domingo, 12 de abril de 2015



¿Por qué solo mostrar, exhibir, compartir los “éxitos” cuando detrás de cada uno de ellos 
hay más de un “ensayo” y varios “fracasos”?…

Este es un escrito -fragmento de mi tesis que adapté “mal” a manera de artículo-
que me ha rechazado una revista electrónica especializada en investigación educativa
debido a que no presento “objetivos claros”, 
“de tal manera que el lector se pierde en las reflexiones”.


Regresan mis palabras a mis manos, tal vez “vencidas”, aunque “de pie”, porque son los ensayos y fracasos los que hacen tan preciado y delicioso alcanzar el éxito. 




Situación de crisis. Alumnos y maestros en la escuela: nuestra vivencia cotidiana.

Resumen: Actualmente se reflexiona sobre “la emergencia educativa”, entendida como  situación crítica y cuestionable que atraviesa la práctica en educación. Fenómeno cuyo análisis en la perspectiva de esta investigación debe asentarse en la premisa de que lo que está en crisis no es la práctica educativa como ente abstracto, sino las personas que enseñan y aprenden, las personas de carne y hueso que inmersas en sus circunstancias dan vida a la práctica educativa. Así, el presente estudio analiza cuál es la vivencia cotidiana de alumnos y maestros en la escuela. Vivencia que se examina  en seis aspectos: qué-cómo enseñamos los maestros / qué-cómo aprenden los alumnos; razón pura; “Verdad Absoluta”; autoridad; educación moral, y; ambiente social; esto con base en la relación estudiante profesor, que siempre entraña coexistencia e interdependencia.

Palabras clave: Crisis educativa, Práctica educativa, Relación estudiante profesor 


Situación de crisis. Alumnos y maestros en la escuela: nuestra vivencia cotidiana.

El presente estudio forma parte de una investigación mayor en la búsqueda por comprender las causas en torno a la situación que filosofía y educación académicas atraviesan hoy en la práctica educativa. Situación crítica y cuestionable, bajo un estado de enajenación, cada una en sí misma, la filosofía enclaustrada en lo teórico y la educación en lo académico; a la vez que en su muta relación, cuando se olvida que su correlato constituye medio y fin en la autorrealización de la persona, en su llegar a ser humano.

Cabe señalar que el “tipo” de alumnos y maestros sobre los que se avoca esta investigación corresponde al nivel educativo medio superior, dentro del contexto que se presenta en una institución particular y como parte del modo de vida propio de la clase social media. No obstante y sin absolutidad, es posible que todo lo aquí expresado se piensa-se vive también en instituciones públicas y en otros contextos sociales. Probablemente la construcción de significados y sentidos acerca de los estudios y de lo escolar aquí descrita constituye la vivencia generalizada en el sistema de bachillerato nacional.

Reiteran esta probabilidad discursos como el pronunciado por el subsecretario de Educación Media Superior de la SEP, Rodolfo Tuirán Gutiérrez, en la inauguración del IV Foro para la revisión del Modelo Educativo del Nivel Medio Superior, al afirmar que “la autopista del bachillerato presenta un diseño defectuoso que frena a los jóvenes en su apresurado camino al futuro.” (Tuirán, 2014) Razón por la cual “…entre los jóvenes que cursan el bachillerato se puede percibir un ánimo de abandono, de adaptación mecánica (a la escuela) o de exasperación, ira y resignación.” (Tuirán, 2014)

Con base en lo anterior a manera de antecedente, aclarando a su vez que al hablar de los alumnos hablo también de los maestros porque donde existe uno existe el otro, son coexistentes e interdependientes, -la relación, vínculo que entre ellos se entabla siempre es recíproca-, respondo en los párrafos subsecuentes a las preguntas: ¿qué significado confieren los estudiantes a la escuela y los estudios?, ¿cómo viven la organización escolar en la que se encuentran insertos?

Situación de crisis o “la emergencia educativa”

Concebir la “historia universal” como la “autoconciencia del espíritu universal” es un error, afirma Karl Marx en “La ideología alemana”. La historia de la humanidad, la historia de los hombres, es un hecho material y empíricamente comprobable del que cada individuo ofrece un testimonio probatorio. La historia tiene una base real, el mundo sensible es “actividad sensible” y viva total de los individuos que lo forman. 

Individuos humanos vivientes, que piensan y sienten, con intereses y necesidades por satisfacer, de cara a la realidad, con sus problemas que enfrentar y solucionar; hombres y mujeres emocionales, racionales, con voluntad y libertad, siempre en pos de su felicidad, autorrealización. 

De manera que, así como lo que tiene fines no es la filosofía ni la educación, sino las personas que actúan, enseñan y aprenden, lo que hoy atraviesa un estado crítico no son propiamente la filosofía y la educación académicas, -de hecho no se trata de un “qué”, sino de “quiénes”-, quienes actualmente viven una situación de crisis son las personas que enseñan y las que aprenden, las personas que educan y se educan, inmersas en sus circunstancias.

De modo que tomando como punto de partida la vivencia cotidiana de alumnos y maestros en la escuela, posteriormente será  posible describir la alineación de los individuos y la sociedad que estos integran, todo lo cual deriva en la crisis actual de la filosofía y la educación académicas, en sí mismas y en su mutua relación.

Por ahora, sumándome al objetivo por conocer a los educandos como sujetos, en sus experiencias, para avanzar en las propuestas de conceptualización y generar nuevas estrategias analíticas que permitan el abordaje de sus dimensiones subjetivas, y en la consideración de que al hablar de crisis  en la filosofía y la educación académicas, afirmamos que en la actualidad lo que se enajena no son estas como ideas o conceptos, sino los individuos, las personas que las piensan y las hacen, las practican, esto es, alumnos y maestros en la escuela, mi propuesta es comenzar acercándonos a ellos: me pregunto, ¿qué sienten, qué piensan?, ¿cuál es nuestra vivencia cotidiana?

Alumnos y maestros en la escuela: nuestra vivencia cotidiana

Todo inicia con el ingreso del menor de edad a la escuela “para que aprenda”; nosotros, “los maestros,  le enseñaremos”.

Desde este punto de vista nuestra intervención docente consiste por un lado, en potenciar y conducir el desarrollo de capacidades y destrezas intelectuales, así como el aprendizaje de conocimientos científicos, que permitirán al educando ingresar al siguiente nivel académico, en este caso la universidad, donde al concluir su “carrera” estará facultado para su inserción en la sociedad mediante la “ocupación” de un puesto laboral “bien remunerado” que le permita “formar una familia” y ofrecer a esta una “vida estable”; por otro lado, corresponde también a nuestra labor magisterial, el desenvolvimiento de valores y actitudes en los alumnos que les “hagan aptos” para vivir en sociedad, para convivir en igualdad y respeto, principalmente, puesto que la sociedad en que habrán de insertarse, en que vivimos, o a la que aspiramos, es democrática.

Pero exactamente, ¿qué y cómo enseñamos los maestros?, ¿qué y cómo aprenden los alumnos? Saberes intelectuales, educación intelectual a través de la exposición magisterial y el método escolástico.

1- Qué y cómo enseñamos los maestros / Qué y cómo aprenden los alumnos

a) Saberes intelectuales, educación intelectual
- La prioridad manifiesta en el plan de estudios consiste en asignaturas “racionales”, “científicas”, saberes intelectuales. Lo cual señala unilateralidad en la educación intelectual.
- Todo en el mapa curricular está diseñado para hacer del educando un ser lógico y analítico, no creativo. “Si observamos a cualquier niño antes de los seis años, no podemos más que afirmar que somos creativos ya desde el nacimiento. Pero luego la escuela y la sociedad van pidiendo que dejemos de usar esos circuitos neuronales para enfocarnos principalmente en los otros: la lógica y el análisis. Estos últimos se convierte en nuestros patrones de pensamiento dominante.” (Bachrach, 2013: 15) 
- Si bien se incluyen asignaturas deportivas y artísticas, sin constituir propiamente educación estética y afectiva, es de forma optativa o no serial, por lo que usualmente se les considera “de relleno”, no se les toma “en serio”.
- A su vez, en la enseñanza de saberes intelectuales, el pensamiento lógico y analítico que promovemos conlleva la clasificación del todo en grupos, y la división de las unidades que integran tales grupos, en partes, en  una palabra, fragmentación; enseñamos a dividir la realidad en categorías; el punto es que no enseñamos a crear asociaciones entre las partes ni entre los grupos, no enseñamos cómo establecer conexiones entre lo similar, menos aún entre lo dispar. “Cuando somos pequeños, nuestros pensamientos son como vaso de agua: inclusivos, fluidos y claros. Todo se mezcla con todo y todo se puede combinar, realizando montón de conexiones y asociaciones posibles. Por eso, los niños son creativamente espontáneos. Pero en la escuela nos enseñan a definir, segmentar, segregar y etiquetar en categorías separadas. Estas categorías permanecen divididas toda nuestra vida y no se tocan entre ellas.” (Bachrach, 2013: 31)

