Saber no basta: cuando la teoría no se convierte en práctica
Uno de los problemas más persistentes de la vida humana consiste en la distancia que existe entre lo que sabemos y lo que hacemos. Aprendemos principios éticos, estudiamos teorías sobre la justicia, la solidaridad o el cuidado de los otros; sin embargo, con frecuencia nuestras acciones parecen transitar por caminos distintos. La historia de la educación, de la política e incluso de la vida cotidiana está llena de ejemplos en los que el conocimiento no logra traducirse en prácticas concretas. Sabemos qué sería lo correcto, pero no siempre actuamos en consecuencia.
Esta distancia entre conocimiento y acción habría resultado difícil de aceptar para Sócrates. El filósofo ateniense sostenía una tesis que la tradición ha denominado intelectualismo moral, según la cual quien conoce verdaderamente el bien actúa necesariamente de acuerdo con él. Desde esta perspectiva, nadie obra mal de manera voluntaria; cuando una persona realiza una acción injusta o perjudicial es porque, en algún sentido, ignora qué es realmente bueno para sí misma y para los demás. El mal sería, entonces, una forma de ignorancia.
En el pensamiento socrático existe una profunda confianza en la capacidad transformadora del conocimiento: saber y actuar correctamente son dos dimensiones inseparables. Vista desde la experiencia contemporánea, esta postura puede parecer excesivamente optimista. Sócrates aparece como un pensador idealista, incluso como un soñador, alguien que deposita una enorme fe en la racionalidad y en la bondad humana. Sin embargo, precisamente por ello su propuesta sigue siendo provocadora: nos obliga a preguntarnos si el problema moral consiste realmente en una falta de conocimiento o si, por el contrario, intervienen otros factores (emocionales, sociales, culturales o afectivos) que nos impiden actuar conforme a aquello que sabemos que es correcto.
Esta tensión entre conocimiento y acción puede comprenderse a través de dos perspectivas complementarias. La primera fue desarrollada por el filósofo, matemático y político colombiano Antanas Mockus, quien formuló la conocida teoría del divorcio entre ley, moral y cultura. La segunda proviene de los estudios sobre psicología moral y acción prosocial, donde se ha señalado la existencia de un hiato entre la cognición moral y la acción efectiva. Ambas perspectivas permiten comprender por qué la transformación social resulta mucho más compleja de lo que suele suponerse.
Mockus observó que una sociedad funciona de manera armónica cuando tres sistemas de regulación convergen: la ley, la moral y la cultura. La ley corresponde al conjunto de normas jurídicas respaldadas por instituciones y sanciones; la moral se refiere a las convicciones internas que orientan nuestras acciones; y la cultura engloba los hábitos, costumbres y expectativas compartidas por una comunidad. Cuando estos tres sistemas se encuentran alineados, las personas tienden a actuar de manera coherente con las normas sociales y jurídicas. Sin embargo, cuando se separan, aparece lo que Mockus denominó un divorcio entre ley, moral y cultura.
Este divorcio puede observarse en situaciones cotidianas. Una persona puede reconocer que una conducta es ilegal y, aun así, considerarla moralmente aceptable. También puede ocurrir que una práctica sea rechazada por la ley, pero tolerada culturalmente. En otros casos, alguien puede estar convencido de que una acción es correcta desde el punto de vista moral, pero abstenerse de realizarla porque el entorno social no la respalda. Para Mockus, muchas de las dificultades de la vida pública colombiana han estado asociadas precisamente a estas fracturas entre lo legal, lo moral y lo cultural. La cultura ciudadana, una de sus principales apuestas, buscaba reducir esa distancia y generar una mayor coherencia entre los distintos sistemas de regulación social.
No obstante, incluso cuando existe cierta coherencia entre ley, moral y cultura, persiste otro problema: el paso del juicio moral a la acción. Diversos autores de la psicología moral, entre ellos Lawrence Kohlberg y quienes continuaron su línea de investigación, mostraron que el razonamiento moral constituye una condición importante para la conducta ética, aunque no suficiente.(*) Investigaciones posteriores han insistido en que entre la cognición moral —es decir, la capacidad de juzgar qué es correcto o incorrecto— y la acción prosocial efectiva existe una brecha que intervienen factores emocionales, motivacionales, afectivos y contextuales.
En otras palabras, una persona puede poseer una sofisticada comprensión moral y, aun así, no actuar conforme a ella. Puede defender la justicia en un discurso y permanecer indiferente frente a una injusticia concreta. Puede reconocer racionalmente la importancia del cuidado ambiental y continuar sosteniendo prácticas que contribuyen al deterioro ecológico. Puede hablar de empatía y solidaridad sin involucrarse nunca en acciones de ayuda. El conocimiento moral, por sí mismo, no garantiza la conducta moral.
Esta constatación cuestiona una de las creencias más arraigadas de la tradición ilustrada: la idea de que educar equivale automáticamente a transformar. Sin duda, la educación es indispensable; sin embargo, no basta con transmitir información o desarrollar capacidades cognitivas. La acción humana está atravesada por emociones, hábitos, estructuras sociales, intereses, deseos y formas de vida que exceden el ámbito del conocimiento racional. Como han mostrado distintas corrientes de la filosofía práctica, desde Aristóteles hasta las teorías contemporáneas de la virtud, actuar bien requiere también cultivar disposiciones, hábitos y modos de relación con los demás.
Quizá por ello la pregunta filosófica más importante no sea qué sabemos sobre el bien, sino cómo llegamos a incorporarlo en nuestra manera de vivir. El desafío no consiste únicamente en formar conciencias capaces de distinguir lo correcto de lo incorrecto, sino en construir condiciones culturales, sociales y afectivas que hagan posible actuar de acuerdo con aquello que reconocemos como valioso.
La filosofía encuentra aquí una de sus tareas más urgentes. No limitarse a producir conceptos, sino contribuir a cerrar la distancia entre pensamiento y existencia. Después de todo, una idea sólo alcanza su plenitud cuando logra convertirse en forma de vida. Allí donde el conocimiento se encuentra con la acción, la filosofía deja de ser únicamente teoría y se convierte en práctica transformadora.
(*) Aunque la expresión exacta “hiato entre cognición moral y acción psicosocial” no corresponde a un único autor, la problemática ha sido desarrollada ampliamente por Lawrence Kohlberg y posteriormente por investigadores de la psicología moral y la prosocialidad, quienes han estudiado la distancia entre razonamiento moral y conducta efectiva.
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