jueves, 5 de noviembre de 2026

Dolor... algunas notas

 

¿Y si también nos gustara el dolor? Aprender a habitar aquello que no queremos sentir


 

Conscientemente, a nadie le gusta el dolor. O, al menos, eso solemos decir. Lo evitamos, lo rechazamos, intentamos eliminarlo tan pronto como aparece. Buscamos la felicidad, el bienestar, la tranquilidad y todo aquello que nos permita vivir sin demasiadas perturbaciones. Sin embargo, basta mirar con un poco más de detenimiento nuestras decisiones, nuestros vínculos y algunas de nuestras conductas para advertir una contradicción: aunque decimos no querer sufrir, en ocasiones parecemos empeñarnos en hacerlo.

Inconscientemente, incluso podemos buscar el dolor. Si no lo encontramos, a veces lo provocamos, lo reproducimos o lo inventamos. Nos aferramos a relaciones que nos lastiman, volvemos una y otra vez sobre recuerdos que nos hacen daño, anticipamos desgracias que todavía no ocurren, construimos escenarios de sufrimiento y repetimos historias de las que, al menos aparentemente, quisiéramos escapar.

¿Por qué hacemos esto? ¿Por qué algunas personas parecen sentirse extrañamente cómodas en aquello que les produce malestar? ¿Por qué, en ocasiones, nos cuesta más abandonar el sufrimiento conocido que aventurarnos hacia una tranquilidad desconocida?

No se trata de afirmar que disfrutamos conscientemente del sufrimiento, ni de responsabilizar a quien padece por su dolor. Se trata de reconocer que nuestra relación con él es mucho más compleja de lo que usualmente admitimos. A veces, el dolor nos resulta familiar; otras, se convierte en una manera de relacionarnos con los demás, de reconocernos o incluso de construir una identidad. Hay sufrimientos que no sabemos cómo abandonar porque, paradójicamente, hemos aprendido a vivir desde ellos.

Algunos mitos sobre la felicidad y el dolor

Quizá una parte del problema se encuentre en las ideas que hemos construido acerca de lo que significa vivir bien.

Uno de los grandes mitos de nuestro tiempo es pensar que la felicidad constituye el estado natural del ser humano y que cualquier experiencia dolorosa representa una alteración de ese estado. Como si estuviéramos destinados a ser felices y algo, generalmente externo, viniera a interrumpir esa condición.

Otro mito consiste en considerar que el dolor es algo que necesariamente debe quitarse, corregirse o eliminarse. Y un tercero, muy relacionado con los anteriores, consiste en identificar el bienestar con la ausencia de malestar.

Estas ideas, además de poco realistas, pueden resultar profundamente problemáticas. Nos hacen interpretar el sufrimiento como un fracaso personal, una anomalía o una señal de que algo estamos haciendo mal. Bajo esa lógica, sentir tristeza, miedo, frustración, incertidumbre o duelo parece incompatible con una vida plena.

Pero ¿quién dijo que una vida buena es una vida sin dolor?

La felicidad no es un estado permanente ni una condición natural que debamos recuperar cada vez que algo nos duele. La existencia humana está atravesada por la vulnerabilidad, la pérdida, la incertidumbre, el deseo, la frustración y la finitud. No podemos amar sin exponernos a la posibilidad de perder, construir vínculos sin arriesgarnos a ser heridos, emprender proyectos sin enfrentarnos a la frustración ni vivir sin experimentar alguna forma de dolor.

Pretender una vida sin dolor sería, en buena medida, pretender una vida sin contacto con aquello que nos importa.

Antes de continuar: ¿dolor, sufrimiento y sentido son lo mismo?

Aunque generalmente utilizamos las palabras dolor y sufrimiento como si fueran sinónimos, conviene distinguirlas.

El dolor es una experiencia desagradable que puede tener una dimensión física o emocional. Puede ser una respuesta ante una lesión, una pérdida, una separación, una frustración o cualquier circunstancia que afecte nuestro bienestar. El dolor tiene una dimensión corporal, afectiva y subjetiva: no todas las personas experimentamos ni expresamos de la misma manera aquello que nos duele.

