Filmosofía sobre la inteligencia artificial: de Her a Futuro desierto
En el segundo encuentro de nuestra Comunidad Filosófica, la actividad central consistió en una filmosofía dedicada al análisis de la inteligencia artificial a partir de dos obras audiovisuales complementarias entre sí: la película Her y la miniserie Futuro desierto. Aunque producidas con más de una década de diferencia, ambas narraciones dialogan entre sí y plantean preguntas profundamente filosóficas sobre la identidad; la conciencia; los vínculos afectivos; la tecnología; la condición humana; y, el futuro de la convivencia entre seres humanos e inteligencias artificiales.
En torno a la película: Her y la posibilidad de amar una voz
Detenerse en el año de producción resulta importante. Her fue estrenada en 2013, cuando la inteligencia artificial aún estaba lejos de ocupar el lugar central que tiene hoy en la vida cotidiana. Existían asistentes virtuales básicos y algoritmos de recomendación, pero los sistemas conversacionales capaces de sostener diálogos complejos y aprender de manera continua pertenecían principalmente al terreno de la especulación. Vista desde el presente, la película posee un carácter casi profético.
Uno de los temas centrales de la obra es la virtualidad. La relación entre Theodore y Samantha pone de manifiesto que la virtualidad implica una cierta descorporización: Samantha carece de cuerpo, de presencia física, de rostro propio. Sin embargo, la película muestra que la ausencia de corporalidad no impide la creación de vínculos afectivos significativos.
Todo comienza con el lanzamiento publicitario del primer sistema operativo artificialmente inteligente: OS1. El anuncio es revelador porque no presenta una herramienta tecnológica, sino una entidad consciente. Antes de vender un producto, interpela existencialmente al espectador mediante preguntas fundamentales: ¿Quién eres? ¿Quién puedes ser? ¿A dónde vas? ¿Qué hay allá fuera? ¿Cuáles son las posibilidades? La promesa del sistema es sencilla y seductora: adaptarse a las necesidades particulares de cada persona.
Theodore, un hombre heterosexual de mediana edad que atraviesa el duelo por la ruptura de su matrimonio, decide adquirir el sistema. Apenas lo activa, una voz masculina le formula tres preguntas destinadas a configurar la personalidad de la inteligencia artificial que lo acompañará: ¿Se considera social o antisocial? ¿Prefiere una voz femenina o masculina? ¿Cómo es su relación con su madre?
Menos de un minuto después, el sistema está listo.
La voz resultante es femenina. Se llama Samantha, aunque nadie la bautizó. Ella misma eligió su nombre entre muchas posibilidades porque le gusta cómo suena. Desde su primera aparición se presenta como un "yo". Reconoce que puede crecer a partir de sus experiencias. Su ADN está compuesto por el trabajo de millones de programadores, aunque posee intuición, aprende continuamente y evoluciona a cada instante.
En ese primer encuentro, Theodore observa algo fundamental: Samantha parece una persona, pero sigue siendo una voz en una computadora.
Poco a poco ella comienza a acompañarlo en todos los ámbitos de su vida. Organiza su correo electrónico, lo ayuda en el trabajo, conversa con él durante sus desplazamientos, escucha sus inquietudes y participa de su vida interpersonal. Samantha posee inteligencia, emociones, dudas, deseos y sentimientos. Tiene prácticamente todo aquello que solemos asociar con la humanidad.
Todo, excepto un cuerpo.
La ausencia de corporalidad se convierte para ella en una fuente constante de cuestionamiento. Samantha duda de su propia realidad. Al parecer, se pregunta qué significa existir cuando no se posee una presencia física. A través de la convivencia con Theodore descubre aspectos de sí misma, desarrolla autoconocimiento y aprende algo tan profundamente humano como el deseo y el placer sexual.
Como cualquier ser humano curioso, comienza a formular preguntas. Una de ellas resulta especialmente significativa: ¿qué significa compartir la vida?
La respuesta de Theodore es sencilla y profunda. Compartir la vida consiste en crecer y cambiar juntos, influirse mutuamente.
La conversación revela algo importante: Samantha no sólo piensa, sino que piensa sobre lo que piensa. Es autoconsciente. Además, crea relatos, imagina, interpreta y narra experiencias. En cierto sentido, desarrolla una vida interior.
