domingo, 19 de abril de 2015

Paradigmas en la educación, con raíz en la filosofía



Fuente: Hypérbole


Paradigmas en la educación, con raíz en la filosofía


En su impulso natural y necesidad vital por conocer, comprender todo lo que le rodea, la realidad total incluyéndose a sí mismo, el hombre “se separa” de aquello sobre lo cual pretende generar conocimiento y comprensión. Dando lugar a la concepción sobre el fenómeno del conocimiento en general como resultado de la relación entre dos elementos, a saber, sujeto cognoscente y objeto por conocer.

Relación que se contempla desde dos perspectivas opuestas entre sí: existencia y coexistencia; esto es, se afirma la existencia de sujeto y objeto en forma separada e independiente, donde el conocimiento y la comprensión emanan de una discontinua e incluso artificial relación entre ambos, otorgando primacía al sujeto, o; se reconoce la coexistencia de sujeto y objeto, lo que se traduce en  imposibilidad de que uno exista sin el otro, debido a lo cual ambos son igualmente importantes y su existencia es vinculada e interdependiente. Simultáneamente, de la consideración del conocimiento como relación sujeto-objeto, se desprenden dos concepciones equivalentes: la vida, definida de acuerdo al pensamiento de J. Ortega y Gasset (Ortega y Gasset: 2012), como “el yo y lo que yo hago con las cosas”, y; la realidad, concebida como la relación entre el “yo” y “no-yo”, “lo otro”.

De tal forma que en torno a la relación sujeto-.objeto, yo-cosas y yo-lo otro, se vislumbran dos posibles perspectivas: existencia y coexistencia. 

Perspectivas en la relación sujeto-objeto, yo-cosas, yo-lo otro
Existencia
Coexistencia
Ambos existen separada e independientemente; la relación que entablan es discontinua y el sujeto, el yo, tiene prioridad.
Imposible que exista uno en ausencia del otro; su relación es de vínculo e interdependencia, por lo que poseen igual importancia.

Dos perspectivas que se manifiestan como dos formas de ser y estar en el mundo, de vivir y existir, de intervenir y participar en la satisfacción y solución de las diversas necesidades y problemas que conlleva la propia vida y existencia; dos perspectivas que explica J. Dewey, se formulan como dos actitudes generales frente al mundo, dos filosofías: la filosofía dualista y la filosofía en continuidad.

Filosofía dualista

Aquí sujeto y objeto existen separada e independientemente, por lo que el hombre se enfrenta a todo lo que le rodea y se relaciona con ello siempre dentro de un movimiento dialéctico, donde él, el “yo”, se coloca como la “tesis”, y “lo otro”, el “no-yo”, se le opone como “antítesis”, donde usualmente la “síntesis” consiste en el conocimiento y comprensión que el sujeto logra del objeto, y que habrá de servirle para controlar y usar al mismo en beneficio de sí.

Actitud general, filosofía, que por necesidad racional, esto es, para el óptimo análisis y comprensión intelectual, requiere de la separación, alejamiento o distanciamiento, ruptura o hasta divorcio, entre sujeto y objeto. De lo cual emana una serie de partes, divisiones, fragmentos: hombre/naturaleza, individuo/sociedad, espíritu/materia, cuerpo/alma, experiencia/conocimiento, medio/fin, juego/trabajo, trabajo/ocio, interno/externo…

La cuestión es, siguiendo a J. Dewey, que la filosofía dualista olvida que esta disección de la totalidad, de la realidad, de la vida, en partes cada vez más minúsculas y específicas, es real únicamente a nivel mental. Es decir, que dichas dialécticas, tales dualismos o binomios, la distinción de todos estos fragmentos es solo racional. La filosofía dualista olvida que en realidad no se trata de fragmentos sino de correlatos, que la totalidad no consiste en existencias aisladas, separadas e independientes, que por casualidad o necesidad de pronto chocan entre sí entablando dialécticas que en ocasiones logran síntesis, donde una de las partes se impone y beneficia a sí misma.

En el olvido de la totalidad como red de coexistencias, de correlatos que se desenvuelven en forma circular y simultánea, que se necesitan mutuamente, que son interdependientes, la filosofía dual se convierte en fragmentaria, perdiendo el equilibro y la visión global que le permiten aprehender, comprender, de qué manera se relacionan las partes, cómo se unen los fragmentos, de qué forma se vinculan, se comunican, se necesitan y complementan todos estos pares de opuestos… La filosofía dualista conoce y comprende muy bien las partes, sin embargo carece de la visión global, unitaria, que otorga sentido a la totalidad, a la realidad, a la vida. 

De tal suerte que frente a todos estos fragmentos, estos pedazos de realidad, que no encuentra uno ya la manera de unir, en todo este conocimiento tan especializado que parece no estar relacionado con la vida, tan alejado ya de esta debido a su intelectualización extrema, al supremo grado de abstracción alcanzado, termina el estudiante, el sujeto cognoscente, por concluir que el saber filosófico es solo teorético porque explica con exactitud racional la realidad, la vida, aunque carece de aplicación, no es útil, no sirve para vivir, y en consecuencia la filosofía se reduce a una vida contemplativa.

Filosofía en continuidad

Con fundamento en la consideración de la totalidad como integrada de partes, sujetos y objetos, que coexisten, que interactúan continuamente, la filosofía en continuidad, si bien analiza la realidad de acuerdo con las partes, reconoce en todo momento que tal división responde únicamente a la necesidad de facilitar, de agilizar la comprensión; dado que la inteligencia humana no logra asir la totalidad de una vez y para siempre, antes bien aborda la totalidad poco a poco, de área en área, parte por parte, fragmento a fragmento.

De modo que al igual que la filosofía dualista, identifica como elementos que componen la realidad, al sujeto y al objeto, asimismo en el ejercicio reflexivo distingue distintas dialécticas, diversos pares de opuestos, toda una serie, según se dijo, de divisiones y fragmentos, no obstante siempre en la asunción de que tales dialécticas se mueven, se desenvuelven en un equilibrio que manifiesta coexistencia, vínculo e interdependencia entre tesis y antítesis, por lo que la síntesis consistiría, para esta actitud general frente al mundo, para esta filosofía, no en la primacía o imposición de una de las partes sobre el resto, sino en la re-unión, en la conexión de tales elementos.

En otras palabras, esta filosofía al igual que la dualista, trabaja con fragmentos, partes, aunque siempre bajo la visión global, bajo una visión de continuidad que en todo momento recuerda de qué manera se relacionan las partes, cómo se unen los fragmentos, de qué forma se vinculan, se comunican, se necesitan y complementan todos estos pares de opuestos. Cualidad que faculta a esta filosofía para otorgar sentido a la totalidad, a la realidad, a la vida, porque aun cuando ascienda al mayor de abstracción posible, tal intelectualización, esta reflexión filosófica habrá de transformar, mejorar la realidad, a partir del conocimiento y comprensión logrados, tendrá aplicación, será útil, servirá para vivir mejor, en la plenitud de nuestra humanización, y así, la filosofía trasciende su condición como saber teórico para convertirse en praxis, en filosofía de la acción. 


Dos actitudes generales frente al mundo, dos filosofías
Filosofía dualista
Filosofía en continuidad
- Sujeto (tesis) y objeto (antítesis) integran una dialéctica en que la síntesis consiste en el conocimiento y comprensión del sujeto sobre el objeto para controlarlo y usarlo.
- Conocimiento y comprensión que parte de la separación o división entre sujeto y objeto, resultando de ello una serie de fragmentos, partes discontinuas.
- Filosofía que carece de una visión global, unitaria de la realidad, que dote a esta de sentido.
- Filosofía sin aplicación, utilidad, que se reduce a saber teorético, a filosofía como vida contemplativa.
- Identifica como elementos que componen la realidad, al sujeto y al objeto; los cuales entablan diversas dialécticas, cuyas síntesis consisten siempre en la re-unión, en la conexión de tales elementos.
- Conocimiento y comprensión parte de de la separación o visión entre sujeto y objeto, aunque en la asunción de que estos se desenvuelven en un equilibrio de coexistencia, vínculo e interdependencia.
- Filosofía que con base en una visión de continuidad, global y unitaria de la realidad, dota a esta de sentido.
- Filosofía que tiene aplicación, que es útil porque sirve para transformar la realidad y vivir mejor; filosofía como praxis, como filosofía de la acción.

Ahora bien, si la filosofía cobra incidencia en la realidad, logra una significación en la vida humana, a través de la educación, en palabras de J. Dewey, si toda filosofía vital es siempre necesaria e íntimamente, una filosofía de la educación, entonces se manifiestan la filosofía dualista y la filosofía en continuidad, como dos distintos y opuestos, aunque complementarios, paradigmas en la educación: fragmentario y holístico.

Expresado de otra manera: a la filosofía dualista corresponde la educación con paradigma fragmentario, en tanto que la filosofía en continuidad se vincula con la educación basada en el paradigma holístico.

Paradigmas en la educación, con raíz en la filosofía
Paradigma fragmentario
Filosofía dualista
Paradigma holístico
Filosofía en continuidad

Si bien es posible ahondar en la fragmentación dentro de la filosofía, la atención del presente análisis se concentra en el fenómeno educativo, por lo que en los párrafos subsecuentes se describe la fragmentación en la educación. 

Educación con paradigma fragmentario  

Tomando como eje la separación, escisión de la realidad en la dicotomía Yo/Mundo, que a su vez engloba tres pares más: yo-cuerpo/yo-espíritu, yo/mundo de las cosas y yo/mundo humano, la fragmentación en la educación se manifiesta en siete aspectos: estudios, saberes, temas escolares, actuación educativa, comunidad educativa, quehacer educativo y la propia educación de acuerdo a su finalidad; cada uno de los cuales queda dividido a su vez en otros fragmentos más. 

Fragmentación en la educación
Aspecto
Fragmentos
a) Estudios
Estudios físicos y estudios sociales
b) Saberes
Intelectuales y empíricos
c) Temas escolares
Materia de estudio y método
d) Actuación educativa
Praxis y poíesis
e) Comunidad educativa
Agentes y ambiente
f) Quehacer educativo
Informal, formal y no formal
g) Educación
Para el ocio y para la utilidad

a) División de los estudios: estudios físicos y estudios sociales
Las materias de estudio escolar, las asignaturas, o simple y llanamente como las llaman los alumnos: “las materias”, se dividen en la educación, de acuerdo con J. Dewey en dos grandes grupos: ciencias naturales y ciencias sociales o, en palabras de E. Husserl (Husserl: 1992), ciencias de la naturaleza y ciencias del espíritu. Aunque dado el conflicto que existe sobre qué es ciencia y qué no, “… el campo se ha dividido entre los estudios que tienen como objeto la naturaleza y los estudios que se refieren al hombre.” (Dewey: 2004, pp. 235) Lo que equivale a decir naturalismo y humanismo, estudios físicos y estudios sociales.

División en la educación reflejo de la filosofía dualista, continúa J. Dewey, que considera al mundo físico y al espíritu como dos reinos de la existencia independientes teniendo entre sí ciertos puntos de contacto. Consideración que remite a la perspectiva en la relación sujeto-objeto donde se afirma la existencia separada e independiente de ambos. 
 
