viernes, 23 de enero de 2026

Conócete a ti mismo - La noción de "sí mismo"

Conócete a ti mismo - La noción de "sí mismo"

  


La noción de “sí mismo” es distinta en función del marco cultural en que se ubique. No guarda el mismo significado en Occidente clásico (Grecia antigua, Roma y su posterior relectura en la Modernidad europea), que en los pueblos originarios de Abya Yala (término que nombra al continente americano desde una perspectiva no colonial) o que en otras filosofías.

En el pensamiento de Occidente clásico, el “sí mismo” se concibe como interioridad individual. El “sí mismo” es: un interior que debe examinarse; un alma o conciencia individual; un sujeto relativamente autónomo.

De esta forma, incluso cuando hay dimensión ética, es decir, aun cuando están en juego juicios de valor, responsabilidades y orientaciones sobre cómo debemos vivir, actuar o relacionarnos con otros, el movimiento es hacia adentro.

En la filosofía de los pueblos originarios de Abya Yala, el “sí mismo” siempre es relacional. En muchas cosmovisiones indígenas no existe un “yo” aislado. El sí mismo es: comunitario; territorial; cosmológico. Por ejemplo, en la filosofía andina el “yo” únicamente existe en relación con: la comunidad (ayllu); la tierra (Pachamama); los ancestros; los ciclos naturales. Así, conocerse no es mirarse a sí, sino saber cuál es tu lugar en la trama de la vida.

En filosofías africanas como Ubuntu, “Yo soy porque nosotros somos.” El sí mismo es co-constitutivo: La identidad no precede a la relación: emerge de ella. Por lo tanto, conocerse implica: reconocer la interdependencia; asumir responsabilidad ética hacia los otros. No hay autoconocimiento sin reconocimiento del otro.

En filosofías orientales como el Budismo, lo que existe es el no-yo (anattā). El “sí mismo” permanente es una ilusión. Lo que llamamos “yo” es: impermanente; condicionado; sin esencia fija. Consecuentemente, conocerse consiste en: ver la vaciedad del yo; soltar el apego a una identidad sólida; y, de esta forma, disminuir el sufrimiento. Aquí el “conócete” no afirma al yo, sino que lo disuelve.

En el Taoísmo, el sí mismo se representa como flujo. No hay un yo separado del mundo. El sí mismo es: proceso; movimiento; armonía con el Dao. Conocerse es: dejar de forzar; practicar el wu wei (no-acción); fluir con el orden del cosmos. El autoconocimiento no es introspección analítica, sino afinación con el ritmo del mundo.


Tradición

¿Qué es el “sí mismo”?

¿Qué es conocerse?

Grecia clásica

Alma individual y racional

Examen interior

Modernidad occidental

Sujeto autónomo e individual

Autoanálisis, identidad personal

Pueblos originarios (Abya Yala)

Ser relacional: comunidad – territorio - cosmos

Reconocer el lugar propio en la trama comunitaria y natural

Ubuntu

Identidad co-constitutiva

Reconocer al otro

Budismo

No-yo, impermanencia

Desapego del yo

Taoísmo

Flujo vital, proceso

Armonizarse


Con base en lo anterior, el “conócete a ti mismo” puede reformularse así: No se trata de descubrir quién eres en soledad, sino de comprender las relaciones que te hacen ser.

Esto conecta directamente con: crítica al individualismo moderno; ética del cuidado; filosofía comunitaria; crisis ecológica (el yo no separado de la tierra).

En suma, mientras el “conócete a ti mismo” occidental mira hacia el interior del individuo, muchas tradiciones no occidentales desplazan el sí mismo hacia la relación, la comunidad, el mundo o incluso su disolución. 

Tal vez el problema no es que no nos conozcamos, sino que nos pensamos demasiado solos.

 



jueves, 22 de enero de 2026

Conócete a ti mismo

 


Una de las frases más conocidas entre quienes se interesan por la filosofía es: Conócete a ti mismo.

 

El origen de esta sentencia es griego: Γνῶθι σεαυτόν (Gnōthi seautón). Estaba inscrita en la entrada del templo de Apolo en Delfos y se asocia a la sabiduría arcaica griega. Fue Sócrates quien la colocó en el centro de la práctica filosófica, aunque otorgándole un sentido distinto al que tenía en la tradición clásica.

