Tanatología y filosofías de los pueblos originarios
1. Tanatología como preparación, no como reacción
En la tanatología contemporánea
—particularmente en autores como Elisabeth Kübler-Ross y Cicely Saunders— se
insiste en que el acompañamiento al morir no comienza en el momento del
diagnóstico terminal, sino mucho antes, en la forma en que una persona ha
construido sentido, vínculos y reconciliaciones.
Esta intuición es radicalizada por los pueblos originarios: la vida entera es preparación para la muerte. Rituales, narraciones, prácticas comunitarias y educación del carácter cumplen una función tanatológica permanente: enseñan a habitar la finitud sin negarla.
2. El “buen morir” como horizonte ético
En muchas culturas originarias, el ideal no es
prolongar indefinidamente la vida, sino morir bien, es decir, morir en
equilibrio con la comunidad, la tierra y la memoria.
Desde la tanatología, esto se traduce en una crítica a la medicalización excesiva de la muerte, que a menudo priva al morir de sentido, palabra y ritual. Como señalan Ivan Illich y Byung-Chul Han (en diálogo crítico), una sociedad que niega la muerte produce sujetos incapaces de enfrentar la pérdida.
Las filosofías originarias, en cambio, sostienen que una vida bien vivida facilita un buen morir. La muerte no es fracaso terapéutico, sino culminación de una vida cuidada.
3. Duelo comunitario y continuidad simbólica
La tanatología reconoce hoy que el duelo no es
sólo un proceso individual, sino relacional y comunitario. Aquí, nuevamente,
las cosmovisiones originarias aportan una clave fundamental:la muerte no rompe
el vínculo, lo transforma.
Ritos como el Día de Muertos en Mesoamérica, los cantos mapuches o las ofrendas andinas operan como dispositivos tanatológicos que permiten integrar la ausencia sin borrar la presencia simbólica.
El muerto no desaparece: se vuelve memoria activa.
4. Vivir con sentido para morir en paz
Viktor Frankl afirmaba que el ser humano puede soportar cualquier sufrimiento si encuentra un sentido. Las filosofías originarias complementan esta idea:
el sentido no se construye sólo individualmente, sino en relación con la tierra, los ancestros y la comunidad.
Desde esta perspectiva, la tanatología deja de ser una disciplina del final y se convierte en una ética del vivir: cuidar la palabra, los vínculos, la memoria y el entorno es ya preparar la muerte.
5. La vida como trabajo tanatológico
Decir que la vida es un “trabajo para la
muerte” no implica morbosidad ni resignación, sino responsabilidad existencial.
Cada acto de cuidado, cada reconciliación, cada gesto de transmisión simbólica
es parte de ese trabajo.
Así, la tanatología, iluminada por las filosofías de los pueblos originarios, nos invita a desplazar la pregunta:
no sólo cómo morir, sino cómo vivir de tal
modo que la muerte tenga sentido.
.png)

No hay comentarios.:
Publicar un comentario