b) Exposición magisterial y método escolástico
- Casi todo los días la clase consiste en lo que se ha llamado “exposición magisterial”, donde el maestro se limita a exponer conceptos, contenidos conceptuales, sin vínculo alguno con la actuación, con la disposición para obrar y hacer.
- Para “dinamizar” la clase, para hacer de esta algo “más experimental”, algunas ocasiones el docente indica a los alumnos ciertas lecturas a realizar, para “trabajar” con ellas. Este es el “método escolástico” que generalmente aplicamos en las escuelas: yo como maestro, enseño, proporciono la literatura que contiene las verdades -obviamente racionales, científicas- y ellos, como alumnos, aprenden, leen, interpretan y comentan dicha literatura.
¿Y dónde quedó “la dinámica”, “lo experimental”? En la división del tema entre materia de estudio y método, esto es, lo que enseño y lo que aprenden -“lo experimentado”-, y cómo enseño y cómo aprenden -“el experimentar”-. Donde “lo experimentado” consiste en los libros de texto y las verdades que contienen, en tanto que “el experimentar” radica en los actos de leer, interpretar y comentar.
- Asimismo, las asignaturas son abordadas como un “todo cerrado y aislado”, sin vínculo con algo ni con alguien. Cada materia se enseña y se aprende en una “triple ruptura”, sin vínculo con las otras materias,  sin aplicación en la vida cotidiana del alumno y sin contacto con el medio social fuera de la escuela, con “la vida real”. Enseñanza y aprendizaje de los contenidos curriculares sin vínculo con el aprender a vivir y a convivir.
En otras palabras, en nuestra enseñanza-aprendizaje, no “se ve”, no se entiende porque ni siquiera se explica, qué relación existe entre una asignatura y las demás -falta de multi e interdisciplinariedad-, de qué manera los contenidos escolares sirven en la vida diaria, ni cómo puede ayudar todo esto a transformar la realidad, a crear un mundo mejor -falta de sentido, de utilidad-.
- De modo que, en esta metodología educativa aprendizaje es sinónimo de memorización. Que el alumno ha aprendido se verifica en el hecho de que recuerda lo que le enseñamos. Y evaluamos dicho aprendizaje-memorización a través de exámenes diseñados para tal efecto; no solo esto, calificamos, asignamos un cierto número que representa el grado o cantidad de lo memorizado, de lo aprendido.
- Sin minimizar la importancia del adiestramiento de la memoria, puesto que no hay desarrollo de la inteligencia, generación de conocimiento ni creatividad sin memoria; de hecho, señala F. Savater en paráfrasis de Juan Delval, “La memoria es un sistema muy activo de reelaboración de la experiencia pasada, siempre que lo recordado tenga algún significado. Recuerdo y comprensión son indisociables.” (Savater, 2014: 125).

En suma respecto a lo anterior, y coincidiendo con la filosofía de J. Dewey, una de las causas por las que “la escuela no sirve” radica en que el proceso educativo se aparta de las condiciones educativas y eficaces del medio extraescolar, al apoyarse únicamente en los libros y la conversación (método escolástico); de lo cual emana asimismo la separación del hombre “práctico” -el que vive, se desenvuelve en el medio fuera de la escuela- y el hombre “de teoría”, -el intelectual u “hombre de letras”, que vive y se desenvuelve en el medio del escolasticismo, entendido simplemente como lo indica el DRAE, como el espíritu exclusivo de escuela en las doctrinas, en los métodos o en el tecnicismo científico-. Donde el cuerpo de verdades, de conocimientos científicos transmitidos, solo es información adquirida, “meras palabras” sin significado real en la propia vida, porque todos estos “signos”, lecturas realizadas, interpretadas y comentadas, no amplían la experiencia, por lo contrario no son realmente “representativos” de experiencia alguna, sino que se han convertido en fines en sí, presentándose en la teoría de la educación una tendencia técnica que consiste en limitar la experiencia a la dimensión simbólica o representativa sin vinculación alguna con la comprensión apreciativa que solo es posible por la imaginación, por la facultad de mezclar y asociar conceptos, categorías, capacidad truncada por la preferencia dada a lo racional, científico. Todo lo cual se refleja claramente en nuestro “plan de estudios”.

De este modo, en el imperio de lo racional, científico, del saber intelectual, la razón deja de ser histórica, es decir, olvida su inmersión en las circunstancias espacio-temporales del individuo, para ser solamente “razón pura” que pierde su “adaptación” a la realidad, que ya no está al servicio de la vida en tanto que no establece relación con el medio, no satisface necesidades ni soluciona problemas de la persona. En nuestro sistema educativo la razón humana pierde su aspecto histórico, se reduce a razón pura y con ello deja de ser vital.

Razón pura, concepción parcial del individuo humano, del educando, que deja fuera “lo no-racional”, que desatiende su  subjetividad, igualmente relegando al olvido la cohesión cuerpo/espíritu. 

2- Razón pura, concepción parcial del educando

c) Subjetividad desatendida
- La educación escolar que imponemos al alumno es exclusivamente intelectual; “imponemos”, porque “le obligamos a separarse” de sus emociones, afectos, sentimientos, deseos, impulsos…, en una frase, de todo lo que en él hay de irracional. Pero el “cerebro ardilla”, límbico o emocional está ahí, es parte de nosotros, es uno de los elementos que nos constituyen; de manera que nuestra subjetividad no se borra, es desatendida; no enseñamos la “auto-regulación emocional”, a identificar qué siento, qué quiero y qué haré con todo ello.
- Algunas veces, dado que la subjetividad “permanece”, en un intento por comprender lo que sentimos, las causas reales de nuestra conducta -lo que me mueve a actuar no es lo que pienso, sino lo que siento-, analizamos, se intelectualiza en lugar de vivenciar, construimos teorías sobre nuestra subjetividad -lo cual es solo una forma de no “adentrarme” en ella, de evadir mi autoconocimiento- que privilegian al hombre cerebral, al hombre puramente racional.
- Lo anterior, en la creencia de que “Con el pensamiento se lo hace todo, el sentimiento es solo una carga innecesaria que en lo posible hay que ignorar.” (Fromm, 1993: 141)

d) Olvido de la cohesión cuerpo/espíritu
- Nuestra concepción del aprendizaje como un proceso “puramente intelectual”, en el que se aprende solo “con la cabeza”, entraña la desunión cuerpo/espíritu, en que los sentidos son considerados, explica J. Dewey, como “especie de conducto misterioso” que dirige la información del mundo exterior al entendimiento. Lo que a su vez establece la separación entre percepciones, ideas y juicios, sin notar la relación entre estos, que es precisamente lo que les confiere significación, sentido.
- Por lo tanto bien podría dejarse el resto del cuerpo fuera del salón de clase. De hecho, aquí el cuerpo “estorba”, “distrae”, se convierte en enemigo a vencer en tanto que el alumno no logra “mantenerlo quieto”, como si se tratase de algo ajeno, a lo largo de casi ocho horas continuas por día. El resultado de esto es un ambiente pasivo en el que se logra enseñar-aprender-memorizar, en la medida en que el alumno se sienta, se calla, atiende y “absorbe” con sus sentidos -vista y oído- el bombardeo de información diversa que recae en él durante aproximadamente cuarenta horas a la semana.
- Aunado a ello, tiene lugar  la sobrevaloración del trabajo intelectual y consecuente desestimación del trabajo físico, corporal, al que pertenecen  deporte y arte, -las asignaturas que de una u otra manera abordan la educación estética y afectiva-, en una visión muy limitada y forzada sobre los mismos, ya que supuestamente predomina en ellos la ejecución y poco o nada tienen de reflexión.

La cuestión es que tomando como vía la comunicación objetiva, el discurso como divulgación sapiencial, nos limitamos a la educación intelectual y a los aspectos académicos, puesto que es “lo único que evaluamos” para la acreditación o no del alumno, mientras que lo no-racional, la subjetividad, y el cuerpo, puesto que en él no reside la inteligencia, el entendimiento, caen en desatención y olvido; lo que indudablemente trunca el desarrollo integral del educando, a la vez que refleja nuestra inconsciencia sobre lo que hacemos como maestros: “ignoramos” o no hacemos caso al hecho de que nuestro trabajo se dirige a personas, pensantes y emotivas, con espíritu y cuerpo, cada una de ellas con necesidades específicas, compleja en su individualidad y sencilla en su humanidad, en tanto que como cualquier ser humano lo que más anhela y necesita es sentirse valorado, reconocido y en la seguridad de pertenecer al grupo, sentirse amado.

A lo anterior cabe agregar que nos concentrarnos en lo racional, no solo porque es prioridad en nuestro plan de estudios, sino también porque su objetividad e invariabilidad permiten un “trato homogéneo, igualitario” a todos los alumnos, lo cual se ajusta al poco tiempo disponible. Es decir que  “lo racional” justifica tratar de la misma manera a todos los individuos, porque es lo que nos hace a todos iguales: la razón, facultad universal que establece “la hermandad”, la homogeneidad entre los individuos que conduce a un discurso válido para todos en todo momento y lugar, es decir la verdad absoluta. 

Así es, interviene F. Savater: “Para la razón todos somos semejantes porque ella misma es la gran semejanza entre los humanos. La educación humanista consiste ante todo en fomentar e ilustrar el uso de la razón, esa capacidad que observa, abstrae, deduce, argumenta y concluye lógicamente.” (Savater, 2004: 134)

En otras palabras, relegando la subjetividad de los alumnos, compleja y variable en cada uno de ellos, nos queda “lo objetivo”, lo racional o intelectual, que es igual -supuestamente- en todas las personas; de manera que en la razón o través de ella nos hacemos iguales, nos homogeneizamos arribando a un “único discurso”, “la Verdad Absoluta”, y quien no se ajuste a ella enfrentará el rechazo, la marginación. 