 

En esta tradición, el “conócete a ti mismo” significaba, ante todo:

·         reconocer los límites humanos

·         saber que no somos dioses

·         asumir nuestra condición finita

 

En Sócrates, en cambio, la misma sentencia adquiere un giro ético y existencial. Implica:

·         el examen de la propia vida

·         el cuidado del alma

·         la conciencia de la ignorancia

De ahí la célebre frase que se le atribuye: Una vida sin examen no merece ser vivida.

 

Posteriormente, en el mundo latino y luego en la tradición cristiana, el mandato –expresado como Nosce te ipsum– se resignificó como:

·         conocimiento moral

·         examen de conciencia

·         camino hacia la verdad y, en algunos casos, hacia Dios

Agustín de Hipona, por ejemplo, lo vinculó con la interioridad mediante la conocida exhortación: Noli foras ire, in te ipsum rediNo salgas fuera, vuelve a ti mismo.

 

Ahora bien, a lo largo de la Modernidad, el “conócete a ti mismo” fue transformándose y tendió a volverse:

·         individualista

·         psicológico

·         y en ocasiones, despolitizado

 

Frente a esta reducción, diversas filosofías críticas contemporáneas –feministas, comunitarias, decoloniales– recuerdan que el “sí mismo” no es una entidad aislada, sino una realidad profundamente relacional. Está atravesado por la historia, el poder, la colonialidad, el género, la clase y múltiples condiciones sociales.

 

Desde esta perspectiva, conocerse no es simplemente mirarse al espejo, sino comprender desde dónde pensamos y desde dónde vivimos. Así entendido, el “conócete a ti mismo” no es un llamado al narcisismo, sino al reconocimiento de la condición humana, de sus límites y de su responsabilidad ética en el mundo.

 



martes, 20 de enero de 2026

Blue Monday, tercer lunes de enero



El Blue Monday es una expresión popular que se usa para referirse al “día más triste del año”, que supuestamente cae en el tercer lunes de enero.

La noción del Blue Monday surgió a partir de una fórmula pseudocientífica atribuida a Cliff Arnall, psicólogo británico que en 2005 publicó, como parte de un comunicado de prensa, una fórmula en la que combinaba factores como el clima invernal, las deudas tras las fiestas, el tiempo transcurrido desde Navidad, la falta de motivación y el abandono de los propósitos de año nuevo, para calcular que el tercer lunes de enero sería ese día triste.

Con el tiempo se ha reconocido ampliamente que esa fórmula carece de validez científica y que fue creada dentro de una estrategia de marketing (originalmente para una agencia de viajes), no como resultado de una investigación científica rigurosa.

De hecho, Arnall mismo ha intentado distanciarse de la connotación negativa del Blue Monday, afirmando que no pretendía que el día sonara triste, sino más bien inspirar a la gente a tomar decisiones valientes o positivas.

En otras palabras, dicha fórmula no está respaldada por estudios serios en psicología o psiquiatría, no es un concepto científico, sino una construcción mediática y publicitaria, usada por campañas de marketing, medios de comunicación y empresas que venden bienestar, productos anti-tristeza como son los viajes.

Dicho sin rodeos, el Blue Monday es un relato cultural, más que un diagnóstico, que ha pegado porque conecta con experiencias reales de las personas, como el hecho de que enero suele ser un mes duro (económica y emocionalmente), hay cansancio post-fiestas, el inicio del año viene cargado de expectativas y existe una fuerte presión por “empezar bien”.

La etiqueta del Blue Monday simplifica algo complejo: el malestar emocional cotidiano. Desde una mirada filosófica y social, el Blue Monday:

  • individualiza el malestar (“estás triste por el calendario”)
  • despolitiza causas estructurales (precariedad, estrés, desigualdad)

Además, encaja perfecto con la lógica de la felitocracia (la obligación de ser feliz): si no estás bien, algo estás haciendo mal… incluso un lunes. En lugar de preguntarnos por qué vivimos así, nos preguntamos cómo sentirnos mejor ese día.

