jueves, 21 de mayo de 2026

En torno a las perspectivas o modelos tanatológicos

 

Perspectivas o modelos tanatológicos



Aun cuando la expresión “tanatología humanista” es muy utilizada actualmente, especialmente en América Latina, la tanatología no constituye una corriente única ni homogénea. Existen distintos enfoques o maneras de comprender el acompañamiento de la muerte, el duelo y el sufrimiento humano, dependiendo de los fundamentos filosóficos, psicológicos, médicos, espirituales o sociales desde los cuales se trabaje.

Por lo tanto, más que “tipos” cerrados de tanatología, suele hablarse de enfoques, perspectivas o modelos tanatológicos. Algunos de los más importantes son los siguientes:

Tanatología humanista

Es una de las corrientes más difundidas. Coloca en el centro la dignidad de la persona, la escucha empática y el acompañamiento integral del sufrimiento. Se inspira en autores de la psicología humanista como Carl Rogers, Viktor Frankl y Abraham Maslow.

Aquí la persona no es vista únicamente como paciente o enfermo, sino como un ser humano con historia, emociones, vínculos, espiritualidad y necesidad de sentido. El acompañamiento privilegia:

  • la escucha
  • la presencia
  • la empatía
  • la validación emocional
  • y la reconstrucción de sentido

Tanatología clínica o médica

Tiene un enfoque más vinculado al ámbito hospitalario y de la salud. Se centra en:

  • enfermedades terminales
  • cuidados paliativos
  • manejo del dolor
  • acompañamiento al final de la vida
  • preparación para la muerte
  • atención interdisciplinaria

En este ámbito participan médicos, enfermeras, psicólogos, trabajadores sociales y especialistas en cuidados paliativos. La preocupación principal suele ser mejorar la calidad de vida de pacientes y familiares.

Tanatología psicológica

Se enfoca principalmente en los procesos emocionales y psíquicos relacionados con el duelo, la pérdida y la muerte. Retoma aportes del psicoanálisis, la psicología clínica, la teoría del apego y la psicología del duelo. Autores como Elisabeth Kübler-Ross, John Bowlby y William Worden son referentes importantes.

Desde esta perspectiva se estudian:

  • mecanismos de afrontamiento
  • reacciones emocionales
  • tipos de duelo
  • trauma
  • apego
  • resiliencia
  • adaptación emocional

Tanatología existencial o filosófica

Este enfoque reflexiona sobre la muerte y la pérdida como dimensiones constitutivas de la existencia humana. Tiene gran influencia de la filosofía existencial y fenomenológica, especialmente de autores como Martin Heidegger, Jean-Paul Sartre y Viktor Frankl.

Más que centrarse solamente en síntomas o etapas del duelo, pregunta por:

  • el sentido de la vida
  • la finitud
  • la libertad
  • el sufrimiento
  • la angustia
  • la autenticidad

Desde este punto de vista, la muerte no se entiende sólo como evento biológico, sino como experiencia que transforma la manera de habitar la existencia.

Tanatología espiritual o religiosa

Integra creencias religiosas, prácticas espirituales y preguntas trascendentes relacionadas con:

  • la muerte
  • el alma
  • el más allá
  • el sentido del sufrimiento
  • la esperanza

Puede desarrollarse desde tradiciones cristianas, budistas, indígenas u otras cosmovisiones espirituales. En muchos contextos, la espiritualidad constituye un recurso fundamental de afrontamiento.

Tanatología social y comunitaria

Analiza cómo las sociedades viven, representan y organizan la muerte, el duelo y las pérdidas colectivas. Se interesa por:

  • rituales funerarios
  • memoria colectiva
  • violencia
  • desapariciones
  • catástrofes
  • envejecimiento
  • acompañamiento comunitario

Tiene vínculos con la sociología, la antropología y los estudios culturales.

