domingo, 10 de mayo de 2026

En el Día de las Madres


México, mi Madre Patria


La Patria (Jorge González Camarena, 1962)


Hoy, que se festeja el Día de la Madre, pienso inevitablemente en mi Madre Patria, esa tierra que continúa acobijándome aún a la distancia y que late en mí con intensa fuerza que se palpa, se escucha en mi voz, mi acento que es candor. Quizá a eso se refieren quienes dicen que “la sangre llama”.

Pienso también en el simbolismo del nombre de mi pueblo natal. Le llamo pueblo, aunque oficialmente sea una de las ciudades más grandes del mundo, una megalópolis. Para mí, la palabra pueblo habla de cercanía, de comunidad, de rostros familiares, de historias compartidas... Mi pueblo natal es el D.F., el Distrito Federal; hoy CDMX, Ciudad de México; y, mucho antes la inmensa y sagrada Gran Tenochtitlán.

Mi madre patria por siempre es México, del náhuatl Mēxihco, en el ombligo de la Luna.  Palabra que deriva de mētztli (luna), xictli (ombligo o centro) y -co (lugar), haciendo referencia a la ubicación de Tenochtitlan en el lago de Texcoco, considerado el centro del universo por los mexicas.

Hay algo profundamente filosófico en esa imagen. El ombligo no es el cordón umbilical. El cordón ata, ancla, amarra, impide partir; el ombligo, en cambio, libera; a la vez permanece como huella y memoria del origen, recuerdo imperenne. El ombligo es señal de pertenencia, recuerdo indeleble de que venimos de algún sitio y de que hay una tierra que nos habita incluso cuando creemos haberla dejado atrás. El ombligo no esclaviza: conecta simbólicamente con aquello que nos constituye, es recuredo de la propia esencia.

Quizá por eso, por el significado profundamente simbólico de su nombre, México tiene esa capacidad magnética sobre quienes nacimos allí. Es imán, nostalgia y orgullo. Es amor puro con todas sus contradicciones. Porque amar a México también implica reconocer sus heridas, sus violencias, sus desigualdades y sus absurdos. Sin embargo, incluso en medio de ello, existe una fuerza vital difícil de encontrar en otro lugar: esa mezcla de tragedia y fiesta, de dolor y humor, de muerte y celebración que vuelve al país profundamente surrealista y entrañablemente humano.

México no es solamente un territorio; es una manera de mirar el mundo. Está en la música que acompaña las penas, en el lenguaje que convierte el sufrimiento en picardía, en las plazas llenas de voces, en los mercados desbordados de colores y en esa admirable costumbre de hacer comunidad incluso en medio del caos, nombrada solidaridad. 

Madre patria, matria o como se le quiera nombrar. Tal vez las palabras importan menos que el vínculo afectivo que permanece vivo. Porque hay tierras que se convierten en parte esencial de nuestra identidad y que continúan llamándonos aun cuando la vida nos lleve lejos. 

La diáspora mexicana somos las hijas e hijos de México que, dondequiera que nos encontremos y más allá de las razones que nos hayan llevado a partir, seguimos reconociendo el llamado silencioso de nuestra Madre Patria. Una tierra que no nos ata ni nos retiene, aunque permanece viva en nuestra memoria, en nuestra manera de sentir y de mirar el mundo. Aquí o allá, cerca o lejos, seguimos formando parte de su comunidad, de su historia y de ese lazo profundo que convierte la distancia en otra forma de pertenencia. 

Es entonces que para mí cobran sentido aquellas palabras que tantas veces se han cantado casi como una plegaria colectiva: México lindo y querido, si muero lejos de ti, que digan que estoy dormida y que me traigan a ti... No como deseo de inmovilidad, sino como reconocimiento de quién es mi Madre Patria, la raíz más profunda y viva de mi alma, mi espíritu. 


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