¿Qué significa ser humano?
Círculo de lectura filosófica sobre "La chispa humana",
en el libro Homo Deus, por Yuval Noah Harari
¿Por qué los seres humanos dominamos el planeta? ¿Qué característica nos convierte en la especie más poderosa de la Tierra? Y, sobre todo, ¿qué cualidad justificaría moralmente esa posición privilegiada?
Estas son las preguntas que atraviesan "La chispa humana", uno de los capítulos más provocadores de Homo Deus, de Yuval Noah Harari. Lejos de ofrecer respuestas tranquilizadoras, Harari desmonta algunas de las creencias más profundas de la tradición filosófica y religiosa occidental para conducirnos hacia una comprensión distinta de lo que significa ser humano.
¿Existe un "yo" verdadero?
Durante siglos, la respuesta más habitual fue que los seres humanos poseemos una esencia única: un alma eterna, un "yo verdadero", indivisible, inmutable y potencialmente inmortal. Esa esencia sería la fuente de nuestra dignidad y aquello que nos distinguiría del resto de los seres vivos.
Sin embargo, Harari señala una dificultad fundamental: esta idea resulta difícil de conciliar con la teoría de la evolución.
La evolución describe un proceso continuo de transformación. Ninguna especie permanece idéntica a sí misma; todo cambia, se adapta y se modifica. Pensar en un alma eterna e inmutable implica introducir un elemento que escapa por completo a la lógica evolutiva. Si todo evoluciona, ¿cómo podría existir una esencia fija e inalterable?
Esta observación no pretende demostrar que el alma no exista, sino mostrar que la explicación evolucionista no necesita recurrir a ella para comprender el surgimiento del Homo sapiens.
¿Es la conciencia la verdadera chispa humana?
Una segunda posibilidad consiste en afirmar que aquello que nos hace únicos no es el alma, sino la conciencia.
Desde esta perspectiva, la mente consciente sería ese flujo permanente de pensamientos, emociones, recuerdos, deseos y sensaciones que conforman nuestra experiencia subjetiva del mundo.
Sin embargo, también aquí aparecen dificultades.
Las experiencias conscientes cambian constantemente. Ningún pensamiento permanece para siempre; ninguna emoción es definitiva; ningún deseo es inmutable. Nuestra vida mental está formada por procesos dinámicos, no por una entidad permanente.
Harari subraya además que las experiencias subjetivas poseen dos componentes fundamentales: la sensación y el deseo. Sentimos placer, dolor, miedo, alegría; deseamos acercarnos a unas experiencias y alejarnos de otras.
Aunque ignoramos cómo surgen exactamente estas experiencias.
Sabemos distinguir entre el cerebro y la mente, entre la actividad neuronal y la experiencia consciente, pero todavía no comprendemos cómo un conjunto de procesos físico-químicos produce la vivencia íntima de sentir, pensar o amar. La conciencia continúa siendo uno de los mayores enigmas de la ciencia y de la filosofía.
Entonces, ¿qué nos hace diferentes?
Si no es el alma, y tampoco la conciencia ofrece una explicación suficiente, la pregunta permanece abierta.
¿Qué característica explica el extraordinario poder del Homo sapiens?
Harari descarta dos respuestas habituales.
No es la inteligencia. Numerosas especies poseen formas complejas de inteligencia y resuelven problemas sorprendentes.
Tampoco es la capacidad de fabricar herramientas. Diversos animales utilizan utensilios, modifican su entorno y transmiten conocimientos a otras generaciones.
La diferencia aparece en otro lugar.
Lo que distingue a nuestra especie es la capacidad de cooperar de manera flexible con un enorme número de individuos que no se conocen personalmente.
Ninguna otra especie logra coordinar millones de individuos alrededor de objetivos comunes con la eficacia que caracteriza a las sociedades humanas.
La fuerza de las historias
No obstante, esta cooperación plantea inmediatamente otra pregunta: ¿Cómo es posible que millones de personas colaboren entre sí sin conocerse?
La respuesta de Harari resulta tan sencilla como inquietante: porque compartimos historias, creamos realidades intersubjetivas.
Toda cooperación a gran escala depende de aquello que el autor denomina órdenes imaginados o realidades intersubjetivas. No se trata de simples fantasías individuales, sino de construcciones simbólicas que existen porque muchas personas creen simultáneamente en ellas.
El dinero, los Estados, las empresas, las universidades, las leyes, los derechos humanos o las religiones poseen una existencia peculiar. No existen como existen las montañas o los árboles. Existen porque millones de personas aceptan actuar como si fueran reales.
Como afirma Harari:
"Toda cooperación a gran escala se basa en último término en nuestra creencia en órdenes imaginados."
Desde esta perspectiva, el ser humano no domina el planeta únicamente por su fuerza física o por su inteligencia individual, sino porque posee una extraordinaria capacidad para construir mundos compartidos mediante el lenguaje.
El animal que cuenta historias
Quizá la verdadera "chispa humana" no resida en el alma, ni siquiera en la conciencia, sino en nuestra capacidad para imaginar aquello que nunca hemos visto y convencer a otros de actuar como si existiera.
Únicamente los seres humanos inventan dioses, constituciones, empresas, fronteras, naciones, monedas o sistemas jurídicos, y logran que millones de desconocidos orienten su conducta a partir de esas narraciones compartidas.
Las historias no son únicamente formas de describir la realidad. También crean nuevas realidades.
En palabras del propio Harari:
"El sentido se crea cuando muchas personas entretejen conjuntamente una red común de historias."
Nuestra existencia transcurre inmersa en esas redes simbólicas. La mayor parte de aquello que da sentido a nuestra vida —la familia, la ciudadanía, la profesión, la justicia, la educación o el progreso— depende de significados construidos colectivamente.
Una pregunta para nuestro tiempo
La tesis de Harari desplaza radicalmente la pregunta por la esencia humana.
Quizá no exista un "yo" eterno escondido detrás de nuestra experiencia. Quizá tampoco seamos radicalmente distintos del resto de los animales por poseer una inteligencia superior o una conciencia única.
Lo que verdaderamente nos distingue podría encontrarse en el ámbito de lo intersubjetivo: nuestra capacidad para crear mundos de significado compartido, sostenerlos mediante el lenguaje y organizarnos alrededor de ellos.
Esta idea tiene profundas implicaciones filosóficas.
Si las historias construyen el mundo que habitamos, entonces también pueden transformarlo. Las narraciones que compartimos determinan nuestras formas de cooperación, nuestras instituciones, nuestros valores e incluso nuestra manera de comprender qué significa ser humano.
Tal vez la pregunta ya no sea únicamente qué nos distingue de los demás seres vivos, sino qué historias queremos seguir contando y cuáles necesitamos comenzar a imaginar.
Porque, después de todo, la humanidad no sólo vive en el mundo: también vive en las historias que crea sobre él.
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