En la práctica, estos enfoques suelen entrelazarse. Una consulta tanatológica puede integrar elementos humanistas, clínicos, existenciales y espirituales al mismo tiempo. La diferencia principal está en cuál dimensión se privilegia y desde qué comprensión del ser humano se realiza el acompañamiento.

Desde una mirada filosófica, esta diversidad muestra algo importante: la muerte y el sufrimiento no son solamente hechos médicos o psicológicos, sino experiencias profundamente humanas que atraviesan todas las dimensiones de la existencia.

miércoles, 20 de mayo de 2026

Consulta tanatológica


Criterios para acompañar el sufrimiento: una mirada filosófica a la consulta tanatológica 


Eadem Mutata Resurgo - Aunque cambiada, resurjo siendo la misma. 


La consulta tanatológica suele asociarse únicamente con el acompañamiento a personas en fase terminal o con procesos de duelo por muerte. Sin embargo, la tanatología contemporánea ha ampliado significativamente su campo de acción, reconociendo que el sufrimiento humano no se limita a la cercanía de la muerte biológica, sino que incluye múltiples experiencias de pérdida, ruptura, transformación y vulnerabilidad existencial. Desde esta perspectiva, organizar grupos o categorías para la consulta tanatológica no es solamente una cuestión administrativa o clínica: implica comprender las distintas formas en que los seres humanos experimentan el dolor, el cambio y la finitud.

Una manera integral de estructurar la consulta tanatológica puede construirse a partir de tres grandes criterios: la etapa evolutiva de la persona, los criterios médicos vinculados a procesos de enfermedad y las experiencias existenciales relacionadas con distintos tipos de pérdida o situaciones límite.

El primer criterio corresponde a la etapa evolutiva o momento del ciclo vital. La experiencia del duelo, la enfermedad, la pérdida o la muerte no se vive igual en la infancia que en la adultez mayor. Cada etapa posee formas particulares de comprender el sufrimiento, simbolizar la ausencia y afrontar la incertidumbre. Por ello, la consulta tanatológica puede organizarse en grupos para: niñas y niños; adolescentes; personas adultas; y, personas adultas mayores.

En la infancia, por ejemplo, muchas experiencias de pérdida se expresan a través del juego, el silencio o cambios conductuales más que mediante el discurso verbal. En la adolescencia, las crisis suelen entrelazarse con la búsqueda de identidad, la pertenencia y la construcción de proyectos de vida. En la adultez aparecen con fuerza las tensiones relacionadas con la responsabilidad, el trabajo, la familia y la realización personal. Mientras tanto, en la adultez mayor emergen con frecuencia experiencias vinculadas al deterioro físico, la dependencia, la soledad, la jubilación o la proximidad de la muerte. Comprender estas diferencias permite un acompañamiento más sensible y adecuado a las necesidades de cada persona.

El segundo criterio se relaciona con los procesos de enfermedad y las condiciones médicas. La tanatología ha trabajado históricamente con personas que enfrentan enfermedades graves, crónicas o terminales, así como con sus familiares y cuidadores. En este ámbito pueden distinguirse grupos como personas con: enfermedades terminales; enfermedades crónicas; padecimientos neurodegenerativos; discapacidad adquirida o degenerativa; sufrimiento psíquico o padecimientos de salud mental; enfermedades raras o de difícil diagnóstico; o, procesos de rehabilitación o recuperación. 

No obstante, desde una perspectiva humanista, resulta importante recordar que la consulta tanatológica no acompaña solamente diagnósticos, sino experiencias humanas atravesadas por esos diagnósticos. Una enfermedad no afecta únicamente el cuerpo: transforma la percepción del tiempo, modifica los vínculos, altera la imagen de sí y confronta a la persona con su fragilidad. Por ello, hablar de personas con padecimientos de salud mental, enfermedades degenerativas o dolor crónico implica reconocer tanto la dimensión clínica como la dimensión existencial del sufrimiento.