3- “Lo objetivo”, lo racional: “Verdad Absoluta”

e) “Único discurso”, “la Verdad Absoluta”
- Las capacidades y destrezas cognitivas, el acervo científico, los valores y actitudes que enseñamos en la escuela constituyen el conjunto de la cultura académica. Cultura que no es neutra puesto que prioriza los saberes intelectuales a la vez que responde primordialmente a la necesidad por insertar al individuo en el medio laboral.
- De esta forma, nuestro sistema educativo funge como “filtro selectivo” que legitima las diferencias, en tanto que el alumno “incapaz” de “seguir el ritmo”, de aprender, de absorber la cultura académica que enseñamos y con buenos resultados -“buenas calificaciones”-, no es apto para su inserción en la sociedad mediante un trabajo “formal”, “bien remunerado”.
- Consecuentemente quien no se ajusta a nuestro discurso, reprueba, deserta o fracasa escolarmente no posee “el potencial” necesario para funcionar como engrane en nuestra maquinaria social, porque nuestro discurso es “el único”, es “la Verdad Absoluta” que asegura el éxito, la valoración, reconocimiento e inclusión en la sociedad. 
- Pero no se crea que nuestra cultura académica, que nuestro “único discurso” es impositivo o arbitrario, antes bien es “objetivo”, es “la Verdad Absoluta” puesto que responde a “la razón”, argumentamos como maestros, y así enmascaramos “la selección” de alumnos, diciendo que en la escuela “todos son iguales”, reciben el mismo trato, enfrentan el mismo currículum, cuentan con los mismos recursos, tienen las mismas oportunidades; de modo que quienes “reprueban”, “abandonan” o “fracasan” tienen “algún problema” individual y personal.
- Dicho de otro modo, nuestro objetivo es “estandarizar”, que todos aprendan lo mismo y de la misma manera, que todos aprendan a ser y estar de la misma manera y en el mismo mundo. Estamos “programando”, “normalizando” al menor para que sea “adulto”, para que “haga una carrera”, entre a trabajar y tenga familia, casa, coches y perros, es decir, para que tenga “una vida normal”.

f) Rechazo y marginación
- El “único discurso”, “la Verdad Absoluta”, “una vida normal”, un “engrane” más de la maquinaria… Y frente a todo esto, ¿qué pasa con quienes son “diferentes”?, ¿qué sucede con los alumnos que no “se ajustan”?
- En principio, siendo la estandarización de resultados el gran objetivo de la escuela, toda desviación es considerada un defecto. “Todo alumno diferente es visto como algo que no encaja en la línea de producción y tiende a desecharse del sistema. Al reprobar o ser criticados por no desempeñarse de acuerdo con el estándar esperado, los niños son golpeados seriamente en su autoestima e interiorizan un par de conclusiones sencillas pero devastadoras: <A mí no me respetan> y <Yo no valgo>.” (Schmill, 2008: 31) Lo que duele en esta vivencia es lo que representa, “falta de capacidad” que deviene en rechazo y marginación por parte de los otros, y en baja autoestima por parte del alumno.
- Aunque el rechazo y la marginación no solo son consecuencia de “reprobar” las materias y en última instancia tener que dejar la institución educativa, “quedar fuera”, en la incertidumbre sobre qué será de ese alumno…, también se viven al interior de la escuela, porque aun cuando “uniformemos” a los alumnos desde lo más simple como el portar “uniformes” hasta desarrollar las mismas actividades y de la misma manera intentando alcanzar los mismos resultados, la individualidad, la subjetividad de cada uno se conserva, por más que nos esforzamos en que todos hagan lo mismo, quieran lo mismo, no es así, si bien, la mayoría de ellos siguen, actúan conforme a patrones, modas, -que generalmente “copian” de los mass media- cada uno de nuestros alumnos los “interpreta” y “asume” desde sí en forma particular, específica, por lo que a pesar de nuestro esfuerzo por “igualar”, “estandarizar”, “normalizar” no alcanzamos el éxito total y en el salón de clases percibimos, vivimos la pluralidad diversa. Lo cual en cierto sentido representa el triunfo de la libertad personal, aunque más hay de lamentable en ello porque los alumnos se rechazan y marginan entre sí, bajo el supuesto de que la verdad de cada uno es “la Verdad Absoluta”, el “único discurso” válido.
- Finalmente eso es lo que les hemos enseñado, los maestros no atendemos “necesidades personales”, no tenemos tiempo para escuchar, dialogar, nuestra prioridad es cubrir el temario “a como dé lugar”, así que todos deben ajustarse a “lo dado”, al discurso imperante, “lo normal”; nuestra actitud no es de apertura sino impositiva y nuestros alumnos “aprenden bien”: imponen la propia perspectiva, la propia verdad parcial como si fuese única y absoluta, donde “yo estoy bien, y lo diferente a mí está mal; no solo eso, lo que está mal debe ser anulado, rechazado, marginado e incluso destruido”.  Enseñamos lo que hemos aprendido: estamos educados, condicionados, no para ser “abiertos” y creativos, sino para criticar y juzgar “lo nuevo”, “lo diferente”, lo que no se ajusta al “único discurso”, a “la Verdad Absoluta”.   
Educación “humanista”, que no humana, basada en el sistema de pensamiento cuyo núcleo consiste en la facultad racional del hombre y su primacía, que se manifiesta en nuestra diaria labor docente como exclusivo fomento y cultivo del uso de “la razón”. Educación frecuentemente acusada por los “antihumanistas” debido a que la consideran “demasiado racional”, queriendo dar a entender que menosprecia la intuición, la imaginación y los sentimientos, explica F. Savater y pregunta: “Pero ¿acaso es exceso o más bien falta de racionalismo comprender tan mal la complejidad humana?, ¿no es más bien la razón la que concibe la importancia de lo intuitivo, la que aprovecha la fertilidad de la imaginación y la que cultiva -potenciándola social y personalmente unas veces, manipulándola artísticamente otras- la vitalidad sentimental? La razón conoce y reconoce sus límites, no su omnipotencia…” (Savater, 2004: 133 y 134)

Pregunta, la anterior, que en realidad afirma la falta, la carencia de “razón” en nuestra educación escolar que yerra al priorizar los saberes intelectuales escudándose en la premisa de que es esta la facultad universal del hombre, cuando en la vivencia diaria constatamos que la emotividad constituye un elemento igualmente presente en todo ser humano. 
Nuestra práctica educativa actual otorga primacía a la razón “inauténtica”, única, absoluta, separada e independiente, opuesta a la “auténtica razón” que es plural, perspectivística, vinculada e interdependiente. Donde la primera se afirma omnipotente y tienen los hombres “fe ciega” en ella, en tanto que la segunda se reconoce limitada y busca por ende su complementación con lo no-racional, lo emotivo, para integrar la unidad del individuo humano.

Consecuentemente, lo que en verdad prioriza nuestra educación es una razón “tullida”, “incompleta”, que como tal, en su defecto e imposibilidad para “caminar” naturalmente tiene que “apoyarse” en la arbitrariedad, tiene que usar como “muleta” para su imposición a la autoridad y disciplina “estúpidas”, carentes de razón auténtica, que a su vez guardan relación con la autoestima y valoración negativas del maestro, sobre sí mismo y su profesión.

4- Autoridad como imposición

g) Autoridad y disciplina “estúpidas”
- Todas estas “cosas tan racionales, intelectuales, tan científicas”, teorías y conceptos, -por la manera en que son abordados, fragmentaria, separada e independiente-, tan abstractos, lejanos y hasta ajenos a la propia vida, obviamente no llaman la atención del alumno, no despiertan su interés, no le motivan para aprender.
- Es la carencia de sentido, de utilidad para la vida, de esta “razón inauténtica” que constituye el eje de todas nuestras asignaturas, causa primordial de la indisciplina, porque cuando el alumno no está interesado en lo que se enseña y se espera que aprenda, se muestra apático o incluso antipático, no participa, no actúa, se limita a observar y reaccionar, cuando no a sabotear el curso de la clase.
- Ante lo cual, el maestro también “reacciona” e impone “el orden”, obligando a los alumnos a hacer lo que no quieren ni les interesa, -porque les parece inútil-, mediante sutiles amenazas de castigos o sanciones con reflejo en la evaluación.
- De este modo, la autoridad del maestro degenera en imposición, coacción, autoritarismo, tiranía, que se impone a través del temor, frente a lo cual usualmente “se resigna” el alumno adoptando una actitud de aceptación pasiva o bien, en casos menos frecuentes, se entabla entre maestro y alumno una “lucha de poder” que solo evidencia la estupidez del primero y la desesperación del segundo.
- Se trata de la equivocada concepción de la autoridad como limitación y represión de la libertad, imposición de orden y disciplina -mantenerse atento y cumplir con lo que se solicita- como fin del proceso educativo, ligada con el poder para determinar lo que otro cree y hace, orientación coactiva por medio de “castigos” y vigilancia, todo para “normalizar” y hacer del individuo un ser socialmente productivo.  
- ¿En qué radica la “autoridad autoritaria” del maestro?, ¿por qué los alumnos “tienen que obedecerle”, “hacer lo que él diga? Él es “el que sabe”, tiene “la experiencia” y “los conocimientos”, está capacitado para transferir la información, “su título le avala”; y en ese sentido su autoridad solamente es formal, no real, no legítima, en tanto que no se vincula a la autoridad ética, a la congruencia entre pensamiento, palabra y acción.  
- El maestro “también reacciona”, su actitud es tan pasiva como la de los alumnos, porque él también se limita a observar, se resigna a hacer lo que no quiere, lo que no le interesa, obedeciendo o siguiendo las instrucciones de “autoridades superiores” a él, irónicamente de igual modo bajo amenazas sutiles de castigos o sanciones, pero con reflejo en su sueldo o su permanencia dentro de la escuela. Esto en el mejor de los casos, porque así como hay alumnos antipáticos, igualmente existen y dan clases maestros que  dañan y deterioran las instalaciones de la escuela, que disimuladamente obstruyen proyectos, órdenes, decisiones pactadas con los coordinadores y directivos; maestros que -quiero pensar que inconscientemente- hacen todo esto como procedimiento de lucha contra los patrones y en mayor escala el Estado, creyendo que son estos la causa de su frustración.