El sufrimiento, por su parte, es una experiencia más compleja. No depende exclusivamente de lo que nos sucede, sino también de cómo interpretamos lo sucedido, de nuestra historia, nuestros temores, expectativas, recuerdos y de la relación que establecemos con aquello que nos duele. Esto no significa que el sufrimiento sea imaginario, voluntario o que podamos eliminarlo simplemente cambiando nuestra manera de pensar. Significa que nuestra experiencia del dolor está atravesada por múltiples dimensiones de nuestra existencia.

Podemos experimentar dolor sin quedar necesariamente atrapados en el sufrimiento; también podemos prolongar, intensificar o reproducir nuestro sufrimiento mediante la resistencia, la negación, la anticipación o la imposibilidad de aceptar determinadas circunstancias. De ahí la importancia de reconocer cuándo estamos intentando resolver algo que puede transformarse y cuándo necesitamos aprender a convivir con aquello que no podemos cambiar.

El sentido, finalmente, no es una propiedad que necesariamente tenga el dolor ni una enseñanza que venga incorporada en cada experiencia dolorosa. Es una construcción o elaboración de significado que podemos realizar frente a lo que nos sucede. No siempre encontramos un sentido y tampoco estamos obligados a hacerlo. Hay experiencias que simplemente no debieron ocurrir y que no necesitan justificarse mediante ningún aprendizaje.

Dar sentido al dolor no significa agradecerlo, justificarlo ni considerarlo necesario. Significa, cuando es posible, encontrar una manera de integrar lo vivido en nuestra historia sin permitir que determine por completo nuestro presente y nuestro futuro.

Esta distinción es fundamental: no siempre podemos evitar el dolor, no siempre podemos impedir el sufrimiento, pero podemos trabajar en la manera en que nos relacionamos con ambos y en los significados que construimos a partir de nuestra experiencia.

Quizá, entonces, el desafío no consista en convertir el dolor en algo bueno, sino en evitar que todo aquello que nos duele termine por privarnos de la posibilidad de vivir. Al respecto, tres ideas clave: 

No todo dolor tiene que convertirse en sufrimiento prolongado. No todo sufrimiento tiene que producir un aprendizaje. No todo lo que nos sucede tiene sentido, aunque podemos construir sentidos para continuar viviendo.

El dolor también puede ser una brújula

Hay una idea que interesa especialmente: el dolor puede funcionar como una brújula para tomar decisiones.

No porque todo sufrimiento tenga una enseñanza escondida, ni porque debamos agradecer aquello que nos lastima. Tampoco porque el dolor siempre tenga razón. Hay dolores que desorientan, que paralizan, que enferman y que requieren atención y tratamiento.

Sin embargo, en determinadas circunstancias, el dolor nos proporciona información sobre nuestra relación con el mundo. Nos advierte que algo no está bien, que hemos cruzado un límite, que una necesidad está siendo desatendida, que permanecemos en un lugar que ya no queremos habitar o que estamos perdiendo algo significativo.

El dolor puede ayudarnos a reconocer lo que necesitamos cambiar, aquello que debemos proteger y aquello que necesitamos dejar ir.

Pensemos, por ejemplo, en el dolor que produce permanecer en una relación donde no existe reciprocidad. Puede convertirse en una señal para reconocer la necesidad de establecer límites. O en el dolor que acompaña una decisión difícil: abandonar un trabajo, cambiar de ciudad, terminar una relación o renunciar a un proyecto. No necesariamente indica que la decisión sea equivocada; a veces, precisamente, señala el costo de elegir algo diferente.

Por eso, no siempre debemos preguntarnos cómo quitar el dolor. En ocasiones, conviene preguntarnos qué nos está mostrando, qué relación guarda con nuestras circunstancias y qué decisión nos está invitando a considerar.

El arte: cuando el dolor encuentra una forma de expresión

Hay otra reflexión que me parece particularmente sugerente: si no existiera el dolor, probablemente una parte importante del arte tampoco existiría.

¿Cuántas obras literarias, composiciones musicales, pinturas, esculturas, películas y expresiones artísticas han nacido de experiencias de pérdida, desamor, soledad, injusticia, angustia o desesperación?