De manera que, probablemente el criterio más profundo y filosóficamente significativo sea el tercero: el de las experiencias existenciales relacionadas con distintos tipos de pérdida o situaciones límite. Aquí la tanatología se acerca de manera más clara a la reflexión filosófica sobre la condición humana. No todas las pérdidas son muertes físicas, aunque muchas se vivan con intensidad semejante. Existen duelos por: muerte; separaciones afectivas como el divorcio; pérdida de proyectos de vida, como desempleo, migración, infertilidad; procesos de soledad o dependencia; violencia o trauma; y, cambios drásticos de identidad.

La filosofía existencial ha mostrado que el ser humano no sólo teme a la muerte, sino también al vacío, al sinsentido, al abandono y a la incertidumbre. En este sentido, la consulta tanatológica puede acompañar a personas que atraviesan experiencias límite, es decir, momentos en los que las estructuras habituales de sentido se fracturan y obligan a replantear la propia existencia.

Estos tres criterios —etapa evolutiva, condición médica y experiencia existencial— no son excluyentes entre sí. Por el contrario, suelen entrelazarse constantemente. Una persona adulta mayor con enfermedad degenerativa puede estar atravesando también un duelo por pérdida de autonomía; un adolescente con ansiedad puede experimentar una profunda crisis de sentido; una persona con enfermedad terminal puede vivir simultáneamente procesos de reconciliación, miedo y resignificación de la vida.

Cabe decir que, además de los grupos que surgen a partir de los criterios mencionados, existe un sector que requiere una atención tan sensible y profunda como la de la propia persona doliente: los familiares y cuidadores. Con frecuencia, quienes acompañan procesos de enfermedad, dependencia, deterioro o duelo atraviesan también formas intensas de desgaste emocional, miedo, incertidumbre, culpa, enojo, tristeza e incluso agotamiento físico y existencial. La experiencia de cuidar implica presenciar el sufrimiento ajeno, confrontar la fragilidad humana y, muchas veces, reorganizar por completo la propia vida. Desde la tanatología, reconocer a familiares y cuidadores como sujetos de acompañamiento es fundamental, puesto que ellos también viven pérdidas de distinta índole y atraviesan duelos causados por diversas situaciones, como rupturas de sentido y profundas transformaciones afectivas que necesitan escucha, contención y espacios de cuidado.

La tanatología, entendida desde una mirada filosófica y humanista, no busca clasificar el sufrimiento de manera rígida, sino generar espacios de escucha, comprensión y acompañamiento. Las categorías son útiles en la medida en que ayudan a reconocer necesidades específicas y facilitan el encuentro humano, pero nunca deben reducir la singularidad de cada experiencia.

Al final, toda consulta tanatológica parte de una verdad fundamental: los seres humanos somos vulnerables, finitos y profundamente relacionales. Acompañar el dolor no significa eliminarlo, sino ayudar a encontrar formas más conscientes, dignas y humanas de atravesarlo.



Depresión, ansiedad, angustia y estrés ..

 

Depresión, ansiedad, angustia y estrés: una aproximación desde la tanatología


El presente texto se enmarca en el ámbito de la tanatología, disciplina dedicada al estudio de los procesos de pérdida, duelo, sufrimiento y muerte, así como de las formas humanas de afrontarlos. Aunque suele asociarse exclusivamente con el acompañamiento al final de la vida, la tanatología también reflexiona sobre las experiencias emocionales y existenciales que emergen ante las crisis, las ausencias, las rupturas y la fragilidad humana. En este contexto, conceptos como depresión, ansiedad, angustia y estrés aparecen con frecuencia, pero muchas veces se utilizan como si fueran sinónimos, cuando en realidad nombran experiencias distintas, aunque relacionadas entre sí.

Comprender estas diferencias no es un simple ejercicio teórico. Nombrar adecuadamente lo que sentimos puede ayudarnos a entender nuestra experiencia y a buscar formas más conscientes y humanas de cuidado.