División de los estudios
Físicos
Sociales
- Ciencias naturales
- Ciencias de la naturaleza
- Naturalismo
- Saberes científicos
- Ciencias sociales
- Ciencias del espíritu
- Humanismo
- Saberes no científicos
Mundo físico (lo material)
Mundo espiritual (lo inmaterial)

b) División de los saberes: intelectuales y empíricos
Ciertamente uno de los pilares sobre los que se construye el contenido de la educación académica es la división de los estudios en físicos y sociales, según se avoquen al mundo físico, natural, o al mundo cultural, espiritual; estudios o disciplinas que se unifican bajo el título de “conocimiento verdadero”, es decir bajo la afirmación de que únicamente este tipo de conocimiento, fundado en la razón y cuyo cuerpo de verdades ya establecidas, ya comprobadas, se transmite por conducto de los libros de texto y se adquiere por la lectura, interpretación y comentario, es verdadero.

De modo que si el saber intelectual es el conocimiento verdadero, habrá otro que no lo es, habrá un tipo o clase de saber en oposición a él: la experiencia, el saber empírico o práctico, comparto con J. Dewey. Esta es la segunda fragmentación en la educación, el segundo par, binomio o correlato presente en la actividad educativa: saberes intelectuales y saberes empíricos, la escisión entre conocimiento y experiencia.    

División de los saberes
Intelectuales
Empíricos
Oposición entre:
Conocimiento
Experiencia
- Teoría
- Inteligencia
- Conocimiento /conocer
- Lo espiritual; de carácter espiritual
- Lo abstracto
- Intereses espirituales o ideales
- Completo y comprensivo
- Se dirige a la verdad eterna
- A la verdad relacionada con la inteligencia
- Asegura unidad, orden y ley
- Por su uniformidad y coherencia conduce a la armonía

- Práctica
- Ejecución
- Actividad / hacer
- Lo corporal; de carácter material
- Lo concreto
- Intereses prácticos o materiales
- Nunca autosuficiente
- En condición de perpetuo flujo
- Asociada con hábitos, apetitos, impulsos y emociones
- Se traduce en fluctuaciones irracionales
- Al ser múltiple conlleva discordia, conflicto
- Sentidos de memoria e imaginación
- Conocimiento no basado en discernimiento de principios
- Procede por “método de ensayo y error” y sobre la base de experiencias pasadas
- No se apoya en la realidad de las cosas, sino en la relación de estas con nuestras necesidades

Ahora bien, la concepción sobre la experiencia expuesta en el cuadro anterior, como opositora al conocimiento pertenece a la doctrina clásica, se remonta a la antigüedad griega y en respuesta a una vivencia, a la necesidad por resolver un problema, disolver una molestia… Así lo explica John Dewey: “Esta profunda antítesis se conexiona con el hecho de que la filosofía ateniense comenzó como una crítica de la costumbre y la tradición en cuanto normas de conocimiento y de conducta. En su indagación por algo que los reemplazase, aquella dio con la razón como la única guía adecuada de la creencia y la actividad. Puesto que la costumbre y la tradición se identificaron con la experiencia, se siguió inmediatamente que la razón era superior que esta. Además, no contenta la experiencia con su debida situación de subordinación, fue la gran enemiga del reconocimiento de la autoridad de la razón. Como la costumbre y las creencias tradicionales mantenían encadenados a los hombres, la lucha de la razón por su legítima supremacía solo podía ganarse mostrando la naturaleza inherente, inestable e inadecuada, de la experiencia.” (Dewey: 2004, pp. 223 y 224)

Concepción de la experiencia que en los siglos XVII y XVIII con el surgimiento del empirismo moderno, dio una inversión casi completa de la doctrina clásica, continúa J. Dewey, en un doble cambio: por un lado, la experiencia perdió su sentido práctico, ya no significaba modos de hacer; llegó a significar algo intelectual y cognoscitivo, donde la captación de lo material debía comprobar el ejercicio del razonamiento, y; por otro, siendo la experiencia la base de la verdad sobre los objetos, el espíritu era algo meramente receptivo y el conocimiento era identificado con la recepción y asociación de las impresiones sensoriales, cayendo en el descuido y aislamiento de la teoría, del ejercicio del pensamiento; reduciéndose el pensar en combinar y separar unidades sensoriales recibías sin participación alguna del juicio. Dicho brevemente, el empirismo moderno afirmó a la experiencia como modo de conocer e incluso como única fuente del conocimiento verdadero.

Es así que la historia de nuestra filosofía occidental presenta dos ideas de la experiencia, dos concepciones sobre la experiencia en relación al conocimiento intelectual; la idea clásica o antigua, que otorga mayor valía al saber intelectual, llegando al menosprecio por la experiencia; y la idea moderna, que contrariamente reconoce al saber empírico, a la experiencia, como exclusivo origen del conocimiento.

c) División de los temas escolares: materia de estudio y método   
En su intento por comprenderlo todo, el hombre analiza cuidadosamente cada fragmento que resulta en su disección de la realidad. Así, en su reflexión sobre la experiencia, distingue entre “lo que experimentamos” y “el experimentar”, separa “lo experienciado” respecto a “el cómo”. Lo que se traduce, ya en el ámbito educativo, en la división de los temas de escolares en materia de estudio y método. 


División en la experiencia
- Lo que experimentamos, lo experienciado
- El experimentar, el cómo
- Materia de estudio
- Método
División de los temas escolares

Explica J. Dewey: “Cuando reflexionamos sobre una experiencia en vez de tenerla simplemente, distinguimos, de modo inevitable, entre nuestra actitud y los objetos que la sostienen. Cuando un hombre está comiendo, come alimentos. No divide su acto entre el comer y el alimento. Pero si realiza una investigación científica sobre el acto tal separación es lo primero que debe efectuar. Examinará, de una parte, las propiedades del material nutritivo y, de otra, los actos del organismo para digerir y asimilar. Tal reflexión sobre la experiencia da lugar a una distinción entre lo que experimentemos (lo experienciado) y el experimentar, el cómo. Cuando asignamos nombres a esta distinción, tenemos los términos de materia de estudio y de método. Hay la cosa vista, oída, amada, odiada, imaginada y hay el acto de ver, oír, amar, odiar, imaginar, etcétera.” (Dewey: 2004, pp. 147)

Es decir, que al reflexionar sobre un acto “tan simple” y en este caso vital, como lo es el comer, el acto queda dividido racionalmente en dos, de un lado queda lo que experimentamos, lo experienciado, los alimentos y sus propiedades nutritivas; y de otro, el experimentar, el cómo, los actos del organismo para digerir y asimilar. Análogamente, el alumno “come”; el alimento que ingiere es la materia de estudio, esto es  lo que experimenta, lo experienciado por él, o sea la literatura, los libros de texto y las propiedades nutritivas que contienen, a saber, las verdades, los conocimientos sobre los mundos físico y espiritual, natural y humano; donde los actos de su organismo para digerir y asimilar tales conocimientos serán la lectura, interpretación y comentario, todo ello con intervención del profesor, actos que constituyen el método, el experimentar, el cómo. 


Experiencia del alumno
Come
“Se educa”
- Lo que experimenta,
lo experienciado
- El experimentar,
el cómo
- Lo que experimenta,
lo experienciado
- El experimentar,
el cómo
Alimentos y sus propiedades nutritivas
Actos del organismo para digerir y asimilar
Libros de texto y su contenido cognoscitivo
Actos de leer, interpretar y comentar


* Materia de estudio
* Método


División de los temas escolares

División que al igual que las anteriores, proviene de la escisión entre mundo físico y mundo espiritual, lo material y lo inmaterial, yo-cuerpo/yo-espíritu, yo/mundo de las cosas, yo/mundo humano…
 
División de los temas escolares (1)
Materia de estudio
Método
Estudios físicos y estudios sociales; conocimientos sobre el mundo de las cosas naturales y el mundo humano
Organización de la materia de estudio; sistematización de los procesos de  enseñanza y aprendizaje
* El qué
* El cómo
Cuerpo
Espíritu

En conclusión al respecto, de acuerdo con J. Dewey, al reflexionar sobre la experiencia trazamos una distinción mental entre él qué y el cómo, entre lo que experimentamos y el experimentar, -entre lo que enseñamos y aprendemos, y cómo lo enseñamos, cómo lo aprendemos-; distinción en el pensamiento, no en la realidad, que tiene centro, eje u origen en la fragmentación yo/mundo; en que el yo es vivido como espíritu aislado, con capacidades de sentir, imaginar, conocer, querer, etc., y el mundo, como cosas separadas del yo, con propias leyes de operación, independientemente de los modos de energía del yo, del sujeto. Una vez más la consideración de sujeto y objeto como existencias separadas e independientes. 

División de los temas escolares (2)
Yo
Mundo
Espíritu aislado
Cosas separadas del yo
Sujeto
Objeto
“Yo” que experimenta:
el yo que enseña y el yo que aprende
“Cosas” naturales y cultas o históricas:
lo que se enseña y lo que se aprende
El cómo - método
El qué - materia de estudio

d) División de la actuación educativa: praxis y poíesis
La educación, escriben F. Altarejos y C. Naval, no es un ser, es un hacer, es acción y actividad. Por lo tanto, al hablar de educación no nos referimos a lo que el hombre es, sino a lo que el hombre hace; y reflexionamos sobre ella como parte de la actuación humana. Dado que la actuación humana se presenta en múltiple y compleja diversidad, previo al análisis de la actuación educativa habrá que distinguirse entre actuaciones, para lo cual tomo como criterio, junto a los autores citados, la consideración teleológica, esto es, el fin, la finalidad, el para qué, porque este el elemento que confiere racionalidad, que dota de sentido al quehacer humano.

A su vez, en torno al fin, cabe aclarar que existe un fin objetivo (finis operis), que es del acto, y; un fin subjetivo (finis operantis), que es del agente. Continuando con el ejemplo antes empleado, el fin objetivo de comer es nutrirse, un fin subjetivo podría ser comer por el placer del gusto, -finalidad que de prevalecer podría desnaturalizar la alimentación, advierten F. Altarejos y C. Naval-.

Donde la investigación actual atiende al primero de los fines de la actuación, es decir, el fin objetivo. El cual contiene dos órdenes o finalidades objetivas: praxis y poíesis. 

Educación =
Actuación humana

Fin objetivo
corresponde al acto
Fin subjetivo
corresponde al agente

Praxis
Poíesis






¿En qué consisten praxis y poíesis

Fines o finalidades objetivas de la actuación humana
Praxis
Poíesis
Griego: πρξις / Latín: agere / Español: obrar
Griego: ροίεξις / Latín: facere / Español: hacer
- Acción / obrar
- Actividad / hacer
Asociada con:
- teoría
- saberes intelectuales
- conocimiento
- lo abstracto
- el espíritu
- trabajo espiritual o intelectual
Asociada con:
- práctica
- saberes empíricos
- experiencia
- lo concreto
- el cuerpo
- trabajo físico o corporal
Fin intrínseco o fin:
- surge de la potencia y su efecto permanece en ella
- tiene finalidad inmanente
- cesa por voluntad del agente
Fin extrínseco o medio:
- tiene efecto y cumple su fin en algo extrínseco a la potencia, en un producto
- su finalidad es transeúnte porque es proceso o sucesión de movimiento que desemboca en un resultado final
 - cesa al terminar el producto externo de la actividad

Desde esta perspectiva, el conocimiento ejercido por la razón, el conocimiento o saber intelectual, es praxis, acción-obrar-fin en sí, y se presenta como el más natural impulso humano, -el intento, la búsqueda por conocer la realidad, comprender la totalidad-, como pura acción considerada en sí, esto es, como “eupraxia”, la mejor praxis, cuya realización es lo que llamamos teoría, entendida como especulación abstracta y genérica desligada de la vida práctica.