El arte no elimina necesariamente el dolor, puede transformarlo. Le proporciona un lenguaje, una forma, una imagen, un ritmo o una narración. Aquello que parecía inarticulable encuentra una posibilidad de expresión.

Quizá aquí podamos encontrar una de las relaciones más interesantes entre el dolor y el placer: disfrutamos de ciertas expresiones artísticas precisamente porque nos permiten acercarnos a experiencias dolorosas sin tener que padecerlas de la misma manera. Escuchamos una canción triste y nos conmueve; leemos una tragedia y experimentamos placer estético; contemplamos una obra que representa el sufrimiento humano y encontramos en ella belleza, profundidad o reconocimiento.

¿Significa esto que nos gusta el dolor?

No necesariamente. Tal vez lo que disfrutamos es la posibilidad de acercarnos a él, reconocerlo, contemplarlo y darle una forma que nos permita relacionarnos con nuestra propia experiencia.

Desde el psicoanálisis, podríamos aproximarnos a esta cuestión mediante la noción de sublimación: la posibilidad de canalizar impulsos, tensiones o experiencias conflictivas hacia formas de expresión y creación socialmente valiosas. El dolor no desaparece, puede encontrar otra vía de elaboración.

El arte es, en este sentido, una forma de habitar el dolor: mirar el abismo sin caer necesariamente en él. Acercarnos a aquello que nos conmueve, nos inquieta o nos desgarra, y descubrir que también podemos encontrar belleza en medio de la fragilidad.

La evitación experiencial: cuando intentamos no sentir

Sin embargo, no todas las personas encuentran en la expresión una manera de relacionarse con su sufrimiento. Muchas, por el contrario, desarrollan estrategias para no sentirlo, no reconocerlo o no hablar de él.

En psicología, particularmente desde la terapia de aceptación y compromiso, se utiliza el concepto de evitación experiencial para describir la tendencia a evitar, controlar, suprimir o escapar de pensamientos, emociones, recuerdos y sensaciones que resultan desagradables.

No se trata simplemente de distraerse o buscar un momento de tranquilidad. El problema aparece cuando evitar sistemáticamente aquello que sentimos comienza a limitar nuestra vida.

Hay personas que no hablan de lo que les duele, que minimizan sus pérdidas, que se mantienen permanentemente ocupadas para no pensar, que recurren al trabajo, al consumo, a las actividades incesantes o incluso a las relaciones superficiales para no encontrarse consigo mismas.

Otras convierten el silencio en una forma de supervivencia. Aprendieron que expresar el dolor no era conveniente, que llorar era una debilidad o que sus problemas no eran suficientemente importantes para ser escuchados.

No obstante, aquello que no expresamos no necesariamente desaparece. A veces se manifiesta de otras maneras: en nuestro cuerpo, en nuestras relaciones, en nuestras decisiones o en la forma en que interpretamos lo que nos sucede.

Aprender a reconocer el dolor no significa entregarnos a él, sino dejar de gastar toda nuestra energía en fingir que no existe.

Asimismo, hablar del dolor también requiere considerar el contexto. No todas las personas tienen las mismas condiciones para expresarlo, ni todos los espacios son seguros para hacerlo. Hay momentos en los que hablar puede ser reparador y otros en los que necesitamos primero construir las condiciones de confianza, intimidad y acompañamiento necesarias.

No se puede exigir a alguien que hable de su dolor sin preguntarse antes si cuenta con un espacio donde pueda hacerlo sin ser juzgado, descalificado o violentado.

Elegir con qué dolor queremos vivir

Hay una afirmación que puede parecer incómoda, pero que merece atención: no existe una vida sin dolor.

Podemos intentar reducir el sufrimiento evitable, prevenir daños, construir relaciones más saludables y desarrollar recursos para afrontar las dificultades. Todo ello es necesario. Mas no podemos garantizar una existencia libre de pérdidas, frustraciones, renuncias o incertidumbres.

Quizá entonces la pregunta no debería ser cómo vivir sin dolor, sino con qué dolor estamos dispuestos a vivir.

Porque también hay un dolor que acompaña nuestras elecciones y otro que proviene de no elegir. Existe el dolor de terminar una relación y el dolor de permanecer en ella cuando nos destruye; el dolor de cambiar de rumbo y el de continuar en un camino que ya no tiene sentido; el dolor de establecer límites y el de vivir permanentemente sometidos a las expectativas ajenas.