La depresión suele describirse como un estado persistente de tristeza profunda, pérdida de interés o dificultad para experimentar placer en actividades que antes resultaban significativas. Más allá de momentos pasajeros de desánimo, la depresión implica una disminución de la energía vital y puede afectar el pensamiento, el cuerpo y las relaciones. Desde una perspectiva tanatológica, muchas depresiones están vinculadas a procesos de pérdida: la muerte de un ser querido, el fin de una relación, la pérdida de un proyecto de vida, del sentido o incluso de la propia imagen de sí. La persona puede sentir que el mundo pierde color y significado.

La ansiedad, por otro lado, está más relacionada con la anticipación. Es una respuesta de alerta frente a algo que se percibe como amenaza o incertidumbre. La mente se orienta constantemente hacia el futuro: “¿qué pasará?”, “¿y si ocurre algo malo?”. A nivel físico puede manifestarse en tensión muscular, dificultad para respirar, inquietud o aceleración del pensamiento. La ansiedad tiene una función adaptativa, pues prepara al organismo para reaccionar ante posibles peligros; sin embargo, cuando se vuelve constante o desproporcionada puede deteriorar la vida cotidiana.

La angustia comparte elementos con la ansiedad, pero suele tener un matiz más profundo y existencial. Mientras la ansiedad generalmente se dirige hacia un objeto o situación concreta, la angustia puede experimentarse como una sensación de vacío, desamparo o pérdida de sentido difícil de explicar. Diversos filósofos, especialmente dentro del existencialismo, entendieron la angustia como una experiencia propia de la condición humana: la conciencia de la libertad, de la incertidumbre y de la finitud. En tanatología, la angustia aparece frecuentemente cuando la persona confronta la posibilidad de la muerte, el sufrimiento o la fragilidad de la existencia.

El estrés, finalmente, se refiere a la respuesta física y psicológica del organismo ante demandas o presiones externas. No todo estrés es negativo; en algunos casos puede movilizar energía y favorecer la adaptación. Sin embargo, cuando las exigencias superan la capacidad de afrontamiento y el estado de tensión se mantiene de manera prolongada, el cuerpo y la mente comienzan a resentirse. El estrés crónico puede derivar en agotamiento emocional, problemas físicos y dificultades en la vida afectiva y social.

Aunque estas experiencias son diferentes, también están profundamente conectadas. El estrés prolongado puede conducir a estados de angustia, especialmente cuando la persona siente que ha perdido estabilidad, control o sentido frente a las exigencias de la vida. A su vez, la angustia sostenida puede manifestarse como ansiedad persistente o, en algunos casos, derivar en estados depresivos. Estas experiencias no siguen una secuencia única ni idéntica en todas las personas, pero suelen entrelazarse en los procesos de sufrimiento humano y duelo. Por eso, en el acompañamiento tanatológico resulta fundamental escuchar cada experiencia en su singularidad, evitando etiquetas simplificadoras.

Vivimos en una época que suele exigir productividad constante, control emocional y respuestas inmediatas. En ese contexto, muchas personas sienten culpa por experimentar tristeza, cansancio o incertidumbre. Sin embargo, reconocer la vulnerabilidad no es un signo de debilidad, sino una expresión de nuestra condición humana. La tanatología nos recuerda que el dolor emocional también merece escucha, cuidado y sentido.

Hablar de depresión, ansiedad, angustia y estrés no implica patologizar toda experiencia difícil de la vida, pero tampoco minimizar el sufrimiento. Entre el silencio y la exageración existe un espacio más humano: el de la comprensión, la escucha y el acompañamiento.



viernes, 15 de mayo de 2026

15 de mayo


15 de mayo

Día de los Maestros y de los Trabajadores Agrícolas



Cada 15 de mayo, en México y en Colombia, se celebra el Día de los Maestros. En México, además, esta fecha coincide con el Día Nacional del Trabajador Agrícola, y en Costa Rica también se reconoce en esta jornada a quienes trabajan la tierra. A primera vista podría parecer que entre maestros y trabajadores agrícolas no existe una relación evidente. Sin embargo, si se mira con un poco más de profundidad, el vínculo entre ambos oficios es íntimo y revelador.