Al respecto, cito textualmente a F. Altarejos y C. Naval: “Es el principal y más natural impulso humano: el ejercicio de la razón. Es la pura acción considerada en sí misma: la eupraxia, la mejor praxis, según la definía Aristóteles. Su realización era la theoría, término que muy imprecisamente puede equipararse al nuestro de “teoría”, esto es, especulación abstracta y genérica, desligada de la vida práctica. El conflicto entre teoría y práctica -en el sentido actual de los términos- ha sido denunciado a menudo como el mal radical de la cultura moderna.” (Altarejos y Naval: 2004, pp. 35)

Perspectiva y afirmación que colocan a la poíesis, a la actividad, al hacer, en un reduccionismo pragmático, donde el conocimiento queda justificado solo en la medida en que es válido para hacer algo, es decir, útil, solo en tanto que tiene aplicación en la vida cotidiana, sirve para algo, genera o produce algo material, tangible. En palabras de los autores mencionados: “El reduccionismo de todo conocimiento a mera actividad olvidando su dimensión prioritaria de acción, es uno de los más graves y radicales problemas de la educación y la cultura contemporáneas. La consideración de la finalidad cognoscitiva en términos de productividad -por ejemplo, la justificación del conocimiento científico por sus resultados pragmáticos en la actividad técnica- perturba el mismo conocer humano, sofocando su auténtico sentido y valor. Si solo se conoce para hacer algo, la pérdida del sentido ético en la cultura y de las humanidades en la educación son consecuencias lógicas e inevitables.” (Altarejos y Naval: 2004, pp. 85)

e) División de la comunidad educativa: agentes y ambiente
En nuestro análisis racional, atendiendo nuevamente a nuestra necesidad por comprender, por asir las partes, esperando de este modo conocer cómo es que funciona y a partir de ello obtener el control, poder dirigirlo, conducirlo hacia donde nos parezca mejor, comenzamos por separar cada pétalo de esta flor que es la comunidad, la sociedad educativa. En principio distinguimos dos grandes conjuntos: agentes educativos y ambientes educativos, personajes y escenario. A continuación, encontramos en el primer conjunto al agente real y los agentes coadyuvantes o ministeriales; en el segundo grupo, existe tal diversidad, no exenta de complejidad, que los autores hablan de principales, secundarios y otros, ambientes o ámbitos educativos, entre los que se mencionan: familia, instituciones escolares o escuela, sociedad, Estado, Iglesia, la empresa laboral, los medios masivos de comunicación, arte, deporte… y en general toda circunstancia, toda vivencia que se traduzca en aprendizaje significativo, esto es que de una u otra forma, en uno u otro grado, modifique la conducta del individuo.

Sin detallar, salvo lo necesario para la clarificación de esta división en la educación, a continuación se describen los agentes y ambientes en que se descompone la comunidad educativa.

Comunidad educativa
Agentes educativos
(los personajes)
Ambientes educativos
(el escenario)
- Agente real; el educando en cuanto persona.
- Agentes coadyuvantes o ministeriales; quienes sirven o ayudan a la educación de otro(s).
- Familia
- Instituciones escolares o escuela
- Sociedad
- Estado
- Iglesia
- Medios masivos de comunicación

f) División del quehacer educativo: informal, formal y no formal

División del quehacer educativo
Tipo de quehacer educativo
Características o rasgos principales
Escenario, ambiente o ámbito educativo
Informal
Aprendizajes que se realizan a lo largo de la vida y que tienen lugar en ámbitos donde no se imparte una enseñanza organizada ni programada racionalmente, esto es, que no está sistematizada.
- Familia
- Sociedad
- Estado
- Iglesia
- Medios masivos de comunicación
Formal
Enseñanza institucionalizada, académica, sistematizada, organizada y programada racionalmente, con base en ciertos métodos.
- Instituciones escolares con reconocimiento oficial
No formal
Enseñanza que se imparte organizada, programada racionalmente, sistematizada y a partir de métodos específicos, para atender necesidades particulares, pero fuera del sistema académico.
-Instituciones escolares sin reconocimiento oficial
                                                                                                                          
En opinión de F. Altarejos y C. Naval, no es del todo correcto dividir la educación en informal, formal y no formal, porque el criterio de esta división es el grado de organización, racionalidad y sistematización que posea, esto es, con base en el cientifismo pedagógico. Cuando todas estas instancias, educan al individuo, al ser humano, a la persona. Asimismo, continúan ellos, sin desconocer que a cada una corresponde cierta tarea, una tarea específica, inciden en todas las áreas de formación, en lo afectivo, en lo intelectual y cultural, de igual modo que en lo ético y moral.

Tampoco cabe pensar ya en la vida de las personas como dividida en etapas, de las cuales, unas se dedican a aprender y otras aplicar lo aprendido. La vida es aprendizaje continuo y todo ámbito, en todo lugar, nos educamos, a la vez que educamos, o al menos, aun cuando sea de manera inconsciente, ejercemos cierta influencia educativa en los demás. De manera que en el quehacer educativo, como en toda actuación humana, lo esencial es la consideración y tratamiento de sí y de los otros, como personas, porque “El saber siempre está encarnado una persona, transportado por una persona, aumentado o mejorado por una persona, aprendido y transmitido por una persona, empleado bien o mal por una persona. Por lo tanto el paso a la sociedad del saber convierte a la persona en lo esencial.” (Altarejos y Naval: 2004, pp. 190)

g) División de la educación: para el ocio y para la utilidad
El hombre sano, en el pleno sentido de la palabra, evidentemente se integra de dos elementos espíritu y cuerpo, en tanto que posee inteligencia para desarrollar saberes intelectuales, abstractos, asociados con la teoría y el trabajo intelectual o mental, al tiempo que tiene la capacidad también para generar saberes empíricos, concretos, relacionados con la práctica y el trabajo físico. Es decir que todo ser humano en su esencia dual, simultáneamente material e inmaterial, conoce y experimenta el mundo, la realidad.

Ahora, el saber intelectual, resultado del trabajo mental, por su cualidad abstracta, teórica, constituye una acción, es praxis, constituye en sí un fin; generamos, enseñamos y aprendemos saberes intelectuales porque valen por sí mismos, no porque retribuyan en algo exterior. Mientras que su opositor, el saber empírico, asociado con el trabajo físico, dada su concreción, su practicidad, es considerado una actividad, es poíesis, puesto que sirve como medio para la obtención de un bien externo, ajeno a él mismo, y es este el motivo por el que generamos, enseñamos y aprendemos saberes empíricos, por su utilidad.

En consecuencia, la educación en saberes intelectuales es una educación para el ocio, quienes se dedican a su aprendizaje, de una u otra forma tienen satisfechas sus necesidades materiales, no tienen la necesidad de trabajar para subsistir, gozan del privilegio de una vida que transcurre en el estudio por amor al mismo, donde se vive en la holganza del saber por saber. Estos hombres no apremiados por la urgencia de solventar las necesidades básicas de la vida cotidiana, estos hombres intelectuales y cultos son libres. Pero la mayoría de las personas no disfrutan de tal libertad, la mayoría de los hombres se educan en saberes empíricos, reciben educación como preparación para el trabajo útil, porque la prioridad en su existencia es encontrar los medios que permitan satisfacer sus necesidades materiales, necesitan trabajar para sobrevivir, no pueden darse el lujo de estudiar por estudiar; la cuestión aquí es estudiar lo necesario para obtener el reconocimiento oficial, el certificado o título que nos acredite como seres “empleables”, como individuos que pueden desempeñar cierto rol laboral, y de esta forma ser contratados, “tener un trabajo” que nos provea del dinero requerido. Estos hombres sujetos a la urgencia por solventar las necesidades básicas de la vida cotidiana, estos hombres incultos son esclavos.

De modo que, de acuerdo con J. Dewey, aislar fines y valores conduce a la división de la educación, para una vida de ocio intelectual (educación liberal), o como preparación para el trabajo útil (educación profesional e industrial). Lo que repercute en la división de la vida social, en la alienación social de los que tienen que trabajar para vivir (clase servil) y los que están libres de tal necesidad (clase libre). 


Educación liberal vs. Educación profesional e industrial
Intereses
- Fin en sí (vida de ocio intelectual).
- Vida de observación y meditación, reflexión y especulación; dominio racional de impulsos y apetitos.
- Medios (trabajo útil).
- Razón débil dominada por las funciones vegetativas y animales, impulsos, pasiones y apetitos.
Hombres
(clase social)
- En ellos la función de la razón opera como ley de vida; debido a su supuesta superioridad conducen y dirigen la sociedad sin tener que “hacer cosas”.
- Son medios para fines de otros, instrumentos físicos con suficiente inteligencia para trabajar y producir medios de subsistencia para ellos y para los otros.
Educación
- Liberal: cultivo de la inteligencia para su propio oficio, conocer.
- Profesional e industrial: preparación para prestar servicio personal y elaborar productos físicos.
* Ocio:
- vivir valioso
- clase culta, ociosa
- estado de excepción respecto al trabajo
* Utilidad:
- mero vivir
- clase inculta, trabajadora
- labor desagradable para los pobres

Educación con paradigma holístico

Hablando analógicamente: un hombre tiene en sus manos un reloj, ya sea por curiosidad o asombro ante el perfecto y puntual funcionamiento de tal maquinaria o bien, frente a una necesidad, molestia o dificultad, como podría serlo el que deje de caminar, este hombre requiere conocer y comprender de qué y cómo está hecho el reloj, en qué forma trabaja, vive el impulso natural, la necesidad vital por llevar a cabo toda acción que sea necesaria para lograr tal conocimiento y comprensión de la realidad, en este caso, de este reloj. Así, probablemente como parte de dicho impulso, lo primero que hace el sujeto es partir, dividir su objeto de estudio en cuantos fragmentos sea posible, lo desarma, y de pronto tiene ante sí una serie de pedazos, piezas tan pequeñas, tan específicas, tan parciales, tan separadas y aisladas entre sí, que cada una parece existir con independencia respecto al resto.

Surgen entonces dos posibilidades, dos alternativas: la primera, nuestro investigador de la realidad, se reduce, se limita a la consideración de los fragmentos dando por hecho que cada uno existe separada e independientemente, por lo que su atención, conocimiento y comprensión habrán de especializarse en cada uno de ellos, habrán de profundizar en el estudio de la esencia y naturaleza de las manecillas, los números, tornillos y tuercas, la carátula… elevándose cada vez más hasta las nubes, hasta el punto en el que ya no recuerda que todo esto forma parte de un reloj, que todas estas piezas componen un todo, una unidad, y que es precisamente esta la que otorga sentido, la que da significado a cada piececita; porque separadas, aisladas, me parecen absolutamente inútiles, no logro identificar en qué habría de servir una manecilla, una carátula, un tornillo… si no es unidos, integrando, componiendo el reloj que funciona, que camina y me da la hora… ; la segunda, este hombre que indaga e investiga la realidad, que en ningún momento olvida que todo esto comenzó atendiendo a la curiosidad, al asombro o con intención de satisfacer alguna necesidad, solventar cierta molestia o dificultad, a la vez que perdura a lo largo de su investigación la consideración de todos estos fragmentos como partes que coexisten, que integran y componen una totalidad, un reloj, se encuentra en la posibilidad, tiene la facultad, ya con el conocimiento y la comprensión de esta área de la realidad, de re-armar su objeto de estudio, de re-unir sus partes, porque conoce los fragmentos, pero también re-conoce que el sentido y significado de estos radica en su participación dentro de una totalidad; de esta forma, su conocimiento y comprensión, aunque por momentos rocen las nubes, sean altamente abstractos, siempre tendrán aplicación, serán útiles, porque retornan a su punto de partida: satisfacen la curiosidad, el asombro o las necesidades, solucionan molestias o dificultades.