h) Autoestima y valoración negativas del maestro
- Se comprende que en un momento dado los alumnos no quieran estar aquí, puesto que no es decisión suya, sino de sus padres, de una u otra forma, persuadidos, convencidos, condicionados, obligados o hasta amenazados, vienen a la escuela con origen de una decisión ajena, externa a ellos. Pero que el maestro adopte como ellos una actitud pasiva, resignada, que haga lo que no quiere ni le interesa limitándose a cumplir con lo que supuestamente es su deber, simplemente no se comprende, porque él es adulto y como tal no vive sujeto a decisiones de otros, por lo contrario, en su madurez intelectual y emotiva, en libertad, en su conciencia y responsabilidad respecto a lo que hace, siempre actúa por interés propio, con el gusto y la alegría de quien conoce el sentido de su acción.
- No es así en el caso de todos, algunos maestros no somos adultos, no actuamos con madurez, libertad, conciencia ni responsabilidad, vivimos sujetos a decisiones y opiniones ajenas; en realidad no nos interesa la educación y así, estamos en la escuela haciendo cosas que no queremos, anhelando con la misma intensidad que los alumnos -o tal vez más- el próximo periodo vacacional, suspirando en la espera porque este semestre termine y entre tanto brincando de júbilo por cada día festivo, -no por la fecha que se conmemore, que muchas veces desconocemos, sino porque para nosotros significa “no clases”-.
- Frente a lo cual, pregunto: ¿por qué el maestro no está interesado?, ¿por qué él tampoco quiere hacer esto, estar aquí? Creció con el prejuicio de que “estudiar, hacer una carrera”, “nos hace alguien en la vida”, “nos abre puertas”; poco a poco “descubrió” que quería trabajar, “tener un buen trabajo”, “ser reconocido como profesionista”. De este modo, cuando ya estaba en “la prepa”, se le “motivó” para “concientizar” su vocación y con base en esta “decidir” qué estudiar, qué “carrera cursar”… El punto es que hoy que es un “adulto” egresado de la universidad y con el título respectivo, “por diversos motivos” no encuentra, no tiene, un trabajo “en su área”… Y en el apremio por conseguir “ingresos económicos” -“para todo se necesita dinero”, se queja- la docencia le ha parecido una buena opción: “solo” le piden el título y aunque la paga no es lo quisiera, “es dinero fácil”, puesto que “solo” hay que dar clases -exponer lo que se sabe, lo poco o mucho que se aprendió en la universidad-, además teniendo “tantas vacaciones” y “un horario tan cómodo” -comparado por ejemplo con los trabajos de oficina- resta tiempo suficiente para seguir intentando desarrollarse en “la que sí es su vocación” -comentario generalmente en voz de los maestros hombres- o para atender los quehaceres domésticos, incluida la crianza de los propios hijos -explicación ofrecida por muchas maestras-.
- Regreso unos renglones, ¿cuáles son esos “diversos motivos” por los que no se desarrolla laboralmente en el área práctica que corresponde a sus estudios y alternativamente está aquí, como docente, “profesor frente a grupo”? Resulta de gran importancia conocer “esos motivos” porque finalmente, como él mismo dice y repite cada vez que se le reprocha algún error en torno a la eficiencia de su labor educativa: él no estudió “para ser maestro”, él estudió “para algo más”…
- “Diversos motivos” que se tocan y sintetizan en la incongruencia entre lo que quería, lo que le interesaba y lo que hizo -y hablo en pretérito porque cree que ya nada se puede hacer al respecto-: él quería estudiar música, pero le dijeron que no encontraría trabajo y entonces estudió derecho -de eso siempre hay “chamba” porque siempre hay pleitos-; él soñaba con ser médico, pero sus papás se opusieron argumentando que es una carrera larga y cara, por lo que escuchando el consejo paternal ingresó a la facultad de contabilidad, como todos los hombres de la familia han hecho; en realidad no le interesaba la ingeniería, aunque “se gana bien” y por ello renunció a estudiar historia… De manera que, desde el inicio no hizo lo que quería, lo que representaba para él un interés auténtico, una actividad realmente significativa en su vida, desde el principio se resignó a hacer algo que no quería…, “dejándose llevar” por opiniones, expectativas y decisiones de otros, pero sobre todo por la retribución económica de su futuro laboral.
- Pasados los años no encontró trabajo en lo que estudió, entró aquí y repite un cierto patrón de conducta que imposibilita su autorrealización al tiempo que obstaculiza la de los alumnos, aunque en esto pocos piensan y reflexionan, los directivos se enfocan en lo próximo evidente, nuestro profesionista con título universitario y hasta posgrados, “lo hace mal”, “no sabe dar clases”, los alumnos se quejan de aburrimiento, malos tratos, injusticias, ineficiencia, ignorancia, mala expresión verbal, impuntualidad, falta de disposición, entre otros defectos, que al aparecer de las autoridades superiores en la escuela se verifican en un mal balance del trabajo docente, es decir, bajas calificaciones, alto índice de reprobados, vergonzosos resultados en la “prueba enlace”, todo lo cual preocupa a dichas autoridades no tanto por la consecución o no de nuestra finalidad educativa, sino por el riesgo que representa como merma en la matrícula escolar. 
- A pesar del olvido, de que nadie lo recuerde o no lo considere en la escuela, el maestro también es persona… una persona que por general se siente mal, por un lado porque “como profesionista” “no la hizo, terminó dando clases”  y por otra, “como maestro, tampoco la hace”, sus alumnos no aprenden, reprueban, desertan, y de los que se gradúan pocos ingresan a la universidad, en una frase, se le atribuye el malestar de nuestro sistema educativo. El maestro, también es persona, ¿cómo se siente respecto a esto? Su autoestima y la valoración que hace de su trabajo, de su labor docente, son cada vez más negativas: “Pasarse las vida profesional tratando de imponer a la gente joven el aprendizaje de unos larguísimos programas, realizando constantes y traumáticos exámenes, aburridísimas evaluaciones, otorgando implacables notas y frustrantes suspensos… con uno que otro aprobado y pocos notables y sobresalientes, no parece un resultado muy gratificante para la realización personal de la enseñanza y la educación.” (Schmill, 2008: 23) Vivencia que repercute en él y en sus alumnos, lógicamente también en forma negativa.

Así, los alumnos -con mira en el futuro- y los maestros -pensando en el presente y como resultado de su pasado- aprenden y enseñan respectivamente, considerando la ganancia monetaria como aquello -si no es que lo único- que otorga sentido, que da valor y significado a la educación, a la actividad educativa, al hecho de venir, ser y estar en la escuela. Cuando lo preferible es que lo pecuniario también sea resultado, pero no el motivo principal de la acción.

Por lo tanto, en un lugar donde casi nadie quiere estar, donde casi todos en actitud pasiva se resignan a hacer lo que no quieren porque no les interesa “en verdad”, “en sí y por sí”, se impone y reina, porque incluso se requiere, la autoridad patriarcal.

Autoridad patriarcal correspondiente a la sociedad con un principio estructural patriarcal donde el principio supremo es el Estado, la Ley como abstracción, que en la dimensión de la unidad social más pequeña, más cercana, o sea la familia, se concreta en la figura paterna, cuyo equivalente en el centro de educación formal es el maestro. De tal forma que tanto “en la casa” como “en la escuela”, los principios rectores de la vida son impuestos desde fuera y en consecuencia “el deber moral” radica no en el interior de la persona -convirtiéndose entonces en actuación ética-, sino en la autoridad patriarcal.

Expresado de otro modo, así como los padres condicionan al hijo, en la casa, mediante premios y castigos, el maestro en la escuela continúa, da seguimiento a este patrón conductual a través del mismo mecanismo: aplicación de premios -en lo inmediato, buenas calificaciones, y en lo mediato, un buen empleo- y castigos -en lo mediato, malas calificaciones, reportes, suspensiones…, y en lo mediato mínima posibilidad de obtener un buen empleo-.

Fenómeno de condicionamiento, bajo el nombre de “educación”, que presenta en ambos sitios, casa y escuela, en ambas comunidades educativas, familia y maestros, el rasgo de que los premios se sintetizan en amor, inclusión en el grupo, y los castigos, en rechazo, marginación respecto al grupo. Donde inclusión y marginación se traducen en última instancia como “tener” y “no tener”, respectivamente.

La cuestión es que en la imposición externa del “deber moral”, dado que este no surge del interior de la persona, ni esta se apropia de él, ya en la actuación moral quedan escindidos los factores “carácter” -intención, motivo- y “conducta” -consecuencias-, otorgando primacía al segundo de ellos. Tratándose entonces de la concepción sobre la actuación moral como “moralidad externa” -sobrevaloración de la conducta-, asociada con el actuar “por deber”, conforme a la ley general que está por encima de la consideración personal. Concepción opuesta a la “moralidad interna” -centrada en los motivos de la acción-, vinculada con actuar el “por interés”, en un sentido egoísta, por encima del bienestar común.

En esta perspectiva fragmentaria de la actuación moral que no considera el carácter, intenciones, motivos e intereses del individuo, se recurre en la imposición del orden, en el seguimiento del deber, a la autoridad patriarcal que aplica premios y castigos, -situación que propicia la mentira, la hipocresía y la “doble moral”-, que condiciona -con base en estímulos- sin generar una conciencia y conducta éticas -con fundamento en motivos-.

Perspectiva incompleta de la actuación moral que en la enseñanza implica una cierta forma de coacción, de pugna entre voluntades, en que la autoridad marca qué se debe y qué no se debe hacer; así, el maestro autoriza y prohíbe, el alumno cumple con el deber por miedo a los castigos o bien, no cumple en desafío a la autoridad y “su poder”, en ambas alternativas actuando sin conciencia ni responsabilidad verdaderas, sin libertad auténtica.

Debido a todo lo cual puede afirmarse que la educación moral y cívica impartida en la escuela se funda en la moralidad externa, situación en que  usualmente no  coincide lo quiero, lo que me interesa, con lo que hago; por lo que hablando con rigor dicha educación es realmente “adoctrinamiento moral”.