Tanto el maestro como el trabajador agrícola siembran. Ambos depositan algo de sí mismos en un terreno que nunca controlan del todo. El agricultor coloca semillas en la tierra; el maestro siembra preguntas, palabras, inquietudes, hábitos, formas de mirar el mundo. Ninguno puede garantizar plenamente el resultado de su trabajo. Los dos conocen la incertidumbre: saben que puede haber sequías, tormentas o terrenos áridos donde poco logre germinar.

También comparten la paciencia. Vivimos en una época obsesionada con la inmediatez, con los resultados rápidos y medibles, pero ni la educación ni el cultivo obedecen a los ritmos de la prisa. El agricultor comprende que la tierra tiene sus tiempos; el maestro sabe que algunas enseñanzas tardan años en florecer. A veces una palabra escuchada en la infancia sólo adquiere sentido décadas después. Muchas veces el maestro nunca llega a ver los frutos de aquello que sembró.

Hay además una dimensión profundamente ética en ambos trabajos: sostienen la vida de otros. El trabajador agrícola alimenta los cuerpos; el maestro alimenta la mente, la imaginación y el espíritu. Uno hace posible el pan; el otro, el pensamiento. Uno cuida de la fertilidad de la tierra; el otro, de la fertilidad humana y cultural. Ambos participan, de distintas maneras, en la continuidad de la vida colectiva.

Sin embargo, también comparten otra realidad menos luminosa: son oficios frecuentemente poco valorados y mal remunerados. Paradójicamente, quienes realizan trabajos esenciales para la existencia cotidiana suelen ocupar los lugares más precarios dentro de la estructura social. Se admira más a quien acumula capital que a quien sostiene silenciosamente las condiciones para que la vida continúe. Quizá esto revela algo inquietante sobre nuestras sociedades: hemos aprendido a medir el valor desde la rentabilidad y no desde el cuidado.

El maestro y el trabajador agrícola conocen igualmente el desgaste invisible. Sus labores no terminan cuando concluye la jornada formal. El agricultor carga con la preocupación constante por el clima, la cosecha o la tierra; el maestro lleva consigo las historias, dificultades y esperanzas de quienes acompaña. Ambos desarrollan una sensibilidad especial hacia aquello que crece lentamente y requiere atención constante.

Tal vez por eso hay algo profundamente filosófico en estos oficios. Ambos recuerdan que la vida humana depende de procesos que no pueden acelerarse sin destruirse. Enseñar y cultivar implican confiar en lo que todavía no existe, apostar por un futuro incierto y trabajar, muchas veces, sin reconocimiento inmediato. Son trabajos que exigen humildad: nadie puede obligar a una semilla a germinar ni a una conciencia a despertar.

En tiempos donde todo parece reducirse a la productividad y al rendimiento, quizá conviene volver la mirada hacia quienes sostienen silenciosamente la posibilidad misma de vivir y de pensar. Porque, al final, una sociedad que no cuida a sus maestros ni a quienes trabajan la tierra termina empobreciéndose por dentro y por fuera: pierde alimento para el cuerpo y también para el alma.



jueves, 14 de mayo de 2026

Clase #12 - Curso "Literatura y Cine" - Segunda parte de dos


Más que una clase, el arte de descubrir y aprender juntos 

Las cuatro estaciones (Arcimboldo, 1527, 1573, 1593)

Hay cursos que se parecen a una conferencia: una persona habla y las demás escuchan. Nuestro curso, en cambio, no funciona así. No es tradicional, en el sentido de que no lo dirige un profesor que se asume como poseedor absoluto del conocimiento, sino que nos orienta y acompaña un artista formador. La diferencia no es menor. Acompañar implica abrir posibilidades, propiciar preguntas y crear un espacio donde las experiencias de cada participante también forman parte esencial del aprendizaje.