La primera alternativa ejemplifica la educación con paradigma fragmentario, que separa la teoría de la práctica; y la segunda, la educación con paradigma holístico, que vincula teoría y práctica, conocimiento/comprensión y vida/existencia.

A manera de conclusión

De acuerdo con la perspectiva con que el hombre se enfrenta al mundo, se coloca frente a él para comprenderlo, conocerlo, asume una filosofía dualista o bien, una filosofía en continuidad. Actitud general, filosofía en nuestro ser y estar en el mundo que en la educación cobra vida como visión, paradigma fragmentario u holístico.

Paradigmas que comparten la escisión de realidad para nuestra comprensión intelectual de la misma; aunque difieren en que el primero de ellos, olvida, pierde de vista que dicha fragmentación no es real, antes bien se efectúa por necesidad racional, únicamente es mental; en tanto que el paradigma holístico aun cuando trabaja en todo momento con “fragmentos”, divisiones de la realidad, mantiene siempre una visión global sobre los mismos, en el reconocimiento de que todo es coexistencia, correlación, complementación, interdependencia.  

De tal suerte que según sea “el trato”, “el manejo” que se dé a estos fragmentos, según se acentúe o subsane tal escisión a través de la educación, estaremos hablando de instrucción o de formación. Es decir que la acentuación o agravamiento del dualismo (sujeto-objeto, yo-cosas, yo-lo otro) tiene lugar en la educación como instrucción; al tiempo que el ejercicio educativo que logra establecer un flujo circular y continuo entre los relatos, mejor dicho correlatos, constituye la educación como formación. 

Referencias bibliográficas:
1. Altarejos, Francisco y Naval, Concepción (2004). “Filosofía de la educación”. España, Ediciones Universidad de Navarra.
2. Dewey, John (2004). “Democracia y educación. Una introducción a la filosofía de la educación”. España, Ed. Morata.
3. Husserl, Edmund (1992). “Invitación a la fenomenología”. España, Ed. Paidós Ibérica.
5. Ortega y Gasset, José (2012). “¿Qué es filosofía?”. México, Ed. Porrúa.



domingo, 12 de abril de 2015



¿Por qué solo mostrar, exhibir, compartir los “éxitos” cuando detrás de cada uno de ellos 
hay más de un “ensayo” y varios “fracasos”?…

Este es un escrito -fragmento de mi tesis que adapté “mal” a manera de artículo-
que me ha rechazado una revista electrónica especializada en investigación educativa
debido a que no presento “objetivos claros”, 
“de tal manera que el lector se pierde en las reflexiones”.


Regresan mis palabras a mis manos, tal vez “vencidas”, aunque “de pie”, porque son los ensayos y fracasos los que hacen tan preciado y delicioso alcanzar el éxito. 




Situación de crisis. Alumnos y maestros en la escuela: nuestra vivencia cotidiana.

Resumen: Actualmente se reflexiona sobre “la emergencia educativa”, entendida como  situación crítica y cuestionable que atraviesa la práctica en educación. Fenómeno cuyo análisis en la perspectiva de esta investigación debe asentarse en la premisa de que lo que está en crisis no es la práctica educativa como ente abstracto, sino las personas que enseñan y aprenden, las personas de carne y hueso que inmersas en sus circunstancias dan vida a la práctica educativa. Así, el presente estudio analiza cuál es la vivencia cotidiana de alumnos y maestros en la escuela. Vivencia que se examina  en seis aspectos: qué-cómo enseñamos los maestros / qué-cómo aprenden los alumnos; razón pura; “Verdad Absoluta”; autoridad; educación moral, y; ambiente social; esto con base en la relación estudiante profesor, que siempre entraña coexistencia e interdependencia.

Palabras clave: Crisis educativa, Práctica educativa, Relación estudiante profesor 


Situación de crisis. Alumnos y maestros en la escuela: nuestra vivencia cotidiana.

El presente estudio forma parte de una investigación mayor en la búsqueda por comprender las causas en torno a la situación que filosofía y educación académicas atraviesan hoy en la práctica educativa. Situación crítica y cuestionable, bajo un estado de enajenación, cada una en sí misma, la filosofía enclaustrada en lo teórico y la educación en lo académico; a la vez que en su muta relación, cuando se olvida que su correlato constituye medio y fin en la autorrealización de la persona, en su llegar a ser humano.

Cabe señalar que el “tipo” de alumnos y maestros sobre los que se avoca esta investigación corresponde al nivel educativo medio superior, dentro del contexto que se presenta en una institución particular y como parte del modo de vida propio de la clase social media. No obstante y sin absolutidad, es posible que todo lo aquí expresado se piensa-se vive también en instituciones públicas y en otros contextos sociales. Probablemente la construcción de significados y sentidos acerca de los estudios y de lo escolar aquí descrita constituye la vivencia generalizada en el sistema de bachillerato nacional.

Reiteran esta probabilidad discursos como el pronunciado por el subsecretario de Educación Media Superior de la SEP, Rodolfo Tuirán Gutiérrez, en la inauguración del IV Foro para la revisión del Modelo Educativo del Nivel Medio Superior, al afirmar que “la autopista del bachillerato presenta un diseño defectuoso que frena a los jóvenes en su apresurado camino al futuro.” (Tuirán, 2014) Razón por la cual “…entre los jóvenes que cursan el bachillerato se puede percibir un ánimo de abandono, de adaptación mecánica (a la escuela) o de exasperación, ira y resignación.” (Tuirán, 2014)

Con base en lo anterior a manera de antecedente, aclarando a su vez que al hablar de los alumnos hablo también de los maestros porque donde existe uno existe el otro, son coexistentes e interdependientes, -la relación, vínculo que entre ellos se entabla siempre es recíproca-, respondo en los párrafos subsecuentes a las preguntas: ¿qué significado confieren los estudiantes a la escuela y los estudios?, ¿cómo viven la organización escolar en la que se encuentran insertos?

Situación de crisis o “la emergencia educativa”

Concebir la “historia universal” como la “autoconciencia del espíritu universal” es un error, afirma Karl Marx en “La ideología alemana”. La historia de la humanidad, la historia de los hombres, es un hecho material y empíricamente comprobable del que cada individuo ofrece un testimonio probatorio. La historia tiene una base real, el mundo sensible es “actividad sensible” y viva total de los individuos que lo forman. 

Individuos humanos vivientes, que piensan y sienten, con intereses y necesidades por satisfacer, de cara a la realidad, con sus problemas que enfrentar y solucionar; hombres y mujeres emocionales, racionales, con voluntad y libertad, siempre en pos de su felicidad, autorrealización. 

De manera que, así como lo que tiene fines no es la filosofía ni la educación, sino las personas que actúan, enseñan y aprenden, lo que hoy atraviesa un estado crítico no son propiamente la filosofía y la educación académicas, -de hecho no se trata de un “qué”, sino de “quiénes”-, quienes actualmente viven una situación de crisis son las personas que enseñan y las que aprenden, las personas que educan y se educan, inmersas en sus circunstancias.

De modo que tomando como punto de partida la vivencia cotidiana de alumnos y maestros en la escuela, posteriormente será  posible describir la alineación de los individuos y la sociedad que estos integran, todo lo cual deriva en la crisis actual de la filosofía y la educación académicas, en sí mismas y en su mutua relación.

Por ahora, sumándome al objetivo por conocer a los educandos como sujetos, en sus experiencias, para avanzar en las propuestas de conceptualización y generar nuevas estrategias analíticas que permitan el abordaje de sus dimensiones subjetivas, y en la consideración de que al hablar de crisis  en la filosofía y la educación académicas, afirmamos que en la actualidad lo que se enajena no son estas como ideas o conceptos, sino los individuos, las personas que las piensan y las hacen, las practican, esto es, alumnos y maestros en la escuela, mi propuesta es comenzar acercándonos a ellos: me pregunto, ¿qué sienten, qué piensan?, ¿cuál es nuestra vivencia cotidiana?

Alumnos y maestros en la escuela: nuestra vivencia cotidiana

Todo inicia con el ingreso del menor de edad a la escuela “para que aprenda”; nosotros, “los maestros,  le enseñaremos”.

Desde este punto de vista nuestra intervención docente consiste por un lado, en potenciar y conducir el desarrollo de capacidades y destrezas intelectuales, así como el aprendizaje de conocimientos científicos, que permitirán al educando ingresar al siguiente nivel académico, en este caso la universidad, donde al concluir su “carrera” estará facultado para su inserción en la sociedad mediante la “ocupación” de un puesto laboral “bien remunerado” que le permita “formar una familia” y ofrecer a esta una “vida estable”; por otro lado, corresponde también a nuestra labor magisterial, el desenvolvimiento de valores y actitudes en los alumnos que les “hagan aptos” para vivir en sociedad, para convivir en igualdad y respeto, principalmente, puesto que la sociedad en que habrán de insertarse, en que vivimos, o a la que aspiramos, es democrática.

Pero exactamente, ¿qué y cómo enseñamos los maestros?, ¿qué y cómo aprenden los alumnos? Saberes intelectuales, educación intelectual a través de la exposición magisterial y el método escolástico.

1- Qué y cómo enseñamos los maestros / Qué y cómo aprenden los alumnos

a) Saberes intelectuales, educación intelectual
- La prioridad manifiesta en el plan de estudios consiste en asignaturas “racionales”, “científicas”, saberes intelectuales. Lo cual señala unilateralidad en la educación intelectual.
- Todo en el mapa curricular está diseñado para hacer del educando un ser lógico y analítico, no creativo. “Si observamos a cualquier niño antes de los seis años, no podemos más que afirmar que somos creativos ya desde el nacimiento. Pero luego la escuela y la sociedad van pidiendo que dejemos de usar esos circuitos neuronales para enfocarnos principalmente en los otros: la lógica y el análisis. Estos últimos se convierte en nuestros patrones de pensamiento dominante.” (Bachrach, 2013: 15) 
- Si bien se incluyen asignaturas deportivas y artísticas, sin constituir propiamente educación estética y afectiva, es de forma optativa o no serial, por lo que usualmente se les considera “de relleno”, no se les toma “en serio”.
- A su vez, en la enseñanza de saberes intelectuales, el pensamiento lógico y analítico que promovemos conlleva la clasificación del todo en grupos, y la división de las unidades que integran tales grupos, en partes, en  una palabra, fragmentación; enseñamos a dividir la realidad en categorías; el punto es que no enseñamos a crear asociaciones entre las partes ni entre los grupos, no enseñamos cómo establecer conexiones entre lo similar, menos aún entre lo dispar. “Cuando somos pequeños, nuestros pensamientos son como vaso de agua: inclusivos, fluidos y claros. Todo se mezcla con todo y todo se puede combinar, realizando montón de conexiones y asociaciones posibles. Por eso, los niños son creativamente espontáneos. Pero en la escuela nos enseñan a definir, segmentar, segregar y etiquetar en categorías separadas. Estas categorías permanecen divididas toda nuestra vida y no se tocan entre ellas.” (Bachrach, 2013: 31)