En la cultura de la felicidad obligatoria, la felicidad deja de ser: una experiencia posible, situada, intermitente, y pasa a funcionar como:

  • norma social (“deberías estar bien”),
  • imperativo moral (“si no lo estás, algo falla en ti”),
  • indicador de éxito (personal, emocional, incluso espiritual).

Aquí el malestar ya no es una parte legítima de la vida, sino un error que hay que corregir. El Blue Monday encaja perfecto en esta lógica porque:

  • autoriza un solo día para estar mal
  • localiza la tristeza en el calendario y no en la vida social
  • convierte el malestar en algo temporal, cuantificable y gestionable

Es como decir: Está bien que estés triste… pero sólo hoy. Mañana vuelve a ser productivo y positivo.

La idea del Blue Monday no cuestiona el mandato de la felicidad: lo refuerza, porque delimita cuándo es “normal” no cumplirlo. En vez de preguntarnos:

  • ¿por qué estamos cansados?,
  • ¿por qué enero pesa tanto?,
  • ¿por qué vivir se siente cada vez más exigente?,

el Blue Monday propone una respuesta fácil:

  • estás triste por factores climáticos
  • por tus finanzas
  • por tu falta de motivación

El malestar se psicologiza y se despolitiza. En este punto, el Blue Monday dialoga con lo que Byung-Chul Han, filósofo surcoreano, llama la sociedad del rendimiento: ya no hay un opresor externo, sino un yo que se exige estar bien, activo y feliz todo el tiempo.

De manera que, la tristeza del Blue Monday no se acompaña, se monetiza en:

  • viajes para “escapar”
  • productos de autocuidado
  • discursos motivacionales
  • apps de bienestar

El mensaje implícito es claro: Si estás triste, consúmelo mejor. La felicidad se vuelve una competencia individual y un mercado permanente.

Aquí aparece algo clave: no ser feliz deja de ser solo doloroso y se vuelve culpable, porque desde este punto de vista, estar triste, refleja o implica:

  • no saber “gestionar” emociones
  • no ser resiliente
  • no “ponerle actitud”

Lo cual conecta directamente con la felitocracia: quien es feliz parece merecerlo; quien no lo es, parece responsable. Situación en que el Blue Monday ofrece una coartada: Hoy estás triste porque el sistema lo permite; mañana, si sigues mal, el problema eres tú.

Paradójicamente, el Blue Monday revela que hay un malestar extendido, compartido y difícil de sostener en silencio. La pregunta crítica no es: ¿Cómo dejar de estar triste ese lunes?, sino: 

¿Qué tipo de vida produce esta tristeza tan generalizada que necesitamos ponerle fecha?

Así, el malestar deja de ser un error y se vuelve síntoma. El Blue Monday no es un hecho científico, es un mito contemporáneo que pone nombre a un malestar real. Sin embargo, sirve más para vender soluciones rápidas que para comprender el problema de fondo.



 

lunes, 12 de enero de 2026

La filosofía como fundamento de la tanatología

 

La filosofía como fundamento de la tanatología

 


Afirmar que la filosofía otorga a la tanatología fundamentos antropológicos, epistemológicos y éticos significa reconocer que la tanatología no es sólo un conjunto de técnicas de intervención ante la muerte, sino una práctica de comprensión del ser humano en situación de finitud. La filosofía proporciona los marcos desde los cuales es posible pensar qué es el ser humano, cómo conocemos y acompañamos la experiencia del morir, y cómo debemos actuar frente a ella.

Fundamento antropológico: ¿qué ser humano muere?

La filosofía ofrece a la tanatología una comprensión profunda del ser humano como ser finito, vulnerable, relacional y temporal. No se trata únicamente de un organismo que cesa, sino de un sujeto que: recuerda, anticipa, da sentido, pertenece a una comunidad y se sabe mortal.

Autores como Martin Heidegger han mostrado que la muerte no es un accidente externo, sino una estructura constitutiva de la existencia (ser-para-la-muerte). Desde esta perspectiva, la tanatología deja de centrarse únicamente en el evento de la muerte para atender la forma en que la conciencia de la muerte atraviesa toda la vida.