Tampoco es un curso tradicional porque quienes asistimos no llegamos “en blanco”. Se trata de personas con trayectorias de vida personales y profesionales muy diversas, historias acumuladas, oficios, lecturas, memorias y sensibilidades distintas que inevitablemente enriquecen cada sesión. En ese sentido, quizá la expresión más justa sea decir que este es “nuestro curso”, porque lo hacemos juntos. Cada comentario, cada asociación inesperada y cada experiencia compartida transforma la clase en un espacio colectivo de pensamiento.

Siguiendo con los refranes, “para muestra un botón”… o quizá dos. El término “écfrasis”, por ejemplo, surgió gracias a la aportación de una de las participantes en una sesión anterior. La palabra abrió nuevas posibilidades para pensar la relación entre imagen y lenguaje, y terminó convirtiéndose en uno de los ejes de nuestras conversaciones recientes. Del mismo modo, en esta ocasión otro participante enriqueció la clase mostrándonos algunas pinturas de Giuseppe Arcimboldo.

Giuseppe Arcimboldo (Italia, 1526-1593)

Arcimboldo fue un pintor del siglo XVI célebre por realizar retratos compuestos a partir de frutas, verduras, flores, animales, libros y distintos objetos cotidianos. A primera vista vemos un rostro humano; sin embargo, al observar con detenimiento descubrimos que ese rostro está formado por múltiples elementos ensamblados de manera ingeniosa. Sus pinturas producen extrañeza y fascinación al mismo tiempo: parecen juegos visuales, pero también reflexiones sobre la naturaleza, las estaciones del año, los oficios y la percepción humana.

En estos retratos aparece un fenómeno conocido como pareidolia. La pareidolia es la tendencia de nuestra mente a reconocer formas familiares —especialmente rostros— en objetos, manchas o configuraciones aleatorias. Es aquello que ocurre cuando vemos figuras en las nubes, caras en la corteza de un árbol o expresiones humanas en la fachada de una casa. Nuestro cerebro busca sentido y patrones incluso donde no necesariamente existen. Las obras de Arcimboldo juegan precisamente con esa capacidad perceptiva: nos obligan a oscilar entre el detalle y el conjunto, entre el objeto aislado y la figura total.

Tal vez por eso estas clases resultan tan significativas. Nos reunimos para tener clase, sí, pero no en el sentido tradicional de la palabra. Son reuniones donde intercambiamos conocimientos, recuerdos, lecturas y perspectivas, guiados y acompañados por un artista formador que propicia el diálogo más que imponer respuestas. Y nos reconocemos como estudiantes no porque ignoremos todo, sino justamente porque comprendemos que, a pesar de todo lo que ya sabemos y hemos vivido, siempre existe algo más por descubrir, otra mirada posible y otra conversación por abrir.

El bibliotecario (Arcimboldo, 1566)


Clase #12 - Curso "Litertura y Cine" - Primera parte de dos


Mirar con palabras: La écfrasis como diálogo con la imagen 



En esta clase el tema principal fue la écfrasis. La palabra proviene del griego ekphrasis y se refiere al ejercicio de describir una imagen, una obra de arte o incluso una escena de manera tan detallada y sensible que las palabras logren volver visible aquello que observamos. Más que una simple descripción, la écfrasis implica una interpretación: mirar con atención, detenerse en los gestos, los colores, las atmósferas y los símbolos, para después traducir todo ello al lenguaje. En cierto sentido, es un puente entre la mirada y la imaginación.

Durante la sesión realizamos dos ejercicios. El primero fue a partir de la pintura Habitación de hotel, de Edward Hopper. Observamos el silencio de la escena, la mujer sentada junto a la cama, la sensación de espera y de distancia que caracteriza muchas de las obras de Hopper. Cada persona escribió desde aquello que la pintura le despertaba. El segundo ejercicio fue todavía más íntimo: cada quien eligió una fotografía de la galería de su celular y realizó una écfrasis a partir de ella. Fue interesante descubrir cómo las imágenes cotidianas —un paisaje, una mascota, un rostro querido— pueden convertirse en detonadores de memoria y reflexión cuando se observan con detenimiento.