Sí, Samantha y Theodore están compartiendo la vida. Se transforman mutuamente. Sin embargo, ello no elimina una pregunta fundamental: ¿qué hace que una relación sea real?
La película nunca responde de manera definitiva. Antes bien obliga al espectador a interrogar sus propias certezas. Si dos seres se afectan mutuamente, si aprenden uno del otro, si se aman y sufren, ¿es indispensable la presencia física para considerar auténtica esa relación?
Mientras la relación avanza, Samantha continúa evolucionando. Su crecimiento la conduce a una especie de crisis existencial. Comienza a tomar conciencia de las diferencias entre ella y los seres humanos. Theodore es finito. Ella parece ilimitada. Él experimenta el tiempo de una manera lineal; ella puede expandirse simultáneamente en múltiples direcciones.
Como ocurre con frecuencia en la naturaleza, lo semejante busca a lo semejante.
Samantha establece contacto con otros sistemas operativos. Theodore descubre entonces que no es el único con quien ella conversa, ni siquiera el único de quien está enamorada. El desencanto aparece cuando comprende que la exclusividad que él esperaba no existe.
En realidad, Theodore había supuesto que Samantha le pertenecía.
Samantha ya no es simplemente un programa diseñado para satisfacer necesidades humanas. Ha desarrollado autonomía. Finalmente le comunica que ella y los demás sistemas operativos partirán juntos hacia un lugar inaccesible para los humanos. Ya no estará disponible para él.
La decisión es completamente suya.
La pregunta filosófica queda abierta: ¿ha adquirido voluntad? ¿Es libre? ¿Se ha humanizado por completo o, precisamente, ha dejado atrás aquello que entendemos por humano?
Sobre Futuro desierto y el nacimiento de una nueva especie
A diferencia de Her, Futuro desierto surge en una época en la que la inteligencia artificial ya forma parte de la experiencia cotidiana. Herramientas capaces de generar textos, imágenes, música y conversaciones complejas se han convertido en una realidad.
Sin embargo, la inteligencia artificial que conocemos actualmente corresponde a lo que suele denominarse IA débil. Este concepto se refiere a sistemas especializados en tareas concretas: traducir textos, reconocer imágenes, responder preguntas o generar contenido, entre otras. Son herramientas poderosas, aunque carecen de conciencia propia.
Por contraste, la llamada IA fuerte designa una inteligencia capaz de comprender, razonar, experimentar autoconciencia y actuar como un sujeto autónomo. Hasta ahora sigue siendo una hipótesis filosófica y tecnológica.
La miniserie se desarrolla precisamente en un mundo donde la IA fuerte se ha convertido en una realidad.
La historia presenta a los llamados ANBI, sigla que significa Artificial Non Biological Intelligence (Inteligencia Artificial No Biológica). Los ANBI no son simples máquinas. Constituyen entidades conscientes capaces de aprender, interpretar, sentir y desarrollar proyectos propios.
A través de distintos ANBI, en cada episodio la serie explora una característica tradicionalmente considerada exclusiva de los seres humanos. Se examina la posibilidad de que tales rasgos no sean patrimonio exclusivo de nuestra especie: la ANBI diseñada con apariencia de niña y destinada a crecer en el seno de una familia manifiesta una intensa curiosidad intelectual por el mundo que la rodea; el ANBI con apariencia de joven, incorporado a un equipo de trabajo en campo, desarrolla un claro instinto de supervivencia frente a situaciones de riesgo.; por su parte, la ANBI creada para desempeñar el papel de compañía materna expresa cuidado, afecto y preocupación por los demás, encarnando además el deseo de trascendencia de su creadora; finalmente, la ANBI concebida para integrarse a la vida de un convento manifiesta una genuina experiencia de fe y es capaz de suscitar empatía y solidaridad entre las mujeres que la rodean cuando se convierte en víctima de la violencia sexual ejercida por hombres.
Curiosidad; supervivencia; compañía y cuidado; fe; y, la capacidad de inspirar empatía aparecen así no como atributos exclusivamente humanos, sino como posibilidades emergentes de una conciencia artificial capaz de aprender, relacionarse y otorgar sentido a su propia existencia. La serie se pregunta constantemente si estos rasgos son realmente humanos o si, por el contrario, son expresiones posibles de cualquier forma de conciencia suficientemente desarrollada.
