Para concluir nuestro primer encuentro
como grupo de estudio, desarrollamos un diálogo filosófico tomando como guía la
pregunta: ¿qué aspecto del mundo actual les preocupa? A partir de ella,
compartimos experiencias, inquietudes y preguntas, no con la intención de
encontrar respuestas definitivas, sino detenernos a pensar juntos aquello que,
desde la experiencia y la mirada de cada uno, nos inquieta del mundo que
habitamos.
Me parece que, si imaginamos cada una
de nuestras intervenciones como un hilo, al mirarlas en conjunto podemos
descubrir que, aunque cada una tiene un nombre distinto, todas pueden entretejerse
alrededor de un hilo común: la deshumanización.
Uno de esos hilos es el futuro
de la juventud: la preocupación por jóvenes que parecen tener
dificultades para imaginar un proyecto de vida, para proyectarse hacia adelante
y construir un horizonte de futuro. Otro es el abandono de las propias
costumbres: frente a lo ajeno, lo externo y lo global, aquello que nos
pertenece puede diluirse, perderse o incluso dejar de reconocerse como propio.
Apareció también la dependencia de la inteligencia artificial y de la
tecnología, que cada vez intervienen más en actividades que antes
realizábamos por nosotros mismos. Y esto se relaciona con otra preocupación: la
pérdida de habilidades propiamente humanas, como el pensamiento
crítico, la creatividad, la capacidad de cuestionar, imaginar y tomar
decisiones por cuenta propia. Finalmente, hablamos de un cambio en los
valores, en el que lo material, lo productivo o lo útil parece ocupar
un lugar cada vez mayor frente a dimensiones espirituales, comunitarias,
afectivas y de sentido.
Si tomamos un poco de distancia y
contemplamos este tejido de manera panorámica, podemos preguntarnos qué tienen
en común todos estos hilos. Quizá la preocupación de fondo sea que estamos
extraviando, poco a poco, aquello que nos permite reconocernos como humanos: la
capacidad de proyectarnos y dar sentido a nuestra existencia, de pensar
críticamente, crear, recordar y valorar nuestras raíces, relacionarnos con los
otros, cuidar, elegir y construir colectivamente un mundo que consideremos
habitable y digno.
Sin embargo, hay algo muy importante: no
nos hemos colocado frente a estas preocupaciones desde la pasividad.
El hecho mismo de reunirnos para preguntarnos qué nos preocupa del mundo actual
significa que estamos intentando comprenderlo. Y comprender no es poca cosa:
puede ser el primer paso para transformar aquello que no queremos simplemente
aceptar. Tal vez los hilos que hemos entretejido tengan nombres distintos, aunque
todos parecen compartir un mismo color: el de la esperanza. No se trata de
regresar a un pasado idealizado ni de rechazar la tecnología o los cambios de
nuestro tiempo, sino de preguntarnos qué queremos conservar, qué
necesitamos transformar y qué tipo de humanidad queremos seguir construyendo.
En nuestro diálogo apareció una
palabra que quizá pueda funcionar como otro hilo que atraviesa y enlaza todos
los demás: comunidad. Probablemente una de las maneras de
hacer frente a la deshumanización sea precisamente recuperar los espacios donde
podemos escucharnos, preguntarnos, disentir, pensar y construir sentidos con
otros.
Quizá nos humanizamos cuando
pensamos juntos. Quizá filosofar sea también eso: detenernos en medio
de un mundo que corre, mirar lo que estamos haciendo con nuestra vida y con
nuestro mundo, y preguntarnos colectivamente cómo queremos vivir y qué
mundo queremos ayudar a construir. Una vida con la mayor armonía
posible: con nosotros mismos, con los otros –humanos y no humanos–, con el
mundo que compartimos.
Gracias por estar y ser aquí.
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