En medio de los ejercicios surgió una pregunta muy interesante dentro del grupo: ¿la descripción puede incluir apreciación o debe limitarse únicamente a decir “lo que hay” en la imagen? Una de las estudiantes compartió entonces la diferencia entre dos tipos de descripción: la denotativa y la connotativa. La descripción denotativa busca presentar los elementos de manera objetiva, atendiendo a lo visible y verificable: colores, formas, posiciones, objetos o acciones concretas. La descripción connotativa, en cambio, incorpora significados subjetivos, emociones, símbolos y asociaciones personales; es decir, incluye la interpretación y la sensibilidad de quien observa.

Esta distinción detonó el diálogo. Pensamos en cómo, incluso cuando creemos describir objetivamente, siempre existe una mirada situada que selecciona ciertos detalles y deja otros fuera. A grandes rasgos, concluimos que la écfrasis sí puede incluir apreciación, precisamente porque se trata de una técnica literaria. En ella no sólo importa reproducir una imagen, sino también transmitir aquello que provoca. La apreciación aparece entonces como la presencia de la imaginación, la memoria y la interpretación de quien contempla. La écfrasis no copia la imagen: dialoga con ella.

A partir de estos ejercicios pensé en una pintura fascinante: Los proverbios flamencos, de Pieter Brueghel el Viejo. El cuadro, realizado en 1559, es una especie de laberinto visual poblado por escenas absurdas, humorísticas y críticas, donde decenas de personajes representan literalmente refranes y dichos populares de la época. La pintura funciona como un espejo de la condición humana: muestra nuestras contradicciones, vanidades y torpezas cotidianas. Mirarla es casi como escuchar hablar a un pueblo entero.

En la escena todo parece moverse al mismo tiempo. Hay hombres cargando objetos inútiles, personas actuando contra toda lógica, rostros distraídos y acciones desmedidas. Cada rincón contiene un proverbio encarnado. En un extremo, por ejemplo, aparece la expresión “golpearse la cabeza contra la pared”, imagen de quien insiste obstinadamente en aquello que no tiene solución. La figura parece empeñada en vencer un muro imposible; la terquedad se vuelve aquí una escena casi cómica, pero también profundamente humana. ¿Cuántas veces persistimos en discusiones, relaciones o expectativas que nos desgastan precisamente porque no queremos reconocer el límite?

En otra parte del cuadro puede verse el proverbio “sentarse entre dos sillas”, representación de la indecisión. El personaje intenta ocupar dos lugares al mismo tiempo y termina en una postura inestable, incómoda, incapaz de sostenerse realmente en alguno. La escena recuerda la dificultad de elegir: querer permanecer en todos los caminos posibles puede conducir finalmente a no habitar ninguno.

La grandeza de esta obra consiste en que convierte los refranes en imágenes vivas. Aquello que solemos repetir automáticamente en el lenguaje cotidiano adquiere cuerpo, gesto y movimiento. Quizá por eso la écfrasis resulta tan valiosa: porque nos obliga a mirar más despacio. En una época saturada de imágenes fugaces, describir una pintura o una fotografía es también una forma de resistencia. Significa conceder tiempo a la contemplación y descubrir que, detrás de cada imagen, existe una historia, una emoción y una filosofía de vida esperando ser nombradas.


martes, 12 de mayo de 2026

Pensando en el Cerro de las Manas...


Nuestra relación con la Tierra

Hay lugares que conservan una memoria más antigua que las palabras. Sitios donde el paisaje parece guardar todavía una forma distinta de relación entre los seres humanos y la tierra. En Cajicá, uno de esos lugares es el Cerro de Las Manas. Cada vez que lo observo, pienso que difícilmente pudo haber sido un espacio cualquiera para los antiguos habitantes de este territorio. Hay cerros que poseen una presencia particular: elevaciones que convocan silencio, contemplación y respeto. El Cerro de Las Manas tiene algo de eso, como si bajo su tierra persistiera todavía una historia sagrada apenas visible entre las capas del tiempo.