Asimismo, las filosofías de los pueblos originarios y pensadores como Paul Ricoeur amplían esta antropología al subrayar que el ser humano es también memoria, narrativa y herencia simbólica. Morir implica entonces más que un final biológico, una transformación del vínculo con los otros y con el mundo.

Sin este fundamento antropológico, la tanatología corre el riesgo de reducir al ser humano a un caso clínico o a un proceso fisiológico.

Fundamento epistemológico: ¿qué tipo de conocimiento está en juego?

La filosofía permite aclarar cómo se conoce la experiencia del morir y del duelo. La tanatología no trabaja con objetos cuantificables únicamente, sino con: experiencias subjetivas, relatos de vida, símbolos, silencios y creencias.

Desde la hermenéutica (Paul Ricoeur, Hans-Georg Gadamer), se comprende que el conocimiento tanatológico es interpretativo, no meramente técnico. Acompañar a una persona en duelo o en proceso de muerte implica escuchar y comprender significados, no aplicar protocolos de manera mecánica.

Además, la filosofía ayuda a distinguir entre: lo que puede explicarse científicamente y lo que sólo puede comprenderse existencialmente. Así, la tanatología se reconoce como un saber interdisciplinario, pero con un núcleo interpretativo irreductible.

Fundamento ético: ¿cómo acompañar sin dañar?

La filosofía aporta a la tanatología una reflexión ética sobre la responsabilidad frente al otro. No basta con saber qué hacer; es necesario preguntarse cómo y desde dónde hacerlo.

Pensadores como Emmauel Lévinas colocan en el centro la vulnerabilidad del otro y la exigencia de una respuesta ética que no invada ni instrumentalice. En este sentido, la tanatología filosóficamente fundamentada: respeta la dignidad del moribundo, reconoce su autonomía, cuida la palabra y evita imponer sentidos prefabricados.

A su vez, la ética aristotélica recuerda que acompañar es una práctica prudencial (phronesis): no hay recetas universales, sino atención a la singularidad de cada persona y situación.

Sin este fundamento ético, la tanatología puede convertirse en una técnica fría o en una forma de violencia simbólica.

En suma, decir que la filosofía otorga a la tanatología fundamentos antropológicos, epistemológicos y éticos significa afirmar que:

  • Antropológicamente, la muerte se comprende como experiencia humana integral, no sólo biológica.
  • Epistemológicamente, el conocimiento del morir es interpretativo, narrativo y relacional.
  • Éticamente, el acompañamiento exige responsabilidad, prudencia y respeto por la dignidad del otro. 

En conjunto, la filosofía permite que la tanatología no sea únicamente una disciplina del final de la vida, sino una sabiduría del cuidado frente a la finitud.

 

 

 

domingo, 11 de enero de 2026

Fe y tanatología

 

Fe y tanatología 


Alegoría de la fe (Johannes Vermeer, circa 1670)

Usualmente se asocia la fe con la religión y se le opone a la razón. Acostumbrados a pensar en dicotomías, pares de opuestos que se excluyen entre sí, nos colocamos en la encrucijada por elegir entre fe o razón. En este punto una vez más la filosofía, el pensamiento filosófico hace la diferencia, porque nos aclara que la fe no siempre va ligada a la religión, aunque históricamente se hayan entrelazado muchas veces. En realidad depende de cómo entendamos la fe.

En principio conviene distinguir dos tipos o clases de fe: fe religiosa y fe como confianza existencial.

Fe religiosa –  Es la forma más conocida.

  • Consiste en la fe en Dios, lo sagrado o una revelación.
  • Está mediada por doctrinas, ritos, instituciones.
  • Da sentido, pertenencia y comunidad.

Ejemplos: cristianismo, islam, judaísmo, hinduismo.

En este caso, fe y religión sí van juntas, aunque no son lo mismo: la fe es la experiencia; la religión, la forma organizada, es decir, el conjunto creencias o dogmas acerca de la divinidad.

Ahora bien, en el caso de la fe religiosa, encontramos que se puede tener o sentir fe sin religión. Por ejemplo, cuando las personas dicen: “No soy religiosa, no practico religión alguna, pero tengo fe, sí creo en Dios.” Igualmente, es posible practicar una religión sin fe, celebrar ritos vacíos sólo como tradiciones heredadas. En suma, respecto a la fe religiosa: la fe es una actitud interior, la religión es un sistema simbólico; la fe implica confianza y apertura, la religión consiste en doctrinas e instituciones; la fe puede existir sola, sin religión, y la religión puede existir sin fe viva.