b) Exposición magisterial y método escolástico
- Casi todo los días la clase consiste en lo que se ha llamado “exposición magisterial”, donde el maestro se limita a exponer conceptos, contenidos conceptuales, sin vínculo alguno con la actuación, con la disposición para obrar y hacer.
- Para “dinamizar” la clase, para hacer de esta algo “más experimental”, algunas ocasiones el docente indica a los alumnos ciertas lecturas a realizar, para “trabajar” con ellas. Este es el “método escolástico” que generalmente aplicamos en las escuelas: yo como maestro, enseño, proporciono la literatura que contiene las verdades -obviamente racionales, científicas- y ellos, como alumnos, aprenden, leen, interpretan y comentan dicha literatura.
¿Y dónde quedó “la dinámica”, “lo experimental”? En la división del tema entre materia de estudio y método, esto es, lo que enseño y lo que aprenden -“lo experimentado”-, y cómo enseño y cómo aprenden -“el experimentar”-. Donde “lo experimentado” consiste en los libros de texto y las verdades que contienen, en tanto que “el experimentar” radica en los actos de leer, interpretar y comentar.
- Asimismo, las asignaturas son abordadas como un “todo cerrado y aislado”, sin vínculo con algo ni con alguien. Cada materia se enseña y se aprende en una “triple ruptura”, sin vínculo con las otras materias,  sin aplicación en la vida cotidiana del alumno y sin contacto con el medio social fuera de la escuela, con “la vida real”. Enseñanza y aprendizaje de los contenidos curriculares sin vínculo con el aprender a vivir y a convivir.
En otras palabras, en nuestra enseñanza-aprendizaje, no “se ve”, no se entiende porque ni siquiera se explica, qué relación existe entre una asignatura y las demás -falta de multi e interdisciplinariedad-, de qué manera los contenidos escolares sirven en la vida diaria, ni cómo puede ayudar todo esto a transformar la realidad, a crear un mundo mejor -falta de sentido, de utilidad-.
- De modo que, en esta metodología educativa aprendizaje es sinónimo de memorización. Que el alumno ha aprendido se verifica en el hecho de que recuerda lo que le enseñamos. Y evaluamos dicho aprendizaje-memorización a través de exámenes diseñados para tal efecto; no solo esto, calificamos, asignamos un cierto número que representa el grado o cantidad de lo memorizado, de lo aprendido.
- Sin minimizar la importancia del adiestramiento de la memoria, puesto que no hay desarrollo de la inteligencia, generación de conocimiento ni creatividad sin memoria; de hecho, señala F. Savater en paráfrasis de Juan Delval, “La memoria es un sistema muy activo de reelaboración de la experiencia pasada, siempre que lo recordado tenga algún significado. Recuerdo y comprensión son indisociables.” (Savater, 2014: 125).

En suma respecto a lo anterior, y coincidiendo con la filosofía de J. Dewey, una de las causas por las que “la escuela no sirve” radica en que el proceso educativo se aparta de las condiciones educativas y eficaces del medio extraescolar, al apoyarse únicamente en los libros y la conversación (método escolástico); de lo cual emana asimismo la separación del hombre “práctico” -el que vive, se desenvuelve en el medio fuera de la escuela- y el hombre “de teoría”, -el intelectual u “hombre de letras”, que vive y se desenvuelve en el medio del escolasticismo, entendido simplemente como lo indica el DRAE, como el espíritu exclusivo de escuela en las doctrinas, en los métodos o en el tecnicismo científico-. Donde el cuerpo de verdades, de conocimientos científicos transmitidos, solo es información adquirida, “meras palabras” sin significado real en la propia vida, porque todos estos “signos”, lecturas realizadas, interpretadas y comentadas, no amplían la experiencia, por lo contrario no son realmente “representativos” de experiencia alguna, sino que se han convertido en fines en sí, presentándose en la teoría de la educación una tendencia técnica que consiste en limitar la experiencia a la dimensión simbólica o representativa sin vinculación alguna con la comprensión apreciativa que solo es posible por la imaginación, por la facultad de mezclar y asociar conceptos, categorías, capacidad truncada por la preferencia dada a lo racional, científico. Todo lo cual se refleja claramente en nuestro “plan de estudios”.

De este modo, en el imperio de lo racional, científico, del saber intelectual, la razón deja de ser histórica, es decir, olvida su inmersión en las circunstancias espacio-temporales del individuo, para ser solamente “razón pura” que pierde su “adaptación” a la realidad, que ya no está al servicio de la vida en tanto que no establece relación con el medio, no satisface necesidades ni soluciona problemas de la persona. En nuestro sistema educativo la razón humana pierde su aspecto histórico, se reduce a razón pura y con ello deja de ser vital.

Razón pura, concepción parcial del individuo humano, del educando, que deja fuera “lo no-racional”, que desatiende su  subjetividad, igualmente relegando al olvido la cohesión cuerpo/espíritu. 

2- Razón pura, concepción parcial del educando

c) Subjetividad desatendida
- La educación escolar que imponemos al alumno es exclusivamente intelectual; “imponemos”, porque “le obligamos a separarse” de sus emociones, afectos, sentimientos, deseos, impulsos…, en una frase, de todo lo que en él hay de irracional. Pero el “cerebro ardilla”, límbico o emocional está ahí, es parte de nosotros, es uno de los elementos que nos constituyen; de manera que nuestra subjetividad no se borra, es desatendida; no enseñamos la “auto-regulación emocional”, a identificar qué siento, qué quiero y qué haré con todo ello.
- Algunas veces, dado que la subjetividad “permanece”, en un intento por comprender lo que sentimos, las causas reales de nuestra conducta -lo que me mueve a actuar no es lo que pienso, sino lo que siento-, analizamos, se intelectualiza en lugar de vivenciar, construimos teorías sobre nuestra subjetividad -lo cual es solo una forma de no “adentrarme” en ella, de evadir mi autoconocimiento- que privilegian al hombre cerebral, al hombre puramente racional.
- Lo anterior, en la creencia de que “Con el pensamiento se lo hace todo, el sentimiento es solo una carga innecesaria que en lo posible hay que ignorar.” (Fromm, 1993: 141)

d) Olvido de la cohesión cuerpo/espíritu
- Nuestra concepción del aprendizaje como un proceso “puramente intelectual”, en el que se aprende solo “con la cabeza”, entraña la desunión cuerpo/espíritu, en que los sentidos son considerados, explica J. Dewey, como “especie de conducto misterioso” que dirige la información del mundo exterior al entendimiento. Lo que a su vez establece la separación entre percepciones, ideas y juicios, sin notar la relación entre estos, que es precisamente lo que les confiere significación, sentido.
- Por lo tanto bien podría dejarse el resto del cuerpo fuera del salón de clase. De hecho, aquí el cuerpo “estorba”, “distrae”, se convierte en enemigo a vencer en tanto que el alumno no logra “mantenerlo quieto”, como si se tratase de algo ajeno, a lo largo de casi ocho horas continuas por día. El resultado de esto es un ambiente pasivo en el que se logra enseñar-aprender-memorizar, en la medida en que el alumno se sienta, se calla, atiende y “absorbe” con sus sentidos -vista y oído- el bombardeo de información diversa que recae en él durante aproximadamente cuarenta horas a la semana.
- Aunado a ello, tiene lugar  la sobrevaloración del trabajo intelectual y consecuente desestimación del trabajo físico, corporal, al que pertenecen  deporte y arte, -las asignaturas que de una u otra manera abordan la educación estética y afectiva-, en una visión muy limitada y forzada sobre los mismos, ya que supuestamente predomina en ellos la ejecución y poco o nada tienen de reflexión.

La cuestión es que tomando como vía la comunicación objetiva, el discurso como divulgación sapiencial, nos limitamos a la educación intelectual y a los aspectos académicos, puesto que es “lo único que evaluamos” para la acreditación o no del alumno, mientras que lo no-racional, la subjetividad, y el cuerpo, puesto que en él no reside la inteligencia, el entendimiento, caen en desatención y olvido; lo que indudablemente trunca el desarrollo integral del educando, a la vez que refleja nuestra inconsciencia sobre lo que hacemos como maestros: “ignoramos” o no hacemos caso al hecho de que nuestro trabajo se dirige a personas, pensantes y emotivas, con espíritu y cuerpo, cada una de ellas con necesidades específicas, compleja en su individualidad y sencilla en su humanidad, en tanto que como cualquier ser humano lo que más anhela y necesita es sentirse valorado, reconocido y en la seguridad de pertenecer al grupo, sentirse amado.

A lo anterior cabe agregar que nos concentrarnos en lo racional, no solo porque es prioridad en nuestro plan de estudios, sino también porque su objetividad e invariabilidad permiten un “trato homogéneo, igualitario” a todos los alumnos, lo cual se ajusta al poco tiempo disponible. Es decir que  “lo racional” justifica tratar de la misma manera a todos los individuos, porque es lo que nos hace a todos iguales: la razón, facultad universal que establece “la hermandad”, la homogeneidad entre los individuos que conduce a un discurso válido para todos en todo momento y lugar, es decir la verdad absoluta. 

Así es, interviene F. Savater: “Para la razón todos somos semejantes porque ella misma es la gran semejanza entre los humanos. La educación humanista consiste ante todo en fomentar e ilustrar el uso de la razón, esa capacidad que observa, abstrae, deduce, argumenta y concluye lógicamente.” (Savater, 2004: 134)

En otras palabras, relegando la subjetividad de los alumnos, compleja y variable en cada uno de ellos, nos queda “lo objetivo”, lo racional o intelectual, que es igual -supuestamente- en todas las personas; de manera que en la razón o través de ella nos hacemos iguales, nos homogeneizamos arribando a un “único discurso”, “la Verdad Absoluta”, y quien no se ajuste a ella enfrentará el rechazo, la marginación. 

3- “Lo objetivo”, lo racional: “Verdad Absoluta”

e) “Único discurso”, “la Verdad Absoluta”
- Las capacidades y destrezas cognitivas, el acervo científico, los valores y actitudes que enseñamos en la escuela constituyen el conjunto de la cultura académica. Cultura que no es neutra puesto que prioriza los saberes intelectuales a la vez que responde primordialmente a la necesidad por insertar al individuo en el medio laboral.
- De esta forma, nuestro sistema educativo funge como “filtro selectivo” que legitima las diferencias, en tanto que el alumno “incapaz” de “seguir el ritmo”, de aprender, de absorber la cultura académica que enseñamos y con buenos resultados -“buenas calificaciones”-, no es apto para su inserción en la sociedad mediante un trabajo “formal”, “bien remunerado”.
- Consecuentemente quien no se ajusta a nuestro discurso, reprueba, deserta o fracasa escolarmente no posee “el potencial” necesario para funcionar como engrane en nuestra maquinaria social, porque nuestro discurso es “el único”, es “la Verdad Absoluta” que asegura el éxito, la valoración, reconocimiento e inclusión en la sociedad. 
- Pero no se crea que nuestra cultura académica, que nuestro “único discurso” es impositivo o arbitrario, antes bien es “objetivo”, es “la Verdad Absoluta” puesto que responde a “la razón”, argumentamos como maestros, y así enmascaramos “la selección” de alumnos, diciendo que en la escuela “todos son iguales”, reciben el mismo trato, enfrentan el mismo currículum, cuentan con los mismos recursos, tienen las mismas oportunidades; de modo que quienes “reprueban”, “abandonan” o “fracasan” tienen “algún problema” individual y personal.
- Dicho de otro modo, nuestro objetivo es “estandarizar”, que todos aprendan lo mismo y de la misma manera, que todos aprendan a ser y estar de la misma manera y en el mismo mundo. Estamos “programando”, “normalizando” al menor para que sea “adulto”, para que “haga una carrera”, entre a trabajar y tenga familia, casa, coches y perros, es decir, para que tenga “una vida normal”.