5- Educación moral y cívica impartida en la escuela

i) Moralidad externa
- Moralidad externa que contiene el supuesto “es mejor actuar por principios, por deber, y no por interés”. Supuesto inaceptable porque contiene varios errores: se considera al yo como algo ya hecho y separado del interés, donde el yo es fin respecto al cual el interés por los objetos y los actos es simple medio, afirmando así que los principios justifican las actividades, explica J. Dewey.
- Lo cierto es que el yo no es algo ya hecho, sino algo en continua formación mediante la elección de la acción; por tanto, yo e interés son un mismo hecho, en que el interés significa identidad activa o motora del yo con cierto objeto; asimismo, los principios no justifican las actividades, puesto que son la continuidad de la actividad, incluso ellos mismos requieren justificación; aunado esto a la consideración de los deberes como actos específicos necesitados para la realización de una función, la tarea de cada uno, continúa J. Dewey.  
- Como todo, partir de un supuesto equivocado tiene consecuencias: al escindir el yo de su intención, motivos, e intereses, no hay fuerza interna que mueva al alumno para actuar, carece de “motivación”; la cual es sustituida por una fuerza externa, “estimulación”.
- Esta fuerza externa o estimulación que empuja, jala al alumno para que actúe conforme a determinados principios y deberes, generalmente “se materializa” en “ganancias”: los padres prometen al hijo “algún regalo” si “saca” buenas calificaciones y los maestros aseguran al alumno “buenas calificaciones” si “cumple” con sus respectivos deberes.
- De este modo, bajo el deficiente silogismo: si cumplo con los deberes, saco buenas calificaciones; si tengo buenas calificaciones, mis papás me dan un regalo, el alumno actúa “concentrado” en las consecuencias y no ya en sus actos, porque estos no constituyen fin en sí, sino medio para un cierto objetivo. En otras palabras, el alumno estudia, trabaja no por la acción misma, no por el fin en sí que representa la acción, sino por sus consecuencias, por la ganancia que retribuye, convirtiéndose la acción en actividad.
- Vivencia que es negativa cuando el extremo valor dado a las consecuencias, las ganancias, conlleva la ruptura de estas con sendos actos. Ruptura acción/consecuencias, en que ilusamente se cree que no es necesario “actuar”, basta con “desearlo” y “decidirlo” para obtener la ganancia -es suficiente desear ser delgado y decidir mejorar la alimentación para que fácil y pronto obtengamos el cuerpo “soñado”-. Ruptura que deja en el olvido el hecho de que toda actuación humana, acciones y actividades, así como la consecución de resultados o fines requiere disciplina y persistencia.
- Así, maestros y alumnos omitiendo que nuestras consecuencias -ganancias- dependen de nuestras acciones y que estas a su vez se vinculan a la voluntad, esquivando el esfuerzo por ser disciplinados y persistentes, carentes de interés por lo que hacen, faltos de motivación, aunque “deseosos y decididos” por obtener las ganancias prometidas, se sujetan, se dejan guiar, a jalones y empujones, por la fuerza externa del estímulo; dicho con respeto, para “enseñar bien”, el maestro exige “estímulos” de puntualidad, de asistencia, bonos por antigüedad, y el menor, como buen alumno, hace lo mismo, para “aprender bien”, exige “estímulos” como “puntos extra”, diplomas, medallas, etc., en la escuela, y en la casa, “regalos” como ropa, viajes, boletos para conciertos, coche… De manera que al final del día, lo digo con respeto, maestros y alumnos, más que actuar reaccionan por el condicionamiento clásico “estímulo-respuesta”.

j) Adoctrinamiento moral
- Educación moral como instrucción, o adoctrinamiento, en que la formación de hábitos es mecánica, esto es, mediante promoción y repetición, sin llegar a constituir virtud alguna puesto que siempre tendrán que mediar premios y castigos para que el individuo actúe conforme a los principios y deberes marcados.
- Mecanismo de condicionamiento, de promoción y repetición de hábitos, en que “el premio” resta valor a la acción en sí y por sí misma a tal grado que el alumno, el maestro, se acostumbran a actuar solo si hay de por medio algún premio que obtener. ¡Cuántas veces los alumnos preguntan: “¿y qué nos va dar?”, “¿y cuánto vale para la calificación?”! ¡Más de una ocasión escuché a los maestros decir: “cada vez tenemos que hacer más y el sueldo no aumenta”, “yo no voy, yo no lo haré, si ni siquiera pagan horas extras”! 
- En cuanto a los castigos, -por lo general baja calificación para el alumno y reducción de horas frente a grupo para el maestro- se afirma que deben ser dolorosos, “que le lleguen” al individuo que no cumplió su deber, -según la creencia de que solo a través del dolor aprendemos y se incrementa la conciencia-; de modo que en el intento por encontrar castigos que duelan se pierde de vista que para que una persona se dé realmente cuenta de lo que hizo, en su caso, del daño que provocó, debe relacionar su acto de reparación con la persona, entorno o situación que afectó, y así, casi siempre la sanción se desvincula del acto realizado -nada tiene que ver con la falta cometida-. Igualmente, en la mayor parte de los casos, el castigo es desproporcionado a su importancia, es decir que no distingue diferencia alguna entre las “faltas” con base en la trascendencia del acto cometido, por lo contrario se asigna la misma importancia a asuntos que tienen diferente trascendencia entre sí, tal que se aplican medidas semejantes tanto a lo trascedente como a lo intrascendente, y/o se castiga con demasiada fuerza ante faltas sin mayor importancia o muy suavemente, o nada, ante faltas graves . Sintetizando y parafraseando a V. Schmill, en el adoctrinamiento moral el castigo es una sanción dolorosa, desvinculada del acto realizado, por lo general desproporcionada a su importancia, en un intento fantasioso por producir una reflexión moral que conduzca a un cambio de comportamiento. 
- Situación que refleja, como parte de la autoridad y disciplinas estúpidas pertenecientes al adoctrinamiento moral, la determinación sobre qué castigos aplicar y cuándo tomando como criterio el estado de ánimo o emociones de la autoridad rectora, del maestro.
- Lo irónico es que este condicionamiento “estímulo-respuesta”, en el mecanismo de promoción y repetición de hábitos, que busca sujetar al individuo, su conducta, conforme a principios rectores, deberes, impuestos por autoridad externa, no funciona, precisamente porque ni la autoridad misma termina de sujetarse a tales principios, porque ni el propio maestro cumple su deber. En una frase, el adoctrinamiento moral no cumple su cometido, que los individuos rijan su vida, actúen siempre por deber moral, debido a la incongruencia que entraña.
- La autoridad, el maestro, transmite, “enseña” cuáles son los deberes a cumplir, qué principios deben regir la propia conducta, pero lo hace de manera “meramente simbólica”, es decir, en forma convencional y verbal, porque no coincide “lo enseñado” con su disposición habitual, con su “norma” real de valoración, explica J. Dewey. El maestro enseña los deberes y los valores como símbolos que no se traducen adecuadamente en realidades; abriéndose el abismo entre lo que se dice, profesa, y hace, entre lo que prefiere hacer y lo que tiene la aprobación de los otros: incongruencia. Por ejemplo, exige a los alumnos trabajar “en equipo”, cuando él se rehúsa a participar en actividades docentes “por academia”; prohíbe a los alumnos comer dentro del salón de clases, mientras él disfruta en ese sitio de un rico helado; no recibe trabajos fuera de la fecha indicada y él no entrega a tiempo la planeación que le ha solicitado el coordinador; levanta reportes a los alumnos por el “uso de vocabulario altisonante” y él se expresa “peor”, aunque en lugares donde los alumnos no le escuchen; aconseja a los alumnos no fumar y “se esconde” en el estacionamiento para “echarse un cigarrito”; promueve la lectura entre los estudiantes, mientras él no hace las lecturas acordadas por el “círculo lector” al que voluntariamente pertenece; en el día “da clases”, “educa” jóvenes, y a partir de las seis de la tarde atiende su “negocio”, un bar al que incluso acuden sus alumnos “más cercanos”… Pero este abismo de la incongruencia no es consciente y da por resultado una especie de hipocresía inconsciente, inestabilidad de disposiciones.      
- Consecuentemente alumnos y maestros cumplen no porque hayan pensado por sí mismos, no porque hayan decidido, porque estén convencidos, no porque estén conscientes de que toda actuación modifica la disposición en la asociación con los demás, sino porque de una u otra manera son obligados; su actuar probablemente sea “moral”, acorde al deber moral, a los principios que conducen al bienestar propio y común, pero no “ético”, porque no son conscientes de qué hacen y para qué, no se apropian de su conducta  tras deliberar, elegir, decidir y actuar, no son realmente dueños de sí, de su hacer y deshacer, antes bien, viven con cierto grado de alienación, en condición de sujetos que intentan cumplir con lo que se les pide, siempre en la mediación de premios y castigos. De esta forma, la educación moral que se da en la escuela se reduce a una especie de instrucción o lecciones sobre lo moral que no son más que los otros piensan acerca de las virtudes y deberes, información remota y desnaturalizada que no afecta profundamente el carácter, que no se traduce en la conducta de la persona de modo significativo.