Fe como confianza existencial – Desvinculada de la no religión.

  • Fe como confianza básica en la vida, en el sentido, en el otro.
  • No se apoya en dogmas, sino en una apertura al mundo.

Ejemplos: Confiar en que la vida puede tener sentido aun en el sufrimiento. Apostar por un proyecto humano sin garantía absoluta.

En el caso de la fe como confianza existencial, esto puede significar fe en el amor, en la bondad del ser humano, en la justicia… Aquí la fe no es un credo, sino una actitud de confianza que puede ser depositada incluso en cosas, como la fe en que el dinero todo lo puede, nacida de una creencia ciega y materialista.

Conexión con de la fe con la tanatología

La tanatología aborda la experiencia de la muerte, el morir y el duelo, en ese camino la fe aparece como un recurso central para dotar de sentido a la pérdida y a la finitud.

La fe religiosa ofrece marcos simbólicos, narrativos y rituales (vida después de la muerte, trascendencia, esperanza, comunidad) que ayudan a enfrentar el miedo, el dolor y la incertidumbre ante la muerte.

 

La fe como confianza existencial, en cambio, no necesariamente remite a lo religioso: es la confianza básica en la vida, en los otros o en que el sufrimiento puede ser integrado con sentido. Esta forma de fe sostiene a la persona incluso en ausencia de creencias religiosas.

 

La tanatología reconoce ambas como fuentes de acompañamiento y resiliencia: ya sea desde la fe religiosa o desde una confianza existencial más amplia, ambas permiten elaborar el duelo, sostener la esperanza y afirmar la dignidad de la vida incluso frente a la muerte.

De manera que, en el acompañamiento al morir:

  • Algunas personas sostienen su proceso con fe religiosa.
  • Otras con fe en el sentido, en el amor o en el legado.
  • Ambas son válidas y significativas.


Lo importante no es en qué se cree, sino qué sostiene a la persona frente a la finitud.

 


sábado, 10 de enero de 2026

Diferencia entre temperamento y carácter


Diferencia entre temperamento y carácter 


Cabeza y mano VII - Oswaldo Guayasamín


Temperamento

¿Qué es?

  • La base biológica y emocional con la que nacemos.
  • Tiene que ver con la sensibilidad, la reactividad, el ritmo.
  • Es relativamente estable y poco modificable.

En filosofía

  • Hipócrates y Galeno hablaban de los cuatro temperamentos (sanguíneo, colérico, flemático, melancólico).
  • Hoy lo podríamos vincular a la disposición afectiva inicial.

Ejemplos

  • Alguien que reacciona intensamente y rápido ante una crítica.
  • Una persona naturalmente tranquila o impulsiva. 

El temperamento no es bueno ni malo: es un punto de partida.


Carácter

¿Qué es?

  • La forma de ser construida a lo largo de la vida.
  • Resultado de la educación, la experiencia, los hábitos y las decisiones.
  • Es ético: tiene que ver con cómo elegimos actuar.

En filosofía

  • Aristóteles: el carácter (êthos) se forma por la repetición de actos; somos lo que hacemos habitualmente.
  • El carácter puede educarse y transformarse.

Ejemplos

  • Alguien con temperamento impulsivo que aprende a escuchar y moderarse.
  • Una persona tímida que desarrolla valentía moral.

El carácter sí puede cambiar, aunque el temperamento no desaparece.

 

En síntesis

 

Aspecto

Temperamento

Carácter

Origen

Innato

Adquirido

Base

Biológica – afectiva

Ética – habitual

Cambio

Poco modificable

Educable

Pregunta

¿Cómo reacciono?

¿Cómo elijo actuar?

 

Conexión con vida buena y tanatología


  • El temperamento influye en cómo enfrentamos la pérdida o la muerte.
  • El carácter determina cómo acompañamos, cómo damos sentido, cómo cerramos la vida.

Parafraseado a Aristóteles:

No elegimos con qué nacemos, pero sí en qué nos convertimos.