Una de las frases
más conocidas entre quienes se interesan por la filosofía es: Conócete
a ti mismo.
El origen de esta
sentencia es griego: Γνῶθι σεαυτόν (Gnōthi
seautón). Estaba inscrita en la entrada del templo
de Apolo en Delfos y se asocia a la sabiduría arcaica griega. Fue Sócrates quien la colocó en el
centro de la práctica filosófica, aunque otorgándole un sentido distinto al que
tenía en la tradición clásica.
En esta tradición,
el “conócete a ti mismo” significaba, ante todo:
·
reconocer los límites humanos
·
saber que no somos dioses
·
asumir nuestra condición finita
En Sócrates, en
cambio, la misma sentencia adquiere un giro ético y existencial. Implica:
·
el examen de la propia vida
·
el cuidado del alma
·
la conciencia de la ignorancia
De ahí la célebre
frase que se le atribuye: Una vida
sin examen no merece ser vivida.
Posteriormente, en
el mundo latino y luego en la tradición cristiana, el mandato –expresado como Nosce
te ipsum– se resignificó como:
·
conocimiento moral
·
examen de conciencia
·
camino hacia la verdad y, en algunos casos,
hacia Dios
Agustín de Hipona,
por ejemplo, lo vinculó con la interioridad mediante la conocida exhortación: Noli
foras ire, in te ipsum redi – No salgas fuera, vuelve a
ti mismo.
Ahora bien, a lo
largo de la Modernidad, el “conócete a ti mismo” fue transformándose y tendió a
volverse:
·
individualista
·
psicológico
·
y en ocasiones, despolitizado
Frente a esta
reducción, diversas filosofías críticas contemporáneas –feministas,
comunitarias, decoloniales– recuerdan que el “sí mismo” no es una entidad
aislada, sino una realidad profundamente relacional. Está atravesado por la
historia, el poder, la colonialidad, el género, la clase y múltiples
condiciones sociales.
Desde esta perspectiva, conocerse no es simplemente mirarse al espejo,
sino comprender desde dónde pensamos y desde dónde vivimos.
Así entendido, el “conócete a ti mismo” no es un llamado al narcisismo, sino al
reconocimiento de la condición humana, de sus límites y de su responsabilidad
ética en el mundo.
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