6- Ambiente social en la escuela

k) Ambiente de sociedad; suma de “individualidades”
- Ninguno de los dos, ni maestro ni alumno, están aquí por interés realmente propio, sino por necesidad o deber, por obligación que marca la autoridad, la Ley, el Estado: los menores deben estudiar, ir a la escuela, los mayores de edad deben trabajar, en este caso, como maestros, dando clases.
- Así, no hay participación auténtica, menos aún coparticipación entre maestros y alumnos: no están realmente interesados en enseñar ni en aprender; el primero se asume como “sujeto” que in-forma al segundo, quien en actitud de “objeto”, se deja in-formar, recibe, acepta lo que se le da.
- La actuación más humana, la labor más personal, interpersonal, que puede haber, la interrelación maestro-alumno, educador-educando, cae en la “des-personalización”. De hecho, afirman algunos, particularmente en las escuelas “de paga”, la educación es un negocio en que el alumno es “cliente” y como “el cliente manda”, se culpa al maestro por los malos resultados en las calificaciones, por la disidencia escolar…, afirmándose que ellos son los responsables porque sus clases son aburridas, su didáctica ineficiente… Sí, decían mis compañeros, a ellos -refiriéndose a los directivos- no les interesa que los alumnos aprendan, solo quieren que “pasen”, para que no se vayan y que sigan pagando…
- Lo relevante en este punto es que las relaciones personales dentro del centro educativo se caracterizan por la “des-vinculación”, por la falta de consciencia sobre la vinculación con el otro, de la coexistencia, unión, necesidad mutua o interdependencia, en que cada uno es responsable de sus actos no solo respecto a la propia vida, sino también respecto a las otras personas; maestros y alumnos olvidamos o ignoramos que todo lo que hago afecta en mí y en los otros, que todas nuestros actos conllevan una triple responsabilidad: de mí, de los otros y de la realidad.
- En la escuela olvidamos lo esencial en toda actuación humana: consideración y tratamiento de sí y de los otros, como personas; somos inconscientes de lo fundamental en nuestra vida, la relación personal y social que conlleva.
- De este modo, en la inconsciencia sobre la unión o vínculo universal, el “nosotros” que entraña la verdad “todo es uno, uno es todo” , resulta imposible el desarrollo de nuestra asociación como comunidad, por lo que el ambiente social de la escuela es el de sociedad, constituida por derecho -reitero que en nuestro país la educación es derecho y obligación de los ciudadanos- y en seguimiento a un fin común, a saber, transmitir y reproducir la cultura del grupo social, a la vez que capacitar al educando para su futura inserción laboral, en la sociedad.
- Ambiente de sociedad caracterizado porque todo en ella se encuentra “aislado”, en la vivencia fragmentada, inconsciente respecto a los niveles o dimensiones de la realidad:  “separado de sí”, del propio yo, en el desconocimiento de la propia subjetividad, sin identificar con claridad y exactitud qué siento, qué me interesa y lo que pienso, sin saber cómo manejarlo ni expresarlo; “en la ruptura entre el yo y los otros”, por un lado, aprendiendo-memorizando lo que otros han dicho y hecho, sus conocimientos y estudios físicos y sociales, lejos de mí, sin vinculación conmigo, con mi vida, y por otro, sin establecer una relación interpersonal verdadera con las personas que me rodean, presentes en mi vida, quiéralo o no;  “en el superficial nosotros”, porque nuestra comunicación es solo objetiva, porque el fin que “nos une” no es nuestro, nos ha sido impuesto, porque en el fondo se trata de relaciones de poder y discriminación.
- Ambiente de sociedad, sin vínculo auténtico, donde la empatía no tiene cabida y lo que priva es el individualismo, desde el cual el yo se vive como “ser suficiente”, autosuficiente, cuando en realidad es “ser indigente”, siempre necesitado del otro, cuyo existir es siempre co-existir; al tiempo que, también dentro del individualismo, el yo se percibe como “espíritu aislado”, a tal grado independiente del mundo, del ambiente en que se encuentra, considerándolo como cosas separadas de él, que no “ve”, ni siquiera “imagina”, cómo sus actos determinan, configuran al mundo, cómo de alguna manera está en el yo, en sus manos, la posibilidad de transformar todo esto que hoy critica porque le disgusta y oprime.
- Y bajo esta consideración, en que las cosas “son” con independencia de nosotros y viceversa, por lo que nada podemos hacer para cambiarlas, en la repetición de nuestra actitud pasiva a que nos hemos acostumbrado dolientemente, maestros y alumnos nos resignamos a estar aquí y de esta manera, haciendo de nuestra agrupación, una asociación de egoístas, suma de individualidades donde cada uno busca “salirse con la suya”, “sobrevivir” de la mejor manera posible sin contemplar nunca el bienestar común, la felicidad compartida. 

Sintetizando, en la escuela se enseñan y se aprenden prioritariamente saberes intelectuales,educación intelectual; ¿cómo?, mediante la exposición magisterial y aplicación del método escolástico. Enseñanza y aprendizaje con visión unilateral que deja fuera la educación de lo no-racional, que desatiende la subjetividad de cada uno en el olvido de la cohesión cuerpo/espíritu, situación que conlleva el manejo un “único discurso”, “la Verdad Absoluta”, que en su establecimiento e imposición requiere de la autoridad y disciplina “estúpidas”. Práctica educativa que deriva en rechazo y marginación, al tiempo que en autoestima y valoración negativas del maestro, porque toma como fundamento la moralidad externa, haciendo de la educación moral llano adoctrinamiento moral. Todo lo cual desemboca dentro de la escuela en ambiente de sociedad, suma de individualidades, donde cada una busca el propio beneficio.  

Esta es nuestra vivencia cotidiana en la escuela… ¿Y dentro de este mar de errores y confusión, qué sentimos alumnos y maestros?, ¿cuáles es nuestra actitud imperante?  Hastío y aburrimiento, -tristes estados de ánimo en la persona adulta, que se lamenta aunque se conforma porque “en fin que ya hizo su vida”; inaceptables sentires en la persona joven porque suelen enraizar en su espíritu como desesperanza y derrota frente a sí y frente a todo.-

“Hemos hecho una escuela triste, monótona, pasiva. En no pocas escuelas predomina la rutina, el cansancio, el aburrimiento… Hemos convertido la escuela en una tribuna donde hay un auditorio condenado a escuchar, aunque sea de un modo aburrido y somnoliento. Hemos reducido la escuela a un lugar para aprender cosas, cuando debe ser un lugar para vivir, relacionarse, cooperar. Un lugar de amistad y de encuentro.” (Valero, en Schmill, 2008: 28 y 29)


Referencias bibliográficas:

1. Bachrach, Estanislao (2013). “Ágil mente”. Aprende cómo funciona tu cerebro, para potenciar tu creatividad y vivir mejor”. México, Ed. Grijalbo.
2. Dewey, John (2004). “Democracia y educación. Una introducción a la filosofía de la educación”. España, Ed. Morata.
3. Fromm, Erich (1993). “El amor a la vida”. España, Ed. Altaya.
4. Savater, Fernando (2004). “El valor de educar”. España, Ed. Ariel.
5. Schmill, Vidal (2008). “Disciplina inteligente en la escuela. Hacia una pedagogía de la no-violencia”. México, Ed. Producciones Educación Aplicada.
6. Tuirán Gutiérrez, Rolando (2014). “IV Foro para la revisión del Modelo Educativo del Nivel Medio Superior”. Excélsior (en línea). Disponible en:  http://www.excelsior.com.mx/nacional
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domingo, 22 de marzo de 2015

cerrar un ciclo

Cerrar un ciclo. 

Termino con el café filosófico (por ahora).



"The Balance", by Christian Schloe.

A partir de las vivencias, surgen sentimientos e ideas, pensamos sobre tales vivencias, sentimientos-emociones e ideas que de ahí surgieron, las reflexionamos, nos dan vuelta en la cabeza, bajan hacia el corazón para subir de nuevo entablando un diálogo-ida-y-vuelta entre lo que pienso y lo que siento sobre lo que vivo, lo que he vivido y lo que quiero vivir… En ese vaivén y en algunas ocasiones a partir del entramado o enredado –según sea el caso- de hilos racionales e hilos emocionales ¡se arma un plan! Construyes un proyecto y una vez que sientes, crees está suficientemente fundamentado, te lanzas a concretarlo, ¡hacerlo realidad!... (Esto es en parte lo que me sucede, seguramente a otras personas también, cuando decido hacer algo.)

Así comenzó para mí lo que en su momento llamé “la práctica de mi actividad filosófica <no académica>”: organizar “nuestro café filosófico” y redactar este blog. De este modo, en las primeras tres publicaciones establecí los fundamentos teóricos de dicha práctica, en las tres siguientes compartí el antecedente de mi nueva práctica filosófica, ya en la cuarta y quinta entradas del blog expliqué el “qué”, “para qué” y “cómo” del filocafé, además de un poco historia sobre el mismo, considerando que siempre es importante comprender “qué se hace” y “para qué”.

El viernes 30 de enero de 2015 a las 18:30 hrs, día y hora consensados con los participantes, tuvimos nuestro primer café filosófico… el cual, en pocas palabras, no fue lo que esperábamos, pareció un “re-encuentro” de profesoras y alumnos, más que una práctica filosófica. Intentando mejorar, por iniciativa de los asistentes y mediante votación se estableció qué tema trataríamos en el siguiente café; el acuerdo democrático y casi unánime, aún así tampoco el segundo café cubrió nuestras expectativas…

Podría detallar a manera de escrito periodístico, es decir, responder a las siete famosas preguntas que conforman una noticia: ¿qué?, ¿quiénes?, ¿cuándo?, ¿dónde?, ¿cómo?, ¿por qué?, y si resulta pertinente al caso, ¿para qué? Pero lo que yo intento aquí y en este momento no es “contarles el chisme” –sin que esto signifique que las noticias son un chisme, depende del tratamiento que se les dé-, lo quiero es “cerrar un ciclo”. Bien podría “desaparecer” y ya, no soy así, todo lo que inicio, lo termino; si abro algo, no me voy sin antes cerrarlo.

La tercera reunión, el pasado viernes 20 de marzo, trató de eso, agradecerles su interés en ayudarme a concretar este plan y explicarles por qué decido terminarlo:

Desde mi perspectiva la vida no se trata de “caer y levantarse”, para caer más adelante y levantarse de nuevo; la vida no consiste en “caídas” y “levantadas” sucesivas, cadena cuyos eslabones son ensayo-error-ensayo-error… No quiero que mi vida sea una gran experiencia del tipo “ensayo-error”, quiero, decido y trabajo porque sea una “experiencia reflexiva”, que mis acciones tengan sentido porque sé bien “qué hago” y “para qué”.

En el caso de este proyecto, de esta idea que intenté concretar, hacer realidad –me refiero a nuestro café filosófico-, no me conformo con reconocer que no salió bien, no como queríamos, antes bien, me detengo, reflexiono y analizo “por qué no ha funcionado” y “cómo habré de hacerlo en una experiencia futura” para lograr mi objetivo o aproximarme cada vez más a su concreción.

Esta es una de las razones por las que amo leer, -y aprovecho como siempre que tengo la oportunidad, para agradecer a la persona que me enseñó, aunque no se enteré: infinitas gracias, Maestra Graciela Méndez Mancilla-, leyendo siempre encuentro algo y/o alguien que me “da luz”… Así, buscando comprender por qué no resultó como quería y qué necesito modificar para la consecución del resultado anhelado, encontré a Isaac Asimov y lo que él define como “cerebration sessions”, las cuales inmediatamente asocié con los cafés filosóficos por la finalidad que en cierto sentido comparten: proceso creativo, elucubración y nuevas ideas, reuniones-diálogo con el propósito de obtener-generar-crear ideas.