f) Rechazo y marginación
- El “único discurso”, “la Verdad Absoluta”, “una vida normal”, un “engrane” más de la maquinaria… Y frente a todo esto, ¿qué pasa con quienes son “diferentes”?, ¿qué sucede con los alumnos que no “se ajustan”?
- En principio, siendo la estandarización de resultados el gran objetivo de la escuela, toda desviación es considerada un defecto. “Todo alumno diferente es visto como algo que no encaja en la línea de producción y tiende a desecharse del sistema. Al reprobar o ser criticados por no desempeñarse de acuerdo con el estándar esperado, los niños son golpeados seriamente en su autoestima e interiorizan un par de conclusiones sencillas pero devastadoras: <A mí no me respetan> y <Yo no valgo>.” (Schmill, 2008: 31) Lo que duele en esta vivencia es lo que representa, “falta de capacidad” que deviene en rechazo y marginación por parte de los otros, y en baja autoestima por parte del alumno.
- Aunque el rechazo y la marginación no solo son consecuencia de “reprobar” las materias y en última instancia tener que dejar la institución educativa, “quedar fuera”, en la incertidumbre sobre qué será de ese alumno…, también se viven al interior de la escuela, porque aun cuando “uniformemos” a los alumnos desde lo más simple como el portar “uniformes” hasta desarrollar las mismas actividades y de la misma manera intentando alcanzar los mismos resultados, la individualidad, la subjetividad de cada uno se conserva, por más que nos esforzamos en que todos hagan lo mismo, quieran lo mismo, no es así, si bien, la mayoría de ellos siguen, actúan conforme a patrones, modas, -que generalmente “copian” de los mass media- cada uno de nuestros alumnos los “interpreta” y “asume” desde sí en forma particular, específica, por lo que a pesar de nuestro esfuerzo por “igualar”, “estandarizar”, “normalizar” no alcanzamos el éxito total y en el salón de clases percibimos, vivimos la pluralidad diversa. Lo cual en cierto sentido representa el triunfo de la libertad personal, aunque más hay de lamentable en ello porque los alumnos se rechazan y marginan entre sí, bajo el supuesto de que la verdad de cada uno es “la Verdad Absoluta”, el “único discurso” válido.
- Finalmente eso es lo que les hemos enseñado, los maestros no atendemos “necesidades personales”, no tenemos tiempo para escuchar, dialogar, nuestra prioridad es cubrir el temario “a como dé lugar”, así que todos deben ajustarse a “lo dado”, al discurso imperante, “lo normal”; nuestra actitud no es de apertura sino impositiva y nuestros alumnos “aprenden bien”: imponen la propia perspectiva, la propia verdad parcial como si fuese única y absoluta, donde “yo estoy bien, y lo diferente a mí está mal; no solo eso, lo que está mal debe ser anulado, rechazado, marginado e incluso destruido”.  Enseñamos lo que hemos aprendido: estamos educados, condicionados, no para ser “abiertos” y creativos, sino para criticar y juzgar “lo nuevo”, “lo diferente”, lo que no se ajusta al “único discurso”, a “la Verdad Absoluta”.   
Educación “humanista”, que no humana, basada en el sistema de pensamiento cuyo núcleo consiste en la facultad racional del hombre y su primacía, que se manifiesta en nuestra diaria labor docente como exclusivo fomento y cultivo del uso de “la razón”. Educación frecuentemente acusada por los “antihumanistas” debido a que la consideran “demasiado racional”, queriendo dar a entender que menosprecia la intuición, la imaginación y los sentimientos, explica F. Savater y pregunta: “Pero ¿acaso es exceso o más bien falta de racionalismo comprender tan mal la complejidad humana?, ¿no es más bien la razón la que concibe la importancia de lo intuitivo, la que aprovecha la fertilidad de la imaginación y la que cultiva -potenciándola social y personalmente unas veces, manipulándola artísticamente otras- la vitalidad sentimental? La razón conoce y reconoce sus límites, no su omnipotencia…” (Savater, 2004: 133 y 134)

Pregunta, la anterior, que en realidad afirma la falta, la carencia de “razón” en nuestra educación escolar que yerra al priorizar los saberes intelectuales escudándose en la premisa de que es esta la facultad universal del hombre, cuando en la vivencia diaria constatamos que la emotividad constituye un elemento igualmente presente en todo ser humano. 
Nuestra práctica educativa actual otorga primacía a la razón “inauténtica”, única, absoluta, separada e independiente, opuesta a la “auténtica razón” que es plural, perspectivística, vinculada e interdependiente. Donde la primera se afirma omnipotente y tienen los hombres “fe ciega” en ella, en tanto que la segunda se reconoce limitada y busca por ende su complementación con lo no-racional, lo emotivo, para integrar la unidad del individuo humano.

Consecuentemente, lo que en verdad prioriza nuestra educación es una razón “tullida”, “incompleta”, que como tal, en su defecto e imposibilidad para “caminar” naturalmente tiene que “apoyarse” en la arbitrariedad, tiene que usar como “muleta” para su imposición a la autoridad y disciplina “estúpidas”, carentes de razón auténtica, que a su vez guardan relación con la autoestima y valoración negativas del maestro, sobre sí mismo y su profesión.

4- Autoridad como imposición

g) Autoridad y disciplina “estúpidas”
- Todas estas “cosas tan racionales, intelectuales, tan científicas”, teorías y conceptos, -por la manera en que son abordados, fragmentaria, separada e independiente-, tan abstractos, lejanos y hasta ajenos a la propia vida, obviamente no llaman la atención del alumno, no despiertan su interés, no le motivan para aprender.
- Es la carencia de sentido, de utilidad para la vida, de esta “razón inauténtica” que constituye el eje de todas nuestras asignaturas, causa primordial de la indisciplina, porque cuando el alumno no está interesado en lo que se enseña y se espera que aprenda, se muestra apático o incluso antipático, no participa, no actúa, se limita a observar y reaccionar, cuando no a sabotear el curso de la clase.
- Ante lo cual, el maestro también “reacciona” e impone “el orden”, obligando a los alumnos a hacer lo que no quieren ni les interesa, -porque les parece inútil-, mediante sutiles amenazas de castigos o sanciones con reflejo en la evaluación.
- De este modo, la autoridad del maestro degenera en imposición, coacción, autoritarismo, tiranía, que se impone a través del temor, frente a lo cual usualmente “se resigna” el alumno adoptando una actitud de aceptación pasiva o bien, en casos menos frecuentes, se entabla entre maestro y alumno una “lucha de poder” que solo evidencia la estupidez del primero y la desesperación del segundo.
- Se trata de la equivocada concepción de la autoridad como limitación y represión de la libertad, imposición de orden y disciplina -mantenerse atento y cumplir con lo que se solicita- como fin del proceso educativo, ligada con el poder para determinar lo que otro cree y hace, orientación coactiva por medio de “castigos” y vigilancia, todo para “normalizar” y hacer del individuo un ser socialmente productivo.  
- ¿En qué radica la “autoridad autoritaria” del maestro?, ¿por qué los alumnos “tienen que obedecerle”, “hacer lo que él diga? Él es “el que sabe”, tiene “la experiencia” y “los conocimientos”, está capacitado para transferir la información, “su título le avala”; y en ese sentido su autoridad solamente es formal, no real, no legítima, en tanto que no se vincula a la autoridad ética, a la congruencia entre pensamiento, palabra y acción.  
- El maestro “también reacciona”, su actitud es tan pasiva como la de los alumnos, porque él también se limita a observar, se resigna a hacer lo que no quiere, lo que no le interesa, obedeciendo o siguiendo las instrucciones de “autoridades superiores” a él, irónicamente de igual modo bajo amenazas sutiles de castigos o sanciones, pero con reflejo en su sueldo o su permanencia dentro de la escuela. Esto en el mejor de los casos, porque así como hay alumnos antipáticos, igualmente existen y dan clases maestros que  dañan y deterioran las instalaciones de la escuela, que disimuladamente obstruyen proyectos, órdenes, decisiones pactadas con los coordinadores y directivos; maestros que -quiero pensar que inconscientemente- hacen todo esto como procedimiento de lucha contra los patrones y en mayor escala el Estado, creyendo que son estos la causa de su frustración.

h) Autoestima y valoración negativas del maestro
- Se comprende que en un momento dado los alumnos no quieran estar aquí, puesto que no es decisión suya, sino de sus padres, de una u otra forma, persuadidos, convencidos, condicionados, obligados o hasta amenazados, vienen a la escuela con origen de una decisión ajena, externa a ellos. Pero que el maestro adopte como ellos una actitud pasiva, resignada, que haga lo que no quiere ni le interesa limitándose a cumplir con lo que supuestamente es su deber, simplemente no se comprende, porque él es adulto y como tal no vive sujeto a decisiones de otros, por lo contrario, en su madurez intelectual y emotiva, en libertad, en su conciencia y responsabilidad respecto a lo que hace, siempre actúa por interés propio, con el gusto y la alegría de quien conoce el sentido de su acción.
- No es así en el caso de todos, algunos maestros no somos adultos, no actuamos con madurez, libertad, conciencia ni responsabilidad, vivimos sujetos a decisiones y opiniones ajenas; en realidad no nos interesa la educación y así, estamos en la escuela haciendo cosas que no queremos, anhelando con la misma intensidad que los alumnos -o tal vez más- el próximo periodo vacacional, suspirando en la espera porque este semestre termine y entre tanto brincando de júbilo por cada día festivo, -no por la fecha que se conmemore, que muchas veces desconocemos, sino porque para nosotros significa “no clases”-.
- Frente a lo cual, pregunto: ¿por qué el maestro no está interesado?, ¿por qué él tampoco quiere hacer esto, estar aquí? Creció con el prejuicio de que “estudiar, hacer una carrera”, “nos hace alguien en la vida”, “nos abre puertas”; poco a poco “descubrió” que quería trabajar, “tener un buen trabajo”, “ser reconocido como profesionista”. De este modo, cuando ya estaba en “la prepa”, se le “motivó” para “concientizar” su vocación y con base en esta “decidir” qué estudiar, qué “carrera cursar”… El punto es que hoy que es un “adulto” egresado de la universidad y con el título respectivo, “por diversos motivos” no encuentra, no tiene, un trabajo “en su área”… Y en el apremio por conseguir “ingresos económicos” -“para todo se necesita dinero”, se queja- la docencia le ha parecido una buena opción: “solo” le piden el título y aunque la paga no es lo quisiera, “es dinero fácil”, puesto que “solo” hay que dar clases -exponer lo que se sabe, lo poco o mucho que se aprendió en la universidad-, además teniendo “tantas vacaciones” y “un horario tan cómodo” -comparado por ejemplo con los trabajos de oficina- resta tiempo suficiente para seguir intentando desarrollarse en “la que sí es su vocación” -comentario generalmente en voz de los maestros hombres- o para atender los quehaceres domésticos, incluida la crianza de los propios hijos -explicación ofrecida por muchas maestras-.
- Regreso unos renglones, ¿cuáles son esos “diversos motivos” por los que no se desarrolla laboralmente en el área práctica que corresponde a sus estudios y alternativamente está aquí, como docente, “profesor frente a grupo”? Resulta de gran importancia conocer “esos motivos” porque finalmente, como él mismo dice y repite cada vez que se le reprocha algún error en torno a la eficiencia de su labor educativa: él no estudió “para ser maestro”, él estudió “para algo más”…
- “Diversos motivos” que se tocan y sintetizan en la incongruencia entre lo que quería, lo que le interesaba y lo que hizo -y hablo en pretérito porque cree que ya nada se puede hacer al respecto-: él quería estudiar música, pero le dijeron que no encontraría trabajo y entonces estudió derecho -de eso siempre hay “chamba” porque siempre hay pleitos-; él soñaba con ser médico, pero sus papás se opusieron argumentando que es una carrera larga y cara, por lo que escuchando el consejo paternal ingresó a la facultad de contabilidad, como todos los hombres de la familia han hecho; en realidad no le interesaba la ingeniería, aunque “se gana bien” y por ello renunció a estudiar historia… De manera que, desde el inicio no hizo lo que quería, lo que representaba para él un interés auténtico, una actividad realmente significativa en su vida, desde el principio se resignó a hacer algo que no quería…, “dejándose llevar” por opiniones, expectativas y decisiones de otros, pero sobre todo por la retribución económica de su futuro laboral.
- Pasados los años no encontró trabajo en lo que estudió, entró aquí y repite un cierto patrón de conducta que imposibilita su autorrealización al tiempo que obstaculiza la de los alumnos, aunque en esto pocos piensan y reflexionan, los directivos se enfocan en lo próximo evidente, nuestro profesionista con título universitario y hasta posgrados, “lo hace mal”, “no sabe dar clases”, los alumnos se quejan de aburrimiento, malos tratos, injusticias, ineficiencia, ignorancia, mala expresión verbal, impuntualidad, falta de disposición, entre otros defectos, que al aparecer de las autoridades superiores en la escuela se verifican en un mal balance del trabajo docente, es decir, bajas calificaciones, alto índice de reprobados, vergonzosos resultados en la “prueba enlace”, todo lo cual preocupa a dichas autoridades no tanto por la consecución o no de nuestra finalidad educativa, sino por el riesgo que representa como merma en la matrícula escolar. 
- A pesar del olvido, de que nadie lo recuerde o no lo considere en la escuela, el maestro también es persona… una persona que por general se siente mal, por un lado porque “como profesionista” “no la hizo, terminó dando clases”  y por otra, “como maestro, tampoco la hace”, sus alumnos no aprenden, reprueban, desertan, y de los que se gradúan pocos ingresan a la universidad, en una frase, se le atribuye el malestar de nuestro sistema educativo. El maestro, también es persona, ¿cómo se siente respecto a esto? Su autoestima y la valoración que hace de su trabajo, de su labor docente, son cada vez más negativas: “Pasarse las vida profesional tratando de imponer a la gente joven el aprendizaje de unos larguísimos programas, realizando constantes y traumáticos exámenes, aburridísimas evaluaciones, otorgando implacables notas y frustrantes suspensos… con uno que otro aprobado y pocos notables y sobresalientes, no parece un resultado muy gratificante para la realización personal de la enseñanza y la educación.” (Schmill, 2008: 23) Vivencia que repercute en él y en sus alumnos, lógicamente también en forma negativa.

