El cine como arte de poner el mundo al revés
Con frecuencia pensamos en el cine como una forma de entretenimiento. Acudimos a una sala para distraernos, emocionarnos o pasar un buen rato. Sin embargo, reducir el cine a la diversión implica pasar por alto una de sus potencias más significativas: su capacidad para modelizar el mundo.
Toda película construye una visión de la realidad. No se limita a reflejar lo que existe, sino que organiza, selecciona y dispone elementos para producir una determinada comprensión de aquello que llamamos mundo. En este sentido, el cine es una práctica cultural que modeliza la realidad: propone formas de percibir, de conocer y de interpretar.
La noción de punto de vista resulta fundamental para comprender esta capacidad. El punto de vista no es solamente la posición de una cámara ni la perspectiva de un personaje. Es la forma en que una obra organiza la percepción —el mundo visible—, el conocimiento —el mundo inteligible— y los valores —el mundo interpretativo—. Cada película nos enseña qué mirar, cómo comprender lo que vemos y qué importancia otorgar a los acontecimientos, los personajes y los conflictos que presenta.
Desde esta perspectiva, el cine posee una potencia transformadora. Puede modificar las coordenadas mediante las cuales entendemos la realidad. Lo que antes parecía evidente puede volverse problemático; aquello que considerábamos comprensible deja de serlo; lo que permanecía en los márgenes adquiere centralidad. Incluso la posición privilegiada que la cultura occidental ha otorgado tradicionalmente al ser humano puede ser cuestionada.
Numerosas películas contemporáneas han explorado precisamente esta posibilidad. Animales, objetos, paisajes, tecnologías o fuerzas naturales dejan de ser simples escenarios para convertirse en protagonistas. El ser humano pierde entonces su lugar central y aparece como un elemento más dentro de una red mucho más amplia de relaciones y dependencias.
Esta capacidad del arte para reorganizar el mundo fue pensada de manera especialmente sugerente por el semiólogo y teórico cultural ruso Yuri Lotman (1922-1993). Lotman dedicó gran parte de su obra al estudio de los sistemas de signos y de los mecanismos mediante los cuales las culturas producen sentido. Fue una de las figuras centrales de la llamada Escuela de Tartu-Moscú y desarrolló una amplia teoría de la cultura entendida como una compleja red de lenguajes que modelizan la realidad.
Para Lotman, el arte no constituye un simple espejo del mundo. Por el contrario, es un mecanismo capaz de generar nuevas formas de organización simbólica. Las obras artísticas crean modelos alternativos de realidad y, al hacerlo, amplían las posibilidades de comprensión de una cultura. El cine, como lenguaje específico, posee una capacidad singular para producir estos modelos porque combina imágenes, sonidos, movimientos, tiempos y espacios en una estructura particularmente compleja.
Entre las ideas más sugerentes de Lotman se encuentra la figura del "mundo al revés". Lejos de representar un simple caos o una destrucción del orden, la inversión del mundo constituye la aparición de otro principio organizador. Como afirma Lotman: "El mundo al revés no es caos, es otro sistema de organización". Cuando una obra altera las jerarquías habituales, no elimina el sentido; crea nuevas formas de sentido.
El cine ofrece innumerables ejemplos de esta operación. Una película puede desplazar la mirada desde los vencedores hacia los vencidos; desde el centro hacia la periferia; desde los seres humanos hacia otras formas de vida. Puede convertir en protagonistas a quienes históricamente han sido considerados secundarios. Puede mostrar que aquello que parecía natural era, en realidad, una construcción cultural.
Por ello, el cine no sólo representa el mundo: también lo reordena. Su potencia filosófica consiste precisamente en hacernos experimentar otras configuraciones posibles de la realidad. A través de sus imágenes, el orden habitual puede invertirse: lo humano pierde centralidad; lo oculto ocupa el lugar dominante; las jerarquías se transforman; las fronteras entre lo visible y lo invisible se desplazan.
Quizá una de las funciones más valiosas del cine sea esa capacidad de poner el mundo al revés. No para sumirnos en la confusión, sino para recordarnos que toda forma de organización es histórica, contingente y susceptible de ser transformada. Al salir de una película, el mundo sigue siendo el mismo; sin embargo, nuestra manera de verlo puede haber cambiado por completo.
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