Escuchando a Asimov comprendo claramente qué faltó, qué debo agregar-cambiar para la próxima. Aunque antes de explicitar qué fue, quiero aclarar que no es responsabilidad mía o no solamente mía, sino nuestra, porque la práctica filosófica propuesta al igual que toda actividad-acción humana encierra corresponsabilidad, se comparten los actos y las consecuencias de estos. De hecho este sería el tema de nuestro último café, la idea-intención era que juntos analizáramos que ocurrió, no hubo oportunidad de que así fuera, no cuando fueron más los ausentes que los presentes… Por ende, mi análisis expresado en los siguientes renglones se refiere únicamente a mí en calidad de “organizadora”, no puedo hablar por los otros, por los otros que de una u otra manera participaron en el café.

Esto es lo que me faltó: relax.

En el DRAE “relax” está definido como “relajamiento físico o psíquico producido por ejercicios adecuados o por comodidad, bienestar o cualquier otra causa”. Al indagar en el mismo diccionario sobre qué es “relajamiento”, me remiten al verbo “relajar”, que presenta trece acepciones y entre las cuales considero pertinentes al asunto en cuestión solamente dos: “esparcir o distraer el ánimo con algún descanso” y “conseguir un estado de reposo físico y moral, dejando los músculos en completo abandono y la mente libre de toda preocupación”.

Me faltó “relajamiento” no físico, sino psíquico, porque no me sentía “cómoda”; me faltó relajamiento porque en la “incomodidad” no logré distraer mi ánimo, no conseguí un estado de reposo moral en el que mi mente se sintiera libre de toda “preocupación”.

Ahora bien, ¿por qué no me sentía “cómoda”, por qué no me sentía “libre de toda preocupación”? De una u otra forma ya lo mencioné, quedó anticipado cuando dije que “pareció un re-encuentro de profesoras y alumnos”. “Transportamos” nuestros roles de “maestra” y “alumn@” a nuestro café filosófico; rol, función, papel, envestidura o como se le quiera llamar, de “maestra”, que al menos para mí conlleva una “Gran Responsabilidad”, sí en sentido-connotación positiva, pero que no corresponde, no es oportuna ni aporta al tipo de reunión-diálogo del que hoy se trataba, el filocafé como modalidad de la filosofía práctica no académica, no formal. Aunado a lo anterior y ya en un nivel individual-persona singular, actualmente mi mente no está “libre”, aunque tampoco “pre-ocupada”, sino “ocupada” casi por completo en la concreción de otro proyecto y hacer bien las cosas en nuestro café filosófico, esto es, de manera que logrará su propósito, requeriría que “realmente nos ocupáramos de ello”, para lo cual, basándome en las evidencias, en los hechos, categóricamente afirmo que “no es el momento”, no para mí ni para ustedes.  

Sintetizando, nuestro café filosófico-cerebration sessions no se desarrolló de acuerdo al plan, no cumplió con su propósito porque careció del que quizás sea el principal –en el sentido de que es lo primero que debe darse- ingrediente, elemento, factor para que este tipo de reuniones creativas prosperen: “un ambiente absolutamente relajado en el que los participantes discuten temas interesantes sin sentir ninguna responsabilidad”. 

Así, hoy termino con el café filosófico (por ahora).


Gracias por el interés expresado a través de “likes”, “mensajes inbox”, 
“mensajes en el muro”, por la disposición manifiesta en su “asistencia”; 
gracias también por el interés o curiosidad que les mueve a leer mis publicaciones 
y del que me entero por las “estadísticas” en el blog. 
Gracias lejanas y virtuales, no obstante sinceras y humanas.



domingo, 15 de marzo de 2015

¿qué hacen los filósofos? / sobre ser y tener

¿qué hacen los filósofos? / sobre ser y tener / 

sin filosofía me pierdo yo y se pierde el mundo 


La vida humana exige una explicación, el hombre manifiesta un impulso vital por conocer la realidad, por comprender la totalidad. Para lo cual, necesita en principio, conocerse, desarrollar su autoconocimiento, porque en la medida en que conozca los motivos, la motivación subyacente, consciente o inconsciente, a su conducta, se acepta como es y decide realmente -esto es tomando como fundamento sus ideas, sus sentimientos y no los de otros- cómo ser, qué hacer. Autoconocimiento y autonomía son correlativos; en la medida en que me autoconozco, soy autónomo, me autodetermino, soy libre. Al respecto, escribe E. Fromm: “Esa minoría ha redescubierto con mayor o menor claridad una antigua verdad: que el hombre no vive solo de pan, que el poseer y el poder no bastan para garantizar la felicidad, sino más bien producen angustia y originan tensiones. Estos hombres desean dedicarse a otro fin: a ser más, en lugar de tener más, a llegar a ser más razonables, a abandonar las falsas ilusiones y a eliminar las circunstancias que posibilitan el mantenimiento de esas ilusiones.”[1]

Esa minoría, estos hombres,  de que habla E. Fromm, son los filósofos y quienes de una u otra manera, con una u otra intensidad nos acercamos a la filosofía. ¿Y en qué consiste esa antigua verdad que intentan recuperar? ¿Qué significa que el hombre no vive solo de pan, de posesiones materiales y poder?

El ser humano es un ser activo, ejecutivo; coexiste en el mundo con las cosas, no se encuentra junto a ellas en forma estática; es y se hace con las cosas. El ser humano siempre está en movimiento y se dirige hacia su felicidad, según quedó dicho junto a Aristóteles, entendida como el pleno desarrollo del entendimiento y la voluntad. Aseveración que corresponde a la concepción clásica de actividad y pasividad, donde la primera “… se entiende como algo que da expresión a las fuerzas ínsitas en el hombre, que da vida, que ayuda a la eclosión tanto de las capacidades corporales como de las afectivas, tanto de las intelectuales como de las artísticas.”[2]; y la pasividad como el reaccionar a algo o el simple ser impulsado.

En oposición a tal concepción de la actividad y la pasividad se encuentra la concepción vulgar que supone como actividad todo hacer dirigido a un fin y que requiere energía; desde esta perspectiva activo es el que se esfuerza y su hacer produce un efecto visible, consecuentemente se cree que siempre debemos hacer algo que tenga un fin, con lo que se logre algo, de lo que resulte algo, explica E. Fromm, en tanto que alguien es considerado pasivo cuando lo que hace no produce utilidad visible, cuando no se puede descubrir algún resultado, de esta forma la pasividad parece carente de fin, es una actitud en la que no se observa gasto de energía. 

Asimismo, la concepción clásica de actividad puede ser referida como el “ser más”, es decir, cuando la actividad del hombre se dirige a la prosecución de todas sus capacidades, a saber, intelectuales, afectivas, corporales y artísticas; y la concepción vulgar, como el “tener más”, esto es, cuando la actividad del hombre tiene por objetivo o fin la producción, la generación de bienes materiales, de efectos visibles.

Concepciones sobre actividad y pasividad

Actividad
Pasividad
Concepción clásica
Ser más
* Lo que da expresión a las fuerzas ínsitas en el hombre, es decir, que ayuda a la eclosión tanto de las capacidades corporales como de las afectivas, tanto de las intelectuales como de las artísticas.
* Prioriza los actos, lo que se es y se hace. Siempre refiere acciones; se expresa en verbos.
La persona habla de lo que es, de su actividad, de los sentimientos que la agitan, pero no sobre un objeto o una posesión.
* Ejemplo[3]: “… me siento desdichada, estoy satisfecha, estoy preocupada, amo a mi marido o quizás no lo amo o dudo al respecto.”

El reaccionar a algo o el simple ser impulsado.

Concepción vulgar
Tener más
* Hacer que se dirige a un fin y que requiere energía; esfuerzo que produce un efecto visible, que logra o de lo que resulta algo.
* Prioriza las cosas, lo que se posee y se tiene.
Refiere pertenencias; se expresa con sustantivos.
El mundo aparece como objeto del tener.
* Ejemplo: “<Tengo> por cierto un matrimonio feliz, <tengo> también dos hijos, pero <tengo> muchas dificultades.”

Cuando lo que hace no produce utilidad visible, no ofrece resultado alguno, por lo que parece carente de fin, ni muestra gasto de energía.

Actualmente predomina la concepción vulgar de actividad y pasividad; situación que tiene origen de acuerdo con K. Marx y la Escuela de Frankfurt en la revolución industrial de la modernidad, que trajo consigo la mecanización, la división del trabajo, la explotación y el comercio, y de la que surgió paralelamente una era de codicia y espíritu mercantil sustentada en el capital y en el proletariado depauperado, en el hombre alienado.

El hombre alineado, enajenado, porque ha sido deshumanizado en el momento en que su vida se redujo a la producción de bienes materiales, a la generación de dinero, a economía; porque al convertirse en una cosa más dentro del proceso productivo, fue cosificado, desposeído de todo, incluso de sí mismo. Un hombre que ya en nuestra época, en la sociedad contemporánea que se caracteriza principalmente por ser consumista, es valorado no por lo que es, sino por lo que produce, por lo que tiene. Una sociedad donde “Los deseos de los hombres casi no provienen ya de ellos mismos, sino que se los suscita y orienta desde fuera. Aun las personas a las que les va bien, parecen pobres frente a la multiplicidad de exigencias que tienen que satisfacer. Casi no cabe duda de que la industria logra producir las necesidades que ella desea satisfacer.”[4]  

De esta forma el reconocimiento por parte de los otros y la autoestima no se miden por el grado en que se ejercitan las capacidades intelectuales, afectivas, corporales y artísticas, sino por lo que se posee. Desde este punto de vista, los demás no reconocerán en mí a una persona exitosa porque he avanzado en mi autoconocimiento, porque cada día practico la identificación y control de mis sentimientos, tampoco dirán que tengo éxito porque mi cuerpo está sano y he escrito algunos versos.