Así, los alumnos -con mira en el futuro- y los maestros -pensando en el presente y como resultado de su pasado- aprenden y enseñan respectivamente, considerando la ganancia monetaria como aquello -si no es que lo único- que otorga sentido, que da valor y significado a la educación, a la actividad educativa, al hecho de venir, ser y estar en la escuela. Cuando lo preferible es que lo pecuniario también sea resultado, pero no el motivo principal de la acción.

Por lo tanto, en un lugar donde casi nadie quiere estar, donde casi todos en actitud pasiva se resignan a hacer lo que no quieren porque no les interesa “en verdad”, “en sí y por sí”, se impone y reina, porque incluso se requiere, la autoridad patriarcal.

Autoridad patriarcal correspondiente a la sociedad con un principio estructural patriarcal donde el principio supremo es el Estado, la Ley como abstracción, que en la dimensión de la unidad social más pequeña, más cercana, o sea la familia, se concreta en la figura paterna, cuyo equivalente en el centro de educación formal es el maestro. De tal forma que tanto “en la casa” como “en la escuela”, los principios rectores de la vida son impuestos desde fuera y en consecuencia “el deber moral” radica no en el interior de la persona -convirtiéndose entonces en actuación ética-, sino en la autoridad patriarcal.

Expresado de otro modo, así como los padres condicionan al hijo, en la casa, mediante premios y castigos, el maestro en la escuela continúa, da seguimiento a este patrón conductual a través del mismo mecanismo: aplicación de premios -en lo inmediato, buenas calificaciones, y en lo mediato, un buen empleo- y castigos -en lo mediato, malas calificaciones, reportes, suspensiones…, y en lo mediato mínima posibilidad de obtener un buen empleo-.

Fenómeno de condicionamiento, bajo el nombre de “educación”, que presenta en ambos sitios, casa y escuela, en ambas comunidades educativas, familia y maestros, el rasgo de que los premios se sintetizan en amor, inclusión en el grupo, y los castigos, en rechazo, marginación respecto al grupo. Donde inclusión y marginación se traducen en última instancia como “tener” y “no tener”, respectivamente.

La cuestión es que en la imposición externa del “deber moral”, dado que este no surge del interior de la persona, ni esta se apropia de él, ya en la actuación moral quedan escindidos los factores “carácter” -intención, motivo- y “conducta” -consecuencias-, otorgando primacía al segundo de ellos. Tratándose entonces de la concepción sobre la actuación moral como “moralidad externa” -sobrevaloración de la conducta-, asociada con el actuar “por deber”, conforme a la ley general que está por encima de la consideración personal. Concepción opuesta a la “moralidad interna” -centrada en los motivos de la acción-, vinculada con actuar el “por interés”, en un sentido egoísta, por encima del bienestar común.

En esta perspectiva fragmentaria de la actuación moral que no considera el carácter, intenciones, motivos e intereses del individuo, se recurre en la imposición del orden, en el seguimiento del deber, a la autoridad patriarcal que aplica premios y castigos, -situación que propicia la mentira, la hipocresía y la “doble moral”-, que condiciona -con base en estímulos- sin generar una conciencia y conducta éticas -con fundamento en motivos-.

Perspectiva incompleta de la actuación moral que en la enseñanza implica una cierta forma de coacción, de pugna entre voluntades, en que la autoridad marca qué se debe y qué no se debe hacer; así, el maestro autoriza y prohíbe, el alumno cumple con el deber por miedo a los castigos o bien, no cumple en desafío a la autoridad y “su poder”, en ambas alternativas actuando sin conciencia ni responsabilidad verdaderas, sin libertad auténtica.

Debido a todo lo cual puede afirmarse que la educación moral y cívica impartida en la escuela se funda en la moralidad externa, situación en que  usualmente no  coincide lo quiero, lo que me interesa, con lo que hago; por lo que hablando con rigor dicha educación es realmente “adoctrinamiento moral”.

5- Educación moral y cívica impartida en la escuela

i) Moralidad externa
- Moralidad externa que contiene el supuesto “es mejor actuar por principios, por deber, y no por interés”. Supuesto inaceptable porque contiene varios errores: se considera al yo como algo ya hecho y separado del interés, donde el yo es fin respecto al cual el interés por los objetos y los actos es simple medio, afirmando así que los principios justifican las actividades, explica J. Dewey.
- Lo cierto es que el yo no es algo ya hecho, sino algo en continua formación mediante la elección de la acción; por tanto, yo e interés son un mismo hecho, en que el interés significa identidad activa o motora del yo con cierto objeto; asimismo, los principios no justifican las actividades, puesto que son la continuidad de la actividad, incluso ellos mismos requieren justificación; aunado esto a la consideración de los deberes como actos específicos necesitados para la realización de una función, la tarea de cada uno, continúa J. Dewey.  
- Como todo, partir de un supuesto equivocado tiene consecuencias: al escindir el yo de su intención, motivos, e intereses, no hay fuerza interna que mueva al alumno para actuar, carece de “motivación”; la cual es sustituida por una fuerza externa, “estimulación”.
- Esta fuerza externa o estimulación que empuja, jala al alumno para que actúe conforme a determinados principios y deberes, generalmente “se materializa” en “ganancias”: los padres prometen al hijo “algún regalo” si “saca” buenas calificaciones y los maestros aseguran al alumno “buenas calificaciones” si “cumple” con sus respectivos deberes.
- De este modo, bajo el deficiente silogismo: si cumplo con los deberes, saco buenas calificaciones; si tengo buenas calificaciones, mis papás me dan un regalo, el alumno actúa “concentrado” en las consecuencias y no ya en sus actos, porque estos no constituyen fin en sí, sino medio para un cierto objetivo. En otras palabras, el alumno estudia, trabaja no por la acción misma, no por el fin en sí que representa la acción, sino por sus consecuencias, por la ganancia que retribuye, convirtiéndose la acción en actividad.
- Vivencia que es negativa cuando el extremo valor dado a las consecuencias, las ganancias, conlleva la ruptura de estas con sendos actos. Ruptura acción/consecuencias, en que ilusamente se cree que no es necesario “actuar”, basta con “desearlo” y “decidirlo” para obtener la ganancia -es suficiente desear ser delgado y decidir mejorar la alimentación para que fácil y pronto obtengamos el cuerpo “soñado”-. Ruptura que deja en el olvido el hecho de que toda actuación humana, acciones y actividades, así como la consecución de resultados o fines requiere disciplina y persistencia.
- Así, maestros y alumnos omitiendo que nuestras consecuencias -ganancias- dependen de nuestras acciones y que estas a su vez se vinculan a la voluntad, esquivando el esfuerzo por ser disciplinados y persistentes, carentes de interés por lo que hacen, faltos de motivación, aunque “deseosos y decididos” por obtener las ganancias prometidas, se sujetan, se dejan guiar, a jalones y empujones, por la fuerza externa del estímulo; dicho con respeto, para “enseñar bien”, el maestro exige “estímulos” de puntualidad, de asistencia, bonos por antigüedad, y el menor, como buen alumno, hace lo mismo, para “aprender bien”, exige “estímulos” como “puntos extra”, diplomas, medallas, etc., en la escuela, y en la casa, “regalos” como ropa, viajes, boletos para conciertos, coche… De manera que al final del día, lo digo con respeto, maestros y alumnos, más que actuar reaccionan por el condicionamiento clásico “estímulo-respuesta”.