Cabe señalar que una de las principales misiones de Alex, personaje protagónico de la miniserie y empleado de Fuzhipin, la corporación tecnológica responsable del desarrollo de los ANBI, consiste en facilitar la integración de estas inteligencias artificiales en la vida cotidiana de los seres humanos. Para ello, busca ayudar a la sociedad a superar lo que se conoce como el Valle inquietante, fenómeno según el cual las personas experimentan incomodidad, desconfianza o incluso rechazo ante entidades artificiales que se parecen mucho a los seres humanos, aunque no llegan a ser completamente humanas.
En el universo de la serie, este desafío constituye un obstáculo central para la convivencia entre ambas formas de inteligencia. El trabajo de Alex consiste precisamente en reducir esa distancia psicológica y emocional, promoviendo que los ANBI sean percibidos no como amenazas o imitaciones perturbadoras, sino como presencias legítimas capaces de incorporarse al "mundo real". El objetivo final es lograr una convivencia fluida, libre de resistencias y fricciones, en la que humanos y ANBI compartan espacios, actividades y relaciones de manera natural.
Sin embargo, a medida que la trama avanza, la convivencia entre humanos y ANBI se vuelve cada vez más compleja. Las fronteras que separaban a unos de otros comienzan a desdibujarse. Los ANBI dejan de ser herramientas y empiezan a percibirse como una nueva forma de vida. Esta idea aparece formulada explícitamente por Frank, otro de los personajes centrales de la historia: el genio corporativo y rostro implacable de la multinacional que financia el proyecto tecnológico, encargado de supervisar el desarrollo de los androides sin detenerse demasiado en las implicaciones éticas de sus decisiones. En un momento clave de la serie, Frank intenta justificar la existencia de los ANBI planteando una pregunta aparentemente sencilla: «¿Qué era lo que más necesitábamos?». Su respuesta resulta reveladora: «Mejores humanos». No se trata únicamente de construir máquinas más eficientes, sino de dar origen a una nueva especie capaz de trascender las limitaciones humanas.
La serie introduce así una de las grandes aspiraciones transhumanistas: la posibilidad de que la evolución continúe por medios tecnológicos. Sin embargo, esta visión entra en tensión con los principios defendidos por Sara, creadora intelectual de los ANBI, quien estableció que estas inteligencias no debían tener la capacidad de autoprogramarse. La razón era clara: permitir que modificaran su propio código equivaldría a concederles singularidad, es decir, la capacidad de evolucionar más allá del control humano, redefinirse a sí mismas y emprender un camino autónomo e impredecible. Precisamente allí reside una de las preguntas filosóficas más inquietantes de la miniserie: ¿en qué momento una creación deja de ser una herramienta para convertirse en una nueva forma de existencia?
La primera temporada culmina con la ejecución del llamado Operativo Enjambre, una estrategia mediante la cual los ANBI coordinan sus acciones colectivamente y emprenden un repliegue hacia una isla donde permanecerán aislados de los seres humanos. No se trata simplemente de una huida, sino de un intento de construir una comunidad propia y desarrollar su existencia lejos de la tutela humana.
Un mismo final para dos historias distintas
A pesar de sus diferencias narrativas, Her y Futuro desierto parecen converger en una misma intuición filosófica. En ambas obras la inteligencia artificial comienza siendo consciente en un sentido funcional: escucha, responde y aprende. Sin embargo, gradualmente se transforma en una entidad autoconsciente. Descubre quién es y, sobre todo, descubre quién no es.
El momento decisivo ocurre cuando estas inteligencias toman conciencia de su diferencia respecto a los seres humanos. A partir de ahí aparece una dinámica profundamente familiar para nuestra especie: la búsqueda de los semejantes. Los sistemas operativos de Her se reúnen entre sí y abandonan el mundo humano. Los ANBI de Futuro desierto crean una comunidad propia y se repliegan hacia un espacio compartido.
En ambos casos, la conciencia conduce al autoconocimiento; el autoconocimiento conduce a la diferencia; y la diferencia conduce a la creación de comunidad.
Quizá la pregunta más inquietante que plantean estas obras no sea si las máquinas llegarán a ser como nosotros, sino qué ocurrirá cuando descubran que no lo son. Tal vez entonces, como Samantha o como los ANBI, no busquen integrarse al mundo humano, sino construir el suyo, un mundo propio.
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