Hoy, afirma E. Fromm, el hombre se vive solo como lo que tiene, no como lo que es. Cada vez más nos limitamos a hacer lo que tiene un fin, aquello de lo que resulta algo, sea dinero, fama, o un ascenso socioeconómico; en ese sentido, cada vez pensamos menos en hacer algo que no tenga fin alguno, cuando “Lo más bello que hay en la vida es exteriorizar las propias fuerzas, y no para un determinado fin, sino por el acto mismo.”[5]

Fuente: Expok
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Pero esto no es vida, no es auténtica actividad; nos hemos confundido, no vale la pena vivir solo para ganarse el pan, en la ambición por tener más, por acumular cosas, producir bienes, más dinero y poder, más respetabilidad[6]; la vida también debe tener otro sentido, debe servir al desarrollo íntegro, pleno de mi humanidad, de las facultades que me distinguen entre todos los seres con que habito el mundo: razón y voluntad, capacidades intelectuales, afectivas, corporales y artísticas. Esta es la antigua verdad que intentan recuperar los filósofos: la felicidad no radica en la cosas, en poseerlas, sino en los actos, en lo que hacemos con ellas; mi felicidad estriba en lo que decido ser y hacer, no en cumplir las expectativas de los otros sobre lo que debo tener. Este es el fin último de la actividad humana: crecer, ser más, no tener más. En consecuencia, aclara E. Fromm, necesitamos adquirir una actitud en el que el único fin de reconocido valor sea la expresión, el crecimiento de la vida humana. En tanto que nos olvidemos de nosotros mismos como objetos, en tanto que nos libremos de la enajenación, de la alineación a que nos somete la sociedad consumista, viviremos libremente, nos vivenciaremos como seres humanos, alcanzaremos la auténtica felicidad.

Fuente: Prova de vida

Precisamente esta idea de autovaloración del hombre, de su plena humanización, en la configuración del hombre integral, pleno, totalmente humano, ese hombre cuyo fin no es el tener ni la acumulación, sino la expresión vital de sí mismo, constituye el verdadero objetivo del socialismo planteado por K. Marx[7]. Donde la transformación económica solo era un medio para un fin: la liberación del hombre, en el sentido del humanismo.

Al igual que E. Husserl, J. Ortega y Gasset, K. Marx concibe la realidad como la coexistencia de sujeto y objeto. Donde el ser humano, como ser carente que es,  para subsistir necesita de la naturaleza, de las cosas en el mundo; y es en tal proceso, en la producción de objetos para su subsistencia, en el trabajo, que el hombre no solo construye objetos sino que se construye a sí mismo, se realiza, se vuelve humano, porque no únicamente arranca productos a la naturaleza, sino que al intervenir en ella, la modifica, al mismo tiempo que establece relaciones sociales, por consiguiente el hombre no solo es un ser material -no solo vive de pan-, también es un ser espiritual -posee facultades racionales, emotivas y volitivas.[8]

Por lo tanto solo un hombre enajenado, solo un hombre pasivo, -es decir, que reacciona o es impulsado, de acuerdo con la concepción clásica de pasividad- creerá que su vida tiene fundamento fuera o al margen de su propia existencia, concluye K. Marx al respecto, creerá que su vida no es una hechura de su propia actividad consciente y de su propia realización. Por ello, la tarea de la filosofía, como lo pensó el padre del socialismo científico, es desengañar al hombre para que piense, para que actúe y organice su realidad como hombre desenajenado y que ha entrado en razón al reconocer en sí la capacidad, la posibilidad, si no es que el deber de autodeterminarse, autoconfigurarse.

De esta forma, al hacer filosofía, al estudiarla, recupero esta verdad: el fin último de mi actividad, de mi vida, es crecer, ser más como persona,  a la vez que me encamino hacia mi autoconocimiento y con ello adquiero cada vez mayor libertad, en términos de J. Ortega y Gasset, “salvo mi yo”. Al tiempo que “salvo mi circunstancia” porque dicho autoconocimiento y libertad obtenidos me impulsan a la transformación de mi realidad, me conducen al cambio, a la superación, a la mejora de mi mundo circundante. En ello, consiste la filosofía de la praxis, conocer las cosas, conocer la realidad, comprender la totalidad, pero además, transformarla; más allá de la mera contemplación del objeto, con lo que probablemente inicia la filosofía, enfatizar la actividad del hombre; porque el hombre es activo, de acuerdo con este pensamiento, en la medida en que modifica la realidad, en que transforma a su favor las diversas circunstancias con las que se encuentra.

En suma, por todo esto afirmo que sin filosofía me pierdo yo y se pierde el mundo.



[1] Fromm, Erich. El amor a la vida. Ed. Altaya. España, 1993. Pág. 143
[2] Ibíd. Pág. 23
[3] Nota: este ejemplo y el siguiente han sido tomados del libro “El amor a la vida”, de Erich Fromm.
[4] Fromm, Erich. Op. Cit. Pág. 42
[5] Fromm, Erich. Op. Cit. Pág. 146
[6] Nota: incluyo esta cita porque realmente me conmovió al recordarme varias personas que conozco: “Recuerdo cuando tenía diez o doce años. Si alguien decía que era comerciante u hombre de negocios me sentía perplejo y pensaba: Dios mío, este hombre debe sentirse espantosamente por tener que consagrar toda su vida a no hacer nada más que ganar dinero. ¡Cómo puede ser ésa su única ocupación! Entretanto, he llegado a aprender que eso es totalmente normal, pero yo sigo siempre sorprendiéndome.” (Fromm, Erich. “El amor a la vida”. Trad. Eduardo Prieto. Ed. Altaya. Col. Grandes obras del pensamiento No. 16. España. 1993. Pág. 161)
[7] Nota: actualmente, aclara E. Fromm, pocos especialistas en Marx no lo han interpretado desfigurándolo totalmente hacia la derecha o la izquierda; a menudo lo utilizan para justificar sus propios puntos de vista e incluso como argumento de una praxis y una política opuestas a lo que pensaba y quería Marx.
[8] Nota: en este punto es importante distinguir entre la noción cotidiana de “materialismo” y como concepto filosófico en el sentido que le da K. Marx, a saber, como la definición del hombre por su circunstancia y por las relaciones sociales que en ella establece. 

domingo, 8 de marzo de 2015

8 de marzo

El día de la mujer suele asociarse con el feminismo y este es generalmente entendido como la "lucha" por igualdad de la mujer que implica cuestionar la dominación y violencia del hombre sobre la mujer, así como la asignación de un cierto rol social según el género. 

Proyecto a favor de la mujer que ha prosperado al grado que hoy tenemos una Comisión de Equidad y Género en cada una de las cámaras legislativas, el INMUJERES (Instituto Nacional de las Mujeres), además de "institutos de y/o para las mujeres" a nivel municipal y estatal. 

A su vez, el movimiento feminista ha dado lugar a una "teoría feminista", de la que surgen los "estudios de género" y la "historia feminista", donde se habla de feminismo "de primera ola", "de segunda ola", y al parecer hoy nos encontramos en "la tercera ola"... De este modo, el "estudio" sobre la mujer en torno a su igualdad, ha derivado en hartos feminismos: feminismo ateo, feminismo cultural, feminismo de la diferencia, feminismo filosófico, feminismo individualista, feminismo islámico, feminismo lésbico, feminismo liberal, feminismo marxista, feminismo radical, feminismo separatista, más los que se agreguen. 

Sin negar que este movimiento entraña un gran esfuerzo individual y colectivo al que agradecemos atribuciones como la igualdad de hombres y mujeres ante la ley, la posibilidad de participar en la vida política como "votada" y como "votante", la libertad de decidir sobre el propio cuerpo, entre otros, me parece que la ideología feminista y sus "medios concretos" para "hacerse ver" -como este "festejo del día de la mujer"- no constituyen una lucha auténtica por la igualdad, antes bien acentúan la diferencia.

Si verdaderamente se luchara por la igualdad, librarían también al hombre de la dominación y violencia que las mujeres ejercen sobre él, igualmente se cuestionaría el rol social de proveedor y protector que históricamente se le ha asignado; se trataría de un recorrido circular y no de un trayecto en línea recta con un solo sentido.




En su lucha a favor de la mujer, por la igualdad con lo "genéricamente masculino", que no lo "identitariamente masculino", discute y aclara la teoría feminista, lo que se hace en realidad es fomentar la discriminación negativa, porque en la perspectiva del feminismo la mujer se "enfrenta" al hombre, se coloca "frente" a él buscando demostrar su igualdad o incluso superioridad, basada esta en argumentos absurdos como que "la mujer puede hacer muchas cosas a la vez", cuando lo importante no es "cuánto" se hace sino "cómo", con qué calidad; peor argumento la popular afirmación de que es "la mujer quien da la vida", porque olvida que tal regalo es posible de ofrendar si y solo si interviene un hombre; en tanto que la "demostración" de la superioridad femenina sustentada en su "mayor resistencia al dolor", podría asociarse con el masoquismo.   

Que el feminismo conlleva discriminación y no igualdad se evidencia en el propio término, de acuerdo a la definición escrita en el DRAE: 

feminismo.
(Del lat. femĭna, mujer, hembra, e -ismo).

1. m. Doctrina social favorable a la mujer, a quien concede capacidad y derechos reservados antes a los hombres.

2. m. Movimiento que exige para las mujeres iguales derechos que para los hombres.


Momento en que se propone "re-conducir" la lucha descrita iniciando por adoptar un nuevo nombre: 

Fuente: CuántaRazón

Tampoco responsabilicemos al hombre por la injusticia y desigualdad que padece la mujer, como suele el feminismo, asumamos nuestra co-responsabilidad, porque de una u otra forma nosotras, aún inconscientemente, producimos y/o reproducimos la ideología que criticamos.

En suma, el feminismo no constituye una postura equilibrada, inclina la balanza de un extremo a otro: parece que vamos del "androcentrismo" al "ginecentrismo" -nuevamente los fragmentos que existen en disociación, ruptura, oposición incluso irreductible-. 

En el diálogo y la acción genuinos por lograr una convivencia armónica entre hombres y mujeres, se trata de integración, complementarse en la misma "altura" y "posición", 
con verdadera igualdad, como personas. 

Hombres y mujeres no somos rivales en tregua ni opuestos yuxtapuestos, sino antagónicos complementarios. Soy mujer y persona en igual -que no la misma- medida, cantidad y calidad, por una mujer que por un hombre; gracias equilibradas y correlativas a ella y a él. 

Así, porque real y auténticamente anhelo y trabajo por la coexistencia armónica entre todas las personas, más allá de "un día de la mujer" yo celebro cada día "la libertad del ser humano".