Elegir no significa escoger el sufrimiento como si fuera un destino deseable. Significa reconocer que algunas decisiones implican costos y que evitar cualquier dolor puede llevarnos a permanecer en situaciones que nos producen un sufrimiento mucho mayor.

En este sentido, podríamos recuperar una intuición del pensamiento existencialista: vivir implica elegir, y elegir significa renunciar a otras posibilidades. No podemos tenerlo todo, estar en todas partes ni conservar intactas todas nuestras relaciones y proyectos.

Toda elección significativa deja algo atrás.

Una vida sin vínculos sería también una vida sin dolor

Imaginemos una vida sin vínculos, sin compromisos, sin afectos profundos, sin proyectos compartidos y sin expectativas respecto de los demás. Una vida en la que nada ni nadie pudiera lastimarnos porque nada ni nadie nos importara demasiado.

Probablemente tendríamos menos oportunidades de experimentar ciertos dolores, pero también menos posibilidades de experimentar algunos de los placeres más profundos de la existencia.

Una vida estéril no es necesariamente una vida sin acontecimientos. Puede ser una vida en la que hemos reducido tanto nuestra exposición a la incertidumbre, al encuentro y a la vulnerabilidad que terminamos renunciando también a la posibilidad de ser transformados por los otros.

Los vínculos nos exponen. Amar implica vulnerabilidad; cuidar implica responsabilidad; confiar implica aceptar que no tenemos el control absoluto sobre los demás. Sin embargo, difícilmente podríamos imaginar una vida humana plena sin alguna forma de relación y de interdependencia.

El problema no es evitar todos los dolores, sino aprender a distinguir entre aquellos que forman parte de nuestra condición humana y aquellos que podemos y debemos evitar; entre los que acompañan una elección significativa y los que nos mantienen atrapados en relaciones o circunstancias destructivas.

No se trata de que el dolor tenga que servir

Quisiera detenerme en una última cuestión: no creo que debamos exigirle al dolor que sirva para algo.

Existe una tendencia, especialmente en ciertos discursos de superación personal, a convertir cualquier experiencia dolorosa en una oportunidad de aprendizaje, crecimiento o transformación. Como si todo sufrimiento tuviera que dejarnos una enseñanza y como si no haber encontrado algo positivo en una experiencia dolorosa significara haberla desaprovechado.

No. Hay dolores injustos, absurdos, devastadores. Hay pérdidas que no necesitábamos experimentar, violencias que nunca debieron ocurrir y sufrimientos que no tienen por qué convertirse en una lección.

No tenemos la obligación de agradecer aquello que nos lastimó.

Sin embargo, una cosa es reconocer que el dolor no necesita justificarse y otra muy distinta es renunciar a la posibilidad de construir un significado a partir de nuestra experiencia.

El sentido no siempre está en el acontecimiento. A veces lo construimos después, desde el lugar en el que nos encontramos, con los recursos que tenemos y en compañía de quienes pueden ayudarnos a elaborar lo vivido.

Dar significado no es justificar el sufrimiento, romantizarlo ni encontrarle necesariamente un propósito. Es recuperar, en la medida de lo posible, la capacidad de decidir qué hacemos con aquello que nos ha sucedido y cómo queremos continuar viviendo.

Quizá esa sea una de las tareas más importantes de la existencia: aprender a reconocer nuestro dolor sin convertirlo en nuestra identidad; escucharlo sin obedecerlo ciegamente; expresarlo sin quedar atrapados en él y, cuando sea posible, transformarlo en una posibilidad de encuentro, creación o comprensión.

No se trata de aprender a amar el dolor, sino de dejar de vivir como si sentirlo fuera una equivocación.

Porque una vida plena no es aquella en la que nunca sentimos dolor. Es aquella en la que todavía podemos vincularnos, crear, elegir, disfrutar, amar y encontrar sentido, incluso sabiendo que somos vulnerables.

Probablemente la pregunta que merece ser planteada no sea cómo conseguir una vida sin dolor, sino: ¿Qué estamos dejando de vivir por intentar no sufrir?


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