Vivir para morir: la vida como preparación,
ofrenda y continuidad
En muchas filosofías de los pueblos
originarios, la muerte no es el final ni el antagonista de la vida, sino su
horizonte constitutivo. Vivir no consiste en huir de la muerte, sino en aprender
a morir bien, es decir, a ocupar con dignidad el lugar que nos corresponde en
el ciclo de la existencia. En este sentido, la vida puede entenderse como un trabajo
para la muerte: una preparación ética, comunitaria y espiritual para el
tránsito.
1. Mundo náhuatl: vivir con rostro y corazón para morir con sentido
Miguel León-Portilla, en La filosofía náhuatl estudiada en sus fuentes, muestra que para los pueblos nahuas la pregunta fundamental no era cómo evitar la muerte, sino cómo vivir con sentido en un mundo frágil y transitorio (tlalticpac).
La noción de “in ixtli, in yollotl” (rostro y corazón) expresa una ética de la formación humana: vivir consiste en forjar un rostro propio y un corazón verdadero, de modo que la muerte no sorprenda a un ser incompleto. Morir bien implica haber vivido conforme al equilibrio, la palabra verdadera y el arraigo comunitario.
Aquí, la muerte no cancela la vida: la consuma.
Por ello, la educación, la memoria y el rito son formas de trabajo vital
orientadas al morir.
2. Mundo maya: la vida como paso y el retorno al origen
En el Popol Vuh, libro sagrado maya, la vida humana aparece como una etapa dentro de un ciclo cósmico mayor, donde creación, destrucción y recreación se entrelazan. Los seres humanos existen para recordar, agradecer y mantener el orden del mundo.
Morir no es desaparecer, sino volver a integrarse a las fuerzas que sostienen la vida. Desde esta perspectiva, vivir bien es no romper la continuidad entre humanos, naturaleza y cosmos. La muerte se vuelve entonces un acto de restitución, no de pérdida.
3. Mundo andino: criar la vida para entregarla
Rodolfo Kusch, en su lectura del pensamiento andino, insiste en que la vida no se “posee”, sino que se cría. El concepto de crianza implica cuidado mutuo entre humanos, tierra, animales y ancestros.
En esta cosmovisión, vivir es aprender a soltar, porque todo pertenece al ayni (reciprocidad). La muerte es el momento en que la vida, bien cuidada, se devuelve a la comunidad y a la Pachamama.
Así, la vida como trabajo para la muerte no significa nihilismo, sino responsabilidad ontológica: vivir de tal modo que la muerte no rompa el tejido del mundo.
4. Pueblo mapuche: morir es volver a ser
tierra y memoria
El poeta y pensador mapuche Elicura Chihuailaf expresa esta visión con claridad: el ser humano es memoria viva del territorio. Vivir implica escuchar a los ancestros y preparar el retorno.
Morir es volver al mapu, a la tierra, y seguir habitando el mundo como memoria, sueño y palabra. De ahí la importancia de vivir con respeto, silencio y escucha: la muerte continúa la conversación iniciada en la vida.
5. Vivir para morir, no morir para vivir
A diferencia de la modernidad occidental, que suele entender la vida como lucha contra la muerte, las filosofías originarias proponen una ética distinta:
vivir para morir bien, es decir, vivir de manera tal que la muerte no sea
ruptura, sino pasaje digno.
La vida, entonces, no es acumulación ni éxito individual, sino preparación comunitaria, cuidado del mundo y fidelidad a la memoria. En este marco, la muerte no arrebata el sentido de la vida: lo revela.
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