntas con las que nos acercamos a ella. Y cuando cambian nuestras preguntas, también puede comenzar a transformarse nuestra manera de comprender el presente y de imaginar un futuro más justo.