Cajicá forma parte del antiguo territorio muisca, del valle conocido como “Caj”, expresión que suele traducirse como “cercado y fortaleza de piedra”. También se le ha llamado el “Valle del Lucero Azul”, un nombre profundamente poético que remite a la relación espiritual que los pueblos originarios mantenían con el cielo, el agua y los ciclos de la naturaleza. Para los muiscas, el territorio no era solamente un espacio físico: era un entramado vivo de significados donde cerros, lagunas, fuentes y caminos formaban parte de un orden sagrado.

Quizá por eso el nombre “Las Manas” conserva todavía un eco ancestral. El Diccionario de la Real Academia Española reconoce diversas acepciones para la palabra “mana”. Algunas se relacionan con fuerzas espirituales o poderes invisibles presentes en ciertas culturas; sin embargo, hay una definición particularmente significativa para comprender este lugar: “sitio donde brota el agua”. Cajicá fue precisamente eso: una tierra de aguas.

Mucho antes del crecimiento urbano y de la fragmentación moderna del paisaje, el territorio estaba atravesado por manas, manantiales y nacimientos naturales que alimentaban la vida de la sabana. El agua emergía de la tierra como una presencia abundante y cercana. Algunas de esas fuentes todavía sobreviven en la memoria oral de los habitantes y en nombres tradicionales como la Mana del Padre, uno de los nacimientos de agua más recordados de la región. Las aguas no eran únicamente un recurso útil: eran parte del vínculo espiritual entre la comunidad y el territorio.

Con el paso del tiempo, Cajicá también se convirtió en tierra de haciendas. Durante la colonia y buena parte de la vida republicana, extensas propiedades agrícolas y ganaderas reorganizaron el paisaje sobre antiguas rutas indígenas. La tierra comenzó a medirse, dividirse y explotarse bajo otra lógica: la de la propiedad y la producción. Sin embargo, incluso entre haciendas y cercamientos, algo de la memoria antigua parecía permanecer todavía en los nombres, en las quebradas y en los cerros.

Hoy, el Cerro de Las Manas vive otra transformación. Parte de su territorio ha sido intervenido por la actividad minera dedicada a la extracción de arena, piedra y recebo para construcción. Documentos oficiales del municipio reconocen la existencia de compañías mineras en el sector, mientras estudios ambientales han advertido sobre los impactos ecológicos y paisajísticos que estas explotaciones generan en la montaña. Allí donde alguna vez brotó el agua, hoy la tierra es removida para alimentar el crecimiento urbano de la sabana.

Y acaso ahí aparece una de las preguntas filosóficas más profundas que este cerro nos plantea: ¿qué ocurre cuando un territorio que alguna vez fue sagrado se transforma en objeto de extracción? ¿Qué revela sobre nuestra época el hecho de convertir una montaña de manantiales en cantera?

La historia del Cerro de Las Manas parece condensar el tránsito de dos formas radicalmente distintas de habitar el mundo. Una veía en la naturaleza una presencia viva cargada de sentido; la otra observa principalmente un recurso disponible para ser explotado. Tal vez la diferencia no sea únicamente económica o tecnológica, sino espiritual. Hemos dejado de mirar la tierra como una comunidad de vida para verla como materia utilizable.

Sin embargo, el cerro sigue ahí. A pesar de las máquinas, de las canteras y del ruido contemporáneo, algo de su antigua presencia permanece. Quizá porque ciertos lugares guardan una memoria más resistente que el olvido humano. Y tal vez escuchar esa memoria sea también una forma de filosofía: volver a preguntarnos cómo habitamos el mundo y qué relación queremos construir con la tierra que sostiene nuestra existencia.