j) Adoctrinamiento moral
- Educación moral como instrucción, o adoctrinamiento, en que la formación de hábitos es mecánica, esto es, mediante promoción y repetición, sin llegar a constituir virtud alguna puesto que siempre tendrán que mediar premios y castigos para que el individuo actúe conforme a los principios y deberes marcados.
- Mecanismo de condicionamiento, de promoción y repetición de hábitos, en que “el premio” resta valor a la acción en sí y por sí misma a tal grado que el alumno, el maestro, se acostumbran a actuar solo si hay de por medio algún premio que obtener. ¡Cuántas veces los alumnos preguntan: “¿y qué nos va dar?”, “¿y cuánto vale para la calificación?”! ¡Más de una ocasión escuché a los maestros decir: “cada vez tenemos que hacer más y el sueldo no aumenta”, “yo no voy, yo no lo haré, si ni siquiera pagan horas extras”! 
- En cuanto a los castigos, -por lo general baja calificación para el alumno y reducción de horas frente a grupo para el maestro- se afirma que deben ser dolorosos, “que le lleguen” al individuo que no cumplió su deber, -según la creencia de que solo a través del dolor aprendemos y se incrementa la conciencia-; de modo que en el intento por encontrar castigos que duelan se pierde de vista que para que una persona se dé realmente cuenta de lo que hizo, en su caso, del daño que provocó, debe relacionar su acto de reparación con la persona, entorno o situación que afectó, y así, casi siempre la sanción se desvincula del acto realizado -nada tiene que ver con la falta cometida-. Igualmente, en la mayor parte de los casos, el castigo es desproporcionado a su importancia, es decir que no distingue diferencia alguna entre las “faltas” con base en la trascendencia del acto cometido, por lo contrario se asigna la misma importancia a asuntos que tienen diferente trascendencia entre sí, tal que se aplican medidas semejantes tanto a lo trascedente como a lo intrascendente, y/o se castiga con demasiada fuerza ante faltas sin mayor importancia o muy suavemente, o nada, ante faltas graves . Sintetizando y parafraseando a V. Schmill, en el adoctrinamiento moral el castigo es una sanción dolorosa, desvinculada del acto realizado, por lo general desproporcionada a su importancia, en un intento fantasioso por producir una reflexión moral que conduzca a un cambio de comportamiento. 
- Situación que refleja, como parte de la autoridad y disciplinas estúpidas pertenecientes al adoctrinamiento moral, la determinación sobre qué castigos aplicar y cuándo tomando como criterio el estado de ánimo o emociones de la autoridad rectora, del maestro.
- Lo irónico es que este condicionamiento “estímulo-respuesta”, en el mecanismo de promoción y repetición de hábitos, que busca sujetar al individuo, su conducta, conforme a principios rectores, deberes, impuestos por autoridad externa, no funciona, precisamente porque ni la autoridad misma termina de sujetarse a tales principios, porque ni el propio maestro cumple su deber. En una frase, el adoctrinamiento moral no cumple su cometido, que los individuos rijan su vida, actúen siempre por deber moral, debido a la incongruencia que entraña.
- La autoridad, el maestro, transmite, “enseña” cuáles son los deberes a cumplir, qué principios deben regir la propia conducta, pero lo hace de manera “meramente simbólica”, es decir, en forma convencional y verbal, porque no coincide “lo enseñado” con su disposición habitual, con su “norma” real de valoración, explica J. Dewey. El maestro enseña los deberes y los valores como símbolos que no se traducen adecuadamente en realidades; abriéndose el abismo entre lo que se dice, profesa, y hace, entre lo que prefiere hacer y lo que tiene la aprobación de los otros: incongruencia. Por ejemplo, exige a los alumnos trabajar “en equipo”, cuando él se rehúsa a participar en actividades docentes “por academia”; prohíbe a los alumnos comer dentro del salón de clases, mientras él disfruta en ese sitio de un rico helado; no recibe trabajos fuera de la fecha indicada y él no entrega a tiempo la planeación que le ha solicitado el coordinador; levanta reportes a los alumnos por el “uso de vocabulario altisonante” y él se expresa “peor”, aunque en lugares donde los alumnos no le escuchen; aconseja a los alumnos no fumar y “se esconde” en el estacionamiento para “echarse un cigarrito”; promueve la lectura entre los estudiantes, mientras él no hace las lecturas acordadas por el “círculo lector” al que voluntariamente pertenece; en el día “da clases”, “educa” jóvenes, y a partir de las seis de la tarde atiende su “negocio”, un bar al que incluso acuden sus alumnos “más cercanos”… Pero este abismo de la incongruencia no es consciente y da por resultado una especie de hipocresía inconsciente, inestabilidad de disposiciones.      
- Consecuentemente alumnos y maestros cumplen no porque hayan pensado por sí mismos, no porque hayan decidido, porque estén convencidos, no porque estén conscientes de que toda actuación modifica la disposición en la asociación con los demás, sino porque de una u otra manera son obligados; su actuar probablemente sea “moral”, acorde al deber moral, a los principios que conducen al bienestar propio y común, pero no “ético”, porque no son conscientes de qué hacen y para qué, no se apropian de su conducta  tras deliberar, elegir, decidir y actuar, no son realmente dueños de sí, de su hacer y deshacer, antes bien, viven con cierto grado de alienación, en condición de sujetos que intentan cumplir con lo que se les pide, siempre en la mediación de premios y castigos. De esta forma, la educación moral que se da en la escuela se reduce a una especie de instrucción o lecciones sobre lo moral que no son más que los otros piensan acerca de las virtudes y deberes, información remota y desnaturalizada que no afecta profundamente el carácter, que no se traduce en la conducta de la persona de modo significativo.

6- Ambiente social en la escuela

k) Ambiente de sociedad; suma de “individualidades”
- Ninguno de los dos, ni maestro ni alumno, están aquí por interés realmente propio, sino por necesidad o deber, por obligación que marca la autoridad, la Ley, el Estado: los menores deben estudiar, ir a la escuela, los mayores de edad deben trabajar, en este caso, como maestros, dando clases.
- Así, no hay participación auténtica, menos aún coparticipación entre maestros y alumnos: no están realmente interesados en enseñar ni en aprender; el primero se asume como “sujeto” que in-forma al segundo, quien en actitud de “objeto”, se deja in-formar, recibe, acepta lo que se le da.
- La actuación más humana, la labor más personal, interpersonal, que puede haber, la interrelación maestro-alumno, educador-educando, cae en la “des-personalización”. De hecho, afirman algunos, particularmente en las escuelas “de paga”, la educación es un negocio en que el alumno es “cliente” y como “el cliente manda”, se culpa al maestro por los malos resultados en las calificaciones, por la disidencia escolar…, afirmándose que ellos son los responsables porque sus clases son aburridas, su didáctica ineficiente… Sí, decían mis compañeros, a ellos -refiriéndose a los directivos- no les interesa que los alumnos aprendan, solo quieren que “pasen”, para que no se vayan y que sigan pagando…
- Lo relevante en este punto es que las relaciones personales dentro del centro educativo se caracterizan por la “des-vinculación”, por la falta de consciencia sobre la vinculación con el otro, de la coexistencia, unión, necesidad mutua o interdependencia, en que cada uno es responsable de sus actos no solo respecto a la propia vida, sino también respecto a las otras personas; maestros y alumnos olvidamos o ignoramos que todo lo que hago afecta en mí y en los otros, que todas nuestros actos conllevan una triple responsabilidad: de mí, de los otros y de la realidad.
- En la escuela olvidamos lo esencial en toda actuación humana: consideración y tratamiento de sí y de los otros, como personas; somos inconscientes de lo fundamental en nuestra vida, la relación personal y social que conlleva.
- De este modo, en la inconsciencia sobre la unión o vínculo universal, el “nosotros” que entraña la verdad “todo es uno, uno es todo” , resulta imposible el desarrollo de nuestra asociación como comunidad, por lo que el ambiente social de la escuela es el de sociedad, constituida por derecho -reitero que en nuestro país la educación es derecho y obligación de los ciudadanos- y en seguimiento a un fin común, a saber, transmitir y reproducir la cultura del grupo social, a la vez que capacitar al educando para su futura inserción laboral, en la sociedad.
- Ambiente de sociedad caracterizado porque todo en ella se encuentra “aislado”, en la vivencia fragmentada, inconsciente respecto a los niveles o dimensiones de la realidad:  “separado de sí”, del propio yo, en el desconocimiento de la propia subjetividad, sin identificar con claridad y exactitud qué siento, qué me interesa y lo que pienso, sin saber cómo manejarlo ni expresarlo; “en la ruptura entre el yo y los otros”, por un lado, aprendiendo-memorizando lo que otros han dicho y hecho, sus conocimientos y estudios físicos y sociales, lejos de mí, sin vinculación conmigo, con mi vida, y por otro, sin establecer una relación interpersonal verdadera con las personas que me rodean, presentes en mi vida, quiéralo o no;  “en el superficial nosotros”, porque nuestra comunicación es solo objetiva, porque el fin que “nos une” no es nuestro, nos ha sido impuesto, porque en el fondo se trata de relaciones de poder y discriminación.
- Ambiente de sociedad, sin vínculo auténtico, donde la empatía no tiene cabida y lo que priva es el individualismo, desde el cual el yo se vive como “ser suficiente”, autosuficiente, cuando en realidad es “ser indigente”, siempre necesitado del otro, cuyo existir es siempre co-existir; al tiempo que, también dentro del individualismo, el yo se percibe como “espíritu aislado”, a tal grado independiente del mundo, del ambiente en que se encuentra, considerándolo como cosas separadas de él, que no “ve”, ni siquiera “imagina”, cómo sus actos determinan, configuran al mundo, cómo de alguna manera está en el yo, en sus manos, la posibilidad de transformar todo esto que hoy critica porque le disgusta y oprime.
- Y bajo esta consideración, en que las cosas “son” con independencia de nosotros y viceversa, por lo que nada podemos hacer para cambiarlas, en la repetición de nuestra actitud pasiva a que nos hemos acostumbrado dolientemente, maestros y alumnos nos resignamos a estar aquí y de esta manera, haciendo de nuestra agrupación, una asociación de egoístas, suma de individualidades donde cada uno busca “salirse con la suya”, “sobrevivir” de la mejor manera posible sin contemplar nunca el bienestar común, la felicidad compartida. 

Sintetizando, en la escuela se enseñan y se aprenden prioritariamente saberes intelectuales,educación intelectual; ¿cómo?, mediante la exposición magisterial y aplicación del método escolástico. Enseñanza y aprendizaje con visión unilateral que deja fuera la educación de lo no-racional, que desatiende la subjetividad de cada uno en el olvido de la cohesión cuerpo/espíritu, situación que conlleva el manejo un “único discurso”, “la Verdad Absoluta”, que en su establecimiento e imposición requiere de la autoridad y disciplina “estúpidas”. Práctica educativa que deriva en rechazo y marginación, al tiempo que en autoestima y valoración negativas del maestro, porque toma como fundamento la moralidad externa, haciendo de la educación moral llano adoctrinamiento moral. Todo lo cual desemboca dentro de la escuela en ambiente de sociedad, suma de individualidades, donde cada una busca el propio beneficio.  

Esta es nuestra vivencia cotidiana en la escuela… ¿Y dentro de este mar de errores y confusión, qué sentimos alumnos y maestros?, ¿cuáles es nuestra actitud imperante?  Hastío y aburrimiento, -tristes estados de ánimo en la persona adulta, que se lamenta aunque se conforma porque “en fin que ya hizo su vida”; inaceptables sentires en la persona joven porque suelen enraizar en su espíritu como desesperanza y derrota frente a sí y frente a todo.-

“Hemos hecho una escuela triste, monótona, pasiva. En no pocas escuelas predomina la rutina, el cansancio, el aburrimiento… Hemos convertido la escuela en una tribuna donde hay un auditorio condenado a escuchar, aunque sea de un modo aburrido y somnoliento. Hemos reducido la escuela a un lugar para aprender cosas, cuando debe ser un lugar para vivir, relacionarse, cooperar. Un lugar de amistad y de encuentro.” (Valero, en Schmill, 2008: 28 y 29)


Referencias bibliográficas:

1. Bachrach, Estanislao (2013). “Ágil mente”. Aprende cómo funciona tu cerebro, para potenciar tu creatividad y vivir mejor”. México, Ed. Grijalbo.
2. Dewey, John (2004). “Democracia y educación. Una introducción a la filosofía de la educación”. España, Ed. Morata.
3. Fromm, Erich (1993). “El amor a la vida”. España, Ed. Altaya.
4. Savater, Fernando (2004). “El valor de educar”. España, Ed. Ariel.
5. Schmill, Vidal (2008). “Disciplina inteligente en la escuela. Hacia una pedagogía de la no-violencia”. México, Ed. Producciones Educación Aplicada.
6. Tuirán Gutiérrez, Rolando (2014). “IV Foro para la revisión del Modelo Educativo del Nivel Medio Superior”. Excélsior (en línea). Disponible en:  http://www.excelsior.com.mx/nacional
/2014/03/20/949725